domingo, 30 de agosto de 2026

CONFITEOR

Mario Gazzola


Mea Culpa, can you put it better?
I'm saying I'm sorry, I made a mistake,
I Made, I committed a sin,
I made a mistake.
And I'm never gonna do it again,
I never did it before
And I'm never gonna do it again.

(Mea Culpa, David Byrne/Brian Eno,
de My Life in the Bush of Ghosts, Sire 1981)

 

«¡Solo el amor de Jesús quita la suciedad de nuestras miserables vidas!», trona el Papa altísimo e inmenso desde los holocasts sobre mi cabeza: «Mea culpa, mea maxima culpa, recordémoslo siempre».

Son al menos una docena, ocupan el lugar de los frescos en las naves de una catedral antigua y oscura, aparte de las pantallas. Es mucho más grande que la vieja iglesia de piedra de mi parroquia. Miro el confesionario.

Oscuro, inmóvil, silencioso, cerrado por su cortinilla morada. Me da un poco de miedo, aunque no sé bien por qué. Parece vacío, pero sé que no lo está. Él está adentro. Está adentro con mi amiga Federica y pronto me tocará a mí. No quiero. Tengo miedo, ¡no quiero! No quiero decirle lo que hice. No quiero decirle que lo hago... que por la noche me toco... en la cama, antes de dormir. Que me meto los dedos y pienso... en el novio de Fede. Sé que es pecado y no hay que hacerlo, y aquí hay muchos pecados en uno solo. Pero no puedo evitarlo, me gusta demasiado. Lo hago todas las noches y no me apetece contárselo.

¡Mea culpa, mea culpa, mea culpa! ¿Está bien así? Mea maxima culpa.

Me adentro en la catedral oscura y fría. Ayer también lo hicimos juntas. Fede y yo, pero jamás se lo diré. Todavía lo siento, el calor... su rodilla contra la mía... en la ducha de la piscina. Me senté sobre sus piernas mientras me hablaba de ellos... me tocó por casualidad, creo... pero después no podía parar de frotarme... Y después de que me vine... yo también se lo hice a ella... Dios mío...

Busco con la mirada la salida, pero la iglesia no tiene puertas. Oigo música de órgano. Voy detrás del altar para no seguir mirando el confesionario y lo veo. El organista es un diácono joven, pero lleva gafas de sol redondas, una boina en la cabeza y un tubo alrededor del cuello como una bufanda. Se gira y me mira por encima de las lentes negras con una sonrisa de reptil.

Escapo corriendo, aterrorizada.

Paso cerca de la pila bautismal, una pileta de mármol incrustada en el suelo. El sacristán está allí de pie, inmóvil; él también se da vuelta para mirarme: sus brazos se prolongan en largos tubos carnosos que revuelven el agua santa. Un tubo corrugado también le sale de debajo de la sotana y se sumerge en la pileta.

Hace un movimiento hacia mí. Corro cada vez más fuerte, pero no logro ver una salida. Quisiera gritar y pedir ayuda, pero tengo la boca sellada.

Me encuentro de nuevo frente al confesionario. Veo a Fede allí: está desnuda, con las manos juntas sobre el regazo y los ojos bajos.

El padre Leandro, de pie ante la cortinilla, me mira con severidad. Como si viera lo que pienso. Señala con el dedo hacia mí y dice con voz cavernosa:

—Con Federica hemos terminado. Ahora te toca a ti.

Retrocedo.

—No —digo—, no, hoy no es mi día de confesión... es que tendría que irme...

—Ven.

Mea culpa.

Él también está conectado al agua santa por un tubo que le sale de la sotana.

En la mano derecha sostiene una hostia. Retrocedo aún más. Siento que me agarran. Dos monjas con la cara negra como el hábito me arrastran hacia el confesionario. Dedos fríos de metal.

Apoyo los pies descalzos sobre el mármol gélido, pero no sirve de nada.

Me doy cuenta de que yo también estoy completamente desnuda, me muero de la vergüenza.

