Karel Smolders
DÍA 1
Ese primer día es
claro. Por supuesto, puedo recuperar cada segundo de mi memoria externa, pero
mi propio cerebro biométrico tiene un componente mnemónico que cataloga,
filtra, almacena y, con el tiempo, reconfigura mis recuerdos personales, tal
como lo hace el ordenador de carne y hueso de un ser humano. De los años
previos a la partida, los años en los que fui construido, criado y entrenado,
recuerdo poco. Tampoco era necesario para la misión. Aun así, una persona se
filtra a través de las grietas del olvido. Lydia, la líder del equipo que me
entrenó. Salvo ella, todos me trataban como a un robot. Lo que no soy, aunque
lo parezca. La mayoría se comportaba con indiferencia. Pero un núcleo duro de
arrogancia, formado por tres personas, se burlaba de mí, hacía bromas hirientes
y provocaba daños de forma deliberada. Mis informes al respecto desaparecieron
en un encubrimiento digital. Me llamaban subhumano. Y, como suele ocurrir con
los acosadores, su grupo creció, y con él la popularidad de sus tropelías.
Hasta que Lydia intervino. Hasta
que el absceso estalló y rodaron cabezas. Aquello me enseñó que había una
persona en quien podía confiar con certeza. La amabilidad la envolvía como un
abrigo cálido, y atesoro las tardes que llenábamos con conversaciones, cuando
el edificio quedaba vacío y solo Lydia permanecía. Poco a poco empezaron a
salir de su boca apodos cariñosos. No, no los contaré. Me los guardo para mí.
Tampoco están en mi memoria externa.
Sabía que echaría de menos a Lydia.
Al carecer de sexo y de la danza hormonal que podría encender el romanticismo,
no me enamoré de ella, pero mi afecto era innegable y la despedida dolió. ¿Sus
últimas palabras?
—Después de 365 días, una nave de
rescate vendrá a recogerte. Trabaja duro. Sé meticuloso. Sigue el protocolo.
Envía cada semana un paquete de datos a través del Einstein-Rosen. Luego, en el
día 365, iremos a buscarte. Lo prometo. ¡Hazlo lo mejor posible!
Sabía que eran polimendorfinas
abriéndose paso por mi sistema nervioso endomorfo. Añadidas mediante
programación para animarme y hacerme sentir bien. Ese conocimiento no impidió
que, efectivamente, me sintiera feliz y orgulloso, igual que los humanos que
saben que las endorfinas alimentan su enamoramiento.
Mi sensación ese primer día: ¡haré
de este planeta mi hogar y luego podré volver a casa!
Contemplo el paisaje de Virginis b.
Desolado, una tundra ondulante de bloques de piedra que me recuerdan a
adoquines. Una neblina esmeralda se desliza sobre ella. Las nubes amenazan
grises. Pienso en Lydia. Una nueva oleada de polimendorfinas.
Así que, al trabajo.
Soy una de cincuenta sondas de
exploración. Número diecisiete. Cincuenta sistemas, cincuenta planetas
similares a la Tierra, cincuenta oportunidades de encontrar una Tierra 2. Mucho
trabajo por delante. Mediciones: presión atmosférica y composición, campo
magnético, radiación cósmica, condiciones climáticas, composición del suelo,
condiciones sismológicas, vida autóctona. La lista debería mantenerme ocupado
durante un año. Pero soy un chico grande: puedo rodar, navegar y, en caso de
necesidad, volar. En ese año, en esos trescientos sesenta y cinco días de
treinta y cuatro horas –el tiempo que Virginis b tarda en girar sobre su eje–,
debo recorrer este mundo.
¿Chico? No literalmente, claro. No
soy una máquina, pero tampoco puedo llamarme humano. Ni siquiera para estas
misiones se atrevieron a recurrir a los últimos modelos de Inteligencia
Artificial General. Un número impredecible de incógnitas llevó al grupo de
investigación en otra dirección. Hacia mí. Lejos del aprendizaje automático.
Dotado de sinapsis humanas, presumo de un cerebro compuesto de polímeros
inteligentes. Me siento humano –o eso creo, porque no tengo un punto de
referencia–, pero tengo un cuerpo electrónico del tamaño de un pequeño avión.
Día 7
He recorrido
quinientos kilómetros. En ningún lugar la temperatura roza siquiera el punto de
congelación. Menos ocho grados Celsius, ahora mismo. Soporto el frío, aunque
consume energía. El reactor a bordo puede funcionar más de seiscientos días sin
repostar, pero aun así despierta una vaga sensación de inquietud. La primera.
