Finn Audenaert
Hans se revuelve
inquieto en la cama. Con sus largas uñas se rasca vigorosamente el cabello.
Primero desaparece su descontento. Después, el picor. Poco a poco empieza a
sentirse bien. Así que sigue rascándose. Se incorpora en la cama. El sol
naciente ilumina el dormitorio escasamente amueblado. Sus manos se hunden cada
vez más en su melena temblorosa. Copos blancos revolotean sobre sus hombros. En
su cráneo empiezan a formarse cráteres. Sus dedos no se detienen. No, siguen
excavando. El brillo húmedo de la sangre los cubre.
Entonces, las manos codiciosas
encuentran resistencia. Desde los cráteres emergen lentamente criaturas.
Parecen seres prehistóricos. Escamosos. Con dientes relucientes. Los dedos de
Hans quedan suspendidos en el aire, indecisos. Muy pronto se desata un verdadero
caos sobre su cabeza. Las criaturas devoran tranquilamente sus cabellos grises.
Los mechones resecos desaparecen en sus fauces abiertas. Cuando Hans está casi
calvo, descienden por su cabeza en todas direcciones. Utilizan los últimos
mechones rebeldes como cuerdas para bajar. Uno de los ejemplares aterriza
brutalmente sobre su nariz y le arranca un gran mordisco.
Solo entonces Hans grita. En la
vida cotidiana suele ser un hombre tranquilo. Si un cliente se le adelanta en
la fila de la panadería, saluda cortésmente al hambriento individuo. Si un
automóvil le arrebata un lugar en el estacionamiento, él responde con un amable
gesto desde el volante. Si parejas elegantemente vestidas llaman a su puerta
para predicar la fe que profesan, las escucha con atención durante media hora.
Un hombre bondadoso, como los que, por desgracia, tanto escasean en nuestra
sociedad. ¡Pero esto! ¡Dinosaurios de cráneo! ¡Su indefensa nariz! Hay límites,
incluso para Hans.
Manotea frenéticamente a las
alimañas sobre su maltratado órgano olfativo. Se pincha desagradablemente. La
criatura tiene largas púas erguidas. No solo brota sangre de su nariz: su mano
también se tiñe de rojo. De inmediato, otro dinosaurio se desliza desde su
hombro hasta su mano; el miserable lame con avidez la sangre. La pequeña lengua
raspa ásperamente la herida abierta.
Hans está a punto de desmayarse. En
un intento desesperado, arroja lejos la pesada manta y saca las piernas de la
cama. Se pone de pie con inseguridad y sacude la cabeza. Suaves golpes secos
resuenan sobre el suelo de madera. Las criaturas no se dejan desalentar. Lanzan
sin miedo un ataque contra sus dedos de los pies. Presa del pánico, Hans se
tambalea hacia la puerta. Deja tras de sí un rastro de pequeños trozos de carne
con uñas brillantes. Para su horror, no consigue abrirla. Mientras forcejea sin
aliento con el picaporte, sombras se proyectan sobre él. La tenue luz del
amanecer desaparece ominosamente detrás de los animales, que crecen con
rapidez. Hans oye cómo los invasores engullen ruidosamente los pedazos de dedo.
Un armario de pared cruje y se hace astillas. Algo perfora el techo. Fragmentos
de yeso caen sobre la cabeza de Hans. Sudando copiosamente, el pobre hombre se
vuelve y gimotea:
—¿Qué he hecho para merecer esto?
Una pesada garra golpea su abdomen.
El pequeño Hans
llevaba pijamas de dinosaurios desde los tres años. Así lo querían sus padres.
Su padre era un paleontólogo célebre. Daba clases durante la mitad del año
académico en Missoula. El resto del tiempo realizaba investigaciones de campo
en Montana. Su madre cuidaba en Delft de su único hijo. Cuando el pequeño Hans
echaba de menos a su padre, ella nombraba los dinosaurios de su pijama.
—El plateosaurio. Ese es bueno. El
velocirraptor. Ese es muy rápido. El liopleurodon. Ese nada. ¡Pronto tú también
podrás nadar! No pongas esa cara, cariño. Hay que ser siempre alegre y amable.
El próximo verano papá vendrá a casa una semanita.
¿Había oído el niño sollozar a su
madre?
Hans solo salió una
vez de los Países Bajos. A los diecisiete años visitó las badlands de Montana.
Hacía seis años que no veía a su padre. Un intercambio de correos secos y
escasos acabó dando resultado: Hans podría ayudar a los estudiantes de su padre
en el trabajo de campo. Después de un vuelo impresionante sobre formaciones
rocosas que cambiaban constantemente, un grupo de veinteañeros lo esperaba en
el lugar de aterrizaje. Los estudiantes se cubrían los ojos del polvo rojizo
que levantaban las aspas del helicóptero. El calor era insoportable. Para su
decepción, Hans vio enseguida que entre ellos no había ningún adulto. Saludó
brevemente a quienes lo esperaban. Ellos no dejaron de hablarle ni un momento.
Entusiasmados, señalaron un campamento de tiendas y varias casas rodantes. Sin
vacilar, Hans se dirigió hacia la caravana más grande. La maleta pesaba en su
mano. Abrió la puerta de golpe, sin llamar, arrojó el equipaje sobre una silla
junto a la entrada y dejó que sus ojos se acostumbraran a la penumbra. Sobre el
sofá cama frente a él se retorcían dos cuerpos. Las pálidas nalgas de un hombre
algo mayor bombeaban arriba y abajo. De vez en cuando, su cráneo calvo emergía
sobre una espalda velluda. Sobre su hombro izquierdo apareció al cabo de un
momento el rostro asustado de una joven.
Hans no conseguía borrar de su
mente la imagen del cabello rubio y desordenado de Jackie, “otra estudiante de
intercambio”. Durante el largo vuelo de regreso a los Países Bajos pensó en
ella y en la visión que ofrecía su padre desnudo al amanecer, acostado entre
fósiles apenas desempolvados en una parcela cercada no muy lejos del
campamento. Hans no dejaba de ver los cráteres, perfectamente distribuidos
sobre la brillante calva de su padre.

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