viernes, 7 de agosto de 2026

DOBLE

Lu Evans


 

El detective Amaral consultó sus notas y apretó los bordes de los ojos con los dedos al reflexionar sobre la historia más absurda y desconcertante que había oído en toda su carrera en la policía. Desafortunadamente, su jefe le había dado el caso y no había forma de librarse de su obligación. Sentado en la sala de interrogatorios, miró al hombre apático que se sentaba al otro lado de la mesa, vestido con un pijama sucio, y dijo:

—Entonces, señor Benjamin Rossi, vamos a empezar desde el principio, pues su testimonio ha dejado muchas lagunas que necesitamos llenar. Usted vino aquí para hablar de su amiga, la señora Velca Gonzales, que ha desaparecido, ¿correcto?

Ben (así es como le gustaba a Benjamin ser llamado) asintió.

—Sí, Velca y yo éramos amigos desde la infancia e incluso compartimos la misma casa; y sí, ella desapareció por completo.

—Pero... señor Rossi, la mujer desaparecida está sentada en la sala de espera de la comisaría, ¡sana y salva, vivísima! ¿Cómo pudo haber desaparecido si incluso el análisis de ADN que le hicimos, por insistencia del señor, probó su identidad? ¿Y no fue ella quien lo trajo aquí hoy, a petición suya?

Ben se rascó la barbita, resultado de algunos días sin afeitarse.

—Me dijiste que reiniciara mi historia, ¿no? —replicó con un tono exasperado. El policía respiró hondo y, con un gesto impaciente, lo estimuló a comenzar la historia por tercera vez—. Como dije, Velca y yo somos amigos desde niños. Nacimos el mismo día y en el mismo hospital. Crecimos en la misma calle, estudiamos en la escuela pública del barrio e ingresamos en la misma facultad, e incluso decidimos seguir la misma profesión... Siempre nos consideramos hermano y hermana, no por lazos de sangre, sino por fuerza del destino y del libre albedrío... Hace unos tres meses, decidimos vivir en la misma casa para reducir gastos. Queríamos algo en una playa apartada donde pudiéramos vivir en contacto con la naturaleza. Después de buscar por unas semanas, encontramos una ganga en la Playa de las Piedras Perdidas y la alquilamos sin pestañear. La casa necesitaba algunas reparaciones y nos mudamos allí hace dos semanas, después de que todos los servicios se completaron.

—Ahí empezaron los problemas, ¿no?

—Sí. La primera semana, yo tenía la impresión de que había alguien rondando la casa. Cuando comenté mi sensación con Velca, ella me miró con un aire asombrado y asustado. Empezamos a estar atentos a cualquier sonido, cualquier movimiento extraño.

—¿Y llegaron a ver a alguien?

—Esa primera semana, no.

—¿Y la segunda semana?

Ben tragó en seco y sintió su frente húmeda. La limpió con la palma de la mano, tomó un sorbo de agua y prosiguió:

—Recuerdo bien la primera vez que la vi. Era el segundo domingo en la casa nueva y yo estaba viendo la televisión en el sofá de la sala, pero me quedé dormido. De repente, tuve un presentimiento muy extraño y abrí los ojos. Vi un bulto que venía hacia mí. Intenté gritar, pero no pude. Intenté moverme, pero mi cuerpo estaba pesado. El bulto se sentó a mi lado y se quedó allí por algunos minutos, y después se levantó y salió.

—¿Era hombre o mujer?

Ben soltó una risa triste y nerviosa.

—Una mujer, sin duda alguna... —Se inclinó un poco sobre la mesa en la dirección del policía y susurró, apuntando con el dedo tembloroso hacia la puerta: —¡Ella!

El policía movió la cabeza lentamente hacia arriba y hacia abajo, confirmando que lo creía.

—Me lo imaginé, ya que viven juntos. Seguramente ella se sentó en el sofá y vio un poco de televisión, pensando que usted estaba dormido. ¿Se ha detenido a pensar en esa posibilidad?

—No, detective Amaral, no lo pensé, porque Velca, mi amiga, no era un bulto, sino una persona de verdad. Y lo que vi en la sala, bajo las luces de las lámparas, fue una persona hecha de sombras... En ese momento, no tenía forma de saberlo, pero era ella, la impostora que está ahí fuera esperándome.

