viernes, 28 de agosto de 2026

ENFRENTAR EL MUNDO CON UNA VAINA

Joaquim Bispo

 

En su habitación del gineceo del palacio, Penélope medita sobre su impotencia ante las despreciables insistencias de los pretendientes. Abajo, en el gran salón, se dan un festín con las fragantes carnes de las reses de sus dominios, profiriendo estruendosos y groseros gritos de júbilo, sin respeto por la casa que los acoge ni por su anfitriona. La repulsión física que siente por aquellos brutos no es menor que la ira que le provoca el saqueo al que someten su patrimonio. Si tuviera una espada, otro sería el festín y otras las carnes sacrificadas, pero Penélope no dispone más que de una vaina.

Ulises partió hace muchos años, alzando gloriosamente su espada fulgurante. Al frente de sus guerreros, la espada de Ulises prometía la victoria junto a las murallas de Troya. Él y sus compañeros hundirían las espadas de Marte en los cuerpos de muchos adversarios valerosos. Atrás quedaron las esposas, las madres, con la ambigua defensa de sus vainas de Venus. ¿Cómo enfrentar el mundo con una vaina?

Diez años duró la guerra de Troya. ¿Fueron batallas constantes o apenas un tedioso asedio, como susurraban los rumores? ¿En qué actividades habrían empleado los combatientes aquellos diez años? Conociendo a los hombres y sus valores, Penélope cree que pasaron los interminables días del sitio exhibiendo y comparando sus espadas. Y acariciándolas para realzar su brillo. Mucha vanidad depositan los hombres en sus espadas. Confían en su rigidez, se enorgullecen de su brillo, se reconocen en ellas como símbolo excelso del esplendor de su virilidad.

Transcurridos aquellos diez años, saqueada Troya, todos los combatientes regresaron a sus hogares, con mayor o menor fortuna, pero Ulises no. ¿Andará saqueando ciudades, devastando campos enemigos, apoderándose de rebaños de gordos terneros? ¿O, objeto de la ira de los dioses, habrá sido desviado de su ruta hacia playas remotas, escollos destructores? ¿Cómo puede saberlo Penélope? Un viajero naufragado en las costas de Ítaca le dice que vio a Ulises en Creta, recibido con honores de héroe; otro, que oyó hablar de las desventuras marítimas del navegante Ulises.

Penélope espera. ¿Qué puede hacer una esposa que ama a su marido sino esperar? Siente nostalgia. Siente soledad. Acurrucada en el lecho que compartió con Ulises, se compadece de su vaina, también abandonada allí, triste y llorosa, como una niña perdida y hambrienta. Con cuidados maternales, la colma de caricias para que consiga dormirse.

Han pasado ya diecisiete años y Ulises continúa ausente. El padre de Penélope insiste en que es demasiado tiempo de espera; que debe volver a casarse. El mundo conspira contra las mujeres. Todos dictaminan que debe haber una espada en aquella casa. El hijo de Ulises empuña, naturalmente, una espada, pero solo tiene diecisiete años. Es demasiado joven para defender un patrimonio como el de su padre.

Penélope todavía es bastante joven y hermosa y despierta claramente el interés de numerosos pretendientes de la isla y de fuera de ella, todos nobles y valerosos, como exige la nobleza de la excelente dama cortejada. Sin embargo, a Penélope le parece que el interés de los pretendientes es aún mayor por la inmensa riqueza que representa el patrimonio de Ulises. A todos les niega su lecho y sus dominios, pero ellos no se marchan. Amparados por el dictamen favorable a las espadas del padre de Penélope, se quedan, se instalan, comen y beben a costa de los bienes de Ulises, hasta que ella elija a uno.

Son muchos, se empeñan en exhibir la evidencia de sus espadas; no se los puede combatir sino con astucia. Penélope es la esposa de un hombre conocido como «Ulises, el de los mil ardides». También ella medita estratagemas para ganar tiempo.

Los dioses deciden ayudar a Penélope, a pedido de Atenea y a través de ella. Casta como es, admira y quiere recompensar la fidelidad conyugal de Penélope. Una idea es inspirada a la mortal.

Declara que elegirá pretendiente después de terminar el sudario funerario para el padre de Ulises, ya entrado en años. Tal vez entretanto llegue Ulises. Pero pasan los meses y Ulises no regresa. Penélope deshace por la noche la trama tejida durante el día.

