viernes, 28 de agosto de 2026

LA BODA DE LOS LOBOS

Jenny Kangasvuo

 

Querida niña, siéntate y escucha mi historia. No, ¡no tengas miedo! Siéntate aquí, a mi lado… ¡Siéntate! No tiembles así, solo quiero que me escuches… Querida, qué cabello tan hermoso tienes. Aunque te cueste creerlo, no hace tanto tiempo yo también fui joven y hermosa como tú. Tu cabello es dorado y el mío era castaño oscuro, pero, de todos modos, todas las jovencitas son bonitas. Mi piel era tersa y mis ojos eran azules, como todavía lo son. ¡Mírame a los ojos! ¡Mira! ¿No son azules? Sí, claro que sí. No intentes escapar, querida.

El día de mi boda, la primavera olía a hierba y a leche, como ocurre en esos raros días de la estación. Yo llevaba un vestido de lino blanco y terciopelo verde, y cualquier poeta habría podido componer un soneto sobre mi belleza. Mi familia no dejaba de elogiarme, y el novio y yo resplandecíamos con cada cumplido. ¡No hagas ese gesto, pequeña, no seas malvada! Yo era bella. Tú también envejecerás y te volverás desagradable, querida, y entonces alguna jovencita se burlará de ti. A tu edad, yo también me burlaba de los viejos, y el destino me castigó por eso.

Pero volvamos a la boda. Como hija única de una familia opulenta, yo era una niña mimada y consentida. Mi padre había concertado mi matrimonio con el hijo mayor de una familia burguesa. La alianza uniría para siempre a nuestras familias y acrecentaría todavía más sus fortunas. También para mí era un acuerdo conveniente: el novio tenía algunos años menos que yo y me resultaría fácil manejarlo. No lo amaba, por supuesto, pero me parecía lo bastante atractivo como para compartir la cama con él.

Aunque el matrimonio había sido acordado por nuestros padres, la boda me pertenecía por entero. Mi madre y yo habíamos planeado hasta el último detalle. Ocupaba una silla de honor frente a la gran mesa del banquete. Aquel era mi día y, después de un poco de vino, los dulces besos de mi novio y la tierna carne de ternera, me sentía el centro de ese pequeño mundo. Todos me miraban: mi padre, mi suegro –con un destello de lujuria en los ojos–, mi novio. Salvo mi madre, henchida de orgullo, las mujeres me observaban con envidia, y yo no disimulaba cuánto lo disfrutaba. Éramos cerca de cien personas, pero las dos familias, ahora unidas, compartían una misma mesa.

Sucedió cuando mi padre propuso el primer brindis en honor de los novios.

Se produjo un altercado en la puerta principal, que habían dejado abierta para que los invitados entraran y salieran. Desde mi sitio podía verla con claridad: uno de nuestros criados discutía a gritos con una mendiga y una criatura mugrienta. Deseé que se librara pronto de ellos. El pelo de la mujer estaba tan enmarañado que parecía cubierto de moho; la criatura vestía harapos y estaba tan sucia que no pude saber si era un niño o una niña.

Mi padre se distrajo al verlos, pero prosiguió con el brindis. Los mendigos se marcharon y la boda volvió a ser perfecta.

Después le llegó el turno a mi suegro. A mitad de su discurso, los mendigos entraron en el salón por una puerta lateral. Se mostraron humildes y permanecieron en silencio hasta que concluyó el brindis. Mi suegro no les prestó atención, pero advertí que mi padre los miraba con furia. Cuando terminó el discurso, la mendiga pidió limosna y prometió bendecirnos si le dábamos a ella y a la criatura un poco de pan y carne. La sola idea de recibir la bendición de aquel ser me hizo estremecer. Mi padre lo advirtió y ordenó a los criados que los expulsaran.

—¡Cómo te atreves a pedir la comida destinada a los invitados de la boda! ¡No necesitamos tus bendiciones, mendiga!

