Luciano Lara
Rupert
Rubnik era un tipo desconfiado. Recuerdo que apenas empecé a trabajar para él
me di cuenta de que sería muy difícil ganarme su confianza. Nunca supe con
certeza cuáles eran las causas de su actitud, pero era evidente que había sido víctima
de algún tipo de estafa: se rumoreaba que Rupert había formado a su mejor
alumno para luego convertirlo en su asistente; que confiaba plenamente en él y
que éste le había plagiado sus mejores textos. La decepción que sufrió el viejo
filósofo fue tal, que jamás pudo volver a confiar en ningún otro colaborador;
tanto que con el paso del tiempo, la publicación de sus trabajos (que también
se rumoreaba, eran brillantes) se dilataba y se hacía cada vez más dificultosa.
Cuando yo lo conocí, Rupert Rubnik
nunca había publicado, sin embargo, era uno de los filósofos más prestigiosos
del momento; prestigio que solo se basaba en un conjunto de rumores. El día que
me contrató no hablamos demasiado, solo se limitó a decirme que era un viejo
desordenado y necesitaba ayuda.
Hubiese sido más sano dejar de lado a
Rubnik y buscar un trabajo más estable y tranquilo; por aquellos años yo
anhelaba “alcanzar el equilibrio” para mi vida. Pero la oferta de Rupert Rubnik
era demasiado tentadora como para dejarla pasar; y si bien era esencial lograr la
confianza del viejo para alcanzar el objetivo de publicar, parecía una empresa
por demás difícil. Yo contaba con una vasta experiencia en letras y me creía
experto en manejo de las “relaciones interpersonales”; confiaba plenamente en
mis virtudes y sentí que sería capaz de hacerlo.
Fueron años duros; mucho trabajo,
pero sobre todo, soportar los cambios repentinos en el estado de ánimo de
Rupert y defenderme de sus constantes acusaciones; tuve que hacer tremendos
esfuerzos en diferenciarme de otros colegas: todas las profesiones tienen
vicios y generalidades; la mía no es ninguna excepción. Fue por ello que me pasaba
la mayoría del tiempo intentando remarcarle a Rubnik, con hechos y palabras,
que yo era diferente al resto, pero el viejo me miraba incrédulo; torcía la
boca y negaba con la cabeza; a veces, ante mi insistencia y mis constantes
comparaciones, montaba en cólera, me levantaba la voz y me ordenaba retirarme
de su casa.
Durante el tiempo en el que trabajé
para él, Rupert solo se limitaba a entregarme pequeños fragmentos de su trabajo
y de manera desordenada para que no pudiera completar las ideas, pero yo estaba
fascinado con el pensamiento de Rubnik; tanto que me las ingenié para
compaginar una obra uniendo todos sus fragmentos. Al enterarse, preso de un
ataque de ira, rompió las hojas y me insultó como nunca. De regreso, caminé por
la ciudad oscura sin emitir ningún sonido, excepto por el golpeteo de cada uno
de mis pasos; masticando la peor de las decisiones: se acercaba la hora de
asumir el fracaso.
Al otro día volví para disculparme,
pero me devolvió una mirada fría; tan fría como el mismísimo invierno. No tuve
opción: me alejé para siempre; la única forma de convencer a Rubnik de que yo
no iba a estafarlo, era dejar pasar el tiempo.
Volví a verlo en su lecho de muerte;
el respeto y la admiración que sentía por él eran tales, que al enterarme de su
enfermedad terminal y su soledad, decidí acercarme para acompañarlo. Habían
pasado veinte años desde nuestro último encuentro y Rubnik no había podido
publicar un solo escrito. Quizás ha llegado la hora, pensé; ya no tiene opción
y puede que ahora sí me entregue el material para que por fin pueda ver la luz.
—Rupert —le dije con voz suave mientras le tomaba la mano. Él alzó la
mirada, torció la boca y sacudió la cabeza. No llegué a emitir palabra…
—No te gastes —anunció y se aclaró la garganta—, ya quemé todo; no vas a poder robarme.

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