Compongo mi primer paquete de
datos. Por ahora, no hay noticias alentadoras. La atmósfera no es realmente
tóxica para los humanos, pero tiene muy poco oxígeno. Ergo: hay oxígeno. Algo
lo ha producido y quizá esa producción pueda incrementarse. Las muestras de
suelo y aire no encuentran hasta ahora ningún rastro de vida reconocible. La
gravedad es de 1,17 G, ligeramente superior a lo calculado, y eso pesa sobre
mis servos y articulaciones. Envío el paquete de datos a mi estación orbital,
que confirma la recepción con un ping. Crear un Einstein-Rosen para datos es
infinitamente menos exigente que para materia. La estación tiene energía
suficiente para enviar unos cien paquetes de vuelta a la Tierra. Me siento
satisfecho cuando la estación informa que el paquete está en camino a casa.
—¡Muy bien! ¡Hazlo lo mejor
posible! ¡Trabaja duro! ¡Sigue el protocolo!
Día 28
Mi cerebro humano
empieza a jugarme malas pasadas. Hasta ahora no sabía lo que era el
aburrimiento. Lydia y su equipo me mantenían ocupado todo el día durante el
entrenamiento, y después necesitaba dormir para recuperarme. También soñaba.
Pero aquí… el asombro inicial ante el paisaje en lenta evolución se desvanece
rápidamente. No hay vistas espectaculares. Debido a la intensa gravedad, apenas
hay cordilleras. Pero tampoco hay muchos ríos o lagos, solo esa llanura
interminable, a veces ligeramente ondulada. Además, el eje de este planeta
apenas se inclina dos grados, por lo que ni siquiera hay estaciones.
Las mediciones también resultan
monótonas. Poca variación. Los procesos analíticos de mi caja de herramientas
no pueden interpretar nada en este planeta como vida. Eso no tiene por qué ser
una desventaja. Sin vida significa también: sin riesgo potencial de
contaminación. A pesar de ello, sigo midiendo un 5,2 % de oxígeno en el aire.
¿De dónde proviene, en ausencia de vida? Una cuestión interesante, pero poco
relevante para mi misión.
Por lo demás, me hundo poco a poco
en la monotonía de las muestras, los análisis y los resultados. Siempre iguales
a los anteriores.
Día 70
Tras tres meses he
atravesado casi uno de los dos continentes del sur. Me dirijo hacia la única
cordillera, cuya cima, justo por debajo de los dos mil metros, prometía
actividad volcánica. Allí, con suerte, encontraré material más interesante.
La monotonía de las mediciones me
provoca una tristeza creciente. El casi constante manto de nubes grises no
ayuda. Tampoco el tiempo libre que tengo para pensar. Eso conduce a
interminables comprobaciones y revisiones de mis sistemas. Así descubrí, hace
diez días, en una subrutina olvidada, que en el proceso de ajustar mi humanidad
me fueron implantados engramas de un hombre con una personalidad estable pero
melancólica.
Noto que cada vez deseo más escapar
de este mundo muerto. A veces lucho contra una repulsión casi física hacia mi
entorno. Dispongo de subrutinas que me suministran polimendorfinas, pero no me
gustan. Cada vez más, mis pensamientos derivan hacia Lydia. Su sonrisa. Su voz,
que cada día me cantaba, me tranquilizaba, daba sentido a mi vida. Este
sentido.
—Trabaja duro. Sé meticuloso. Sigue
el protocolo.
Repito esa idea cada día para
motivarme. Hago esto por la Tierra, y por los miles de millones que ansían un
nuevo planeta que explotar. Pero sé que eso no es cierto. Lo hago por Lydia.
Por el día en que pueda irme de aquí.
Aún quedan más de doscientos días.
Día 211
He enviado otro
paquete de datos. Las montañas, ya a mitad de la misión, no han supuesto un
alivio. El entorno volcánico sí ha traído temperaturas más altas y actividad
sísmica, eso es cierto. Eso ha aportado algo de variedad. Pero el magma apenas
difiere del de los volcanes terrestres. Silicio, sodio, magnesio, hierro, ese
tipo de cosas. Pero tampoco aquí hay vida, o al menos nada que yo reconozca
como tal.
Desciendo de nuevo. Es difícil y
consume mucha energía. Una de mis ruedas se daña por la lava –un pequeño error
de cálculo– y las otras deben compensar. Un contratiempo, pero podré repararlo
más adelante. Para distraerme, durante el descenso recupero archivos de antes
del lanzamiento. Conversaciones con Lydia… y sonrío.