—Que dejó de ser bulto y pasó a parecerse a su amiga. —Amaral intentaba no imprimir en la voz ningún rastro de burla, pero el relato era tan extravagante que temía que tarde o temprano perdería la compostura.

—Tomó su lugar.

—No encontramos ninguna evidencia de que la mujer que lo trajo aquí sea otra más que su amiga Velca Gonzales.

Ben soltó un bufido y cerró los ojos, intentando calmarse. Entonces dijo:

—No me cree, pero no me rendiré hasta demostrar que no es Velca.

—Muy bien. Antes de continuar con la historia, necesito hacerle una pregunta: ¿esta amistad es solo amistad o hay algún elemento romántico?

Ben sacudió la cabeza con fuerza.

—Amistad, nada más.

—Nunca hubo nada, ¿estás seguro? ¿tal vez una pelea, celos?

—Nunca. ¿Usted no cree que un hombre y una mujer puedan ser solo amigos?

—A decir verdad, no… Amigos viviendo solos en una playa paradisíaca... sin decir que ella es muy atractiva, ¿no piensa?

Ben, a pesar de sentirse un poco avergonzado, reveló:

—Yo soy gay.

—¡Ah! Entiendo... ¡Continúe su historia, por favor! Iba diciendo sobre el bulto que se sentó a su lado y después tomó el lugar de su amiga. ¿Qué sucedió mientras tanto entre la primera visión de la criatura y la desaparición de la señorita Gonzales?

—Tan pronto como tuve ese primer contacto con la cosa, no le dije nada a Velca porque pensé que había sido un sueño, un delirio, pero ese fue mi gran error. Esa misma noche ella se enfermó.

—¿Cuáles eran los síntomas?

Ben pensó un poco y relató lo que oyó de la amiga: fiebre, dolor en el cuerpo entero, migraña y manchas oscuras en la visión.

Amaral pasó los ojos a sus anotaciones y, en un rincón del cuadernito, escribió algo.

—Interesante. La primera y la segunda vez, no me dijo nada sobre manchas oscuras en la visión.

—Es porque acabo de recordar ese detalle que ella comentó... Pensé que tenía un resfriado y que pronto se pondría mejor, pero al día siguiente, me di cuenta de que estaba empeorando.

—¿Por qué no la trajo al médico?

—No encontré las llaves de los autos, ni del mío, ni del de ella. La impostora escondió todo.

—¿Por qué no llamó un taxi o incluso una ambulancia?

—No encontré los celulares.

—¿Y la Internet, la computadora? ¿No podía pasar un mensaje a algún amigo o familiar en una red social o por e-mail?

—También han desaparecido mi portátil y el de Velca.

—¿Qué hizo, entonces?

Ben arribó los hombros como si se sintiera vencido por el enemigo.

—Nada. ¿Qué podía hacer? Velca siempre fue más alta que yo, más pesada que yo. Una mujercita, como se dice por ahí. Yo no podría cargarla en brazos hasta la ciudad... Pero me quedé a su lado, y también la alimenté. Hice té, sopa.

—Necesito aclarar ese punto con usted. Mire, no podría estar a su lado todo el tiempo, porque buscó en la casa los artículos que dijo que había perdido, y también tuvo que ir a la cocina para hacer el té, la sopa. Todo esto lleva tiempo.

Ben asintió con la cabeza.

—Y ese fue otro error mío, pues mientras yo hacía todo eso, la impostora iba hasta su cuarto...

El detective usó esa pausa para consultar sus notas y vio que era la primera vez que decía algo así.

—Complete.

—Para robar su apariencia.

—Pero, ¿cómo puede saberlo si estaba en otras partes de la casa?

—¿Qué más podría explicar la enfermedad de Velca?

—¡Muchas cosas, por supuesto! Si es que estuvo enferma recientemente, pues me pareció muy bien dispuesta y saludable cuando lo trajo esta mañana. Y no conteste mis preguntas con otras. Intente responder de forma objetiva y clara. Ya llevamos en eso más de dos horas, mi señor.

—Pues bien, quiere saber cómo puedo explicar lo que le estaba sucediendo a ella... Yo mismo presencié el fenómeno. —Una pausa se alargó hasta que el detective, impaciente, carraspeó—. Decidí dormir con ella aquella noche. Dejé la luz de la lámpara encendida. Me dormí, pero durante la madrugada desperté y vi a alguien entrando en el cuarto. Era un bulto, pero no sólo una figura hecha de sombras. Ahora tenía cabello y ojos, e incluso una boca. El bulto caminó directo a la cama, se sentó cerca de Velca y se quedó allí por un buen tiempo.

