viernes, 7 de agosto de 2026

RISAS, COSTILLAS Y CALAVERAS

Saša Robnik

 

Alonso está sentado frente a su carreta. Con una vara aviva el fuego, que proyecta sombras ondulantes, mientras recuerda los buenos tiempos. De vez en cuando su mirada se escapa hacia el perfil de la ciudad tendida en el valle, allá abajo, y frunce el ceño. El viento gime entre las ruinas y los bulevares desiertos, esparciendo su tristeza por un mundo donde toda vida se ha marchitado.

El caballo, no muy lejos de él, aunque lo bastante cerca del calor de la hoguera, comienza a relinchar y a golpear con el casco la tierra estéril; las ratas vuelven a molestarlo.

Una sonrisa melancólica se dibuja en el rostro de Alonso.

—Rocinante, acércate un poco más. Esa alimaña no se acercará a las llamas.

Sabe que el caballo está resentido desde hace ya tres días, desde que emprendieron el viaje por el mundo devastado. Alonso vuelve a abrir la boca para repetir la invitación, esta vez con voz más suave, pero en ese mismo instante Rocinante responde con un largo e indecoroso sonido cuyo insoportable olor no deja lugar a dudas.

—¿Con que esas tenemos? —murmura Alonso.

Aviva el fuego con más fuerza, haciendo saltar las chispas, mientras recuerda las razones por las que abandonaron el libro para internarse en el mundo de los lectores.

El primero en advertir que algo andaba mal en el tejido de la novela había sido su amigo Sancho. Vagaba entonces, fuera del orden previsto de la historia, por las tierras de La Mancha, cuando descubrió que faltaban algunos párrafos descriptivos. Naturalmente, nadie le creyó. Pero cuando cayó una intensa lluvia de letras, seguida por una tormenta que arrastró varios molinos de viento en la llanura de Montiel, comprendieron que Sancho no deliraba.

Entonces Dulcinea, al ver la obstinación con que todos se negaban a aceptar lo evidente, pronunció una breve frase que les abrió los ojos y el corazón.

—Hermanos, hace un año que nadie nos lee.

Desde entonces las anomalías se multiplicaron. Las páginas de su mundo comenzaron a desplazarse al azar; la secuencia narrativa se desmoronó y los personajes iban cayendo de un párrafo a otro, apareciendo simultáneamente en distintas partes de la novela.

Alonso decidió enfrentarse a aquella plaga. Reunió en un frasco las partículas narrativas del libro, las cargó en la carreta, enganchó a Rocinante y partió hacia el mundo de los lectores.

En aquella extraña y despiadada realidad confirmó la sospecha que lo atormentaba: por qué ya nadie los leía, por qué su mundo se deshacía y qué era necesario para recomponer el libro.

La risa.

La risa del lector era el tejido que mantenía unidas las páginas y las palabras. Debía encontrarla a cualquier precio.

Rocinante, en cambio, jamás había querido abandonar la novela. Estaba convencido de que todo el mérito acabaría atribuyéndose al orgulloso imbécil de Alonso, y ahora allí estaba, soportando que las ratas le mordisquearan los garrones mientras el viento arrastraba el olor de la descomposición. Se preguntaba qué sentido tenía buscar la risa en un mundo que se había destruido a sí mismo.

El sentido de su existencia había desaparecido con los primeros bombardeos atómicos, pero aquel grupo de idiotas formado por Sancho, Alonso y Dulcinea era incapaz de comprenderlo.

Dulcinea...

Una campesina ordinaria a la que Alonso había elevado a un pedestal. Lo había despedido con besos y promesas que lo hicieron ruborizarse como un tulipán. Cualquier caballo con un mínimo de sentido común encontraría aquello repugnante.

¿Y Sancho?

Había salido huyendo, escondiéndose entre párrafos que ni siquiera le pertenecían.

Un cobarde como ya no existía en la literatura... porque la literatura misma había dejado de existir.

La oscuridad retrocede y la pálida luz de un nuevo día se derrama sobre un mundo cubierto por pesadas nubes, semejantes a un sudario extendido sobre un cadáver.

Alonso ni siquiera se preocupa por apagar el fuego. Dobla con calma la manta con la que se había cubierto y la arroja a la carreta. Después se acerca a Rocinante, lo engancha al vehículo, sube al pescante y permanece de pie contemplando el paisaje.

Bajo él, la ciudad yace inmóvil, sepultada por cenizas, hierro fundido y un silencio opresivo.

Hace mucho que su nombre se perdió.

Solo queda una silueta, una inmensa quemadura circular sobre la tierra y estructuras que sobresalen entre las ruinas como huesos rotos. El río aparece turbio e inmóvil. El bosque ha quedado reducido a negros pilares, restos carbonizados de antiguos árboles.