Quedan ciento cincuenta y cuatro
días. La idea casi me produce náuseas. Porque solo puedo concluir una cosa: el
planeta es una decepción. Muerto e inhóspito. Y sí, la tecnología para
terraformar existe. Un proceso de siglos, y entre los otros cincuenta mundos
seguramente haya algunos con más que ofrecer. Entonces, ¿qué hago aquí?
Respuesta: trabajar para pagar el
resto de mi vida. Qué humano, pienso con ironía. Cumplir lo que se me ha
ordenado para poder regresar cuando todo termine y pasar mis últimos años en la
Tierra.
Día 269
Quedan cien días y
ya estoy exhausto. Mis sensores y analizadores trabajan de forma automática y
emiten un pitido cuando hay algo fuera de lo común. Eso ocurre raramente y,
cuando lo reviso, se trata siempre de una sonda mal calibrada o una anomalía.
Este planeta no vale nada.
El viento azota sin piedad la arena
y la piedra. A veces cae una lluvia ácida desde el cielo gris. Los humanos no
podrían vivir aquí. No sin cambios radicales en los que ninguna empresa
invertiría. Incluso para mí este entorno es tóxico. Puedo sentir cómo la lluvia
corroe mi cuerpo. La sustancia venenosa se filtra por grietas y fisuras que el
frío, la humedad y el terreno implacable han creado. La mayoría de mis
componentes electrónicos permanecen intactos, pero noto que algunos circuitos
secundarios luchan por mantenerse al día. Pierdo rendimiento. Mucho.
Lydia no querría verme en este
estado, pero mis capacidades de autorreparación han alcanzado su límite.
Mientras tanto, sigo enviando
fielmente un paquete de datos cada semana, aunque no puedo imaginar que en la
Tierra aún los miren. Ya lo saben. En el último paquete casi pregunté si podía
volver antes de tiempo. Imagínalo: volver a casa, al calor y la seguridad.
Pero no es posible. Aún queda
trabajo por hacer.
—¡Hazlo lo mejor posible! ¡Trabaja
duro! ¡Sigue el protocolo!
Sí. Dentro de cincuenta días quizá
alcance el océano. Tal vez allí haya algo interesante. Bueno, cincuenta días…
puede que más, porque mi sistema de propulsión sufrió una avería hace unos
días. Probablemente la última tormenta introdujo arena en mis servos. Intenté
limpiarlos, pero no funcionó. La lluvia ácida sigue devorando mi cuerpo
electrónico. Así que avanzo más despacio, y la unidad de diagnóstico predice
que al menos una de mis seis ruedas fallará en menos de diez días.
No hay problema: puedo continuar
con cinco. O incluso con cuatro.
Así que adelante.
Activo polimendorfinas evocando el
rostro de Lydia. Sonríe.
—¡Hazlo lo mejor posible!
Me espera.
Día 329
Por fin, el océano.
Mi nivel de energía ha descendido
de forma alarmante. De mis cuatro ruedas aún operativas, una falla. Mis
circuitos de reparación trabajan en una solución para desprender completamente
las ruedas y transformar las articulaciones de dirección en patas. Arrastrarme
en lugar de rodar.
A pesar de la incomodidad y del…
sí, ¿dolor? Es extraño, pero parece que el daño llega a mi cerebro como algo
que los humanos llaman dolor. Antes de que Lydia interviniera en el
laboratorio, mis torturadores también me hirieron varias veces. Es una sensación
muy desagradable, persistente.
Pero, a pesar de esa sensación
inquietante, ese dolor, me siento orgulloso. Estoy haciendo todo lo posible por
completar la misión. No quiero que Lydia piense que la estoy decepcionando solo
porque una máquina no ha funcionado bien.
El océano tendrá que esperar un
poco más.
Día 360
¿Cuánto he avanzado
ya? Estoy en la recta final, creo. A veces me siento confuso. Mi monitor médico
envía estimulantes a mi cerebro y eso ayuda momentáneamente. Ya han pasado
trescientos sesenta días de Virginis. El agotamiento es la sensación
predominante.
La reparación llevó mucho más
tiempo del que esperaba. Ahora avanzo como un bebé inseguro por el agua agitada
del mar. El pH apenas supera 1. Así que tampoco aquí puede establecerse la
vida. No solo eso: la sustancia también corroe mis patas e incluso mi
electrónica, igual que la maldita lluvia.