La mendiga y la criatura parecieron asustarse y huyeron. ¿Cómo podían ser tan repugnantes? Decidí que nunca daría limosna a gente sucia y desagradable; solo a quienes fueran capaces de mantenerse limpios y aseados.

Por un momento volvieron la paz y la alegría. Me serví unos dulces y bebí algo de vino mientras continuaban los brindis. Mi belleza, mi prudencia y mis buenos modales recibieron tantos elogios galantes que acabé por cansarme de ellos.

Cuando sentí la primera punzada, pensé simplemente que había comido demasiado. Un instante después, el dolor empeoró y pensé que me habían envenenado. Entonces me atravesó la agonía más espantosa que hubiera conocido. He dado a luz, querida, como quizá lo hagas tú algún día. Parir es muy doloroso, pero aquella vez sentí como si cada músculo y cada órgano de mi cuerpo estuvieran naciendo de nuevo.

Me tambaleé e intenté aferrarme a la mano de mi padre, pero vi que él también se estremecía. Mi novio sufría convulsiones espantosas y su madre estaba doblada por el dolor. La agonía apenas me permitía ver, pero todo cuanto alcanzaba a distinguir parecía vibrar al compás de mi tormento. Los miembros de ambas familias se sacudían entre terribles espasmos. El hermano menor de mi novio intentaba aferrarse a la mano de mi madre; mi tía se había desplomado en el suelo y su cuerpo se arqueaba con cada convulsión; mi abuela política se golpeaba la cabeza contra la pared. Nadie acudió en nuestra ayuda. Los invitados escaparon en desbandada y los criados huyeron.

Me zumbaban los oídos, pero aun así distinguí con claridad una voz infantil:

—¡Ahora saltan y tiemblan!

La criatura y la mendiga estaban en medio del salón. Yo seguía sin saber si se trataba de un niño o de una niña, pero parecía tranquila y divertida. Nos contempló un rato y después echó a correr. Lo último que vi fueron sus sucios pies descalzos.

Las convulsiones empeoraron. Oí que algo se rasgaba y comprendí que era mi vestido de novia. Cerré los ojos y gemí. Intenté tocarme el cuerpo, pero las manos ya no me obedecían. A mi alrededor resonaban gritos cuyas voces no podía reconocer. Mi cuerpo se estremeció y deseé morir.

De pronto, el dolor desapareció.

Pero no era solo el alivio de que el dolor hubiera cesado. Me sentía firme y satisfecha. Intenté levantarme, pero quedé enredada en los jirones del vestido de novia. Me sacudí y los mordí hasta liberarme. Me puse de pie y, por un instante, todo pareció normal. El salón estaba en silencio.

Reinaba un extraño equilibrio.

Entonces volví a oír la voz infantil:

—¡Ahora se han convertido en lobos!

La criatura estaba de pie en medio del salón y nos miraba sin miedo.

Miré a mi alrededor y vi a mi novio librarse de los jirones de lo que había sido su traje de bodas. Lo reconocí de inmediato por el olor. Me acerqué y él se agazapó ante mí, con las orejas y la cola gachas. Me lamió el hocico y se lo permití. Mi padre se aproximó y me miró a los ojos; yo bajé la cabeza. Mi novio también le lamió el hocico, pero yo no lo hice.

Pronto todos se reunieron a nuestro alrededor, olfateando y dejándose olfatear. Por un momento pareció que mi padre y mi suegro iban a luchar, pero mi padre sostuvo la mirada hasta que el otro bajó la cabeza y cedió.

Yo estaba alerta, aunque confundida. Me abrumó el vértigo de tantos olores, pero pude reconocer cada uno: el de un bebé aún no destetado, el perfume del agua de rosas, los densos aromas de la carne asada y el pastel de zanahoria.

—¡Fuera, lobos! ¡Salgan, salgan! —gritó la mendiga al entrar en el salón. Su hedor nos horrorizó a todos. Nos expulsó a golpes de rama—. Dentro de siete años podrán pedir pan y carne. Si alguien se los da, volverán a ser humanos.

