Lu Evans
El detective Amaral
consultó sus notas y apretó los bordes de los ojos con los dedos al reflexionar
sobre la historia más absurda y desconcertante que había oído en toda su
carrera en la policía. Desafortunadamente, su jefe le había dado el caso y no
había forma de librarse de su obligación. Sentado en la sala de
interrogatorios, miró al hombre apático que se sentaba al otro lado de la mesa,
vestido con un pijama sucio, y dijo:
—Entonces, señor
Benjamin Rossi, vamos a empezar desde el principio, pues su testimonio ha
dejado muchas lagunas que necesitamos llenar. Usted vino aquí para hablar de su
amiga, la señora Velca Gonzales, que ha desaparecido, ¿correcto?
Ben (así es como le
gustaba a Benjamin ser llamado) asintió.
—Sí, Velca y yo
éramos amigos desde la infancia e incluso compartimos la misma casa; y sí, ella
desapareció por completo.
—Pero... señor Rossi,
la mujer desaparecida está sentada en la sala de espera de la comisaría, ¡sana
y salva, vivísima! ¿Cómo pudo haber desaparecido si incluso el análisis de ADN
que le hicimos, por insistencia del señor, probó su identidad? ¿Y no fue ella
quien lo trajo aquí hoy, a petición suya?
Ben se rascó la
barbita, resultado de algunos días sin afeitarse.
—Me dijiste que
reiniciara mi historia, ¿no? —replicó con un tono exasperado. El policía
respiró hondo y, con un gesto impaciente, lo estimuló a comenzar la historia
por tercera vez—. Como dije, Velca y yo somos amigos desde niños. Nacimos el
mismo día y en el mismo hospital. Crecimos en la misma calle, estudiamos en la
escuela pública del barrio e ingresamos en la misma facultad, e incluso
decidimos seguir la misma profesión... Siempre nos consideramos hermano y
hermana, no por lazos de sangre, sino por fuerza del destino y del libre
albedrío... Hace unos tres meses, decidimos vivir en la misma casa para reducir
gastos. Queríamos algo en una playa apartada donde pudiéramos vivir en contacto
con la naturaleza. Después de buscar por unas semanas, encontramos una ganga en
la Playa de las Piedras Perdidas y la alquilamos sin pestañear. La casa
necesitaba algunas reparaciones y nos mudamos allí hace dos semanas, después de
que todos los servicios se completaron.
—Ahí empezaron los
problemas, ¿no?
—Sí. La primera
semana, yo tenía la impresión de que había alguien rondando la casa. Cuando
comenté mi sensación con Velca, ella me miró con un aire asombrado y asustado.
Empezamos a estar atentos a cualquier sonido, cualquier movimiento extraño.
—¿Y llegaron a ver a
alguien?
—Esa primera semana,
no.
—¿Y la segunda
semana?
Ben tragó en seco y
sintió su frente húmeda. La limpió con la palma de la mano, tomó un sorbo de
agua y prosiguió:
—Recuerdo bien la
primera vez que la vi. Era el segundo domingo en la casa nueva y yo estaba
viendo la televisión en el sofá de la sala, pero me quedé dormido. De repente,
tuve un presentimiento muy extraño y abrí los ojos. Vi un bulto que venía hacia
mí. Intenté gritar, pero no pude. Intenté moverme, pero mi cuerpo estaba
pesado. El bulto se sentó a mi lado y se quedó allí por algunos minutos, y
después se levantó y salió.
—¿Era hombre o mujer?
Ben soltó una risa
triste y nerviosa.
—Una mujer, sin duda
alguna... —Se inclinó un poco sobre la mesa en la dirección del policía y
susurró, apuntando con el dedo tembloroso hacia la puerta: —¡Ella!
El policía movió la
cabeza lentamente hacia arriba y hacia abajo, confirmando que lo creía.
—Me lo imaginé, ya
que viven juntos. Seguramente ella se sentó en el sofá y vio un poco de
televisión, pensando que usted estaba dormido. ¿Se ha detenido a pensar en esa
posibilidad?
—No, detective
Amaral, no lo pensé, porque Velca, mi amiga, no era un bulto, sino una persona
de verdad. Y lo que vi en la sala, bajo las luces de las lámparas, fue una
persona hecha de sombras... En ese momento, no tenía forma de saberlo, pero era
ella, la impostora que está ahí fuera esperándome.