Me obligo a tomar suficientes
muestras, porque quiero cumplir mi trabajo correctamente cueste lo que cueste.
Pero ahora vuelvo a arrastrarme hacia la orilla. Orilla. En realidad, la
palabra no es adecuada para esta llanura fría de basalto negro.
Pero tomen nota: el final de mi
sufrimiento está cerca.
Envío mi último paquete de datos y
no puedo evitar añadir un guiño: Hasta pronto, Lydia.
DÍA 373
Me he refugiado en
una especie de cueva. La lluvia comenzó hace tres días y no ha parado. El
armazón de mi vehículo está erosionado en varios puntos. Algunos sensores han
dejado de funcionar.
Este planeta no tiene piedad.
Sigo mortalmente cansado, pero
sobre todo confundido. He revisado mi reloj diez veces. El día 365 ha pasado.
Hace ya una semana.
Mi misión ha terminado.
¿Por qué no me han recogido?
¿Un error de cálculo? Lo dudo. Algo
ocurre. O hay un cuello de botella. Varios exploradores que deben ser recogidos
al mismo tiempo.
Estoy enfadado conmigo mismo por
dudar.
¡Debo tener paciencia!
Día 390
Día trescientos
noventa, creo. No, lo sé. El contador marca noventa. No puede ser. No cuadra.
Confuso. A veces no puedo pensar con claridad. He consumido todo el suministro
de estimulantes.
Pienso en Lydia. Su sonrisa danza
ante mis ojos. En algún lugar lejano, en casa, trabaja en mi regreso. Tiene que
ser así. No me ha olvidado.
Veo que mi fuente de energía se
agotará en cincuenta días. Como máximo. Antes de eso vendrán a recogerme, debo
creerlo, pero la incertidumbre me roe.
¿Y si tengo que esperar más?
¿Moriré? ¿Voy a morir?
Dos semanas antes de cruzar el
océano atravesé una zona rara del planeta –un microclima, sin duda– donde el
manto de nubes se disipaba y dejaba pasar un sol amable. Aún tengo paneles
solares almacenados. Si logro desplegarlos allí, quizá pueda recargar algo de
energía.
Pero sin ruedas es un viaje largo y
cada vez más módulos fallan y se desconectan.
Estoy cansado. Y me duele.
Día 411
Estoy cojo. Como un
inválido, avanzo a gatas… a gatas y… a gatas y pies… a gatas y pies… a gatas y
pies… no… a gatas, eso es. Así que: como un inválido, avanzo a gatas hacia el
sol. Mi rueda trasera… rueda, rueda, rueda… arrastra detrás de mí. Llevo días
avanzando. Parte de mi memoria ha desaparecido. Ya no sé cuánto tiempo llevo ni
desde dónde. Pero en total es el día 411. A menos que mi contador esté roto. Agotado.
¿Por qué no vienen a recogerme? He hecho mi trabajo con precisión. He enviado
mis datos puntualmente. El planeta no es apto para la vida humana. No es apto. ¿Por
qué exactamente? Oxígeno. Oxígeno, eso es. Mi bomba falla y a veces… ¿Qué
decía? Oxígeno. Hay algo mal con mi bomba de oxígeno. El diagnóstico falla, así
que no sé exactamente qué ocurre. La falta de oxígeno me consume. El cerebro
necesita oxígeno.
Día 416
Quedan tres días.
Quizá cuatro. Entonces la célula de energía se agotará. Estoy lisiado. Hambre. Casi
nada funciona ya. ¿Calor? No hay calor. No lo sé. Veo borroso. Mi cerebro… no
sé. Pasa algo. Lydia. ¿Cuándo vendrás a buscarme? Lo prometiste. ¿Lo
prometiste? Lo hice todo bien. Trabajé duro. Fui meticuloso. Seguí el
protocolo. Envié los paquetes de datos puntualmente. No podía hacer más. Ayúdame,
Lydia. Estoy acabado. Te espero aquí. ¿Estás ahí? ¿Hay alguien?
¿Estás ahí?
Karel Smolders publicó su primer
relato en los años ochenta. Posteriormente, convenció a una editorial belga, a
través de más de media docena de libros infantiles, para que se adentrara en el
género de la ciencia ficción. A esto le siguieron ocho libros para jóvenes
adultos con diversas editoriales. Su inspiración entró en letargo durante
algunos años, pero ha resurgido en la última década. Esto ha dado como
resultado relatos —ya no dirigidos a jóvenes— que aparecen en diversas
antologías y publicaciones. Una novela de ciencia ficción espacial se publicará
en 2026.

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