Penélope ya no sabe qué temer más: la funesta muerte de su esposo en remotas batallas o la seducción de hechiceras, ninfas y diosas envidiosas. ¿En quién estará clavando Ulises su espada: en los cuerpos de enemigos crueles y despreciables o en carnes más delicadas y propicias? Las costas de los mares inquietos están llenas de tentaciones y peligros.

Tejer, urdir una tela, manejar miríadas de hilos, unir unos, separar otros, ayuda a Penélope a meditar, a adquirir una visión más amplia de la complejidad de los desafíos que enfrenta. Agudiza su intuición, le revela otros patrones, otros tejidos. Evalúa posibilidades donde antes solo encontraba obstáculos. Atenea no la abandona.

Delibera con su hijo y con Mentor, el fiel amigo a quien Ulises dejó al cuidado de sus dominios. Los envía a pedir ayuda a los valerosos héroes y compañeros de Ulises en Troya, que regresaron hace mucho, pero también ellos solo vislumbran la solución matrimonial con uno de los pretendientes. La lógica de la espada prevalece.

Su padre y sus hermanos presionan a Penélope para que acepte a Eurímaco, el pretendiente que le ha ofrecido los regalos más valiosos. También a ella le parece el menos malo de quienes la cortejan. Nunca Antínoo, el rudo y agresivo líder de la arrogante turba de pretendientes. Disimuladamente, va evaluando los modales corteses de Eurímaco, su porte noble, la elegancia de su gladio, mucho más admirable que las despreciables dagas o las traicioneras cimitarras de la mayoría. Pero le pesa la imposición de elegir. No es una opción digna de una reina. Sobre todo sin tener la certeza de la muerte de Ulises.

Si los pretendientes fueran dos o tres, fácilmente podría crear algunas intrigas, avivar los celos y librarse de todos, pero con ciento ocho...

Terrible dilema. Es como si Hera, protectora de las mujeres casadas, intrigada por la extrema fidelidad de Penélope, bloqueara otras ayudas de los dioses, proponiéndose observar cómo conseguirá una mortal salir del aprieto en que se encuentra. Tal vez la mortal encuentre soluciones para problemas tan complejos como los que a veces ella misma enfrenta: las constantes infidelidades de Zeus.

La situación es muy difícil, un problema sin solución visible. Solo los aedos vislumbraron y cantaron una. Supuestamente, gracias a una ayuda a Ulises decidida por los dioses. Homero cantará un regreso tumultuoso y devastador de Ulises. Con la ayuda de Atenea, llegará a Ítaca disfrazado de mendigo, entrará en su palacio ocupado y, con la ayuda de su hijo y de un porquerizo, se revelará ante algunos sirvientes que permanecieron fieles y obtendrá su apoyo. Entonces urdirá un plan terrible que ejecutará implacablemente hasta dar muerte a todos los pretendientes. Sin perdonar a ninguno. E incluso a algunas sirvientas que se entregaron a ellos, por haber convertido en burdel la casa de su señora.

¿Qué Ulises implacable es este? ¿Cuán brutal y sanguinario se ha vuelto un hombre que, después de matar a los principales y más odiosos pretendientes, continúa la masacre incluso después de que le imploran perdón y se ofrecen a reparar todos los daños causados en su casa? ¿Y matar a simples sirvientas? ¿Cómo desapareció su legendaria sensatez? ¿En qué se ha convertido Ulises? Nadie lo reconoce. A la mayoría solo consigue convencerla mostrando una antigua cicatriz en la pierna. ¿Es realmente Ulises quien regresa? ¿O un aventurero que convivió con él y fue su confidente?

Otros aedos cantarán versiones libidinosas de los amores adúlteros de Penélope. Una llegará al extremo de afirmar que fue cediendo sucesivamente a los más de cien pretendientes. Muy adulterada tendría que estar la memoria para admitir que algo así pudiera concebirse de una princesa de Esparta, ciudad por excelencia de las mujeres virtuosas.

En una nueva deliberación, Penélope, su hijo y Mentor reconsideran las distintas posibilidades. Difícilmente conseguirán librarse de los pretendientes por los medios tradicionales. Ellos poseen la abrumadora ventaja de la fuerza, tanto de manera inmediata como en futuras represalias. Hay que recurrir a la creatividad, a la astucia, a la fuerza del espíritu. Penélope habla de maniobras de humillación y de su posible poder disuasorio. Es un arma poderosa, pero puede provocar reacciones de enorme brutalidad como represalia.