Nohicenadanoloicenooo... noquieroque mepreguntedelpecado...

Finalmente mi boca se abre y logro gritar:

—Mea culpa, mea culpa. Meaaa... ¡Noooooooooooooooooooooooooooooooooo...!

Y me despierto.

 

Mamá me llama. Hoy es día de confesiones y quiere que vaya sola a la iglesia. Yo no quiero ir para nada, pero ella me dice que no haga tonterías, que una niña de once años no necesita que su madre la lleve a la unidad espiritual, y que además allá me encontraré con Federica y volveremos juntas.

Le digo que tengo miedo de cruzarme con uno de esos pedófilos, o con un homosexual, un incesto u otro enemigo de la Nova Familia, como dice el padre.

Ella no cede:

—¡Vamos! ¡Con la nueva ley ya casi no hay ninguno suelto, ni siquiera en los barrios islámicos de Milanofuori!

—¡No tengo ganas!

—¿Qué pasa?

—Nada. Solo que no tengo...

—¿Pasó algo malo?

—No, nada, mamá.

Luego no sé cómo me sale, pero sale:

—El padre Leandro me cae mal.

Espero la tormenta. Increíblemente, no llega. Mamá me habla con dulzura, aunque haya criticado al sacerdote.

—No debes odiarlo, aunque a veces haga algo que no te guste. Él sigue siendo tu párroco, Susi. —No puedo creer lo que oigo—. Sé lo que piensas: sabes, de joven el padre Leandro también fue mi confesor. Yo también lo detesté en ocasiones, pero luego aprendí a entenderlo... Nosotros no somos sacerdotes, querida, no... no vivimos su vida... ¿entiendes? —No, pero al final me manda afuera de todos modos—. Con el tiempo verás que tú también lograrás entender su mundo...

Afuera está gris. La gente camina mirando fijamente hacia adelante, como si nadie viera nada a su alrededor. Parece que no piensan en nada, que todos tomaron la Hostia Médica o que miran holovisiones místicas por todas partes.

En todos los altavoces de la calle resuena esa versión para órgano de Mea Culpa, una canción antiquísima que me hizo escuchar papá. Era de un... de dos de esos «musiqueros del pecado» que estaban de moda en la Era Promiscua: un tal Brain One, o tal vez Eon, o qué sé yo, uno con una boina en la cabeza, y otro llamado David Noséqué, que habían hecho un disco –así los llamaban antes– que hablaba de la «vida en el matorral», lo cual era sin duda una clara invitación a pecar. Papá dice que en aquel entonces se podía, que incluso había tiendas especiales para vender esa música y eran perfectamente legales antes de la Nova Reforma Nacional.

A veces me pregunto cómo se sabe si uno se cruza con un pedófilo de verdad, si solo los has visto en holovisión. Si no puedes oír qué música lleva en los auriculares, si de verdad escucha el holypod o si guarda una reserva de «música promiscua» antigua que lo estimula.

Papá dice que a veces esos discos profanos tenían incluso mujeres totalmente desnudas, sin velo, en las portadas. Para venderlos mejor.

Ahora esa canción, Mea Culpa, fue salvada por la versión para Órgano Sagrado de Lady Sagra & Madonnae, pero el resto seguro hablaba de matorrales de pecado.

Y si resulta que él, es decir, el pedófilo, te toca, después ya no podrás tener una Nova Familia bendecida...

Fede se encontró con uno, dice. Y hasta la tocó, me lo dijo ella ayer. Pero ella ya tiene catorce años, se confesó y el padre le da la Hostia Médica, así que podrá olvidar su pecado y tal vez algún día tener una Nova Familia.

Fede es mi mejor amiga. Me gusta muchísimo, y también me gusta su novio Andre, aunque él tiene al menos veinte, tal vez veintidós años, y a una niña como yo ni la miraría. Dice que en las confesiones el sacerdote siempre le pregunta qué hace con su novio, que debe tener cuidado con lo que hace o se arriesga a perder la bendición y quedar fuera de la Iglesia... después ella se ríe entre dientes y no me dice nada más, y yo me quedo imaginándomela junto a su Andre, encerrados en su self-car...

