Kenji Albani
Donde los sueños
se convierten en pesadillas, se repetía Kappa.
Jamás habría apostado a que aquel
lugar, tierra de nadie entre los estados de Nueva York y Nueva Jersey, pudiera
convertirse en un territorio de dolor y muerte.
Kappa avanzaba entre los escombros
y los restos de una de las tantas ciudades destruidas después de la Última
Guerra Mundial. En el Refugio todos decían que la Última terminaría
convirtiéndose en la Penúltima, y así sucesivamente.
El hombre, la criatura más
imperfecta creada por Dios, era buena gente; lástima que sintiera la imperiosa
necesidad de masacrarse con otros hombres.
Kappa trató de vaciar su mente de
pensamientos.
—Es una misión en solitario —y,
si no quería conocer el plomo enemigo—: Debo tener cuidado.
Caminaba sobre el asfalto
agrietado. Cada pocos metros aparecía un montón de escombros; luego, los restos
de una masacre...
Kappa estaba a punto de dar un paso
más cuando, en el instante mismo en que levantó el pie derecho, una vocecita en
su cabeza le sugirió que se detuviera.
Se detuvo.
Miró hacia la derecha, hacia lo
alto, y vio a un francotirador enemigo.
Yo sé que él no sabe, pensó
Kappa.
Frunció el ceño bajo la cinta
kamikaze, se agachó y descargó un puñetazo contra el suelo.
Una sacudida sísmica se propagó por
la superficie, permitiéndole impulsarse con un salto de saltamontes.
El francotirador, claro que lo vio,
y abrió fuego con el Barrettunov MK82.
Demasiado tarde.
Kappa aterrizó sobre el techo del
edificio donde estaba su adversario, imprimiendo suficiente fuerza como para
atravesarlo.
Polvo.
Gritos.
Un gemido.
El enemigo le apuntó con el MK82,
aunque la longitud del arma le impedía maniobrar cuando Kappa ya estaba encima
de él.
Lo atacó y lo empujó hacia la
ventana.
El hombre intentó resistir.
Ese intento puso en aprietos a
Kappa. Las cuchillas montadas en sus antebrazos chirriaban contra el metal del
Barrettunov, y entonces el soldado enemigo le hizo una zancadilla.
Otra vez el chirrido del metal
contra el metal.
Kappa estuvo a punto de
precipitarse al vacío.
Gracias a la agilidad adquirida con
las artes marciales recuperó el equilibrio y dio un último empujón a su
adversario.
Con la espalda apoyada sobre el
pretil de la ventana, el hombre lanzó un grito.
Se oyó el ruido de huesos
quebrándose.
Un solo hueso.
La columna vertebral.
Kappa lo había doblado en dos de
una manera antinatural y, al reconocer la agonía de aquel hombre, sonrió.
Se agachó y, sin darle tiempo
siquiera a arrojarse al suelo para implorar piedad, le sujetó los tobillos y
los levantó.
El soldado enemigo lanzó un alarido
mientras caía, que terminó con un SPLAT.
Kappa se sintió clemente.
Generoso.
En lugar de condenarlo a pasar
el resto de su vida en una silla de ruedas a vapor, lo maté.
Kappa reanudó su camino.
Debo continuar la misión.
Nueva York, Nueva Jersey,
América... N.Y.N.J.A.
Donde los sueños se convierten
en pesadillas.
Kappa todavía tenía otra pesadilla.
Y, si seguía siendo tan hábil
durante mucho tiempo, viviría hasta los treinta años —la máxima esperanza de
vida— acompañado por muchas otras noches de insomnio pobladas de pesadillas
hechas de gritos que terminaban en SPLAT.
Kenji Albani: nació en Varese el 13
de noviembre de 1990 (su nombre es japonés, pero es italiano). Finalista del
concurso de la editorial Giulio Perrone en 2008, desde entonces ha publicado
alrededor de veinte relatos cortos en revistas literarias locales y plataformas
en línea. También ha publicado alrededor de quince artículos sobre diversos
temas (desde deportes hasta cultura, incluyendo paleontología) en sitios web y
revistas especializadas. Actualmente estudia en la Facultad de Ciencias de la
Comunicación de la Universidad de Insubria en Varese, y en septiembre se graduó
como guionista de cómics en la Escuela de Cómics de Milán. También en
septiembre, publicó Il serpente che si morde la coda (La serpiente que
se muerde la cola), una serie de Imperium publicada por Delos Digital.

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