Mentor sugiere alternativas violentas. Podría ordenar a las criadas que envenenaran su comida, pero los padres y otros familiares no lo comprenderían y acudirían a vengarlos. Podría proponer juegos eliminatorios —carreras de carros, tiro con arco— hasta que quedara un vencedor. Podrían ser torneos tan viriles y violentos que los pretendientes fueran eliminándose físicamente entre sí. Pero siempre quedaría alguno, tal vez uno a quien Penélope no querría ver ni pintado de oro, tal vez el odioso Antínoo...

No; renunciar al poder de elección está fuera de discusión. Bastante había sido ya que ella misma fuera el premio en la carrera de carros que ganó Ulises. Para subrayar que la elección matrimonial también había sido suya, Penélope aceptó seguir a Ulises hasta Ítaca en lugar de permanecer en Esparta, como le rogaba su padre. Dejar que decidiera el azar supondría retroceder en el control del proceso, y eso era inaceptable.

Hace años que los pretendientes están allí. Más o menos convincentes, cada uno intenta ser el príncipe que logre cautivarla. Poco a poco se ha acostumbrado a la adulación implícita. Cada uno de aquellos jóvenes ansía alzar gloriosamente su espada en su lecho. Con una sola decisión, ella podría dar sentido a su vaina. Pero no es la compañía de un joven lo que Penélope echa de menos. Ulises nunca abandona sus pensamientos.

Han pasado otros tres años. Pronto se cumplirán veinte desde que Ulises alzó su poderosa espada en la proa de la negra nave que se dirigía a Troya, encabezando la flotilla de otras once. Una esclava ha desenmascarado la estratagema de deshacer por la noche la trama tejida durante el día. Penélope se ve presionada para elegir a uno de los pretendientes, de las muchas decenas que diariamente se convierten en comensales de las mesas del gran salón. ¿Qué hacer? Aplazar la elección resulta cada vez más difícil. Atenea le susurra soluciones.

Penélope teje, maneja los hilos con destreza, medita, imagina que puede atar uno de ellos a un pretendiente y dirigirlo. Otro hilo a otro pretendiente. Un hilo para cada uno. Es una urdimbre ambiciosa, una red amplia, global. Cada hilo cumple una función particular y, juntos, completan el tejido. A este le corresponde asegurar el resguardo, la protección, el recato: el suyo, como mujer casada, o viuda, o simplemente mujer. A través de la urdimbre puede gobernar su propio destino.

La caída de Troya ha desarticulado el equilibrio de la región. Hordas de desarraigados acechan y saquean las costas mediterráneas. Penélope toma conciencia de la fuerza que, unida, representa aquel centenar de guardianes. Una guardia de élite constituye la protección mínima, pero suficiente, que la librará de las depredaciones de los invasores. Lo que consumen en su mesa es un precio insignificante comparado con la protección que ofrecen. Es necesario que el espíritu que llevó hasta allí a cada uno de los pretendientes se consolide en una hermandad protectora.

Si antes, por cortesía, no hostilizaba a los pretendientes, cada vez los trata con mayor afecto, pese a los excesos protagonizados por algunos. Alienta y, no pocas veces, acepta honrar con su presencia los juegos de entrenamiento bélico y los banquetes posteriores. Evita que, cansados de esperar, desistan, enviándoles mensajes personalizados, sugiriéndoles días más propicios e insinuando que tal vez esté próximo el premio que aguardan. Haciendo que cada uno se sienta especial, envuelve a cada pretendiente en un acuerdo tácito de protección. Detrás del velo que brota de su telar, va consiguiendo tejer una red cohesionada y protectora, para ella y para Ítaca.

Una red que quizá le permita esperar a Ulises indefinidamente.

Joaquim Bispo nació en 1948 en Portugal, es licenciado en Historia del Arte y está jubilado como técnico de la televisión pública. Comenzó a escribir ficción en 2007, participó en talleres literarios en línea y ha colaborado en más de ochenta antologías fruto de concursos literarios a ambos lados del Atlántico. Publica mensualmente en su blog personal, http://vislumbresdamusa.blogspot.pt/, cuyo enlace comparte con miles de direcciones de correo electrónico. Últimamente, también publica en nueve periódicos regionales portugueses.

 

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