domingo, 24 de mayo de 2026

MONSTRUO SOLITARIO

Csaba Béla Varga 

 

“Las civilizaciones aisladas, pero viables, tras superar el choque cultural, son perfectamente capaces de reintegrarse a la civilización galáctica sin mayores dificultades.”
Fragmento del Manual de Antropología Cósmica

 

 

Periferia Galáctica, en algún lugar del espacio profundo

El almirante supremo Dascoleo lanzó una mirada de disgusto al teniente que se agitaba nervioso frente a él.

—¿Por qué me viene con semejantes estupideces, hombre? ¡Muestre un poco de iniciativa y resuelva el asunto usted mismo!

—Pero, señor, yo solo pensaba que...

—Usted no piense, teniente, o terminará destinado a una base de observación solar. ¿No ve que quiero cenar antes del híper salto?

—Los radares de profundidad detectaron señales de civilización muy débiles en el borde de la zona pacificada. Tal vez sea una base de los rebeldes...

A través de las ventanas del puente de mando, el almirante contempló cómo los relucientes buques de guerra se acomodaban lentamente alrededor del crucero imperial en formación de salto. Aquella temible flota finalmente podría dejar atrás la Periferia y, en el futuro, imponer la voluntad de la corte imperial en los mundos más civilizados de los sistemas interiores. Escuadrones de cazas pasaban junto a la nave insignia.

—Idioteces. Debe de ser algún mundo bárbaro perdido en medio de la nada. Envíe un bombardero semi cíborg.

—Entendido, mi señor. Tras destruir los objetivos, el bombardero llegará a alguna guarnición del sector dentro de uno o dos años.

—Y nosotros dejaremos orden detrás de nosotros. Bien, me voy a comer. Los saltos siempre me revuelven el estómago.

Veinte minutos después, un CB Barracuda abandonó la compuerta de lanzamiento trasera de uno de los destructores. El responsable de suministros de la flota imperial, que acababa de aplastar en sangre la rebelión xeno, eliminó la nave de la lista de unidades en ruta hacia el sistema Shoga.

Tras completar la operación, apartó la vista de la pantalla con aburrimiento. No prestó atención al mensaje emergente que indicaba que el poder de las unidades imperiales había disminuido un 0,0000000000001 por ciento.

 

Periferia, planeta Nova Tierra, Palacio de Arkonium

Alguien sacudió el hombro del arkon de Rogros. El Padre del Pueblo gimió y miró alrededor de la sala con expresión desconcertada. En el húmedo gran salón de la antigua Asamblea Planetaria, oficiales borrachos yacían desparramados sobre el piso cubierto de vómito y charcos de alcohol, entre prostitutas medio desnudas que babeaban por efecto de las drogas.

—¿Qué demonios pasa? —le rugió Rogros al sirviente que había interrumpido la celebración.

Hacía tres meses que la Unión había eliminado los últimos focos de resistencia de la Confederación. Las columnas de tanques de Rogros habían entrado triunfalmente en la capital y desde entonces él era el amo del mundo entero. El primer hombre de todo el planeta. Había logrado lo que ningún caudillo había conseguido antes. Las purgas todavía continuaron durante un mes; las noches de Novapolis eran iluminadas por las agonías de los prisioneros arrojados a hogueras de queroseno, pero desde entonces el arkon estaba aburrido. Ya no quedaba nadie a quien derrotar.

—Es Dom Roshill, señor. Quiere hablar de inmediato con vuestra excelencia.

Al entrar en su despacho, Rogros activó con un chasquido la enorme pantalla que cubría la pared. En el monitor en blanco y negro apareció el profesor doctor doctor Roshill, principal ideólogo de la Unión. El Cerebro.

—¡Aquí está la prueba, Rogros, aquí, en mis manos! ¡Sí existe inteligencia entre las estrellas! ¡Sí somos descendientes de los dioses del espacio! —agitó triunfante la cinta perforada del telegrama.

—¿Qué demonios quieres? ¿Ocurrió algo?

—¡Una nave del espacio, Rogros! Apareció en el borde del sistema solar y se acerca cada vez más. ¡Lo que siempre dije! ¡Aquí está la prueba! ¡Los dioses han regresado!

