Joaquim Bispo
En su habitación
del gineceo del palacio, Penélope medita sobre su impotencia ante las
despreciables insistencias de los pretendientes. Abajo, en el gran salón, se
dan un festín con las fragantes carnes de las reses de sus dominios,
profiriendo estruendosos y groseros gritos de júbilo, sin respeto por la casa
que los acoge ni por su anfitriona. La repulsión física que siente por aquellos
brutos no es menor que la ira que le provoca el saqueo al que someten su
patrimonio. Si tuviera una espada, otro sería el festín y otras las carnes
sacrificadas, pero Penélope no dispone más que de una vaina.
Ulises partió hace muchos años,
alzando gloriosamente su espada fulgurante. Al frente de sus guerreros, la
espada de Ulises prometía la victoria junto a las murallas de Troya. Él y sus
compañeros hundirían las espadas de Marte en los cuerpos de muchos adversarios
valerosos. Atrás quedaron las esposas, las madres, con la ambigua defensa de
sus vainas de Venus. ¿Cómo enfrentar el mundo con una vaina?
Diez años duró la guerra de Troya.
¿Fueron batallas constantes o apenas un tedioso asedio, como susurraban los
rumores? ¿En qué actividades habrían empleado los combatientes aquellos diez
años? Conociendo a los hombres y sus valores, Penélope cree que pasaron los
interminables días del sitio exhibiendo y comparando sus espadas. Y
acariciándolas para realzar su brillo. Mucha vanidad depositan los hombres en
sus espadas. Confían en su rigidez, se enorgullecen de su brillo, se reconocen
en ellas como símbolo excelso del esplendor de su virilidad.
Transcurridos aquellos diez años,
saqueada Troya, todos los combatientes regresaron a sus hogares, con mayor o
menor fortuna, pero Ulises no. ¿Andará saqueando ciudades, devastando campos
enemigos, apoderándose de rebaños de gordos terneros? ¿O, objeto de la ira de
los dioses, habrá sido desviado de su ruta hacia playas remotas, escollos
destructores? ¿Cómo puede saberlo Penélope? Un viajero naufragado en las costas
de Ítaca le dice que vio a Ulises en Creta, recibido con honores de héroe;
otro, que oyó hablar de las desventuras marítimas del navegante Ulises.
Penélope espera. ¿Qué puede hacer
una esposa que ama a su marido sino esperar? Siente nostalgia. Siente soledad.
Acurrucada en el lecho que compartió con Ulises, se compadece de su vaina,
también abandonada allí, triste y llorosa, como una niña perdida y hambrienta.
Con cuidados maternales, la colma de caricias para que consiga dormirse.
Han pasado ya diecisiete años y
Ulises continúa ausente. El padre de Penélope insiste en que es demasiado
tiempo de espera; que debe volver a casarse. El mundo conspira contra las
mujeres. Todos dictaminan que debe haber una espada en aquella casa. El hijo de
Ulises empuña, naturalmente, una espada, pero solo tiene diecisiete años. Es
demasiado joven para defender un patrimonio como el de su padre.
Penélope todavía es bastante joven
y hermosa y despierta claramente el interés de numerosos pretendientes de la
isla y de fuera de ella, todos nobles y valerosos, como exige la nobleza de la
excelente dama cortejada. Sin embargo, a Penélope le parece que el interés de
los pretendientes es aún mayor por la inmensa riqueza que representa el
patrimonio de Ulises. A todos les niega su lecho y sus dominios, pero ellos no
se marchan. Amparados por el dictamen favorable a las espadas del padre de
Penélope, se quedan, se instalan, comen y beben a costa de los bienes de
Ulises, hasta que ella elija a uno.
Son muchos, se empeñan en exhibir
la evidencia de sus espadas; no se los puede combatir sino con astucia.
Penélope es la esposa de un hombre conocido como «Ulises, el de los mil
ardides». También ella medita estratagemas para ganar tiempo.
Los dioses deciden ayudar a
Penélope, a pedido de Atenea y a través de ella. Casta como es, admira y quiere
recompensar la fidelidad conyugal de Penélope. Una idea es inspirada a la
mortal.
Declara que elegirá pretendiente
después de terminar el sudario funerario para el padre de Ulises, ya entrado en
años. Tal vez entretanto llegue Ulises. Pero pasan los meses y Ulises no
regresa. Penélope deshace por la noche la trama tejida durante el día.