Que al final son las mismas cosas que quiere hacer el pedófilo, solo que él es más grande y no te pregunta si quieres, pero te sientes obligada, me dijo ella.

Fede me contó estas cosas solo a mí porque, de todos modos, después el padre me daría la Hostia Médica y yo olvidaría todo, tal como lo olvidaría ella, y no se lo podría decir a nadie más.

A la Hostia Médica la llaman así porque no está hecha de agua y harina como las hostias de antes, me explicó papá. Ahora las hace una industria farmacéutica con un producto químico que –si el sacerdote te absuelve– te hace olvidar todos los pecados.

Siento pasos detrás de mí.

Papá dice que el cerebro tiene dos tipos de memoria: la de los hechos recientes, que te hace recordar qué calcetines te pusiste por la mañana, y la de las cosas lejanas, los recuerdos que ya no se borran: la primera nalgada, el primer beso... o el encuentro con un pedófilo. La Hostia Médica impide que los malos recuerdos recientes se vuelvan eternos. Y el Ogro se esfuma.

Los pasos van al mismo ritmo que los míos.

Papá dice que antes la Hostia ni siquiera era sagrada: era solo un medicamento inventado para quitarles a los adultos ciertos dolores insoportables, como cuando muere un ser querido, o para las mujeres que habían sido violadas por pedófilos u homosexuales. Luego un político de los NeoCristianos Moderados (o del Nuevo Centro Nacional, no me acuerdo) se dejó ver en holo mientras la tomaba, después de que el Papa lo perdonara por un escándalo de bailarinas en el que él no tenía nada que ver, y desde entonces la Hostia Médica se convirtió en la verdadera Eucaristía Absoluta.

Ahora todos la toman en holovisión, quieren la bendición hasta los políticos Federados, que son los menos cristianos de todos pero no quieren que Milano Centro también se vuelva islámica. Papá dice que si quieren la bendición para sus decretos, más les vale no andar con juegos.

Giro y lo veo. Es un hombre.

El domingo, durante el Ángelus, hablando en defensa de la Nova Familia, el Papa dijo que la Hostia es un Sacramento y debe tomarse solo tras la absolución, no como una droga para borrar todo mal recuerdo, como hacen los ateos para no ver su desesperación, o esos Fanáticos Ambientalistas y los terroristas suicidas, lo cual es un sacrilegio mortal.

No consigo perder a ese hombre, lo tengo siempre detrás.

Solo que yo nunca he tomado la Hostia Médica. El padre dice que para nosotros, los niños menores de trece años, no es necesaria salvo en casos gravísimos, como... si te toca un pedófilo. Por eso recuerdo perfectamente cada palabra de Fede.

Doy vueltas sin rumbo un rato, llego hasta el límite de la green-zona-de-residuos. Pero sigue pegado a mí. Es alto, vestido de negro. Tiene una mirada ajena que da miedo.

Intento despistarlo haciendo ziszás entre las montañas de basura apestosa.

Cuando salgo, lo vuelvo a ver. Levanto una nube de micropolvo con los pies. Al darme vuelta, un rato después, todavía viene detrás.

Empiezo a correr, pero él siempre logra mantenerse a la misma distancia.

Por fin llego a mi iglesia jadeando. Me detengo en la entrada, me armo de valor y lo miro fijamente:

—¡Váyase! ¡Deje de seguirme o lo denuncio a la Escuadra Pedoporno!

Él también se detiene y me mira sorprendido:

—Oye, señorita, ¿segura tú estás bien? Yo no sigo a ti, ¿sabes? —dice con acento extranjero mientras saca el teléfono móvil—. ¿Quieres... nosotros llamamos a tus padres?

Dos monjas oyen los gritos y se acercan. Recobro el valor.

—¡Si no se va, lo hago mandar a la cárcel! —grito fuera de mí, señalándolo con el índice—. ¡Terminará viviendo en la zona de residuos como todos los demás cuando los atrapemos!