Tira de las riendas, pero el caballo no se mueve. Permanecen inmóviles hasta que Alonso intenta persuadirlo.

—Vamos, fuerza mía. Pongámonos en marcha y salvemos nuestro mundo.

Rocinante arranca de mala gana, con un brusco tirón cargado de desprecio y una maldición apenas contenida. Alonso cae sobre el asiento, reprime la ira que empieza a invadirlo, se acomoda como puede sobre la incómoda tabla y continúan el viaje.

Poco después abandonan el bosque calcinado y llegan a una carretera asfaltada casi completamente cubierta por la vegetación. No tardan en encontrar un automóvil. Se detienen. Alonso salta al camino, se acerca a la ventanilla cubierta de polvo, limpia el vidrio con la mano y mira hacia el interior.

Dos esqueletos, inmóviles y silenciosos, permanecen sentados como testigos eternos de su último instante. Al acompañante le falta el cráneo. Ha caído sobre su regazo, justo entre sus manos.

Alonso golpea el cristal.

El esqueleto levanta la calavera y empieza a mover la mandíbula como si hablara, pero la voz, amortiguada por el vidrio, resulta incomprensible. Alonso hace gestos desesperados para indicarle que no puede oírlo, pero el esqueleto sigue hablando. Cuando está a punto de rendirse y regresar a la carreta, Rocinante se acomoda y, de una poderosa coz, hace estallar la ventanilla.

La voz, ahora perfectamente audible y cargada de furia, rompe el silencio.

—¡Malditos vándalos! ¿Por qué profanan nuestro descanso? ¿Es que las tumbas ya no significan nada para ustedes?

Alonso, avergonzado, balbucea:

—Mil disculpas, amigo muerto. No podía oírte detrás del cristal. Por favor, dinos...

El esqueleto lo interrumpe.

—¿Te queda aunque sea un grano de cerebro? ¿No ves que se me han caído los dedos? ¿Cómo demonios iba a abrir la ventanilla? Bastaba con abrir la puerta, presentarte con educación y preguntar lo que querías. ¿Y ustedes por qué siguen respirando?

Alonso dirige al caballo una mirada llena de reproche. Aquella violencia había sido completamente innecesaria.

El otro esqueleto levanta su calavera hasta la altura de la ventanilla y, con voz femenina, interviene:

—Conozco a estos idiotas. Los leí cuando era joven. Salieron de la novela para venir a fastidiarnos. Escuchemos qué quieren y luego podremos seguir muriendo en paz.

—Necesitamos la risa. Nuestro mundo se está desmoronando. ¿Dónde podemos encontrarla? —pregunta Alonso rápidamente para evitar otra reprimenda.

Los esqueletos permanecen callados durante unos instantes, como si deliberaran en silencio.

Por fin el primero responde:

—Vayan a la ciudad. Busquen un montón de muertos y todos se reirán de ustedes porque son unos idiotas; eso es evidente. Prueben en el estadio. Creo que allí se estaba jugando un gran partido cuando ocurrió todo. Ahora... ¡lárguense!

La carreta avanza lentamente por un ancho bulevar, entre vehículos abandonados, vegetación salvaje y edificios derrumbados.

Alonso absorbe cada detalle de aquel extraño mundo que contempla por primera vez desde el inicio de su existencia. La inquietud y la tristeza se infiltran en su corazón de papel, pero el deseo de salvar su mundo prevalece.

Por fin rompe el silencio.

—Cada día deberíamos dar gracias por la suerte de que nuestro libro quedara olvidado en el sótano de aquella casa de campo, lejos de toda esta tristeza. —Rocinante no responde. Tira de la carreta como si nada de cuanto lo rodea pudiera afectarlo. Pero Alonso continúa hablando—. Si nuestro ejemplar hubiera estado aquí, nos habríamos convertido en vapor de tinta y papel. ¡Cómo llora mi alma por todas nuestras demás copias!

Los esqueletos dispersos que van dejando atrás giran curiosos sus calaveras y los observan con las cuencas vacías, horrorizados por su lamento y por la forma en que alteran la paz de la muerte.

Ni una sola palabra ha dedicado Alonso al mundo de los lectores, ni ha mostrado respeto por los restos de los fallecidos.

Los gritos y los insultos comienzan cuando una rueda de la carreta aplasta los huesos de un brazo y parte de las costillas de un esqueleto.

—¡Podrían tener un poco más de cuidado! —grita una calavera desde el interior de un autobús calcinado.

Otro esqueleto, doblado sobre el escaparate de una antigua floristería, añade:

—¡Pedazos de simios! ¡Han dejado al muerto sin brazo!