—¿Por qué no hizo nada?

—Porque de nuevo no podía moverme... Cuando el bulto decidió irse, no era más bulto, sino una criatura que hasta piel tenía, pero era horrenda, parecía gente, pero no era... Al día siguiente, Velca se despertó, pero estaba muy débil y apenas podía hablar.

—¿Pero dijo algo?

Ben comenzó a llorar. Amaral ya estaba acostumbrado a cosas así, pero algo en Ben era muy cierto: una angustia, una desesperación casi infantil. Eso causó gran incomodidad en el policía.

—¡Hey, amigo! Trate de calmarse o pensarán que le estoy dando una paliza.

Ben pensó que era mejor dejar de llorar.

—Ella confesó que desde la primera noche en la casa de la playa, venía recibiendo la visita de un bulto que conversaba con ella —explicó, calmándose un poco.

Amaral consultó sus anotaciones, una vez más, Ben presentaba un dato diferente. Seguro que estaba inventando nuevas cosas para dar más veracidad a su trama, tal como lo hace un narrador de historias que va creando más detalles, dando más vida a los personajes cada vez que cuenta la misma historia.

—¿Y por casualidad mencionó el tenor de esas conversaciones que tenía con el bulto?

—Sí. La criatura de las sombras decía que iba a matarla.

El policía no sabía qué hacer con toda aquella información, pero había llamado a una siquiatra para estudiar el caso, pues el hombre, desde el momento en que llegó allí, parecía trastornado y delirante. La siquiatra estaba en la habitación de al lado, dividida por uno de esos vidrios que se puede ver a través de un lado y que del otro parece un simple espejo. Amaral sabía que ella estaba trazando hipótesis para explicar el asombroso relato del hombre; así, era necesario ir hasta el final para que ella recogiera todas las informaciones.

—¿Qué pasó después de eso?

— Seguí haciéndole compañía a Velca. Me alejé de ella sólo para conseguir algo de comida o ir al baño, pero ni siquiera para ducharme lo hacía, si sabe a lo que me refiero. —Amaral confirmó con un gesto. Ben olía como si no hubiera visitado la ducha en mucho tiempo. Al menos sobre eso no estaba mintiendo o delirando, concluyó el policía—. Yo tenía miedo de dormir e intentaba mantenerme despierto, pero siempre acababa cayendo por el sueño y, enseguida, me despertaba al notar que la criatura entraba en el cuarto y se sentaba al lado de Velca. Se quedaba allí por un tiempo y cada vez que se levantaba para irse, tenía un parecido aún mayor con mi amiga. Al mismo tiempo, Velca iba quedando translúcida.

—¿Translúcida? —Amaral leyó sus observaciones y no encontró ninguna referencia a eso. Era otro elemento nuevo.

—Transparente. Estaba desapareciendo como le dije al principio. Desapareciendo por completo... Yo lloraba mucho, pero no podía hacer nada. Por fin, en la madrugada de hoy, la impostora vino nuevamente al cuarto, ya bastante parecida a Velca, e hizo como en las noches anteriores. Se sentó a su lado y la miró fijamente. Entonces, cuando el sol estaba saliendo, ella se levantó e hizo una cosa diferente: fue hasta el armario y sacó de allí un vestido de flores que a Velca le gustaba mucho. Se vistió, se calzó con las zapatillas favoritas de Velca, se peinó los cabellos en frente del espejo, tarareando una melodía tal como Velca solía hacer. Y, para mi horror, ella se volvió hacia mí, sonrió y dijo: “El desayuno estará listo dentro de poco”. Y salió tarareando. Cuando miré hacia el otro lado, descubrí que Velca había desaparecido.

Ben comenzó a llorar de nuevo, pero esta vez aún más fuerte.

Amaral giró el cuello hacia el espejo e hizo un gesto sutil con la cabeza. Era la señal para la entrada de la siquiatra que ingresó a la sala con aire grave. Se presentó a Ben, explicó que lo estaba viendo desde el otro lado del espejo y se sentó en la silla al lado de Amaral.

