sábado, 9 de mayo de 2026

SE ARRIENDA

Campo Ricardo Burgos López


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Agustín Motoa paseaba por una calle del Barrio San Cristóbal Sur en Bogotá cuando vio el aviso de “SE ARRIENDA” y un número telefónico. De inmediato se comunicó, preguntó cuánto valía el alquiler y al ver que era muy barato, no dudo en apuntarse. Pocos días después, Agustín arribó al lugar y se acomodó en el dormitorio principal del segundo piso de la vivienda. La verdad era que la casa de dos plantas con techo de teja tradicional era muy grande para una sola persona como él, pero igual Agustín se sentía a gusto en el lugar y, además, el precio del arriendo era una ganga. La noche de su llegada, hacia las 11 p.m. Agustín llamó a su hermana para contarle que ya se iba a acostar pues hacía mucho frío. A la mañana siguiente, esa misma hermana se cansó de golpear en la puerta de la casa para que le abrieran y al final, cansada, buscó ayuda de la Policía. Cuando las autoridades y la hermana forzaron la puerta e ingresaron a la vivienda, encontraron a Agustín decapitado sobre la cama en que se había dormido.

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Las investigaciones policiales que siguieron al crimen no consiguieron encontrar un culpable; tras varios meses de indagaciones, la Fiscalía General de la Nación aceptó que no podía explicar el asesinato, que no se había capturado a ningún responsable y el caso se cerró. Un año después del trágico evento, el dueño de la casa, que se llamaba César Lorduy volvió a pegar un aviso de “SE ARRIENDA” en una de las ventanas de la vivienda.

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A los pocos días de pegado el aviso, la casa otra vez se alquiló a una pareja de recién casados: Pedro Barreto y Dominica Solano. César Lorduy estuvo a punto de decirles lo que había ocurrido al inquilino anterior, pero pensó que con ello sus clientes se asustarían y tal vez tendría que deshacer el trato. Así pues, guardó silencio. La pareja de Pedro y Dominica se trasteó a su nueva residencia un miércoles y esa noche armaron su cama doble y se acostaron a dormir en la habitación principal del segundo piso. A la mañana siguiente ambos fueron encontrados decapitados en medio de un descomunal charco de sangre.

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Otra vez la Fiscalía y la Policía asumieron las investigaciones y tras varios meses de pesquisas, otra vez no se encontró a ningún responsable del crimen. César Lorduy, sinceramente arrepentido, reconoció que no había advertido a la pareja del asesinato que ya antes se había cometido en el domicilio. Las autoridades le dieron una reprimenda verbal, pero eso fue todo. En las dos ocasiones, los investigadores en algún momento sospecharon del dueño de la casa, pero en ambas oportunidades no se pudo aportar ninguna prueba contra él. En cuanto a César, no podía comprender nada de lo que había sucedido en las dos tragedias. Él sólo era el heredero de esa casa donde alguna vez había vivido su familia y que, con el paso del tiempo, se había ido quedando sola cuando sus habitantes poco a poco se fueron marchando.

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Ante los tres salvajes asesinatos que habían acaecido en el domicilio, César estaba desconcertado y no sabía qué hacer. Así pues, terminó vendiendo la casa por una bagatela y un nuevo propietario llamado Max Sánchez arribó al lugar. Max Sánchez fue informado por César de las decapitaciones que habían acontecido en la vivienda, pero igual la adquirió. Tan pronto la tuvo en su poder, Max demolió la casa y construyó allí un edificio de tres plantas y en cada planta habilitó un apartamento independiente que en poco tiempo alquiló a cuatro inquilinos: José Hierro que escogió el primer piso, el matrimonio de Carlos Gamero y Melissa Rueda que eligió la segunda planta, y Elba Moritán, una mujer que escogió el tercer piso. Los nuevos habitantes del edificio se trasladaron al mismo en el curso de un par de semanas y la noche de un sábado cualquiera, cada uno se fue a dormir de modo desprevenido. A la mañana siguiente los cuatro fueron encontrados decapitados, cada uno en sus respectivos departamentos.

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Esta vez la prensa, al conocerse los homicidios, armó tremenda alharaca pues algún periodista descubrió que el edificio estaba en el mismo lugar en donde había estado la casa antigua donde en el pasado ya habían ocurrido tres decapitaciones. Las autoridades asumieron las investigaciones del múltiple crimen y aunque fiscales y detectives se empeñaron a fondo en el asunto, no fue posible esclarecerlo ni conocer el culpable o culpables de la matanza. En el edificio no había ninguna pista y nadie se explicaba cómo o cuándo el asesino o asesinos habían ingresado al recinto. Ningún vecino había visto u oído algo, no había ningún testigo, Max Sánchez estaba asustadísimo y otra vez la policía llegó hasta César Lorduy quien escuchó aterrorizado la historia y bendijo el momento en que se había desprendido del inmueble. Tras otro año de pesquisas de expertos, el caso fue declarado cerrado sin que hubiera explicación alguna.

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Acojonado por lo acontecido y presa de un temor sobrenatural, Max Sánchez también vendió el edificio por cualquier cosa. Lo compró un aventurero argentino llamado Héctor Gambini a quien le atrajo la espeluznante historia de la casa y del edificio construidos en el predio. Tan pronto Héctor recibió las llaves del domicilio, corrió hasta allí con un par de amigos y se acomodó con ellos en el tercer piso de la edificación. Antes de irse a las camas, Héctor les relató a sus amigos el proyecto que tenía con la construcción: Pensaba promocionar el inmueble como “El Edificio Maldito” divulgando los horrendos crímenes allí acaecidos y alquilar por una sola noche cada uno de los tres apartamentos a quienes tuvieran el valor de atreverse a dormir allí. Los tres sujetos se tomaron varias botellas de whisky augurando el éxito comercial de la iniciativa y al día siguiente fueron encontrados decapitados en medio de tres charcos bestiales de sangre.

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Tras la nueva masacre, se inició una cuarta investigación policial que de nuevo no condujo a nada: Otra vez las autoridades quedaron desconcertadas ante el asesino o asesinos que no habían dejado rastro o pista alguna. Otra vez nada se esclareció. Los vecinos del edificio, presos de un pánico ultranatural, poco a poco fueron abandonando las viviendas aledañas hasta que cierto día, la cuadra entera quedó deshabitada. Nadie quería convivir al lado de una edificación que adquirió fama de maldita. Hoy en día, la construcción se observa abandonada, los herederos de Gambini no quisieron aceptar la herencia, la Alcaldía de Bogotá se ha hecho cargo de la edificación pues cuando la remató, nadie quiso comprarla. Se dice que hacia el futuro las autoridades planean la demolición de la vivienda, pero nada está claro. Llama la atención que, aunque el inmueble carece de vigilancia, ni siquiera los indigentes se atreven a pasar una noche allí.

Campo Ricardo Burgos López es un escritor colombiano nacido en 1966 en Bogotá. Se ha graduado en psicología aunque no ejerce la profesión. Entre sus obras pueden citarse el poemario Libro que contiene tres miradas (1993) y las novelas José Antonio Ramírez y un zapato (2003) y El clon de Borges (2010). También ha publicado varios libros de crítica y ensayo, con títulos como Introducción al estudio del diablo (2013). En 2022, sumó otro logro a su lista como guionista de la novela gráfica Gólgota. En la actualidad es profesor en la Universidad Sergio Arboleda de Bogotá.

 


 

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