Rogros se despejó en un instante. Aunque el tema favorito de Roshill le importaba muy poco, durante los largos años de lucha por el poder absoluto había oído miles de veces la teoría del científico: el pueblo gherri, la tribu que daba los dirigentes de la Unión, descendía de dioses astronautas. A diferencia de todos los demás pueblos inferiores y esclavos de Nova Tierra. Él mismo sabía que ningún hallazgo arqueológico tenía más de dos mil años de antigüedad, pero el pasado del único mundo habitado del sistema no le interesaba en lo más mínimo. Como señor de la guerra de la Unión, vivía para la lucha y para el presente.

Y ahora había aparecido un nuevo adversario.

Justo a tiempo.

 

Base espacial B 417, luna minera Helene

Con la bandeja en la mano, Jonniby se detuvo un instante, pero nadie quiso hacerle lugar en ninguna mesa. El hombre detrás de él recibió su ración, avanzó y lo empujó con el hombro. Jonniby se dio vuelta con expresión amarga y, como siempre, se acercó al estante fijado a la pared oscura del comedor para comer solo aquella soja aguada y maloliente. Una bonita muchacha de cocina de cabello corto recogía las bandejas. Pasó junto a Jonniby como si el muchacho no existiera.

En la sala reinaba un ambiente opresivo. B 411, B 412 y B 413 habían sido destruidas y, según decían, el monstruo ya había abandonado las lunas de Poseidón y se preparaba para aniquilar las pequeñas bases alrededor de Artemisa. Era imposible resistirlo. En un solo día recorría distancias para las que incluso los transbordadores más modernos heredados de la Confederación necesitaban meses. Utilizaba armas con las que los científicos de Nova Tierra ni siquiera se atrevían a soñar, aunque la guerra mundial de cuarenta años había impulsado enormemente el desarrollo de la tecnología militar. Tal vez tuvieran razón quienes afirmaban que el encuentro entre civilizaciones excluía toda cooperación. La más débil, la menos desarrollada, estaba condenada a perecer.

El comandante de la base, Dom Romer, permanecía de pie en el centro de la sala con los brazos cruzados. Nada escapaba a sus ojos penetrantes.

Jonniby había oído los rumores más absurdos, aunque, mientras preparaba sus exámenes, apenas abandonaba su camarote lleno de libros, del tamaño de un ataúd. No es que alguna vez saliera demasiado. El personal confederado que aún no había sido ejecutado gracias a sus conocimientos especializados susurraba acerca de la venganza de los dioses. Los mineros de gas de la Unión, en cambio, consideraban aquel horror surgido de improviso un arma secreta del enemigo derrotado. Nadie dudaba, sin embargo, de que tarde o temprano el arkon Rogros acabaría enfrentándolo.

 

El maltrecho CB Barracuda emergió de la boca de la caverna. Desplegó sus redes recolectoras para recargar las cámaras de plasma agotadas durante la destrucción del objetivo anterior. El bombardero tripulado por una dotación parcialmente ciborgizada no había sido diseñado para misiones como aquella, pero aun así se desempeñaba de maravilla. Los soldados de piel escamosa y ampollada que flotaban en el líquido incoloro hacía mucho que no se sentían tan bien. Después de tantas humillaciones y derrotas, por fin saboreaban la dulzura de la victoria. En regiones más civilizadas no habrían tenido demasiadas oportunidades contra los mezones o los zarg. En casa, tarde o temprano, los obsoletos Barracuda acabarían desmantelados y fundidos, mientras que a la tripulación le aguardaría el desempleo en la superficie. Allí, en cambio, podían sentirse dioses.

Dioses de la destrucción.

Y no era una sensación desagradable.

—¿Otra vez tuviste mala suerte? —preguntó Yom, el maestro armero.

—No, simplemente no tenía nada que hacer. Pensé en bajar para ayudar un poco —respondió Jonniby.

—¿Así que no te enviaron como castigo? ¡Eso sí que es nuevo! ¿Por qué no cortejas a las chicas o sales a divertirte con tus amigos?

—Estoy pensando en esa nave extraterrestre. Qué súper civilización debe ser si envían una sola nave para conquistar un sistema solar entero. Además, no tengo amigos. Y las chicas... bueno, no suelen hablarme.

—Estás loco, muchacho. Hay que vivir mientras uno es joven. —El hosco y solitario maestro armero siguió trabajando en uno de los lanzacohetes—. El monstruo llegará pronto. Quiero que esta pequeña belleza funcione para entonces. No es un arma milagrosa, pero es lo único que tenemos.

—¿Puedo ayudar en algo?