—Señor Rossi —ella comenzó con un tono profesional—, todo lleva a creer que usted tiene lo que llamamos parálisis del sueño. Es una condición en la cual el individuo despierta, pero es incapaz de hablar o moverse, pues los músculos no responden. Es muy común que la persona vea bultos o criaturas aterradoras en esos momentos, que oiga ruidos, que piense estar flotando, que piense que no está respirando, y algunos pacientes incluso sienten malestar físico. La parálisis del sueño puede durar segundos o minutos, y es más común de lo que imaginamos. Entre el 15% y el 40% de la población puede tener alguna situación de parálisis del sueño a lo largo de la vida. Hay diversos relatos sobre este problema en el transcurso de la historia, desde la antigüedad y en diferentes culturas. Algunos expertos sostienen incluso que existe también un factor genético asociado a esto, y otros estudios apuntan a que esta puede ser influenciada por situaciones como estrés, privación del sueño, consumo de bebidas alcohólicas e ingestión de medicamentos para dormir sin prescripción médica. La parálisis del sueño también puede estar relacionada con enfermedades psiquiátricas como trastorno de ansiedad, depresión y síndrome de pánico. Es un fenómeno común en individuos que poseen narcolepsia, que es un trastorno en el cual la persona tiene somnolencia intensa a lo largo del día, aunque haya dormido bien durante la noche. Cuando el fenómeno está relacionado con una enfermedad psiquiátrica, puede ser amainado con tratamiento psicológico y medicamentos... Le enviaré a un excelente médico amigo mío...

La psiquiatra no pudo seguir adelante. Ben comenzó a reírse histéricamente y a golpear la mesa con los puños cerrados. El policía y la psiquiatra se asustaron y se levantaron de las sillas, retrocediendo.

 

Velca lloraba discretamente, secándose los ojos con un pañuelo de papel mientras veía a Ben ser llevado por una ambulancia al instituto psiquiátrico de la ciudad.

—¡Pobre mi amigo! ¿Usted cree que estará bien?

La psiquiatra lo confirmó con una sonrisa amable.

—Hizo bien al firmar los papeles del internado —dijo—. Él se mostró violento e irracional. Sería peligroso llevarlo de vuelta a casa en ese estado. Cree que eres una impostora.

—Pobre hombre. No puedo imaginar por lo que está pasando —comentó el detective.

—Un día, quién sabe, lo entenderá —dijo Velca, y se fue.

Amaral se quedó perplejo con la respuesta. Acompañó a la mujer con los ojos mientras ella entraba en el coche y enseguida se alejaba calle abajo.

Ese día, Amaral se inclinó sobre una pila de informes; el más complicado de escribir fue el caso de Benjamin Rossi. Después, fue a un bar y bebió un poco para relajarse, pasó por el apartamento de su amante y de allí, en algunas horas, llegó a su casa. Tan exhausto estaba que no se molestó en quitarse los zapatos y se acostó al lado de su esposa, que ni siquiera se despertó.

En medio de la madrugada, Amaral despertó de repente, captando una presencia extraña en el cuarto. Vio un bulto acercándose, pero no consiguió hablar o moverse. El bulto se acostó sobre él. Ciertamente era un hombre, pues era pesado y lo hizo hundirse en el colchón, dificultando su respiración. En pánico y sin tener cómo reaccionar, Amaral escuchó la voz ronca, profunda y amenazadora susurrando junto a su oído:

—¡Te voy a matar! ¡Te voy a matar!

Lu Evans es brasileña, licenciada en Periodismo y estudiante de Antropología en el Central New Mexico College/USA. Ha publicado dieciséis libros, algunos de los cuales han sido traducidos al inglés y al español. También es dramaturga, cuyos textos de teatro infantil y para adultos han sido representados y premiados en Brasil. Sus cuentos han aparecido en antologías y revistas nacionales e internacionales. Es miembro del Centro de Literatura y Cine André Carneiro, de la Academia Internacional de Literatura Brasileña y de la Speculative Literature Foundation/USA, de la que es jurado en los concursos A.C. Bose y Diverse Worlds + Diverse Writers. Coordina el proyecto Fantastic Literature by Women/US y Fantastic Writers (con Rozz Messias). Algunas de sus colecciones incluyen autores de distintos países: América Fantástica, Fator Morus, Vozes Intergalácticas, O Último Dia do Futuro y Terra Mágica.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

RISAS, COSTILLAS Y CALAVERAS