Mario Gazzola
«¡Solo el amor de
Jesús quita la suciedad de nuestras miserables vidas!», trona el Papa altísimo
e inmenso desde los holocasts sobre mi cabeza: «Mea culpa, mea maxima culpa,
recordémoslo siempre».
Son al menos una docena, ocupan el
lugar de los frescos en las naves de una catedral antigua y oscura, aparte de
las pantallas. Es mucho más grande que la vieja iglesia de piedra de mi
parroquia. Miro el confesionario.
Oscuro, inmóvil, silencioso,
cerrado por su cortinilla morada. Me da un poco de miedo, aunque no sé bien por
qué. Parece vacío, pero sé que no lo está. Él está adentro. Está adentro con mi
amiga Federica y pronto me tocará a mí. No quiero. Tengo miedo, ¡no quiero! No
quiero decirle lo que hice. No quiero decirle que lo hago... que por la noche
me toco... en la cama, antes de dormir. Que me meto los dedos y pienso... en el
novio de Fede. Sé que es pecado y no hay que hacerlo, y aquí hay muchos pecados
en uno solo. Pero no puedo evitarlo, me gusta demasiado. Lo hago todas las
noches y no me apetece contárselo.
¡Mea culpa, mea culpa, mea culpa!
¿Está bien así? Mea maxima culpa.
Me adentro en la catedral oscura y
fría. Ayer también lo hicimos juntas. Fede y yo, pero jamás se lo diré. Todavía
lo siento, el calor... su rodilla contra la mía... en la ducha de la piscina.
Me senté sobre sus piernas mientras me hablaba de ellos... me tocó por
casualidad, creo... pero después no podía parar de frotarme... Y después de que
me vine... yo también se lo hice a ella... Dios mío...
Busco con la mirada la salida, pero
la iglesia no tiene puertas. Oigo música de órgano. Voy detrás del altar para
no seguir mirando el confesionario y lo veo. El organista es un diácono joven,
pero lleva gafas de sol redondas, una boina en la cabeza y un tubo alrededor
del cuello como una bufanda. Se gira y me mira por encima de las lentes negras
con una sonrisa de reptil.
Escapo corriendo, aterrorizada.
Paso cerca de la pila bautismal,
una pileta de mármol incrustada en el suelo. El sacristán está allí de pie,
inmóvil; él también se da vuelta para mirarme: sus brazos se prolongan en
largos tubos carnosos que revuelven el agua santa. Un tubo corrugado también le
sale de debajo de la sotana y se sumerge en la pileta.
Hace un movimiento hacia mí. Corro
cada vez más fuerte, pero no logro ver una salida. Quisiera gritar y pedir
ayuda, pero tengo la boca sellada.
Me encuentro de nuevo frente al
confesionario. Veo a Fede allí: está desnuda, con las manos juntas sobre el
regazo y los ojos bajos.
El padre Leandro, de pie ante la
cortinilla, me mira con severidad. Como si viera lo que pienso. Señala con el
dedo hacia mí y dice con voz cavernosa:
—Con Federica hemos terminado.
Ahora te toca a ti.
Retrocedo.
—No —digo—, no, hoy no es mi día de
confesión... es que tendría que irme...
—Ven.
Mea culpa.
Él también está conectado al agua
santa por un tubo que le sale de la sotana.
En la mano derecha sostiene una
hostia. Retrocedo aún más. Siento que me agarran. Dos monjas con la cara negra
como el hábito me arrastran hacia el confesionario. Dedos fríos de metal.
Apoyo los pies descalzos sobre el
mármol gélido, pero no sirve de nada.
Me doy cuenta de que yo también
estoy completamente desnuda, me muero de la vergüenza.
Nohicenadanoloicenooo...
noquieroque mepreguntedelpecado...
Finalmente mi boca se abre y logro
gritar:
—Mea culpa, mea culpa. Meaaa...
¡Noooooooooooooooooooooooooooooooooo...!
Y me despierto.
Mamá me llama. Hoy
es día de confesiones y quiere que vaya sola a la iglesia. Yo no quiero ir para
nada, pero ella me dice que no haga tonterías, que una niña de once años no
necesita que su madre la lleve a la unidad espiritual, y que además allá me encontraré
con Federica y volveremos juntas.
Le digo que tengo miedo de cruzarme
con uno de esos pedófilos, o con un homosexual, un incesto u otro enemigo de la
Nova Familia, como dice el padre.
Ella no cede:
—¡Vamos! ¡Con la nueva ley ya casi
no hay ninguno suelto, ni siquiera en los barrios islámicos de Milanofuori!
—¡No tengo ganas!
—¿Qué pasa?
—Nada. Solo que no tengo...
—¿Pasó algo malo?
—No, nada, mamá.
Luego no sé cómo me sale, pero
sale:
—El padre Leandro me cae mal.
Espero la tormenta. Increíblemente,
no llega. Mamá me habla con dulzura, aunque haya criticado al sacerdote.