—Claro, si no te molesta ensuciarte.

 

—¿Señor? —El comandante Romer permanecía rígido frente a la diminuta pantalla en blanco y negro.

—Sé breve —Arkon Rogos observó a su subordinado con expresión sombría. Un ladrón, un malversador, o quizás alguien de origen dudoso. De lo contrario, no lo habrían escondido en ese agujero de piedra en medio de la nada, pensó el caudillo—. No podemos enviar ayuda —dijo—. Nuestros ocho transbordadores fueron destruidos. Todavía faltan meses para iniciar la producción de los cohetes portanaves Brutal de la Unión. Así que tendrás que resolver la situación con tus propios medios. Y rápido.

—¿Autoriza la ejecución de mi plan, mi señor?

—No tenemos alternativa. La nave llegada de las estrellas debe ser destruida.

—La destruiremos, señor.

—Solo una cosa, Romer. ¿A quién piensas enviar a la mina?

—El teniente Roskhal es mi mejor hombre. Un verdadero tipo duro. Sangre gherri cien por ciento pura.

—Entonces ¿por qué lo desterraron a ese agujero?

—Violó a unas monjas de una raza inferior.

—¿Y quién no lo hizo? ¿Solo por eso?

—Frente a las cámaras de la Televisión Mundial, señor. Dos días después del funeral del arzobispo.

—¡Debieron ejecutarlo!

—No fue posible, señor. El general Dom Robald es su padrino.

—Entiendo —el dictador de Nova Tierra tamborileó pensativo con los dedos—. No, Romer, tendrás que enviar a otro. Es una misión suicida y no quiero que alguna familia noble consiga un mártir. Busca a alguien por quien nadie derrame lágrimas. Una rata solitaria. Que no tenga amigos, amantes ni parientes influyentes. Envía a uno de esos contra el monstruo.

—Tengo justo a alguien así, señor. Un imbécil perdido. No bebe, no anda con mujeres. Un ratón de biblioteca. La muerte será una liberación para él.

 

—Después de la destrucción de B 415 —dijo Romer—, los exploradores encontraron el escondite del monstruo. Se refugia en esta mina. Aquí podremos atraparlo.

—Podemos introducir el explosivo por esta galería. Pero ¿cómo apuntaremos? El control remoto no funciona a través de media milla de roca —le preguntó Yom al comandante.

—No hará falta control remoto. Enviaremos una bomba viviente.

—¿Quién llevará la carga? ¿Algún soldado de asalto?

—Claro que no. Ese chico que a veces baja por aquí. Total, no tiene mucho que perder —Romer escupió con desprecio.

 

Jonniby permanecía agazapado en el suelo, abrazándose las rodillas y temblando. Como tantas otras veces, estaba aterrorizado. Romer lo había mandado llamar, le explicó lo que debía hacer y luego se marchó. Ni siquiera se interesó por saber qué opinaba del asunto. No es que Jonniby hubiera tenido el valor de negarse. Nunca había sabido decir que no. El capellán militar de la colonia minera lo bendijo apresuradamente y le aseguró que todos sabrían en qué clase de gran héroe se había convertido. Pasó toda la noche dando vueltas sin dormir, imaginando mil veces la forma espantosa en que moriría. Entre una oleada de terror y otra trató de pensar en algo más alegre, pero no se le ocurría nada. Como si su vida hubiera estado formada únicamente por habitaciones estrechas e idénticas. El orfanato, el internado, el cuartel, la biblioteca, las pequeñas celdas universitarias. Habitaciones estrechas, frías y vacías. Nunca había nadie. Siempre estuvo solo, como si fuera un leproso.

O un monstruo.

Golpearon la puerta. Se recompuso y salió. Para su sorpresa, no vino a buscarlo un soldado de asalto, sino Yom.

—Vamos —dijo el anciano con el rostro rígido.

—No puedo, me tiemblan las piernas —gimió.

—Bebe esto —el maestro armero le ofreció una cantimplora metálica—. Te ayudará.

La bebida casi le abrasó la garganta, pero una cálida oleada lo inundó y consiguió ponerse en marcha.

—¡Mantente erguido! —lo reprendió Yom—. Todos te estarán mirando. ¡Muéstrales a las chicas cómo es un héroe solitario!

