Aleksandra Filipović
Ayer mataron a
Kennedy. Han transcurrido diecinueve años, pero aquel día de 1944 continúa
persiguiéndome. A veces no logro conciliar el sueño hasta el amanecer. Entonces
saco del armario junto a la cama un ejemplar amarillento de Politika y
contemplo largamente la fotografía de la niña que me sonríe desde la portada.
Afuera aúlla la košava.
Desde la ventana de la buhardilla que alquilo vigilo las oscuras aguas del
Danubio. Ondulan como el tiempo. Esta noche me atreveré por primera vez a
escribir algunas líneas sobre lo sucedido aquel día. Comenzaré anotando la
fecha de hoy en la parte superior de la hoja. Después dejaré todo en manos del
pulso tembloroso de la memoria.
Escrito el 23 de noviembre de 1963,
en Belgrado.
Durante la Pascua de 1944, el mundo
se derrumbó. En los rincones del refugio, situado en el centro de Belgrado,
titilaban las llamas de las velas. Los rostros que aparecían bajo los rayos de
luz rojiza parecían sus propios reflejos en un espejo espectralmente deformado.
La gente respiraba con dificultad y contemplaba la nada con ojos vidriosos.
Aferraban desesperadamente a sus hijos, como si pudieran ocultarlos de la
muerte que se aproximaba con sus propios cuerpos. Los aviones, las Fortalezas
Volantes, habían rugido durante todo el día y convertido en ruinas las calles y
las plazas. El refugio temblaba, todo retumbaba a nuestro alrededor y
fragmentos de piedra se desprendían del techo y caían sobre nosotros. Sin
embargo, nuestro refugio aún resistía. No por mucho tiempo, lo sabía.
Pero en ese momento llevábamos un
rato sin oír nada. Me había acurrucado en un rincón apartado del recinto. La
llama de una vela crepitaba. No había muchas personas cerca de mí. La humedad
reptaba por las paredes y el aire olía a tumba recién abierta. Desde algún
lugar del techo, el agua goteaba sobre el suelo de piedra. Me envolví en el
abrigo. Temblaba. Presentía que se acercaba el momento en que me convertiría en
polvo. Polvo que los vientos enloquecidos dispersarían en el abismo.
De pronto, algo me tocó el hombro.
Me volví y vi a una niña. No podía tener más de cuatro o cinco años. Llevaba un
vestido claro con flores rojas que me parecieron manchas de sangre. Sus ojos
castaños sonreían.
—¿Dónde están tus padres, pequeña?
—le pregunté.
—No lo sé —susurró.
Le faltaban los dos incisivos
superiores.
—Ven, vamos a encontrarlos.
Mientras me ponía de pie, la niña
señaló la multitud de barriles de madera que había detrás de mí. La oscuridad
se extendía sobre ellos.
—Allí —murmuró.
Acerqué la vela y empecé a apartar
los barriles pequeños y vacíos. Estaba convencido de que detrás descubriría la
mano aplastada de una mujer, con el índice extendido como si acusara a alguien.
O que vería la rodilla desnuda de un hombre, asomada e inmóvil bajo unos
pantalones desgarrados y ensangrentados.
Un murmullo se propagó por el
refugio. Sentía que las miradas interrogantes de la gente me quemaban la
espalda. La niña seguía atentamente cada uno de mis movimientos. Parecía dar
saltitos de impaciencia. Poco después apareció una abertura detrás del montón
de barriles. Como unas fauces abiertas, se reveló la entrada de un túnel, lo
bastante amplia para que pasara una persona. Aparté todo y una oscuridad
ancestral brotó de su interior.
Miré hacia la niña, pero ya no
estaba. En el lugar donde había permanecido solo quedaba un periódico arrugado.
Me lo guardé en el bolsillo. En tiempos de guerra, el papel era un verdadero
tesoro. Me introduje en el túnel. Olía a podredumbre. Como garras nudosas, las
raíces de los árboles atravesaban la piedra y la tierra del techo. Entonces, a
través del aire condensado por la acumulación del tiempo, me acarició una brisa
apenas perceptible.
—Gente... Gente... aquí hay un
túnel —balbuceé—. Hay una salida cerca... ¡Rápido, podremos escapar!
Regresé trastabillando hasta el
centro del refugio. Daba saltitos y agitaba los brazos.
Todavía hoy me llegan, intactas,
las últimas miradas de las personas del refugio. Compasivas y, a la vez, llenas
de repugnancia. Personas que después apartaron la vista de aquel loco, o cuando
menos bufón, que les suplicaba que lo siguieran por un túnel que podía
derrumbarse en cualquier momento. Se apartaron del insensato que pretendía
conducirlos a través de oscuros laberintos, donde vagarían como topos hasta que
los abandonaran las fuerzas y, uno tras otro, se convirtieran en alimento de
ratas y espectros.
Nadie se movió. Busqué a la niña
con la mirada. No la vi. Entonces los aviones volvieron a rugir. Una bomba cayó
cerca. El techo empezó a derrumbarse. Enloquecido, me precipité dentro del
túnel. Dejé a mis espaldas los alaridos y el llanto. Se volvieron cada vez más
débiles. Las piedras sepultaron la entrada y ya no pude regresar. No pude
salvar a nadie. Todas aquellas personas, todos aquellos niños, muertos,
aplastados. Lancé un grito y caí de rodillas. Estalló otra bomba. Todo se
estremeció. Me levanté y corrí hacia la oscuridad. No sé en qué dirección. No
sé cuánto tiempo vagué por las tinieblas; tropezaba y la boca se me llenaba de
barro. Los oídos me retumbaban. La tierra se desmoronaba cada vez que una bomba
explotaba en las cercanías.
Mi única guía eran las paredes.
Tocaba las piedras viscosas y continuaba avanzando. Estaba convencido de que
moriría en aquella oscuridad eterna. Entonces el túnel dejó de descender y
comenzó a ascender por una pendiente suave. Me pareció que habían transcurrido
años cuando por fin se ensanchó y la luz del día me azotó las pupilas. En ese
momento oí un pájaro. Un grito atrapado en la garganta. Nunca antes ni después
escuché un canto semejante. Salí del pozo arrastrándome de rodillas.
Ante mí reverdecían los prados
primaverales. El aire olía a jazmín. Siempre había sabido que la muerte huele a
jazmín. El periódico que había recogido en el refugio se cayó del bolsillo de
mi abrigo. Me desplomé y el agotamiento me sumió en el sueño.
Cuando desperté, tenía las hojas
apretadas entre las manos. Politika, decía en la portada. Un titular
extraño ocupaba toda la página en letras enormes: «Niña muere en su casa por
una bomba de la OTAN». Debajo, desde una fotografía, me sonreía la niña que
poco antes me había mostrado el túnel en el refugio.
En la parte superior de la página
estaba impresa la fecha: abril de 1999.
Aleksandra Filipović (1983) es una escritora serbia galardonada cuyas
obras conectan generaciones. Su trabajo se caracteriza por historias intensas e
imaginativas, con mundos originales y personajes memorables. Sus libros gozan
de igual popularidad entre niños, jóvenes y adultos. Es autora de las novelas
infantiles y juveniles. Entre los títulos publicados merecen citarse: O
krilima i čudima, Serafina Krin i Srce sveta, Serafina Krin i poslednji grifon,
Veštica Noćka u potrazi za zvezdama, Orion Zvezdić i Izvor snova. Sus obras
han sido traducidas a varios idiomas, adaptadas para la radio y publicadas en
importantes revistas literarias y antologías.

No hay comentarios:
Publicar un comentario