Marta Ortiz
Entonces ella pensó que solo para ella
se había vuelto imposible hallar la salida.
Clarice Lispector
Se retracta.
Retrae, retráctil, el impulso. El paso atrás le ayuda a dar el salto adelante
como esos ofidios reptantes húmedos ondulantes y ella oscila tibia su vientre
sobre las veredas también húmedas de noviembre.
“Hola, aquí estoy”, dice, y parece decir: “nadie, nadie cae en la luna de
mi espejo”, y curva una sonrisa pobre sobre su cara triste. Se pellizca el
brazo a ver si siente dolor y sí, sí lo siente, una puntada aguda, y por eso
sabe que está viva y comprende la naturaleza más bien clásica estándar de su
visibilidad: cuenta con un esqueleto de huesos nada frágiles y una gruesa
satinada carnadura recubriéndolos. Un aspecto saludable que ella desearía
insertar allí, en el centro del mutismo, en las caras mutantes de la tumultuosa
columna de gente (ellos hablar hablan hasta por los codos, los de la columna;
pero a ella, ni mú); probar cómo atornillarse al bloque antropomorfo recién
desprendido –una nave que parte–, de la sala donde tuvo lugar el Simposio de
Cine; pleno centro, la sede, un salón oval en el edificio metálico encastrado
en lo alto bajo un cielo de red de pescador donde yacen atrapadas las
estrellas.
Un muro inquieto, el bloque humano indiferente a esta mujer que presenta
sus huesos como quien representa esparciendo sus jirones y su sangre en un
teatro circular compuesto de veredas, paredes y gradas; un ondular ofídico de
búsqueda solapada, un reptante obstinado zigzag. Toda ella una máscara, la
tensa musculatura de la cara, los ojos como pulidas piedras tristes, el pelo
soltando una estrella que el viento tuerce en dirección a la masa, la columna
humeando un persistente calor humano; y las manos de Ángela, la huyente, en un
gesto voraz más allá de todo límite, los dedos como garfios volando en la
dirección deseada succionándole la fuerza, las ganas.
Se detiene, traga bilis o lo que parece bilis, tal vez no lo sea y se trate
más bien de una saliva ácida lindante con un sabor metálico como a sacarina.
Siente el paso áspero de la materia viscosa atascada en su garganta, se suelta
por la faringe en una especie de deglución lenta falsa de un bolo alimenticio
que no es tal, es más bien la impotencia recubierta de jugos gástricos en sube
y baja por el tubo, jugos que horadan el esófago el estómago las cuevas los
canales vesiculares duodenales; jugos que regurgitan el sabor a hiel a bilis a
impenetrable a frío glacial de la columna de cinéfilos repartiéndose ansiosa
entre los bares cerca del Simposio y Ángela y sus manos tan vacías cargadas de
carpetas de folletos de proyectos solitarios; ella no, no va a ninguna parte,
no traspone el umbral de ningún bar.
Se ahueca, la comba invertida de una cúpula mustia, un duomo en pequeña
escala. Siente el silente impulso rítmico, el corazón desbocado relincha rojo.
Bombea sangre aglutinada y el torrente de lágrimas como llovizna, un lago que
abre empuja el canal del lagrimal, drenan dolor, las gotas, los hilos salados
le mojan la cara, las mejillas ardidas. El rímel, el delineado marrón en la
línea de las pestañas, la base tostada, el rubor, la mezcla derramándose,
cayendo las manchas oscuras sobre la piel inundada y la impotencia que aprieta
fuerte las sienes porque la cabeza, ella cree, le va a estallar: la siente
bombo gigante, hueco, y alguien sigue batiendo el parche como loco sobre la
tela de las sienes, fina badana vulnerable.
No queda ni un alma, a la columna se la tragaron los bares, el Aquí tango,
el Soliloquio, el Gardelito cerca del Simposio, todas bocas cálidas
absorbiendo. Cayó la noche clara perforada y mil estrellas y a ella nadie le
dijo “venite a mi espejo, buscame en el iris de tus ojos”. Nadie.