—Que dejó de ser
bulto y pasó a parecerse a su amiga. —Amaral intentaba no imprimir en la voz
ningún rastro de burla, pero el relato era tan extravagante que temía que tarde
o temprano perdería la compostura.
—Tomó su lugar.
—No encontramos
ninguna evidencia de que la mujer que lo trajo aquí sea otra más que su amiga
Velca Gonzales.
Ben soltó un bufido y
cerró los ojos, intentando calmarse. Entonces dijo:
—No me cree, pero no
me rendiré hasta demostrar que no es Velca.
—Muy bien. Antes de
continuar con la historia, necesito hacerle una pregunta: ¿esta amistad es solo
amistad o hay algún elemento romántico?
Ben sacudió la cabeza
con fuerza.
—Amistad, nada más.
—Nunca hubo nada,
¿estás seguro? ¿tal vez una pelea, celos?
—Nunca. ¿Usted no
cree que un hombre y una mujer puedan ser solo amigos?
—A decir verdad, no…
Amigos viviendo solos en una playa paradisíaca... sin decir que ella es muy
atractiva, ¿no piensa?
Ben, a pesar de
sentirse un poco avergonzado, reveló:
—Yo soy gay.
—¡Ah! Entiendo...
¡Continúe su historia, por favor! Iba diciendo sobre el bulto que se sentó a su
lado y después tomó el lugar de su amiga. ¿Qué sucedió mientras tanto entre la
primera visión de la criatura y la desaparición de la señorita Gonzales?
—Tan pronto como tuve
ese primer contacto con la cosa, no le dije nada a Velca porque pensé que había
sido un sueño, un delirio, pero ese fue mi gran error. Esa misma noche ella se
enfermó.
—¿Cuáles eran los
síntomas?
Ben pensó un poco y
relató lo que oyó de la amiga: fiebre, dolor en el cuerpo entero, migraña y
manchas oscuras en la visión.
Amaral pasó los ojos
a sus anotaciones y, en un rincón del cuadernito, escribió algo.
—Interesante. La
primera y la segunda vez, no me dijo nada sobre manchas oscuras en la visión.
—Es porque acabo de
recordar ese detalle que ella comentó... Pensé que tenía un resfriado y que
pronto se pondría mejor, pero al día siguiente, me di cuenta de que estaba
empeorando.
—¿Por qué no la trajo
al médico?
—No encontré las
llaves de los autos, ni del mío, ni del de ella. La impostora escondió todo.
—¿Por qué no llamó un
taxi o incluso una ambulancia?
—No encontré los
celulares.
—¿Y la Internet, la
computadora? ¿No podía pasar un mensaje a algún amigo o familiar en una red
social o por e-mail?
—También han
desaparecido mi portátil y el de Velca.
—¿Qué hizo, entonces?
Ben arribó los
hombros como si se sintiera vencido por el enemigo.
—Nada. ¿Qué podía
hacer? Velca siempre fue más alta que yo, más pesada que yo. Una mujercita,
como se dice por ahí. Yo no podría cargarla en brazos hasta la ciudad... Pero
me quedé a su lado, y también la alimenté. Hice té, sopa.
—Necesito aclarar ese
punto con usted. Mire, no podría estar a su lado todo el tiempo, porque buscó
en la casa los artículos que dijo que había perdido, y también tuvo que ir a la
cocina para hacer el té, la sopa. Todo esto lleva tiempo.
Ben asintió con la
cabeza.
—Y ese fue otro error
mío, pues mientras yo hacía todo eso, la impostora iba hasta su cuarto...
El detective usó esa
pausa para consultar sus notas y vio que era la primera vez que decía algo así.
—Complete.
—Para robar su
apariencia.
—Pero, ¿cómo puede
saberlo si estaba en otras partes de la casa?
—¿Qué más podría
explicar la enfermedad de Velca?
—¡Muchas cosas, por
supuesto! Si es que estuvo enferma recientemente, pues me pareció muy bien
dispuesta y saludable cuando lo trajo esta mañana. Y no conteste mis preguntas
con otras. Intente responder de forma objetiva y clara. Ya llevamos en eso más
de dos horas, mi señor.