Penélope ya no sabe qué temer más:
la funesta muerte de su esposo en remotas batallas o la seducción de
hechiceras, ninfas y diosas envidiosas. ¿En quién estará clavando Ulises su
espada: en los cuerpos de enemigos crueles y despreciables o en carnes más
delicadas y propicias? Las costas de los mares inquietos están llenas de
tentaciones y peligros.
Tejer, urdir una tela, manejar
miríadas de hilos, unir unos, separar otros, ayuda a Penélope a meditar, a
adquirir una visión más amplia de la complejidad de los desafíos que enfrenta.
Agudiza su intuición, le revela otros patrones, otros tejidos. Evalúa
posibilidades donde antes solo encontraba obstáculos. Atenea no la abandona.
Delibera con su hijo y con Mentor,
el fiel amigo a quien Ulises dejó al cuidado de sus dominios. Los envía a pedir
ayuda a los valerosos héroes y compañeros de Ulises en Troya, que regresaron
hace mucho, pero también ellos solo vislumbran la solución matrimonial con uno
de los pretendientes. La lógica de la espada prevalece.
Su padre y sus hermanos presionan a
Penélope para que acepte a Eurímaco, el pretendiente que le ha ofrecido los
regalos más valiosos. También a ella le parece el menos malo de quienes la
cortejan. Nunca Antínoo, el rudo y agresivo líder de la arrogante turba de
pretendientes. Disimuladamente, va evaluando los modales corteses de Eurímaco,
su porte noble, la elegancia de su gladio, mucho más admirable que las
despreciables dagas o las traicioneras cimitarras de la mayoría. Pero le pesa
la imposición de elegir. No es una opción digna de una reina. Sobre todo sin
tener la certeza de la muerte de Ulises.
Si los pretendientes fueran dos o
tres, fácilmente podría crear algunas intrigas, avivar los celos y librarse de
todos, pero con ciento ocho...
Terrible dilema. Es como si Hera,
protectora de las mujeres casadas, intrigada por la extrema fidelidad de
Penélope, bloqueara otras ayudas de los dioses, proponiéndose observar cómo
conseguirá una mortal salir del aprieto en que se encuentra. Tal vez la mortal
encuentre soluciones para problemas tan complejos como los que a veces ella
misma enfrenta: las constantes infidelidades de Zeus.
La situación es muy difícil, un
problema sin solución visible. Solo los aedos vislumbraron y cantaron una.
Supuestamente, gracias a una ayuda a Ulises decidida por los dioses. Homero
cantará un regreso tumultuoso y devastador de Ulises. Con la ayuda de Atenea,
llegará a Ítaca disfrazado de mendigo, entrará en su palacio ocupado y, con la
ayuda de su hijo y de un porquerizo, se revelará ante algunos sirvientes que
permanecieron fieles y obtendrá su apoyo. Entonces urdirá un plan terrible que
ejecutará implacablemente hasta dar muerte a todos los pretendientes. Sin
perdonar a ninguno. E incluso a algunas sirvientas que se entregaron a ellos,
por haber convertido en burdel la casa de su señora.
¿Qué Ulises implacable es este?
¿Cuán brutal y sanguinario se ha vuelto un hombre que, después de matar a los
principales y más odiosos pretendientes, continúa la masacre incluso después de
que le imploran perdón y se ofrecen a reparar todos los daños causados en su
casa? ¿Y matar a simples sirvientas? ¿Cómo desapareció su legendaria sensatez?
¿En qué se ha convertido Ulises? Nadie lo reconoce. A la mayoría solo consigue
convencerla mostrando una antigua cicatriz en la pierna. ¿Es realmente Ulises
quien regresa? ¿O un aventurero que convivió con él y fue su confidente?
Otros aedos cantarán versiones
libidinosas de los amores adúlteros de Penélope. Una llegará al extremo de
afirmar que fue cediendo sucesivamente a los más de cien pretendientes. Muy
adulterada tendría que estar la memoria para admitir que algo así pudiera
concebirse de una princesa de Esparta, ciudad por excelencia de las mujeres
virtuosas.
En una nueva deliberación,
Penélope, su hijo y Mentor reconsideran las distintas posibilidades.
Difícilmente conseguirán librarse de los pretendientes por los medios
tradicionales. Ellos poseen la abrumadora ventaja de la fuerza, tanto de manera
inmediata como en futuras represalias. Hay que recurrir a la creatividad, a la
astucia, a la fuerza del espíritu. Penélope habla de maniobras de humillación y
de su posible poder disuasorio. Es un arma poderosa, pero puede provocar
reacciones de enorme brutalidad como represalia.