Pasados olvidados los días del Simposio –días para Ángela de tristes
monólogos y solitaria malasangre–, aconteció un prodigio: una fuerza huracanada
ingobernable la arrastró, la fue llevando sobrevoló una vuelta completa sobre
sus pies. Si antes miraba al norte ahora busca el sur; si hasta entonces había
sido incapaz de usar zapatos rojos, ahora los usa. La cabeza enloquecida
desmadrada brota géiseres cráteres, escupe la vieja lava putrefacta. En
segundos asumió la fría drástica decisión: no preocuparse no reptar ofídica no
rogar. Tomó aspirinas suavizó la aguda vieja migraña occipital, y a las cinco
en punto de la tarde del martes 15 de noviembre vio con sorpresa su dedo índice
presionar tres veces el botón del timbre en la casa de su madre. Propuso tomar
juntas el té en la salita de estar.
Marcelina, sabia, preparó té verde con hojitas de melisa que calman los
nervios, lo sirvió en pocillos de porcelana francesa, y al cabo de dos o tres
sorbitos, dijo:
—Hija, cuando sientas en las sienes esa sensación de parche de badana a
punto de estallar se impone comprar túnicas satinadas, sandalias somalíes,
bolsitos de pedrería, aros collares brazaletes, broches de piedras duras. Tu
corazón lo pide a gritos.
Ángela dudó. Las palabras resonaban huecas insonoras atravesaban planchas
de corcho. Una tarde de shopping no
parecía el antídoto para salir del letargo que la acosaba rítmico, como si
dibujara un electrocardiograma de montículos y pozos. El adagio con sabor a
oráculo emergiendo de la boca de Marcelina, humo rizado, no logró asegurarle la
eficacia de un cúmulo de vidrieras, puertas giratorias, escaleras mecánicas,
palmeras plásticas, baños impolutos, música híbrida, oleadas de murmullos y
escuadrones clonados globalizados marchando con o sin pancartas, nadando las
galerías de baldosones brillantes, como de agua, entre marejadas de papas
fritas y Mac Combos de Mac Donald’s. Nada de nada; ella descreía desconfiaba,
un lugar así jamás segregaría los fluidos alquímicos básicos indispensables
para conjurar su estado melancólico así porque sí, de sólo mirarlo y
transitarlo.
Desalentada, extraviada (vapor de dudas), emprendió, como quien busca pero
teme la amenaza del minotauro, la pista de la consulta a un psicoanalista de
renombre, quien, como antes lo había hecho Marcelina, le apuntó con el índice y
dijo que debía mirar dentro de sí, cosa que Ángela intentó pero sin suerte,
porque se mareó y apenas encontró hilos fragmentados de vivencias dispersas que
ni la mejor bordadora hubiera podido reunir en una forma coherente, en un
racimo de uvas o un ramito de dalias al menos; y entonces pensó que no, que el
camino de la introspección era huidizo y que tal vez la explosión del cráter en
los inciertos laberintos de su pensamiento le señalara otros pasajes y aún
otros seguramente más llevaderos que ese.
El shopping no, pero tampoco la
honda y misteriosa búsqueda dentro de sí como rastreando migajas en el interior
calcificado de una ciudad de olvido. Nada, absolutamente nada.
Abatida amedrentada tragó suficientes miligramos de una pastillita
narcótica y en cuestión de segundos se durmió. Subió al cielo por una rayuela
de pesadillas; como entre nubes se vio sonámbula picando sobras de la heladera;
intuyó a Marcelina azucarando un té de limón. Noches largas de gasa gruesa
sumando cascadas de sueños y un nombre flamante verde esmeralda creciendo sin
pausa: Mayra Milreyes, la tarotista que su amiga Lorena esculpía como a un
mito.