—No debes odiarlo, aunque a veces
haga algo que no te guste. Él sigue siendo tu párroco, Susi. —No puedo creer lo
que oigo—. Sé lo que piensas: sabes, de joven el padre Leandro también fue mi
confesor. Yo también lo detesté en ocasiones, pero luego aprendí a
entenderlo... Nosotros no somos sacerdotes, querida, no... no vivimos su
vida... ¿entiendes? —No, pero al final me manda afuera de todos modos—. Con el
tiempo verás que tú también lograrás entender su mundo...
Afuera está gris. La gente camina
mirando fijamente hacia adelante, como si nadie viera nada a su alrededor.
Parece que no piensan en nada, que todos tomaron la Hostia Médica o que miran holovisiones
místicas por todas partes.
En todos los altavoces de la calle
resuena esa versión para órgano de Mea Culpa, una canción antiquísima
que me hizo escuchar papá. Era de un... de dos de esos «musiqueros del pecado»
que estaban de moda en la Era Promiscua: un tal Brain One, o tal vez Eon, o qué
sé yo, uno con una boina en la cabeza, y otro llamado David Noséqué, que habían
hecho un disco –así los llamaban antes– que hablaba de la «vida en el
matorral», lo cual era sin duda una clara invitación a pecar. Papá dice que en
aquel entonces se podía, que incluso había tiendas especiales para vender esa
música y eran perfectamente legales antes de la Nova Reforma Nacional.
A veces me pregunto cómo se sabe si
uno se cruza con un pedófilo de verdad, si solo los has visto en holovisión. Si
no puedes oír qué música lleva en los auriculares, si de verdad escucha el holypod
o si guarda una reserva de «música promiscua» antigua que lo estimula.
Papá dice que a veces esos discos
profanos tenían incluso mujeres totalmente desnudas, sin velo, en las portadas.
Para venderlos mejor.
Ahora esa canción, Mea Culpa,
fue salvada por la versión para Órgano Sagrado de Lady Sagra & Madonnae,
pero el resto seguro hablaba de matorrales de pecado.
Y si resulta que él, es decir, el
pedófilo, te toca, después ya no podrás tener una Nova Familia bendecida...
Fede se encontró con uno, dice. Y
hasta la tocó, me lo dijo ella ayer. Pero ella ya tiene catorce años, se
confesó y el padre le da la Hostia Médica, así que podrá olvidar su pecado y
tal vez algún día tener una Nova Familia.
Fede es mi mejor amiga. Me gusta
muchísimo, y también me gusta su novio Andre, aunque él tiene al menos veinte,
tal vez veintidós años, y a una niña como yo ni la miraría. Dice que en las
confesiones el sacerdote siempre le pregunta qué hace con su novio, que debe
tener cuidado con lo que hace o se arriesga a perder la bendición y quedar
fuera de la Iglesia... después ella se ríe entre dientes y no me dice nada más,
y yo me quedo imaginándomela junto a su Andre, encerrados en su self-car...
Que al final son las mismas cosas
que quiere hacer el pedófilo, solo que él es más grande y no te pregunta si
quieres, pero te sientes obligada, me dijo ella.
Fede me contó estas cosas solo a mí
porque, de todos modos, después el padre me daría la Hostia Médica y yo
olvidaría todo, tal como lo olvidaría ella, y no se lo podría decir a nadie
más.
A la Hostia Médica la llaman así
porque no está hecha de agua y harina como las hostias de antes, me explicó
papá. Ahora las hace una industria farmacéutica con un producto químico que –si
el sacerdote te absuelve– te hace olvidar todos los pecados.
Siento pasos detrás de mí.
Papá dice que el cerebro tiene dos
tipos de memoria: la de los hechos recientes, que te hace recordar qué
calcetines te pusiste por la mañana, y la de las cosas lejanas, los recuerdos
que ya no se borran: la primera nalgada, el primer beso... o el encuentro con
un pedófilo. La Hostia Médica impide que los malos recuerdos recientes se
vuelvan eternos. Y el Ogro se esfuma.
Los pasos van al mismo ritmo que
los míos.
Papá dice que antes la Hostia ni
siquiera era sagrada: era solo un medicamento inventado para quitarles a los
adultos ciertos dolores insoportables, como cuando muere un ser querido, o para
las mujeres que habían sido violadas por pedófilos u homosexuales. Luego un
político de los NeoCristianos Moderados (o del Nuevo Centro Nacional, no me
acuerdo) se dejó ver en holo mientras la tomaba, después de que el Papa lo
perdonara por un escándalo de bailarinas en el que él no tenía nada que ver, y
desde entonces la Hostia Médica se convirtió en la verdadera Eucaristía
Absoluta.
Ahora todos la toman en holovisión,
quieren la bendición hasta los políticos Federados, que son los menos
cristianos de todos pero no quieren que Milano Centro también se vuelva
islámica. Papá dice que si quieren la bendición para sus decretos, más les vale
no andar con juegos.
Giro y lo veo. Es un hombre.
