Boris Mišić
La niña estaba sentada con las piernas cruzadas dentro del círculo y canturreaba con los ojos cerrados. Poco a poco, el sonido se hizo más nítido; los hongos cobraron vida, comenzaron a titilar y a cambiar de color y de forma.
Oculto entre los árboles, Obrad se mordió el labio. Una mano descansaba sobre la empuñadura de la espada; con la otra palpaba un cuchillo corto y afilado. Calculó la distancia. El cuchillo sería más eficaz. Bastaba un buen lanzamiento para que el corazón de la niña guardiana se detuviera en el acto. Contempló con repugnancia el corro de las hadas: los hongos formaban un círculo perfecto alrededor de la niña, como si dejaran bien claro que allí solo había lugar para ella.
El hombre que acechaba entre los árboles era Obrad, conocido en otros tiempos como «el Cruel». Su espada y su ley habían sido respetadas desde el Danubio hasta el Adriático, desde Rudnik hasta Orjen. Ante el estruendo de los cascos de su poderoso corcel negro temblaban por igual los nobles y los otomanos. Pero aquellos días de gloria pertenecían a un pasado lejano.
Años antes, cuando las incursiones de las insolentes partidas otomanas se hacían cada vez más frecuentes, Obrad había llegado a la montaña Čarobnik persiguiendo a una de ellas. El lugar tenía mala fama, pero él solo creía en la espada y en la ley del más fuerte, del más hábil y del más valiente, no en supersticiones. Sus hombres abatieron a la mayoría de los invasores y Obrad salió en persecución del jefe, un turco alto y corpulento, de rostro pétreo. El fugitivo cabalgaba directamente hacia un extraño círculo de hongos, en medio del cual había una joven.
Obrad enmudeció. No era inmune a los encantos femeninos, pero hasta entonces ninguna mujer había conseguido someterlo ni apartarlo de una batalla. Aquella joven, sin embargo, era bellísima. Supo de inmediato que era turca por el cabello largo y negro como las alas de un cuervo, la nariz afilada y aguileña y el rostro moreno, azotado por el viento. Sus ojos, también negros, eran grandes y profundos como la noche. Su mirada desafiante no suplicaba: cortaba, rasgaba.
La sangre se le subió a la cabeza. Por mujeres así se desenvainan cuchillos, un hermano se alza contra otro, se reniega de la fe y de la cruz, se mata, se destruye y se incendia. En aquel momento, Obrad habría puesto el mundo entero a sus pies. Espoleó brutalmente al caballo, alcanzó al turco y de un solo sablazo le cortó la cabeza, que rodó pendiente abajo. La mujer lo miró con desafío, sin miedo, pero Obrad descubrió también otro sentimiento en sus ojos: admiración. Dejó de pensar. Lanzó el caballo dentro del círculo y, sin detenerse, agarró a la mujer y la acomodó detrás de él en la montura. Al sentir aquel cuerpo joven y firme apretado contra el suyo, perdió por completo la razón.
En algún lugar que ahora parecía muy lejano, creyó oír unas voces tenues, en el límite de lo audible. Apenas lograba asociarlas con los rostros de sus cortesanos. Le advertían del peligro, le rogaban, le imploraban. Como un río distante, de aquellas bocas invisibles fluían y murmuraban las historias sobre los horrores de la montaña Čarobnik: hombres y animales desaparecidos, jóvenes que habían dormido una noche dentro de un corro de hadas y despertado convertidos en ancianos. Las voces lo llamaban y lloraban; le recordaban a las omajas y otros espectros que atacaban de noche a los hombres en la montaña. Ni siquiera de día era un lugar seguro, decían.
Vio la montaña a través de aquellos ojos, los de generaciones de antepasados que desde tiempos inmemoriales habían vivido a la sombra de sus bosques oscuros, sus vastos páramos y sus cumbres rocosas. Grises y frías, las cumbres se alzaban hacia el cielo como dedos del diablo, como si quisieran atraparlo y devorarlo, tragarse la luz y el propio firmamento, extender las tinieblas sobre el mundo y devolverlo a su estado primigenio: a lo que había sido antes de que los seres humanos aparecieran bajo la bóveda celeste. A lo que había sido cuando lo recorrían criaturas diferentes, de ojos resplandecientes y cuerpos translúcidos en los que se reflejaban las estrellas, con voces en las que resonaban los universos. Mucho antes de que el hombre se irguiera y reinara la espada ensangrentada del imperio terrenal, condenando a las criaturas celestiales a la oscuridad y al olvido.
Demasiado tarde. Todo aquello se desvanecía en una especie de ondulación soñolienta, como el canto de las sirenas que llamaban a Odiseo. Semejante a un marinero borracho, Obrad se tambaleaba dentro del círculo y lo olvidaba todo: victorias y derrotas, linaje, gloria, poder. Nada importaba ya. Ni el Estado cuya gloria y poder se apagaban; ni los nobles que se inclinaban humildemente ante él mientras esperaban la ocasión de clavarle un cuchillo por la espalda; ni el indeciso emperador bizantino, cuya vacilación frente a los otomanos, presentía, acabaría provocando la destrucción del mundo que había conocido y gobernado.
Todo aquello no era más que un recuerdo nebuloso. Tal vez la montaña había despertado lo que deseaba en secreto: dejar de cargar sobre sus hombros el destino del mundo. Después de todo, ni él ni sus enemigos decidían nada. Todo estaba escrito desde hacía mucho tiempo en las estrellas y en los hilos del destino. ¿Por qué no podía ser, por una vez, un hombre común? Un simple varón fuerte y rudo, todavía en la plenitud de la vida, que sintiera las curvas y los miembros ágiles y vigorosos de la joven y bellísima mujer que tenía a su lado. Deseaba su fuerza, su juventud y su frescura; beberlas, incorporarlas a sí mismo, volver a sentirse joven y, por encima de todo, vivo. Sentir una vez más la vida antes de que, al día siguiente, dentro de un año o dentro de cinco, en algún lugar, lo abatieran los sables otomanos o el acero traicionero de sus propios nobles.