Atravesamos el pueblo a la carrera, rumbo al bosque, que olía a pino, presas y seguridad. Nadie podía detenernos.

Éramos diez lobos solitarios y desorganizados que avanzaban juntos. Nos dejábamos guiar por cualquier olor tentador: las heces frescas de un ciervo, el esqueleto putrefacto de algún ternero extraviado. Parecíamos una camada de cachorros torpes, sueltos por primera vez en el bosque. Y, en cierto modo, eso éramos: cachorros inexpertos e imprudentes.

No teníamos padres ni parientes que nos enseñaran a jugar, a cazar y a convivir sin despedazarnos. Por supuesto que hubo peleas. Todos aceptábamos la autoridad de mi padre, pero mi tío luchó con mi suegro hasta imponerse sobre él en la jerarquía.

Mi madre y mi suegra se gruñían, y yo también les gruñía. Era más fuerte que mi madre, pero ¿quién lucha contra aquella que lo amamantó?

Durante un tiempo, cada uno anduvo por su lado. No sé cuánto duró: la mente de un lobo no mide el tiempo con precisión. La bruja que nos había maldecido sabía que no podríamos contar los siete años que había fijado y que probablemente ninguno de nosotros volvería a ser humano.

Pero yo lo soy, querida, y pronto sabrás qué tragedias tuve que afrontar para conseguirlo. Veo que mi historia te ha fascinado. ¡Qué bien!

El bosque no era extenso y la mayoría de los lobos que vagaban por la región acababan muertos a pedradas. Las aldeas estaban muy cerca unas de otras y numerosos caminos atravesaban la espesura. Cualquier lobo verdadero habría advertido la intensidad del olor humano, pero nosotros habíamos convivido con él y no nos resultaba extraño.

No sabíamos qué significaba ser lobos y disponíamos de muy poco tiempo para descubrirlo. No había otros que pudieran guiarnos… y, de haberlos habido, nos habrían evitado. Algunos quizá habríamos conseguido incorporarnos a una manada en los peldaños inferiores, pero, debido a mi padre, eso habría sido imposible.

Nuestra primera cacería en grupo fue accidental. Mi novio, mi madre y yo jugábamos a perseguirnos la cola cuando un conejo salió de entre unos arbustos. Ya habíamos percibido su olor, pero no le prestábamos atención. Lo rodeamos y, de pronto, el juego se volvió serio. Yo corrí hacia un lado y mi novio hacia el otro; cuando el conejo dio un salto brusco, mi madre lo atrapó.

Por un momento nos quedamos atónitos. ¡Qué sencillo había sido! Los conejos no son presas fáciles: son rápidos e imprevisibles, al menos para cazadores inexpertos como nosotros. Lo devoramos en paz y en silencio. Fue nuestra primera comida compartida.

Nuestra manada fue tomando forma poco a poco alrededor de los hábitos de caza. Mi padre era el jefe, pero mi madre ocupaba una posición equivalente. Demostró ser una cazadora extraordinaria; cuando ella nos guiaba, todo resultaba fácil. Conseguíamos más comida de la necesaria y por primera vez pudimos compartirla. Incluso mi abuela comía bien, aunque no participaba de las expediciones. Cazamos ciervos y hasta alces, pese a que uno de ellos pateó a mi tío y le quebró una costilla.

Durante el verano comimos presas gordas, dormimos al sol, jugamos y nos acariciamos unos a otros. A veces aullábamos. La comunión que experimentábamos al hacerlo era más intensa que cualquier cosa que hubiera sentido como humana o que sentiría después.

Los veranos eran maravillosos, pero ninguno como aquel primero. Todo estaba lleno de aromas nuevos y frescos, y la caza nos daba alimento y placer.

El primer invierno, en cambio, fue penoso. Aunque habíamos cazado juntos todo el verano, aún éramos torpes, y ahora la necesidad nos volvía desesperados. Es más fácil abatir ciervos gordos en las praderas que perseguir animales escuálidos sobre la nieve.

