sábado, 29 de agosto de 2026

DE COMPRAS

Hernán Bortondello

 

Cecilia se asustó. No había escuchado ningún sonido, pero algo la instó a levantar la cabeza mientras analizaba las cuentas corrientes de sus clientas. Probablemente, y antes que otros motivos, fue el fuerte contraste lo que la intimidó. Del otro lado del angosto mostrador, plantado en el medio de la coqueta boutique, la observaba un muchacho demasiado fuera de contexto, con la mirada inexpresiva y poderosa de los que tienen un indio adentro. Su aspecto era tan arquetípico, tan consecuente, que no tuvo dudas. Era un ladrón. Para colmo es la hora de la siesta, se lamentó Cecilia, nerviosa. No hay un alma en la calle a quien pueda pedirle ayuda.

—Que tal, doña —saludó el muchacho con cierto respeto y un evidente tono de desafío.

—¿En qué te puedo servir? —contestó demasiado apurada, olvidando el necesario buenas tardes.

—Ahí, en la vidriera, vi esa ropa de mujer... ¿Me puede mostrar? —dijo con ansiedad.

—¿Qué tipo de ropa de mujer? —Las piernas de Cecilia temblaban y comenzaba a ponerse histérica.

—Esa ropa de mujer... —señaló Mencho con un huidizo gesto de la mano.

—¡Ah!, te referís a la lencería. ¡Dios mío, necesito orinar!, exclamó la voz interior; el temor siempre desencadenaba en ella esa necesidad fisiológica.

—Sí, a eso. ¿Puedo ver que tiene? —preguntó él, fingiendo seguridad.

—Bueno. ¿Qué querés que te muestre? Conjuntos de bombacha y corpiño, bodies, corsés con portaligas, medias, las bombachas pueden ser tipo tanguita, vedetina o colaless. —La invadió una sensación de triunfo pues adivinaba que nombrar en voz alta estas prendas íntimas avergonzaría a su joven adversario.

Sin embargo, se equivocó. Pasada la incomodidad inicial, su interlocutor, sin contestarle, dio unos pasos hacia el sector donde se exhibían camisones. Con un gesto inconsciente, como para ayudarse en la observación, tironeó hacia atrás una gorra de béisbol que parecía no quitarse a menudo. Al hacerlo, algunos mechones de cabello castaño cayeron desordenados sobre su frente. La visera hacia atrás y con el escudo de Boca, pensó Cecilia. ¡Son todos iguales!

Después de unos minutos de atención, durante los cuales la vendedora no dejó de vigilarlo, el joven se volvió hacia ella.

—¿Me puede mostrar ese rojo? —dijo indicando con la mirada un babydoll de raso que opacaba las ingenuas ropas de noche entre las que colgaba.

¡Mirá vos! Tiene buen gusto y todo, reconoció Cecilia al tiempo que con manos ágiles desplegaba el sensual atuendo ante los ojos del Mencho, quién descender la mágica tela, flotando, extendiéndose lánguidamente sobre la superficie de cristal del mostrador. Cecilia, con disimulo, levantó la vista de la prenda y examinó ahora más de cerca la expresión del aparente cliente. Parecía absorto, con la cabeza gacha, quizás imaginando como luciría su novia con el regalo. Apenas le podía ver los ojos, parpadeando perplejos bajo el despeinado flequillo. No dejó de prestar atención a sus manos, cerradas en puño a los costados del babydoll, como conteniéndose para no tocarlo.

La verdad es que no es feo el mocoso. Tiene pinta de peligroso, pero no es feo, apreció Cacilia, tratando de evadir la situación.

Él, sin mirarla siquiera, dijo con voz apagada:

—Lo llevo nomás. —Divertido, pensó que con apoyar el caño frío de su Colt en el cuello de aquella tía, ésta le daría lo que pidiera. Todo lo que él le pidiera.

Cecilia por su parte, apretó los dientes, diciéndose que ahora venía lo peor, y rogó rápidamente a Dios que al menos no le hiciera daño. Con un amén, aspiró profundamente y se animó a decir:

—El precio es… diecinueve mil quinientos... ¿Lo pagás al contado? —Y se sintió muy idiota haciendo la pregunta. ¡Cómo si este tipo de gente tuviera tarjeta de crédito! ¡Cómo si con esa facha le hubieran abierto una cuenta corriente!

Otra vez la implacable mirada de indio, algo adormilada, se clavó en los ojos de la mujer. Ella apenas si pudo mantenerse de pie cuando se le aflojaron las rodillas y sintió que sus ganas de orinar ya eran insoportables.

Varios billetes de mil, hechos un bollo, se apretaban en el bolsillo delantero derecho del jean del Mencho, y ninguno había sido ganado trabajando. Pagar... le sonaba raro. Pagar… Y mientras la palabra, casi desconocida, bailaba en su mente, hurgó en la gastada lona azul y extrajo unos billetes extremadamente arrugados. Luego, ceremonioso, extendió rígidamente el brazo ofreciendo el pago y una mano se movió automáticamente para recibirlo.

Encasquetándose nuevamente la gorra volvió a esconder el flequillo castaño. Guardó la compra en una bolsa plástica de supermercado, atándola luego a un pasa cinto del pantalón. Encaró a la vendedora con una sonrisa satisfecha y la saludó.

—¡Chau, doña! —dijo abandonando el local alegra y con paso rápido. ¡Ja! Le pagué un regalo a la Lucía, reflexionó, orgulloso, sintiéndose extraño.

Cecilia, sentada en el inodoro y temblándole todo el cuerpo, encendió un cigarrillo.

Hernán Ernesto Bortondello nació el 7 de setiembre de 1960 en la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, donde actualmente vive. Ha desarrollado su vida laboral en la Informática desde 1975. Le gusta expresarse desde lo artístico: escribe, dibuja y pinta, tanto analógica como digitalmente, le gusta la fotografía de vida silvestre, crea artesanías con material de reciclaje y es fanático del cine y de la lectura desde niño. Ha publicado poesías y cuentos en grupos digitales de literatura como Escritores Independientes; Escritos, insomnio y café; Poetas y escritores del Mundo; etc., y sus relatos han sido publicados en revistas literarias como Sinergia y Cronopio. Trata de perfeccionar sus recursos y herramientas en distintos talleres literarios y, desde hace dos años, ancló en el TALLER 9, del que es un destacado animador.

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