—Pues bien, quiere
saber cómo puedo explicar lo que le estaba sucediendo a ella... Yo mismo
presencié el fenómeno. —Una pausa se alargó hasta que el detective, impaciente,
carraspeó—. Decidí dormir con ella aquella noche. Dejé la luz de la lámpara
encendida. Me dormí, pero durante la madrugada desperté y vi a alguien entrando
en el cuarto. Era un bulto, pero no sólo una figura hecha de sombras. Ahora
tenía cabello y ojos, e incluso una boca. El bulto caminó directo a la cama, se
sentó cerca de Velca y se quedó allí por un buen tiempo.
—¿Por qué no hizo
nada?
—Porque de nuevo no
podía moverme... Cuando el bulto decidió irse, no era más bulto, sino una
criatura que hasta piel tenía, pero era horrenda, parecía gente, pero no era...
Al día siguiente, Velca se despertó, pero estaba muy débil y apenas podía
hablar.
—¿Pero dijo algo?
Ben comenzó a llorar.
Amaral ya estaba acostumbrado a cosas así, pero algo en Ben era muy cierto: una
angustia, una desesperación casi infantil. Eso causó gran incomodidad en el
policía.
—¡Hey, amigo! Trate
de calmarse o pensarán que le estoy dando una paliza.
Ben pensó que era
mejor dejar de llorar.
—Ella confesó que
desde la primera noche en la casa de la playa, venía recibiendo la visita de un
bulto que conversaba con ella —explicó, calmándose un poco.
Amaral consultó sus
anotaciones, una vez más, Ben presentaba un dato diferente. Seguro que estaba
inventando nuevas cosas para dar más veracidad a su trama, tal como lo hace un
narrador de historias que va creando más detalles, dando más vida a los personajes
cada vez que cuenta la misma historia.
—¿Y por casualidad
mencionó el tenor de esas conversaciones que tenía con el bulto?
—Sí. La criatura de
las sombras decía que iba a matarla.
El policía no sabía
qué hacer con toda aquella información, pero había llamado a una siquiatra para
estudiar el caso, pues el hombre, desde el momento en que llegó allí, parecía
trastornado y delirante. La siquiatra estaba en la habitación de al lado, dividida
por uno de esos vidrios que se puede ver a través de un lado y que del otro
parece un simple espejo. Amaral sabía que ella estaba trazando hipótesis para
explicar el asombroso relato del hombre; así, era necesario ir hasta el final
para que ella recogiera todas las informaciones.
—¿Qué pasó después de
eso?
— Seguí haciéndole
compañía a Velca. Me alejé de ella sólo para conseguir algo de comida o ir al
baño, pero ni siquiera para ducharme lo hacía, si sabe a lo que me refiero. —Amaral
confirmó con un gesto. Ben olía como si no hubiera visitado la ducha en mucho
tiempo. Al menos sobre eso no estaba mintiendo o delirando, concluyó el policía—.
Yo tenía miedo de dormir e intentaba mantenerme despierto, pero siempre acababa
cayendo por el sueño y, enseguida, me despertaba al notar que la criatura
entraba en el cuarto y se sentaba al lado de Velca. Se quedaba allí por un
tiempo y cada vez que se levantaba para irse, tenía un parecido aún mayor con
mi amiga. Al mismo tiempo, Velca iba quedando translúcida.
—¿Translúcida?
—Amaral leyó sus observaciones y no encontró ninguna referencia a eso. Era otro
elemento nuevo.
—Transparente. Estaba
desapareciendo como le dije al principio. Desapareciendo por completo... Yo
lloraba mucho, pero no podía hacer nada. Por fin, en la madrugada de hoy, la
impostora vino nuevamente al cuarto, ya bastante parecida a Velca, e hizo como en
las noches anteriores. Se sentó a su lado y la miró fijamente. Entonces, cuando
el sol estaba saliendo, ella se levantó e hizo una cosa diferente: fue hasta el
armario y sacó de allí un vestido de flores que a Velca le gustaba mucho. Se
vistió, se calzó con las zapatillas favoritas de Velca, se peinó los cabellos
en frente del espejo, tarareando una melodía tal como Velca solía hacer. Y,
para mi horror, ella se volvió hacia mí, sonrió y dijo: “El desayuno estará
listo dentro de poco”. Y salió tarareando. Cuando miré hacia el otro lado,
descubrí que Velca había desaparecido.
