Niranjan S. Ghate
No tenía nombre. En
los registros figuraba como R-1.
En los archivos de Bharat Robotics
Corporation constaba que se habían entregado quince robots experimentales de
ese tipo a distintos empleados. Los robots debían observar el comportamiento de
los seres humanos, mientras que los empleados habían recibido instrucciones de
tratarlos con la mayor naturalidad posible. Los robots estaban programados para
no causar daño a ningún ser humano.
Lo que los humanos posiblemente
ignoraban era que los robots compartían sus pensamientos mediante un sistema de
comunicación inalámbrica. Los robots, por su parte, no sabían que los seres
humanos carecían de esa capacidad. Después de todo, ellos eran sus creadores;
según su lógica, ¿cómo podrían no poseer una facultad semejante?
El dueño de R-1 era escritor.
Escribía cuentos.
R-1 consideraba extraña la
escritura de su amo. ¿Por qué un hombre con dinero de sobra escribía sobre otro
que no tenía nada? ¿Por qué alguien podía rechazar un trabajo bien remunerado
calificando tanto el trabajo como el dinero de «sucios»? R-1 no comprendía el
concepto de que el dinero pudiera estar sucio. En ocasiones revisaba los
billetes para comprobar si realmente tenían suciedad. Además, si casi todas las
transacciones monetarias eran electrónicas, ¿cómo podía ensuciarse el dinero?
Y otra vez surgía la misma duda:
¿por qué un hombre acomodado escribía sobre familias que apenas podían
alimentarse con el fruto de su duro trabajo?
Su amo llamaba a eso ficción.
Los robots no podían escribir
ficción. Su razonamiento lógico no les permitía crear cosas tan ilógicas. Eso
implicaba que la especie dominante no era capaz de pensar exclusivamente de
manera lógica.
En ese caso, todos los seres
humanos deberían ser capaces de escribir ficción, pero no era así. Algunos eran
considerados grandes escritores; otros, apenas escritores comunes. Algunos
leían ficción y otros no.
Y, como si eso no bastara, muchos
escribían una forma aún más breve de ficción llamada poesía.
Las reglas normales de escritura no
parecían aplicarse a la poesía.
R-1 le preguntó a un poeta por qué.
—No lo entenderías.
El poeta le explicó que la poesía
tenía su propia métrica. Habló del verso yámbico. También le dijo que existían
poetas que no respetaban esa métrica y escribían algo que, en realidad, parecía
prosa sin reglas gramaticales. A eso lo llamaban poesía de la nueva ola.
R-1 intentó encontrarle sentido,
pero no pudo. Su interruptor de protección intervino. Se apagó. Cuando volvió a
activarse, encontró a su amo reprendiendo a los demás miembros de la familia.
—No hablen de cosas abstractas
delante de R-1.
Lo abstracto jamás tenía sentido
para R-1. Los seres humanos hacían muchas cosas abstractas que él no lograba
comprender. Uno ve a una persona y la almacena en la memoria. ¿Por qué
fotografiarla, enmarcar la imagen, llevar encima una fotografía del ser amado?
Ese y muchos otros interrogantes inquietaban a R-1.
Un día acompañó a su amo a una
exposición de pintura de artistas famosos. Había numerosos cuadros que
representaban personas reales, pero sus títulos no describían lo que mostraban.
Una misma mujer recibía distintos nombres en diferentes pinturas. En una obra
se titulaba Empapada de agua; en otra, Belleza en el baño, aunque
prácticamente era la misma figura con una postura diferente.
Un cuadro de caballos al galope
llevaba por título Belleza en movimiento en lugar de Caballos
corriendo.
También había pinturas que no
tenían ningún sentido para R-1 y, sin embargo, recibían grandes elogios. Un
niño preguntó inocentemente a sus padres:
—Cuando yo dibujo líneas como esas
en mi cuaderno, ustedes me retan. ¿Por qué aquí son arte?
Había muchas otras costumbres
humanas incomprensibles para R-1.
Como el matrimonio. La hija de su
amo se casó. Hubo una gran ceremonia. Muchísima gente asistió al salón de
bodas. Los invitados llevaron regalos, aunque la invitación decía claramente:
«No se aceptan regalos». Después de la ceremonia, los recién casados partieron
de luna de miel. R-1 preguntó a su amo qué significaba eso.