Todas las ataduras cedieron. Ya no pensó en el imperio, el ejército, su esposa ni sus hijos. Durante cuatro días y cuatro noches se entregó a los sentidos bajo la resplandeciente luna de las hadas. Habría jurado que oía música, una música que surgía del círculo de hongos convertido en muro, en barrera contra el mundo exterior. Después ni siquiera recordó cómo se había separado de la joven ni cómo encontró el camino de regreso.
Para Obrad habían transcurrido cuatro días y cuatro noches; fuera del círculo habían pasado cuatro años. El imperio que había dejado atrás ya no existía. Lo poco que quedaba de él podía recorrerse a pie en una sola jornada.
Antes de regresar a la montaña, Obrad había interrogado a hechiceros y magos, y había bebido las mejores pócimas para apagar la lujuria. Esperaba volver a encontrar a la seductora guardiana del círculo, pero esta vez había cerrado con firmeza la mente y el cuerpo a los deseos carnales.
En cambio, encontró a la niña a la que ahora acechaba desde los árboles.
La pequeña abrió los ojos. Obrad contempló su rostro con mayor atención y sintió que la mente se le ensombrecía. Los mismos ojos grandes y negros, la misma nariz afilada y aguileña, el mismo cabello negro y espeso… Pero había algo más: mirar a la niña era como contemplar su propio reflejo.
Obrad tembló.
Entró en el círculo sin decir palabra, mientras la niña lo observaba inmóvil. Durante unos instantes se miraron y se comunicaron con los ojos algo inexpresado y misterioso. Obrad levantó el cuchillo. Había interrogado minuciosamente a cuantos hechiceros y magos conocían los secretos de la montaña Čarobnik; incluso había hecho torturar a algunos hasta que hablaron. Gracias a ellos sabía qué debía hacer para deshacer el encantamiento del círculo de una vez para siempre.
Obrad abrazó a la niña casi con ternura y apoyó el cuchillo contra su garganta. Bastaría un solo movimiento. No le dolería demasiado.
Debo mantenerme firme. No puedo flaquear, pensó.
Pero el cuchillo se negó a deslizarse por la cálida garganta de la niña. Las manos se le entumecieron; la fuerza comenzó a abandonarlo lenta pero inexorablemente. Comprendió horrorizado que nada servía: ni las pócimas de los magos, ni los encantamientos, ni la voluntad. Allí actuaban fuerzas primigenias ante las cuales, pensó, los seres humanos y sus imperios terrenales no eran más que insectos insignificantes, condenados a vagar sin rumbo ni propósito. Lamentó no haber matado a la niña desde lejos y haber entrado en aquel corro de hadas, aquel círculo diabólico donde todo parecía conducirlo hacia su inevitable perdición. Quizá lo habían llevado hasta allí precisamente para eso. Quizá nunca había sido más que un peón sin voluntad propia, un juguete de los dioses o de fuerzas todavía más innominadas y poderosas.
Ahora que por fin lo comprendía, era demasiado tarde. La vida lo abandonaba. La sabiduría se le revelaba en el último instante únicamente para mostrarle que había desperdiciado su existencia. Todos los sueños de gloria y poder carecían de sentido. Todo imperio estaba condenado a desaparecer; toda victoria estaba perdida de antemano y valía tanto como la derrota. Toda crueldad era innecesaria e inútil: apenas aceleraba aquello que de todos modos acabaría llegando, la muerte. El tiempo convierte cada piedra en polvo y aplasta a cada hombre, cada imperio, cada poder. Cuando hubieran pasado los siglos, no quedaría huella alguna, ni del hombre ni de sus actos.
Había vivido en vano. Había matado y conquistado en vano. Todo cuanto había hecho no era más que polvo que dispersarían los vientos del tiempo.
Lo único por lo que habría valido la pena vivir ya no podía tenerlo. Cerró los ojos y el cuchillo se le escapó de la mano. Su último pensamiento fue que la salvación había estado allí, a su alcance, en la garganta que había tenido bajo el filo; pero él había sido demasiado orgulloso e insensato para apoderarse de ella y vivir.
La lluvia corría por el rostro de la niña y se mezclaba con sus lágrimas; las lágrimas, a su vez, se mezclaban con la sangre que el filo había hecho brotar de su garganta. La niña se incorporó, apoyó una mano sobre la frente de su padre muerto y comenzó a cantar lenta y suavemente con voz de hada. Pronto se le sumaron otras voces, casi inaudibles, y el círculo se iluminó con una extraña claridad pálida.
Mientras Obrad despertaba, el paisaje se transformó y, con él, el rostro y el cuerpo de la niña. Cuando abrió los ojos, vio a su hija convertida en una mujer unos veinte años mayor. Se puso de pie de un salto y comprendió que ya no sentía el peso de la vejez: sus miembros volvían a ser fuertes y vigorosos, y su vista era nuevamente clara.
La joven lo tomó de la mano. Mientras la lluvia resbalaba por sus dedos, quien alguna vez había sido un gobernante cruel depositó en la palma de su hija algo mucho más precioso que el poder, un imperio, el prestigio, un título o cualquier otra cosa que hubiera poseído jamás.
Sus lágrimas.

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