De verdad todos conocían la misión. Todo el personal de la base se apiñaba en el abarrotado corredor. También las chicas. Jonniby descubrió con asombro que las mujeres claramente se habían dado cuenta de que existía. Eso nunca le había ocurrido antes. Se ruborizó, pero se enderezó y avanzó hacia la esclusa exterior con la espalda recta. La multitud murmuró. Jonniby habría jurado que nadie se burlaba de él.

Era una sensación extraña.

 

Llevaban seis horas avanzando en el vehículo oruga por la superficie rocosa y sin atmósfera de la luna. Sobre ellos brillaban miles de estrellas. La espiral ardiente de la galaxia se veía con absoluta claridad. Millones de estrellas, millones de planetas. Y a través del infinito espacio había llegado hasta ellos un monstruo asesino.

—¿Habías estado aquí afuera alguna vez? —preguntó Yom.

—¿En la superficie? Nunca.

—Vale la pena venir. Cuando miras el cielo, te ves obligado a enfrentarte contigo mismo. A pensar qué hiciste bien y qué hiciste mal. Las estrellas purifican el alma.

Jonniby miró al anciano sin comprender. Nunca antes lo había oído hablar tanto.

—Tengo miedo —dijo—. Queremos adherir una vieja mina magnética a la invencible máquina de guerra de una súper civilización. No tengo ninguna posibilidad. Debe ser una nave terriblemente avanzada, el arma más moderna de los extraterrestres, si enviaron una sola para conquistar un sistema entero y ocho mil millones de personas.

—No era eso lo que esperabas, ¿verdad? Tus libros hablaban de majestuosas flotas de naves espaciales de kilómetros de longitud. Discos de acero del tamaño de montañas sobre las grandes ciudades del mundo. Enormes armadas amenazantes. ¡Rayos mortales resplandecientes! ¡Terribles máquinas tentaculares!

—Sí. Un enemigo gigantesco. Una resistencia heroica. No una nave diminuta, más pequeña incluso que un transbordador.

—Llegó sola y aun así puede destruirnos. Un monstruo solitario. En las montañas, cuando yo era niño, cazaban osos grises con hachas. Eso sí era un verdadero horror. No estaba permitido tener armas de fuego. Los cazadores solo tenían posibilidades de sobrevivir si sorprendían al oso mientras dormía. Nosotros sabemos dónde duerme la bestia. Allí la atraparemos.

—Sabrá que me acerco. Debe tener sensores y radares superiores. Está muchísimo más avanzada que nosotros.

—Solo detecta tecnología. Radiación, máquinas en funcionamiento. Desde aquí arrastraremos el torpedo. Hay una vieja galería inclinada que conduce a la mina. Cuando te dé la señal, bajarás por ella. Irás deslizándote montado sobre el torpedo. El monstruo estará debajo de ti. Caerás sobre él, te adherirás y después... tres segundos y boom.

—Lo sé. Dom Romer también me lo explicó.

—¿Y no le preguntaste cómo ibas a salir antes de la explosión? —En el enorme traje protector solo se veían los ojos del anciano.

—Ni se me ocurrió.

Yom detuvo el vehículo, descendió y levantó junto al torpedo una caja metálica parecida a una mochila.

—Él es demasiado importante para ocuparse de detalles tan pequeños. Armé esto mientras tú limpiabas el torpedo.

—¿Qué es?

—Tu boleto hacia un mundo mejor.

 

El CB Barracuda apagó sus motores y avanzó únicamente impulsado por sus elevadores antiG hacia la entrada de la mina abandonada que utilizaban como escondite. Muy lejos detrás de él, al otro lado del mar de polvo, seguía brillando el cráter donde hacía poco vivían cinco mil personas en la base B 417. Los soldados semi cíborg todavía conocían otros dos objetivos en la luna. Cuando terminaran con ellos, partirían hacia el único planeta habitado del sistema.

De pronto, el instrumento del navegante detectó una emisión radial junto a la entrada de la caverna. El mensaje era breve, tal vez una sola palabra, pero los aparatos igualmente reaccionaron. El artillero activó el turboláser de a bordo y en la pantalla apareció enseguida una diminuta figura adherida a la roca.

—¿Un explorador bárbaro?

—Destrúyanlo.

Jonniby oyó la orden y, justo después, vio el destello en el borde de la pared rocosa.

—¡Yom! —gritó al micrófono, olvidando todas las normas de seguridad—. ¡¿Qué ocurre contigo?!

No obtuvo respuesta.