—¡Ojalá hubieran muerto entre tormentos, malditos vivos! —resuena desde una mesa frente a una vieja pastelería.

Alonso tira de las riendas y Rocinante acelera al trote. Poco a poco los insultos se funden nuevamente con el silencio. Finalmente aparece el estadio. La pareja de esqueletos del automóvil no había mentido. Jamás había visto una concentración tan enorme de restos humanos. El corazón comienza a latirle con violencia mientras atraviesan el túnel que conduce al campo de juego.

Alonso abre los ojos con asombro. Rocinante deja caer la mandíbula, como si quisiera desgarrar el silencio. Contemplan las tribunas cubiertas por una masa interminable de huesos. Centenares de miles de costillas y calaveras. Mandíbulas abiertas en un grito silencioso. Clavículas y tibias esparcidas como ramas secas. Vértebras que desafían el paso del tiempo. Dedos que sobresalen entre los montones. Dientes dispersos como fragmentos de vidrio.

El estadio parece haberse convertido en una arena donde los muertos luchan por recuperar la forma que un día tuvieron.

Alonso sale de su estupor y se pone manos a la obra.

Baja el frasco de la carreta, lo deposita sobre el césped y desenrosca la tapa. De su interior brotan violentamente cintas de luz multicolor. Se elevan hacia el cielo, se deshacen en millones de diminutos destellos y empiezan a descender. El terreno comienza a transformarse. Se convierte en una inmensa llanura castellana donde se alzan orgullosos antiguos molinos de viento.

Alonso regresa a la carreta, se coloca la armadura, toma la lanza y ensilla a Rocinante. Monta y, erguido con toda dignidad, grita de manera que su voz resuena por todo el estadio.

—¡Yo soy don Quijote de la Mancha, caballero andante, que dedica todas sus hazañas a la dama Dulcinea del Toboso!

El viento dispersa las palabras. El silencio devora hasta el último eco. Después de unos instantes, desde aquella inmensa osamenta colectiva llega una voz.

—¡Eres un idiota con una armadura hecha jirones!

Una risa tímida estalla y enseguida se apaga.

—Parece que no te toman muy en serio, caballero —se burla Rocinante.

La risa vuelve a escucharse desde las tribunas.

El viento, que antes se tragaba las palabras, hace girar las aspas de los molinos, transformándolos en gigantes con brazos tan largos como el horizonte.

Alonso aprieta la lanza, espolea al caballo y carga a través de la llanura.

Su voz retumba.

—¡En marcha, Rocinante!

Rocinante corre más veloz que la tormenta. La lanza se extiende como el brazo mismo de la locura. El molino chirría furiosamente mientras espera. Una nueva ráfaga de viento levanta de improviso un aspa, rompe la lanza y arroja al caballero al polvo. Ahora todo el estadio estalla en carcajadas.

Alonso permanece tendido en el suelo, convencido de que un malvado hechicero lo ha convertido en objeto de burla. Rocinante vuelve la cabeza, relincha y la sacude con sorna. La inmensa osamenta de las tribunas vibra bajo una ovación burlona. Alonso abandona entonces el papel que le asignaba la historia. Se pone de pie, hace una reverencia al público de muertos.

—Lo conseguimos, fuerza mía —le dice al caballo—. Ahora volvamos a casa.

Por primera vez desde que habían abandonado el libro, su locura encontraba el lugar que le correspondía dentro del relato.

—¿Para que Dulcinea cumpla la promesa que te hizo? —le responde el caballo, riéndose.

—No seas grosero. Ella es una dama y yo un caballero honorable.

Rocinante lo mira y vuelve a emitir aquel mismo largo e indecoroso sonido, acompañado por un hedor insoportable. El inmenso bosque de osamentas estalla en una carcajada todavía mayor. Una risa que se extiende por el mundo como un incendio forestal. Un incendio que nunca piensa detenerse. Jamás.

Saša Robnik nació en Sarajevo en 1969 y creció en Alemania, donde se enamoró de la prosa de género: ficción especulativa y fantasía. Desde los quince años, vivió en Sarajevo hasta 1994, cuando se instaló en Novi Sad, donde aún reside. En 2010, la editorial IP Tardis publicó su colección de relatos fantásticos Anđeli na kocki šećera, que entrelaza motivos urbanos y folclóricos. Sus obras están representadas en las revistas Znak Sagite, UBIQ, Balkanski književni glasnik y Omaja, así como en las colecciones Zbirka V – fantasticne priče iz ravnice, Nešto diše u mojoj torti, la colección de Istrakon, Apokalipsa laži, y en la colección digital Izvršenje pravde, traducida a varios idiomas. Su nuevo libro, Fantazam mastila i hartije, una novela fantástica con elementos de metaficción, se encuentra actualmente en proceso de impresión.

 

 

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