Hernán Bortondello
Cecilia
se asustó. No había escuchado ningún sonido, pero algo la instó a levantar la
cabeza mientras analizaba las cuentas corrientes de sus clientas.
Probablemente, y antes que otros motivos, fue el fuerte contraste lo que la
intimidó. Del otro lado del angosto mostrador, plantado en el medio de la
coqueta boutique, la observaba un muchacho demasiado fuera de contexto, con la
mirada inexpresiva y poderosa de los que tienen un indio adentro. Su aspecto
era tan arquetípico, tan consecuente, que no tuvo dudas. Era un ladrón. Para colmo es la hora de la siesta, se
lamentó Cecilia, nerviosa. No hay un
alma en la calle a quien pueda pedirle ayuda.
—Que tal, doña —saludó el muchacho con cierto respeto y un
evidente tono de desafío.
—¿En qué te puedo servir? —contestó demasiado apurada,
olvidando el necesario buenas tardes.
—Ahí, en la vidriera, vi esa ropa de mujer... ¿Me puede
mostrar? —dijo con ansiedad.
—¿Qué tipo de ropa de mujer? —Las piernas de Cecilia temblaban
y comenzaba a ponerse histérica.
—Esa ropa de mujer... —señaló Mencho con un huidizo gesto
de la mano.
—¡Ah!, te referís a la lencería. ¡Dios mío, necesito orinar!, exclamó la voz interior; el temor siempre
desencadenaba en ella esa necesidad fisiológica.
—Sí, a eso. ¿Puedo ver que tiene? —preguntó él, fingiendo
seguridad.
—Bueno. ¿Qué querés que te muestre? Conjuntos de bombacha y
corpiño, bodies, corsés con portaligas, medias, las bombachas pueden ser tipo
tanguita, vedetina o colaless. —La invadió una sensación de
triunfo pues adivinaba que nombrar en voz alta estas prendas íntimas
avergonzaría a su joven adversario.
Sin embargo, se equivocó. Pasada la incomodidad inicial, su
interlocutor, sin contestarle, dio unos pasos hacia el sector donde se exhibían
camisones. Con un gesto inconsciente, como para ayudarse en la observación,
tironeó hacia atrás una gorra de béisbol que parecía no quitarse a menudo. Al
hacerlo, algunos mechones de cabello castaño cayeron desordenados sobre su
frente. La visera hacia atrás y con el
escudo de Boca, pensó Cecilia. ¡Son
todos iguales!
Después de unos minutos de atención, durante los cuales la
vendedora no dejó de vigilarlo, el joven se volvió hacia ella.
—¿Me puede mostrar ese rojo? —dijo indicando con la mirada
un babydoll de raso que opacaba las ingenuas ropas de noche entre las
que colgaba.
¡Mirá vos! Tiene buen
gusto y todo, reconoció Cecilia al tiempo que con manos
ágiles desplegaba el sensual atuendo ante los ojos del Mencho, quién descender la mágica tela, flotando, extendiéndose
lánguidamente sobre la superficie de cristal del mostrador. Cecilia, con
disimulo, levantó la vista de la prenda y examinó ahora más de cerca la
expresión del aparente cliente. Parecía absorto, con la cabeza gacha, quizás
imaginando como luciría su novia con el regalo. Apenas le podía ver los ojos,
parpadeando perplejos bajo el despeinado flequillo. No dejó de prestar atención
a sus manos, cerradas en puño a los costados del babydoll, como
conteniéndose para no tocarlo.
La verdad es que no es
feo el mocoso. Tiene pinta de peligroso, pero no es feo, apreció
Cacilia, tratando de evadir la situación.
Él, sin mirarla siquiera, dijo con voz apagada:
—Lo llevo nomás. —Divertido, pensó que con apoyar el caño
frío de su Colt en el cuello de aquella tía,
ésta le daría lo que pidiera. Todo lo que él le pidiera.
Cecilia por su parte, apretó los dientes, diciéndose que
ahora venía lo peor, y rogó rápidamente a Dios que al menos no le hiciera daño.
Con un amén, aspiró profundamente y se animó a decir:
—El precio es… diecinueve mil quinientos... ¿Lo pagás al
contado? —Y se sintió muy idiota haciendo la pregunta. ¡Cómo si este tipo de gente tuviera tarjeta de crédito! ¡Cómo si con
esa facha le hubieran abierto una cuenta corriente!
Otra vez la implacable mirada de indio, algo adormilada, se
clavó en los ojos de la mujer. Ella apenas si pudo mantenerse de pie cuando se
le aflojaron las rodillas y sintió que sus ganas de orinar ya eran
insoportables.
Varios billetes de mil, hechos un bollo, se apretaban en el
bolsillo delantero derecho del jean del Mencho,
y ninguno había sido ganado trabajando. Pagar...
le sonaba raro. Pagar… Y mientras
la palabra, casi desconocida, bailaba en su mente, hurgó en la gastada lona
azul y extrajo unos billetes extremadamente arrugados. Luego, ceremonioso,
extendió rígidamente el brazo ofreciendo el pago y una mano se movió
automáticamente para recibirlo.
Encasquetándose nuevamente la gorra volvió a esconder el
flequillo castaño. Guardó la compra en una bolsa plástica de supermercado,
atándola luego a un pasa cinto del pantalón. Encaró a la vendedora con una
sonrisa satisfecha y la saludó.
—¡Chau, doña! —dijo abandonando el local alegra y con paso
rápido. ¡Ja! Le pagué un regalo a la Lucía,
reflexionó, orgulloso, sintiéndose extraño.
Cecilia, sentada en el inodoro y temblándole todo el cuerpo, encendió un cigarrillo.

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