Agarró el cable de liberación y tiró de él. El torpedo montado sobre los patines comenzó a deslizarse cuesta abajo. El muchacho aferró con fuerza el timón y contempló el frente con los dientes apretados. Avanzaba a toda velocidad por la oscuridad con media tonelada de explosivos bajo el cuerpo.

El torpedo aceleraba. Unos segundos más y alcanzaría la boca del túnel, el lugar por donde el monstruo debía pasar camino a su escondite. De pronto, de la oscuridad emergió el fragmento de una antiquísima viga de hormigón. Jonniby apartó la cabeza, pero aun así la viga le rozó el casco. Luego el deslizamiento terminó y el torpedo quedó suspendido en el vacío.

Como si el tiempo se hubiera detenido.

Jonniby observó inmóvil cómo debajo de él aparecía lenta, muy lentamente, el monstruo. No parecía aterrador ni la máquina de guerra más avanzada de una civilización lejana. Más bien daba la impresión de estar gastado, deteriorado y castigado por las tormentas.

El torpedo alcanzó el blanco. Se estremeció violentamente al chocar contra el lomo de la nave y, desde sus costados, saltaron los ganchos dentados de cabeza diamantina desmontados de antiguas máquinas mineras. El impacto arrojó al muchacho fuera del asiento. Tras girar varias veces en el aire, fue a estrellarse contra algo que sobresalía de la parte trasera de la nave. No perdió el conocimiento, pero el golpe lo dejó incapaz de moverse.

A través de una estrecha y gruesa ventana creyó ver el interior de la nave: había personas que flotaban en cilindros de vidrio y lo miraban estupefactas. Aunque parte de sus rostros estaba cubierta de metal y de sus narices salían tubos pulsantes, era imposible no advertir su sorpresa.

Jonniby apartó la mirada de aquellos seres mitad humanos mitad máquina y logró ponerse de pie. Detrás de él, el mecanismo explosivo del torpedo adherido a la nave indicaba que faltaban apenas unos segundos para la detonación.

La nave continuó flotando lentamente a través del gigantesco recinto. Jonniby levantó la vista. Bajo la luz del casco distinguió el estrecho pozo vertical del que Yom le había hablado. Apretó los dientes, se enderezó y golpeó el botón de la infernal mochila que llevaba en la espalda.

Los cohetes se activaron al instante y lo lanzaron hacia arriba como un petardo de fuegos artificiales. Solo que, esta vez, el resplandor del estallido no brilló sobre él, sino muy por debajo.

 

—¡Felicitaciones, joven héroe! —Dom Rogos, Padre del Pueblo, sonreía jovialmente bajo el fuego cruzado de las cámaras—. Llegarás lejos. Sigue así, muchacho.

Jonniby observó confundido al amo del mundo. O mejor dicho, al amo del planeta. Al dictador de un único planeta habitado. Porque en aquella nave había seres humanos. Más o menos iguales que ellos. Y tarde o temprano llegarían más naves. Entonces descubrirían que Nova Tierra no era el mundo entero, sino solo una isla.

Y el jefe de los nativos de aquella isla apenas era una figura más o menos importante entre muchas otras. No el amo todopoderoso del universo. No aquella especie de dios que él había imaginado hasta entonces. Ese pensamiento hizo vibrar algo en su interior. Como si una enorme piedra hubiera caído de sus hombros. Se enderezó, hizo una reverencia y se mezcló entre los festejantes que se agitaban en el salón iluminado.

Claro que cambiar el mundo todavía podía esperar un poco.

Cuando una muchacha hermosa, realmente hermosa, se acercó al joven héroe y, con un gesto completamente natural, lo tomó del brazo para invitarlo a bailar, Jonniby sintió que la tierra se abría bajo sus pies. Pero entonces recordó las palabras de Yom. Se irguió y posó la mano sobre la de la muchacha.

Durante el baile solo le pisó el pie una vez.

La nueva vida realmente había comenzado.

Csaba Béla Varga es un escritor húngaro nacido en 1966. Ha publicado ocho novelas y tres libros de no ficción. Vivió cinco años en la India. Publicó su primer relato de ciencia ficción en 1994 en la revista de ciencia ficción húngara Galaktika. En 2022, su relato “Ördögnyelv” recibió el Premio Monolit. Además de relatos de ciencia ficción, ha escrito novelas fantásticas e históricas, así como numerosos artículos para revistas sobre historia militar y Oriente.

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