Avanzó un presuroso primer paso, entretejió un tercer camino (ha visto
alucinada el hocico los cuernos ha oído bufar ha sentido la tibieza el aliento
del toro con torso y cabeza humanas), camino señalado por tantas suculentas
horas de sueño: rastrear la guarida el paradero de Lorena, encontrarla boca
abajo en su cama de espaldar dorado a la hoja y edredón de satén rojo. ‒Lorena
exhalaba humo esfumada detrás de las gasas los doseles los gobelinos‒; el sudor
le incrustaba cuentas de cristal en el cuello debajo del mentón, en la nuca,
detrás de las rodillas. Usaba papel tisú para absorber las gotitas en la cara
de rasgos orientales. De los sótanos herrumbrados de la ciudad de olvido,
Ángela recuperaba los trazos los rasgos de la madre japonesa y el padre holandés
de la amiga, una de esas chicas de curvas de borde de fruta, caderas cóncavas,
piernas como obeliscos. Día y noche se preguntaba por la fuerza del origen, si
la mezcla genética, esa agua subterránea humedeciendo; o quizás las marcas
frutales en el cuerpo habrían impulsado ese movimiento cómodo de Lorena en las
antípodas de la moral y las buenas costumbres.
Ángela, viajera incansable de un angosto largo desfiladero sin jamás
retroceder (ansiaba seguir la polvareda y a ella el monstruo le parecía tan
hermoso incluso el miedo), asistió asombrada a una segunda revelación: algo
alguien (una luz dorada) le ordenaba mutar, vestir encaje negro a la hora de
dormir, peinarse con rastas, beber tragos largos y saborear cerezas heladas.
Supo no sin asombro que la compañía de Lorena impulsaba la producción de
palabras brotando impolutas de su garganta reseca, agrietada, tanto tiempo en
desuso. En un primer momento produjeron un sonido tenso amoratado y luego
acarameladas, se cubrieron de plumas. Sin escrúpulo alguno acortó el largo de
las faldas, agregó centímetros a los tacos, acentuó la profundidad del escote y
tomó una cita con Mayra, la tarotista, quien le vaticinó una voluminosa
remoción, un bamboleo ilimitado de sus capas primordiales, un estropicio del
orden y la importancia de lo que fue, para la estructura básica de la corteza
terrestre, el cenozoico y sus largos períodos terciario y cuaternario y dentro
de ellos la extraordinaria y misteriosa expansión de los mamíferos en el
planeta. Amaneció un nuevo orden capaz de provocar fuertes vibraciones al
abordar los bares cerca del Simposio y encarar allí una comunicación fluida,
cargada de libros de proyectos de cópulas, disfrazada de chica desinhibida con
los bordes resaltados redondos decididos, a medio camino entre Lorena y Mayra,
un compendio de las dos, imagen marmolada con esporádicos atisbos de la arcaica
versión obsoleta de ella misma, de Ángela.
Y ha de haber sido por esta nueva dudosa legitimidad, por la insuficiencia
de las máscaras ocultando facciones de base melancólica y retraída; por eso y
por otras razones indescifradas, que Ángela reculó sintió una repentina
desconfianza y en menos que canta un gallo produjo un enérgico sacudón seguido
de remezones. El miedo al fracaso la apartó la segregó de la mirada inquisidora
de Mayra, fuera del campo visual de Lorena. Aplacada la polvareda en el corazón
esquivo de los largos corredores, los recodos, las encrucijadas, presa de la
más espantosa soledad deambulando sin norte sin hocico sin bufidos no quiso más
consejos ni oráculos, bastante tenía con los que le tiraron a la cara las
cartas de tarot que ella indignada arrojó fuera de sí haciéndolas volar y
fulgurar en el aire como a una baraja de fuego.
Enclaustrada entre las cuatro
paredes de su cuarto y a pesar de los incisivos filosos llamados de Marcelina y
del obsecuente interés de Lorena y de Mayra, de pronto insignificantes, se
durmió. Contra todo presagio se durmió; contra viento y marea durmió y soñó.