Mi abuela murió aquel invierno. Me entristeció, pero el invierno nunca es benévolo con los viejos. Aceptamos su muerte y esperamos la primavera.

En primavera, mi madre entró en celo. No lo habíamos previsto y ella se comportaba como una loba joven en su primer celo. No sabía qué hacer ni cómo imponerse ante los machos y, aunque mi padre era su pareja, casi todos los del grupo acabaron montándola. Años después, eso habría sido imposible: mi madre no lo habría permitido y los demás la respetaban demasiado. Pero el olor de aquel primer celo era demasiado nuevo y delicioso para que pudieran resistirse.

Quizá tenía que ocurrir de ese modo. Mi madre quedó preñada y parió siete cachorros de distintos padres. Podíamos reconocer por el olor la ascendencia de cada uno y, gracias a ellos, acabamos por convertirnos en una verdadera manada. Los cachorros eran nuestro tesoro, nuestra razón de vivir. Nos dieron alegría y amor. Todos queríamos jugar con ellos o regurgitar alimento en sus bocas, aunque después pasáramos hambre.

Cavamos una gran madriguera cerca de un río. Los cachorros crecieron y, aunque algunos no sobrevivieron, cuando llegó el invierno ya éramos un grupo de caza muy eficiente. Los jóvenes acabaron siendo mejores cazadores que nosotros, que habíamos aprendido demasiado tarde.

Durante los años siguientes vivimos felices y en paz. Por supuesto, había peleas. Algunos cachorros fuertes se enfrentaban con los demás y se marchaban. Varios de ellos formaron otra manada y se delimitaron los territorios. Después de algunas riñas, la convivencia resultó sencilla: la otra manada no invadía nuestros dominios y nosotros respetábamos los suyos.

Un otoño, mi madre quebró una delgada capa de hielo, cayó al agua y se ahogó. Al principio, su muerte provocó cierta confusión, pero pronto se estableció una nueva jerarquía. Mi padre envejecía y el hermano menor de mi novio lo desafió. Mi padre apartó la mirada y no le gruñó. Yo no tuve que luchar con nadie: después de mi madre, siempre había ocupado el lugar más alto entre las hembras.

He llamado «mi novio» al macho con quien me casé aquella lejana mañana de primavera, pero su hermano menor se convirtió en mi verdadera pareja. Mi novio era tímido y sumiso, y nunca intentó ascender en la jerarquía. Su hermano era más vigoroso y el macho más sabio de la manada. Era natural que se convirtiera en el líder.

Era justo, cuidaba de los cachorros y de los ancianos, no disfrutaba de las peleas y era muy tierno. También juguetón y divertido. Yo amaba la vida a su lado y, cuando llegó mi primer celo, estaba más que dispuesta a aparearme con él. Aquellas semanas fueron intensas: me montaba varias veces, incluso en un mismo día. No necesitaba mantener alejados a los otros machos; mis hermanos menores eran demasiado jóvenes y los mayores, demasiado viejos.

En verano parí una camada de cachorros hermosos y fragantes. Los lamí con cuidado, corté con los dientes sus cordones umbilicales y devoré la placenta. Cuando se prendieron de mis pezones y gimieron de hambre, me sentí plenamente satisfecha. No recordaba mi vida humana, porque no había motivos para pensar en el pasado ni en el futuro. Amaba a mis cachorros y a mi compañero; éramos buenos líderes, capaces de proporcionar comida y seguridad a la manada, y eso bastaba.

Mis cachorros crecieron fuertes y sanos, y nuestra manada se volvió muy numerosa. Una de mis hijas se marchó al alcanzar la madurez. No intentó conquistar un puesto más alto –era demasiado sabia–, pero también demasiado fuerte y obstinada para permanecer con nosotros. Se unió a un lobo solitario y así surgió una tercera manada en el bosque. El territorio era limitado y sus fronteras cambiaban sin cesar, de modo que cada grupo disponía de menos espacio. El bosque era demasiado pequeño para tres manadas; las presas escaseaban incluso en verano. Y, cuando llegó el invierno, ocurrió lo inevitable.