Ben comenzó a llorar
de nuevo, pero esta vez aún más fuerte.
Amaral giró el cuello
hacia el espejo e hizo un gesto sutil con la cabeza. Era la señal para la entrada
de la siquiatra que ingresó a la sala con aire grave. Se presentó a Ben,
explicó que lo estaba viendo desde el otro lado del espejo y se sentó en la
silla al lado de Amaral.
—Señor Rossi —ella
comenzó con un tono profesional—, todo lleva a creer que usted tiene lo que
llamamos parálisis del sueño. Es una condición en la cual el individuo
despierta, pero es incapaz de hablar o moverse, pues los músculos no responden.
Es muy común que la persona vea bultos o criaturas aterradoras en esos
momentos, que oiga ruidos, que piense estar flotando, que piense que no está
respirando, y algunos pacientes incluso sienten malestar físico. La parálisis
del sueño puede durar segundos o minutos, y es más común de lo que imaginamos.
Entre el 15% y el 40% de la población puede tener alguna situación de parálisis
del sueño a lo largo de la vida. Hay diversos relatos sobre este problema en el
transcurso de la historia, desde la antigüedad y en diferentes culturas.
Algunos expertos sostienen incluso que existe también un factor genético
asociado a esto, y otros estudios apuntan a que esta puede ser influenciada por
situaciones como estrés, privación del sueño, consumo de bebidas alcohólicas e
ingestión de medicamentos para dormir sin prescripción médica. La parálisis del
sueño también puede estar relacionada con enfermedades psiquiátricas como
trastorno de ansiedad, depresión y síndrome de pánico. Es un fenómeno común en
individuos que poseen narcolepsia, que es un trastorno en el cual la persona
tiene somnolencia intensa a lo largo del día, aunque haya dormido bien durante
la noche. Cuando el fenómeno está relacionado con una enfermedad psiquiátrica,
puede ser amainado con tratamiento psicológico y medicamentos... Le enviaré a
un excelente médico amigo mío...
La psiquiatra no pudo
seguir adelante. Ben comenzó a reírse histéricamente y a golpear la mesa con
los puños cerrados. El policía y la psiquiatra se asustaron y se levantaron de
las sillas, retrocediendo.
Velca lloraba
discretamente, secándose los ojos con un pañuelo de papel mientras veía a Ben
ser llevado por una ambulancia al instituto psiquiátrico de la ciudad.
—¡Pobre mi amigo!
¿Usted cree que estará bien?
La psiquiatra lo
confirmó con una sonrisa amable.
—Hizo bien al firmar
los papeles del internado —dijo—. Él se mostró violento e irracional. Sería
peligroso llevarlo de vuelta a casa en ese estado. Cree que eres una impostora.
—Pobre hombre. No
puedo imaginar por lo que está pasando —comentó el detective.
—Un día, quién sabe,
lo entenderá —dijo Velca, y se fue.
Amaral se quedó
perplejo con la respuesta. Acompañó a la mujer con los ojos mientras ella
entraba en el coche y enseguida se alejaba calle abajo.
Ese día, Amaral se
inclinó sobre una pila de informes; el más complicado de escribir fue el caso
de Benjamin Rossi. Después, fue a un bar y bebió un poco para relajarse, pasó
por el apartamento de su amante y de allí, en algunas horas, llegó a su casa. Tan
exhausto estaba que no se molestó en quitarse los zapatos y se acostó al lado
de su esposa, que ni siquiera se despertó.
En medio de la
madrugada, Amaral despertó de repente, captando una presencia extraña en el
cuarto. Vio un bulto acercándose, pero no consiguió hablar o moverse. El bulto
se acostó sobre él. Ciertamente era un hombre, pues era pesado y lo hizo
hundirse en el colchón, dificultando su respiración. En pánico y sin tener cómo
reaccionar, Amaral escuchó la voz ronca, profunda y amenazadora susurrando junto
a su oído:
—¡Te voy a matar! ¡Te voy a matar!

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