El domingo, durante el Ángelus,
hablando en defensa de la Nova Familia, el Papa dijo que la Hostia es un
Sacramento y debe tomarse solo tras la absolución, no como una droga para
borrar todo mal recuerdo, como hacen los ateos para no ver su desesperación, o
esos Fanáticos Ambientalistas y los terroristas suicidas, lo cual es un
sacrilegio mortal.
No consigo perder a ese hombre, lo
tengo siempre detrás.
Solo que yo nunca he tomado la
Hostia Médica. El padre dice que para nosotros, los niños menores de trece
años, no es necesaria salvo en casos gravísimos, como... si te toca un
pedófilo. Por eso recuerdo perfectamente cada palabra de Fede.
Doy vueltas sin rumbo un rato,
llego hasta el límite de la green-zona-de-residuos. Pero sigue pegado a
mí. Es alto, vestido de negro. Tiene una mirada ajena que da miedo.
Intento despistarlo haciendo ziszás
entre las montañas de basura apestosa.
Cuando salgo, lo vuelvo a ver. Levanto
una nube de micropolvo con los pies. Al darme vuelta, un rato después, todavía
viene detrás.
Empiezo a correr, pero él siempre
logra mantenerse a la misma distancia.
Por fin llego a mi iglesia
jadeando. Me detengo en la entrada, me armo de valor y lo miro fijamente:
—¡Váyase! ¡Deje de seguirme o lo
denuncio a la Escuadra Pedoporno!
Él también se detiene y me mira
sorprendido:
—Oye, señorita, ¿segura tú estás
bien? Yo no sigo a ti, ¿sabes? —dice con acento extranjero mientras saca el
teléfono móvil—. ¿Quieres... nosotros llamamos a tus padres?
Dos monjas oyen los gritos y se
acercan. Recobro el valor.
—¡Si no se va, lo hago mandar a la
cárcel! —grito fuera de mí, señalándolo con el índice—. ¡Terminará viviendo en
la zona de residuos como todos los demás cuando los atrapemos!
Me mira aterrorizado. Ve a las
monjas con el ceño fruncido.
—Pero tú eres... yo solo soy
alguien que va-trabaja... —balbucea. Luego se da la vuelta y sale corriendo.
—¿Qué pasó con el técnico, Susi?
—pregunta sor Inés.
—¿Cuál técnico?
—El hombre con el que gritabas
recién. Los hombres de traje negro son los técnicos del holocast,
¿sabes? Están instalando uno nuevo ahora, también aquí en la parroquia...
Entro a la iglesia sintiéndome incómoda.
A mis espaldas están sor Teresa y
sor Inés:
—¿No vas a confesarte, Susi?
—Sí, enseguida...
Fede sale del confesionario, con
los ojos bajos y las manos juntas en el regazo. Pasa a mi lado y me dice:
—Te está esperando. Se guardó un
momento a propósito para confesarte a ti, que eres de las más pequeñas.
Siento que me hielo por dentro. ¡No
puede saber ya lo de mi pecado y el de Fede! Dios, qué vergüenza. Y si... No,
no puede habérselo dicho ella, cómo va a...
De pronto me doy cuenta de que Fede
no estaba arrodillada en el confesionario. Estaba adentro. ¡Adentro con él!
Ahora sé lo que le hizo a Fede. Y
después le dio la Hostia que limpiaba todos los pecados. Ella ya no sabe nada,
pero yo sí sé.
Vuelvo a oír la frase de mi madre: «Con
el tiempo tú también lograrás entender su mundo...».
Fede camina hacia un banco como si
subiera al Calvario.
No quiero verlo.
«...Luego aprendí a
entenderlo...».
Lo veo. Está de pie ante la
cortinilla morada descorrida.
—Ven, Susi, ahora hagamos tu
confesión, ¿sí?
Me mira con dulzura, a la espera.
—Te he observado con atención estos
días y te noto muy madura.
El terror me atenaza. Como en el
sueño.
Doy un paso atrás, pero me tropiezo
con sor Inés a mis espaldas.
—Yo digo que esta Pascua de 2027 es
el momento de recibir tu primera Eucaristía Absoluta. ¿Estás contenta?
—...
—Vamos, ven... No tendrás nada que
ocultarme, ¿verdad, Susi?
—Mmm...
—Mea culpa, mea culpa. Mea...
Por la noche,
durante la cena, mamá me pregunta:
—Y bien, ¿cómo te fue? ¿Encontraste
a Fede en la iglesia?
—Sí.
—¿Y volviste con ella?
—No. La... perdí justo después.
Volví más tarde tomando el camino que pasa cerca de la zona de residuos.
—¡Uf! Sabes que no quiero que vayan
por esos barrios marginales. ¿Oíste que ayer violaron y luego lapidaron a otra
chica allí?
—Lo sé, mamá, pero... era tarde.
—Pero... ¿qué pasa? ¿Sucedió algo?
¿Discutieron?
—No, mamá.
—Bueno, ¡no me cuentas
absolutamente nada!
—Si hubiera algo que contar... me
acordaría, ¿no?

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