Mentor sugiere alternativas
violentas. Podría ordenar a las criadas que envenenaran su comida, pero los
padres y otros familiares no lo comprenderían y acudirían a vengarlos. Podría
proponer juegos eliminatorios —carreras de carros, tiro con arco— hasta que
quedara un vencedor. Podrían ser torneos tan viriles y violentos que los
pretendientes fueran eliminándose físicamente entre sí. Pero siempre quedaría
alguno, tal vez uno a quien Penélope no querría ver ni pintado de oro, tal vez
el odioso Antínoo...
No; renunciar al poder de elección
está fuera de discusión. Bastante había sido ya que ella misma fuera el premio
en la carrera de carros que ganó Ulises. Para subrayar que la elección
matrimonial también había sido suya, Penélope aceptó seguir a Ulises hasta
Ítaca en lugar de permanecer en Esparta, como le rogaba su padre. Dejar que
decidiera el azar supondría retroceder en el control del proceso, y eso era
inaceptable.
Hace años que los pretendientes
están allí. Más o menos convincentes, cada uno intenta ser el príncipe que
logre cautivarla. Poco a poco se ha acostumbrado a la adulación implícita. Cada
uno de aquellos jóvenes ansía alzar gloriosamente su espada en su lecho. Con
una sola decisión, ella podría dar sentido a su vaina. Pero no es la compañía
de un joven lo que Penélope echa de menos. Ulises nunca abandona sus
pensamientos.
Han pasado otros tres años. Pronto
se cumplirán veinte desde que Ulises alzó su poderosa espada en la proa de la
negra nave que se dirigía a Troya, encabezando la flotilla de otras once. Una
esclava ha desenmascarado la estratagema de deshacer por la noche la trama
tejida durante el día. Penélope se ve presionada para elegir a uno de los
pretendientes, de las muchas decenas que diariamente se convierten en
comensales de las mesas del gran salón. ¿Qué hacer? Aplazar la elección resulta
cada vez más difícil. Atenea le susurra soluciones.
Penélope teje, maneja los hilos con
destreza, medita, imagina que puede atar uno de ellos a un pretendiente y
dirigirlo. Otro hilo a otro pretendiente. Un hilo para cada uno. Es una
urdimbre ambiciosa, una red amplia, global. Cada hilo cumple una función
particular y, juntos, completan el tejido. A este le corresponde asegurar el
resguardo, la protección, el recato: el suyo, como mujer casada, o viuda, o
simplemente mujer. A través de la urdimbre puede gobernar su propio destino.
La caída de Troya ha desarticulado
el equilibrio de la región. Hordas de desarraigados acechan y saquean las
costas mediterráneas. Penélope toma conciencia de la fuerza que, unida,
representa aquel centenar de guardianes. Una guardia de élite constituye la
protección mínima, pero suficiente, que la librará de las depredaciones de los
invasores. Lo que consumen en su mesa es un precio insignificante comparado con
la protección que ofrecen. Es necesario que el espíritu que llevó hasta allí a
cada uno de los pretendientes se consolide en una hermandad protectora.
Si antes, por cortesía, no
hostilizaba a los pretendientes, cada vez los trata con mayor afecto, pese a
los excesos protagonizados por algunos. Alienta y, no pocas veces, acepta
honrar con su presencia los juegos de entrenamiento bélico y los banquetes posteriores.
Evita que, cansados de esperar, desistan, enviándoles mensajes personalizados,
sugiriéndoles días más propicios e insinuando que tal vez esté próximo el
premio que aguardan. Haciendo que cada uno se sienta especial, envuelve a cada
pretendiente en un acuerdo tácito de protección. Detrás del velo que brota de
su telar, va consiguiendo tejer una red cohesionada y protectora, para ella y
para Ítaca.
Una red que quizá le permita
esperar a Ulises indefinidamente.
Joaquim Bispo nació en 1948 en Portugal, es
licenciado en Historia del Arte y está jubilado como técnico de la televisión
pública. Comenzó a escribir ficción en 2007, participó en talleres literarios
en línea y ha colaborado en más de ochenta antologías fruto de concursos
literarios a ambos lados del Atlántico. Publica mensualmente en su blog
personal, http://vislumbresdamusa.blogspot.pt/, cuyo enlace comparte con miles
de direcciones de correo electrónico. Últimamente, también publica en nueve
periódicos regionales portugueses.

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