Me mira aterrorizado. Ve a las monjas con el ceño fruncido.

—Pero tú eres... yo solo soy alguien que va-trabaja... —balbucea. Luego se da la vuelta y sale corriendo.

—¿Qué pasó con el técnico, Susi? —pregunta sor Inés.

—¿Cuál técnico?

—El hombre con el que gritabas recién. Los hombres de traje negro son los técnicos del holocast, ¿sabes? Están instalando uno nuevo ahora, también aquí en la parroquia...

Entro a la iglesia sintiéndome incómoda.

A mis espaldas están sor Teresa y sor Inés:

—¿No vas a confesarte, Susi?

—Sí, enseguida...

Fede sale del confesionario, con los ojos bajos y las manos juntas en el regazo. Pasa a mi lado y me dice:

—Te está esperando. Se guardó un momento a propósito para confesarte a ti, que eres de las más pequeñas.

Siento que me hielo por dentro. ¡No puede saber ya lo de mi pecado y el de Fede! Dios, qué vergüenza. Y si... No, no puede habérselo dicho ella, cómo va a...

De pronto me doy cuenta de que Fede no estaba arrodillada en el confesionario. Estaba adentro. ¡Adentro con él!

Ahora sé lo que le hizo a Fede. Y después le dio la Hostia que limpiaba todos los pecados. Ella ya no sabe nada, pero yo sí sé.

Vuelvo a oír la frase de mi madre: «Con el tiempo tú también lograrás entender su mundo...».

Fede camina hacia un banco como si subiera al Calvario.

No quiero verlo.

«...Luego aprendí a entenderlo...».

Lo veo. Está de pie ante la cortinilla morada descorrida.

—Ven, Susi, ahora hagamos tu confesión, ¿sí?

Me mira con dulzura, a la espera.

—Te he observado con atención estos días y te noto muy madura.

El terror me atenaza. Como en el sueño.

Doy un paso atrás, pero me tropiezo con sor Inés a mis espaldas.

—Yo digo que esta Pascua de 2027 es el momento de recibir tu primera Eucaristía Absoluta. ¿Estás contenta?

—...

—Vamos, ven... No tendrás nada que ocultarme, ¿verdad, Susi?

—Mmm...

—Mea culpa, mea culpa. Mea...

 

Por la noche, durante la cena, mamá me pregunta:

—Y bien, ¿cómo te fue? ¿Encontraste a Fede en la iglesia?

—Sí.

—¿Y volviste con ella?

—No. La... perdí justo después. Volví más tarde tomando el camino que pasa cerca de la zona de residuos.

—¡Uf! Sabes que no quiero que vayan por esos barrios marginales. ¿Oíste que ayer violaron y luego lapidaron a otra chica allí?

—Lo sé, mamá, pero... era tarde.

—Pero... ¿qué pasa? ¿Sucedió algo? ¿Discutieron?

—No, mamá.

—Bueno, ¡no me cuentas absolutamente nada!

—Si hubiera algo que contar... me acordaría, ¿no?

Mario Gazzola (Milán, 1964) es escritor, ensayista y periodista cultural. Es autor de las novelas Rave di morte (2009), Buio in scena (2022), Hyde in Time (2023) y la distopía Situation Tragedy (2024), varias de ellas ilustradas por Roberta Guardascione. Junto con Andrea Carlo Cappi editó la antología Fantasmi di oggi e leggende nere dell’età moderna (2025). Recibió el Premio Vegetti (2019) por el ensayo FantaRock y el Premio Torre Crawford (2022) por el cuento La bambola di scena. Ha publicado relatos en diversas antologías y revistas especializadas, y ha desarrollado una extensa labor como crítico de música rock, cine y teatro. Cofundador y director del sitio Posthuman.it, también colaboró con el programa televisivo Wonderland (Rai 4) y con la Enciclopedia Treccani della Musica del XX Secolo. Además, ha trabajado como guionista, realizador audiovisual y fotógrafo.

 

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