Aquel invierno fue más duro que los anteriores. Los ciervos habían sido cazados o se habían alejado. Volvimos a subsistir gracias a pequeñas correrías, como no hacíamos desde el primer verano. Debíamos cazar a diario para llenar el estómago. Ya no había jornadas ociosas en una madriguera cálida, junto al cadáver de un alce capaz de alimentarnos durante días. Nuestra numerosa manada se moría de hambre.

En pleno invierno, cuando ya no parecíamos conocer otra cosa que el hambre, decidí que aquello debía terminar. El bosque estaba rodeado de aldeas y, aunque el hedor de los humanos resultaba aterrador, morir de hambre lo era mucho más. Siete de nosotros entramos de noche en la aldea. Procuramos movernos con el mayor sigilo posible, pero siete lobos no pueden pasar inadvertidos. Percibimos el rastro de otros lobos y también el de mi hija. Comprendí que la aldea se había convertido en la última fuente de alimento para todas las manadas del bosque.

Un perro nos ladró. Mi hermano se abalanzó sobre él y le quebró el espinazo. Despedía un olor extraño, semejante al de un lobo; si hubiera sido una hembra en celo, mi hermano la habría montado antes de matarla. Ahora era comida.

Entramos en el cobertizo más cercano al bosque. Allí guardaban ovejas y matamos tantas como pudimos. Fue sencillo, y pronto el cobertizo se llenó del delicioso olor de la sangre y la carne. Despedazamos un cordero y lo devoramos para recobrar fuerzas; después empezamos a arrastrar los cadáveres hasta la madriguera.

Aquella noche comimos bien. Todos llenamos el estómago encogido y todavía quedó alimento. Podríamos descansar y limitarnos a perseguir topos durante algún tiempo. Sin embargo, el descanso no fue placentero. Estábamos exhaustos, el invierno continuaba y sabíamos que el hambre no tardaría en regresar.

Pero muchos de nosotros jamás volverían a sentir hambre. Apenas dos días después de nuestra incursión, los aldeanos atacaron la madriguera. No recuerdo con claridad lo sucedido; el terror y la pena lo envuelven todo en sombras. Recuerdo el hedor espantoso de la sangre de lobo, los gemidos de dolor de mis hijos, el estampido de los arcabuces y los gritos de los hombres. Yo compartía el liderazgo de la manada, pero no pude hacer nada. Intentamos defendernos y proteger a los demás, pero los hombres nos aniquilaron. Vi morir a los miembros de mi familia uno tras otro.

Todavía me pregunto por qué no morí aquel día. Quizá sobreviví para poder contarlo. Me has escuchado con mucha atención, queridísima niña, pero esta historia no tiene un final feliz.

Me refugié en una vieja madriguera de zorro, que ensanché cavando, y volví a alimentarme de ratones. Recorrí el bosque, pero no hallé rastros de otros lobos vivos. El olor de nuestras marcas territoriales se desvanecía. Durante un tiempo volví a señalar los límites con mi orina, hasta que comprendí que no tenía sentido: ya no quedaba nadie que pudiera olerlos.

En un espléndido día de primavera me encontré con una niña que recogía hierbas.

El día era tan hermoso como el de mi boda, aunque entonces no lo recordé.

La niña se quedó mirándome, pero no parecía demasiado asustada. Llevaba una cesta colmada de hierbas de toda clase y estaba comiendo. Nos observamos durante un rato. Luego cortó una rebanada de pan de centeno, la ensartó con el cuchillo y me la ofreció.

—Vamos, pobre loba hambrienta. Come un poco de pan; hay suficiente para las dos.

Vacilé y avancé unos pasos, pero no me atreví a acercarme más.

—Ah, tú comes carne. Quizá no te guste el pan. También te daré un poco de carne.

