sábado, 28 de marzo de 2026

LA COLA

 Noelia Antonietta

 

La cola del banco es sinuosa y despatarrada, excede la capacidad del emplazamiento, se sale por la puerta giratoria (imagínense una columna de personas quebrándose en círculo, pisándose los zapatos, puteándose alternativamente) y emerge hacia la calle, llega a la esquina, la dobla, la vuelve a doblar.

Los perros juegan a mear las piernas de los distraídos. Los arrebatadores se disputan el montón, como en el juego de naipes. Chacho viene a cobrar su primera jubilación. Tiene una pierna postiza que fuerza hacia el costado para caminar. Trae un palo largo, que no es un bastón, y un obediente perro peludo con garrapatas en las orejas.

Ingresa al banco, no sin primero estrujarse un poco en la puerta carrusel, intercambiar algunos escarnios, rozar la fragancia dulcísima de algunas damas y el perfume cítrico de algunos caballeros. La fatigada empleada lo ve venir y revolea los ojos. Los ancianos siempre son tan inoportunos, siempre son tan egocéntricos, piensa, tan lentos.

—Abuelo, haga la cola como todos los demás —lo detiene, cuando ve que abre la boca.

—Pero yo solo...

—La cola.

—Solamente...

—¡La cola!

Con total naturalidad podríamos imaginar a Chacho pensando, resignado, aquello de la irreverencia de los jóvenes de hoy en día, de la falta de consideración hacia sus mayores, de la insolencia de los que se creen eternos y benditos.

Pero no. Chacho no la exculpa, ni la culpa, ni la comprende, ni la compadece, ni la odia, ni la reprueba, ni la apaña, ni la envidia. Chacho no tiene otra cosa en mente, y su mente siempre fue pragmática, más que salirse con la suya.

La chica, que entre uno y otro cliente levanta la vista de vez en cuando, divisa ahora pasmada al enorme perro peludo sentado al lado del dueño, el cual se ha repantigado en el sofá de espera del salón. Toma el teléfono, mientras le hace una seña al próximo turno de que aguarde, por favor, que no la atosiguen. Llama al guardia porque hay un animal apestoso dentro del edificio. El oficial, que tiene a su cargo el orden del lugar, se imagina a un chancho. Los lectores nos figuramos al perro. La empleada se refiere al viejo, que ya de plano le cayó muy mal porque en vez de recogerse e ir al final de la cola intentó colarse varias veces, infructuosamente, y se paseó por todas las ventanillas habidas y por haber, en donde, como corresponde, lo mandaron al final de la peregrinación, allá a dos vueltas a la manzana.

El viejo no es un rebelde, no es un buscapleitos ni se ha resentido por el trato; nada más está preocupado de llegar tarde al almuerzo, y es cachafaz, lo que indica picardía no exenta de cierto coraje. Así que se ha sentado a esperar a ver quién se digne a atenderlo.

El oficial se aproxima.

—Abuelo, no puede estar aquí adentro con ese perro.

—Yo no soy abuelo suyo.

—Bueno. Que no puede estar aquí adentro con ese perro.

—¿Y con cuál quiere que esté? Es el único que tengo.

—No, no, me refiero a que no se permite el ingreso con mascotas.

—Yo no he ingresado con él. Él ha entrado solo, por cuenta propia.

—A ver, no se me pase de vivo. ¿Lo acompaño hasta la cola?

—La cola la tengo pegada al cuerpo, joven, no necesito una excursión para encontrarla.

—¿Va a salir por sí mismo o necesita que lo arrastre?

—No me muevo hasta que me den la información que preciso. Yo soy Chacho Castaño Masrintiaga.

—Y yo Juan López, mucho gusto —dice el oficial, agarrándolo del brazo.

—¡Le dije que soy Chacho Castaño Masrintiaga!

—Y yo Juan López, no chille, solo lo estoy conduciendo.

—Se me ha caído la pierna.

—Buen intento.

—¡Que se me ha salido la pierna postiza, pelandrún!

Es verdad, la pierna y el perro se han quedado en el banco, la una encima y el otro al lado.

El guarda se siente intimidado por las miradas aviesas de la gente, pero se resiste a ayudar.

—Bueno, puede ir a buscar la pierna.

—¿Y cómo quiere que camine, tarugo?

—No me falte el respeto, si yo soy tarugo usted es un viejo choto, venir al banco con un animal sucio, una ortopedia mal puesta y un palo como ese.

—Es mi cayado.

—Debería quedarse callado, sí.

—Dije que es mi cayado.

—¿Y eso para qué sirve?

—Eso no le importa. Aplíquese en solucionarme el problema que me urge.

Llegan hasta el asiento donde la extremidad ortopédica ha quedado genuflexa. El viejo se la coloca con parsimonia.

—Yo no puedo solucionarle estas cosas, abuelo, usted tiene que hacer la cola, esa es la ley, equitativa y general.

—¿Usted quiere saber para qué sirve el cayado?

—No, lo que quiero es que salga de aquí adentro, donde no van a atenderlo si no hace la cola. Quiero que se ponga en fila, como todo el mundo, y que saque a ese animal de aquí. Que no me importa si ha venido por cuenta propia porque lo está siguiendo a usted. Y si no le hace caso es que no tendrá usted suficiente autoridad.

—¿Que no la tengo?

—No.

—¿Quiere saber para qué es el cayado?

—No me incumbe.

—Y a mí no me incumbe que no le incumba, mire.

El anciano se para sobre la pata de veras y la de mentira y eleva el palo como un dios reclamando una tormenta.

—Ataque, Samso —dice, mientras señala donde la cola remata en un petiso bigotudo que sonríe a la cajera.

El perro se dirige al blanco y, con un feroz amague de mordida, logra hacer recular al petiso, a la gorda detrás del petiso y a las dos mujeres jóvenes que esperan prendidas del brazo. El retroceso brusco provoca una caída en masa, un griterío unánime y la desesperación del guardia de seguridad que avienta los brazos contra el perro.

—Samso, calmado —ordena Chacho, bajando su cayado, al tiempo que se acerca cojeando hasta la misma cajera que, hace un rato, lo había mandado a hacer la vuelta manzana.

—Me va a atender o no.

—Usted no puede proceder así. Tiene que hacer la cola —sostiene la chica, intransigente—, como todo el mundo.

Chacho vuelve a invocar al perro, este da un salto sobre el saliente del mostrador y mete la cabeza por el hueco de la ventanilla.

—¿Me va a atender?

La demandada asiente con la cabeza, porque la palabras no hay forma de que le broten y siente las palpitaciones del corazón en las orejas. El perro le lanza amenazadores mordiscos, tiene el hocico lleno de espuma y ya la ha salpicado.

Por orden del viejo, el animal da un brinco y cae al piso, donde la gente se abre en semicírculo.

—Está bien —concede al fin la cajera; el susto todavía le trepida en las manos y la inseguridad la hace momentáneamente incompetente para manipular los billetes—. Qué necesita.

—Quiero saber la fecha de cobro de la jubilación.

—Los haberes se pagan pasado mañana, viernes, 2 de septiembre, de siete de la mañana a una de la tarde.

—Gracias.

—¿Eso era todo?

—Eso era todo.

Noelia Antonietta nació en Tucumán, Argentina, en mayo de 1981. Se recibió en Lengua y Literatura en 2005. Varios de sus cuentos han sido publicados en antologías y revistas literarias. En 2012 ganó un concurso de relatos impulsado por la editorial Colisión Libros, fruto del cual se publicó su primer libro de cuentos El barrio vertical.

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