Tres días con sus tres flotantes noches de luna desplegando velos sobre la
cama, sobre su cuerpo quieto. Hubo tumultos eróticos, bosques en cuyo punto
ciego se abría un claro pretextando estar allí sólo para resaltar los
enmarañados bordes de las coníferas. En el centro mismo de la luz una mujer
dormida sostenía un ovillo de hilo y la sola visión de los pies desnudos y los
ojos cerrados revueltos como siguiendo, calculando el paso agitado el redoble
el latido de un sueño, desestabilizaba hacía temblar la cama se oía el sordo
gemido la herida mortal, se olía la sangre quemándose al sol, el sueño pesado,
salvaje, de Ángela.
Al cabo de la tercera noche, y sin que hubiera acabado aún de unir los
hilos que anudaban la red entre sueño y vigilia, la pesadez que la dormía se
cortó como se corta la luz, la dejó a oscuras. Ángela creyó en el inicio de la
profunda remoción que profetizaba el tarot. El bosque, bajo intensa capa de luz
blanca había desaparecido y ella vibró leve cerró los párpados barrió la sangre
apretó los puños y despertó en punto a las nueve y media de la mañana y la
cruda angustiosa sensación de haber oído gemidos de muerte en el interior del
laberinto y la polvareda aplacándose y la puerta de salida de par en par
abierta.
En el suelo, al alcance, los zapatos rojos y el ensayo de la Milreyes con los dos párrafos tachados en verde y la copia para entregar, corregida y encarpetada; la mesa de luz atestada de papeles, libros, el esmalte clarito, la taza de té frío, sin tocar. La rutina en el desorden como hiedra invadiendo el dormitorio. Pensó: “vivir así es vivir a medias”.
Fueron los crujidos de la madera
bajo los pasos fatigados de Marcelina los que cortaron el sueño de Ángela. Un
rastro de años sobre la pinotea del pasillo camino a la cocina. Milagro del
azar. De lo contrario, la ponencia de la Milreyes no llegaba a tiempo antes de
la apertura del Simposio de Cine Contemporáneo, ni ella se encontraba a
mediodía con Alejandro en el Soliloquio. Y que si no lo encuentra ahí, que lo
ubique en el Gardelito, lo pactado.
Marcelina, vieja y sorda, mira como quien no ve, vuelve a hundirse en las ruinosas ruinas que la cobijan.
Marta Ortiz nació en
Rosario, Santa Fe, Argentina, donde vive. Profesora y Licenciada en Letras por
la U.N.R. Poeta y narradora. Publicó: El vuelo de la noche (primer premio de cuento Bienal Internacional
Puerto Rico 2000 -La Editorial, Univ. de Puerto Rico, San Juan, P.R. 2006-); Diario de la plaza y otros desvíos
(poesía, El Mono Armado, Bs. As. 2009); Colección
de arena (cuentos, Edit. Fundación Ross, Rosario, 2013); Casa de viento (poesía, Alción Editora,
Córdoba, 2015). Poemas y cuentos suyos integran antologías y otras publicaciones
en soporte papel y digital. Co-dirigió la colección Narrativas Contemporáneas
para Editorial Fundación Ross. (Rosario). Co-compiladora de las antologías El
río en catorce cuentos y Mi madre sobre todo (Edit. F. Ross, Rosario, 2010 y 2011). Su cuento Sicómoro,
traducido al alemán, integra la antología Narradoras argentinas del
siglo XX (editorial Trafo,
Berlín, 2014). Colabora con reseñas críticas y textos de creación en medios
culturales de su país y del extranjero. Participó en ciclos
de lectura y festivales de Poesía (VII Festival
Latinoamericano de Poesía en el Centro, Buenos Aires, 2015; VI, VII y VIII Semana de las Letras y la Lectura (El Círculo, Rosario,
2012, 2013 y 2014, 2015), Festival Internacional de Poesía de Rosario (2008),
Movimiento de Escritoras Los Puños de la Paloma (Santa Fe, ediciones 2012, 2014 y 2015). Desde
2003, coordina los talleres de Lectura y Escritura Ópera Prima y un taller de
Lectura Crítica. Edita el blog “Vuelo de noche”: http://www.marta-ortiz.blogspot.com/

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