La niña cortó un trozo de cerdo salado, lo ensartó con el cuchillo y me lo tendió.

El olor de la grasa de cerdo era embriagador. Me acerqué con cautela, arrebaté la carne y el pan y huí.

Me comí el pan y la carne. El cerdo tenía un sabor extraño, demasiado salado y ahumado; no era tan sabroso como la carne fresca después de una cacería. Pero, tras subsistir a base de escuálidos ratones de campo, me pareció delicioso.

Entonces me invadió una agonía terrible. Me revolqué, gemí y jadeé; parecía que el dolor duraría para siempre. Recordé vagamente haberlo sentido antes, pero el tormento me impedía pensar. Mi columna se estiró, la cola se replegó, el cráneo cambió de forma y el pelaje se hundió en la piel.

Al cabo de un rato quedé entumecida y temblorosa. Ya no podía distinguir bien los olores; estaba casi ciega y sorda. La hierba me pinchaba y me irritaba la piel. Me abracé para conservar el calor y entonces comprendí: ¡era humana otra vez!

Me puse de pie, pero la postura me resultó extraña. Era tan alta que me mareaba. Ya no había rastros olorosos que pudiera seguir. El bosque, mi hogar, había dejado de serme familiar.

Regresé a mi madriguera, pero no pude deslizarme dentro. Sabía que ya no era una loba, aunque ignoraba en qué me había convertido.

Robé huevos de los nidos, pero los ratones de campo eran demasiado rápidos para mí. Y, aunque hubiera atrapado alguno, ¿cómo habría podido comérmelo? Ya no tenía dientes adecuados ni un estómago resistente.

La primera noche fue terrible. Lloré por mi compañero, por mi manada y por mis cachorros, y también por la vida de loba que me habían arrebatado con tanta crueldad.

La venganza de la mendiga había sido ingeniosa. Me había concedido una vida plena y feliz para después arrebatármela. Nunca volvería a sentirme dichosa. No sabía si agradecerle los años que había vivido como loba o maldecirla por los que había perdido como mujer.

Al cabo de unos días tuve que ir a la aldea. Estaba desnuda y no sabía hablar, pero la misma gente que había exterminado a mi manada me brindó cuidados. Me dieron comida y ropa y, después de un tiempo, lana y agujas. Yo no sabía tejer; como hija de un hombre rico, nunca había necesitado aprender. Sin embargo, aprendí pronto. Era silenciosa y los aldeanos me dejaban en paz. Tejía a cambio de comida, y eso me bastaba. El movimiento incesante de las agujas me ayudaba a no pensar que había perdido cuanto amaba.

El castigo definitivo para mi antiguo orgullo llegó cuando vi la piel de mi hija extendida en el suelo de la casa del alcalde. Caí de rodillas sobre ella y lloré. No tenía a quién culpar por su muerte, ni siquiera a mí misma. Estábamos hambrientos y, sin comida, todos habríamos muerto. Había sido decisión mía atacar las ovejas de la aldea, pero, en pleno invierno, no había sido una decisión equivocada.

Ahora ya conoces casi toda mi historia; no queda mucho más. He vivido en la aldea como una solterona y se la he contado a cualquiera dispuesto a escucharme, incluso a quienes no querían hacerlo, como tú, querida. No, no niegues con la cabeza. Sé que no quieres estar sentada a mi lado ni escucharme. Pero eres tan hermosa cuando sonríes, querida… Por favor, sonríe un poco más para mí.

Jenny Kangasvuo nació en 1975 y vive en Oulu, la capital del norte de Finlandia. Cuando publicó su primera novela, Sudenveri, obtuvo el premio al mejor libro de fantasía de 2012. En sus relatos se centra en la encarnación, la sexualidad, la metamorfosis y las tradiciones e historias locales. También tiene un pasado oscuro como académica y un doctorado en antropología cultural. En 2023 publicó la novela Hiukset takussa que describe una relación poliamorosa ambientada en Oulu.

 

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