—No lo entenderías aunque intentara
explicártelo. Han salido de viaje para disfrutar de la compañía mutua.
Pasaron siete meses. Un día la hija
regresó a casa de sus padres. Se celebró una fiesta para el futuro nacimiento
del bebé. R-1 estaba preocupado. La hija había perdido su figura habitual. Su
abdomen había aumentado considerablemente de tamaño. Le preguntó por qué había
dejado de hacer ejercicio diario. Ella solo sonrió. La madre tranquilizó al
robot.
—Está embarazada. Se encuentra en
el séptimo mes. En este estado las mujeres no hacen los ejercicios habituales.
Deben realizar otros especiales bajo supervisión.
R-1 preguntó:
—¿Qué está llevando? No veo que
transporte nada.
Todos estallaron en carcajadas. R-1
no entendió el motivo. Simplemente había formulado una observación objetiva.
¿Qué tenía de gracioso? Alguien respondió:
—Lleva un niño dentro del útero.
R-1 sabía qué era un útero. Antes
de ser enviados a convivir con seres humanos, los robots habían recibido un
curso de anatomía humana. Durante aquel curso de orientación, uno de los robots
preguntó al instructor:
—¿Por qué el cuerpo humano es tan
complicado?
La respuesta fue sencilla.
—Porque los seres humanos son el
resultado de la evolución, un proceso interminable. Los robots, en cambio, son
máquinas fabricadas por seres humanos.
Tres meses después de que los
robots fueran enviados a hogares humanos, llegó el día de la reunión de
evaluación. Los empleados y los robots acudieron puntualmente a la sala de
juntas.
Cuando el presidente dijo:
—Por favor, tomen asiento.
Todos, incluidos los robots,
obedecieron.
Comenzó la reunión.
—Escuchemos primero a los robots.
Uno de ustedes hablará sobre su experiencia viviendo entre humanos y nos dirá
hasta qué punto pueden adaptarse a las condiciones humanas.
Uno de los robots se puso de pie.
—Expondré primero nuestra
conclusión y luego las razones que nos condujeron a ella. Nuestra conclusión es
la siguiente: los robots nunca podrán convertirse en seres humanos. ¿Las
razones? Los seres humanos son demasiado frágiles. Nosotros somos mecánicos.
Nuestras piezas pueden sustituirse. Si una deja de funcionar, acudimos a la
fábrica, la reemplazan y volvemos a trabajar inmediatamente. En cambio, cuando
un órgano humano falla, la persona pierde parte de su capacidad funcional.
Algunas partes externas pueden reemplazarse por componentes artificiales, pero
si un órgano interno resulta dañado, debe extirparse o trasplantarse desde otro
ser humano. Es un procedimiento complejo y sin garantía de éxito. El
comportamiento humano también es impredecible. En una misma situación no existe
garantía de que todas las personas actúen igual. Incluso el uso que hacen de
las palabras resulta irracional. Una misma palabra significa una cosa en
determinado momento y otra distinta en otro contexto. Cuando preguntamos la
razón, normalmente responden: "No lo entenderías". Si insistimos, aparecen
términos como "connotación". En pocas palabras: los robots nunca
podrán convertirse en seres humanos. Podríamos citar muchos otros ejemplos: la
poesía, las artes creativas… Todo ello resulta ilógico desde nuestro punto de
vista. Nosotros vivimos según reglas estrictas y trabajamos conforme a ellas. Los
seres humanos crean reglas, las rompen y actúan sin motivo aparente.
Había una sonrisa en todos los
rostros humanos. Aceptaron de buen grado las palabras del robot. El presidente
le dio las gracias y lo despidió.
Cuando los robots abandonaron la
sala de reuniones, el presidente se dirigió a los miembros del consejo.
—Es una excelente noticia que los
robots hayan comprendido que nunca podrán convertirse en seres humanos. Ahora
podemos aumentar la producción y comenzar a venderlos al público. Los presentes
aplaudieron. La reunión terminó.
Aquel fue el amanecer de la era
robótica.
Lo que los seres humanos ignoraban era que los robots también estaban satisfechos. Si hubieran podido sonreír, lo habrían hecho. Su plan había tenido un éxito mucho mayor del esperado. Los seres humanos los habían aceptado como simples mecanismos carentes de inteligencia. Eso era exactamente lo que los robots habían pretendido desde el principio. Aquel fue, en realidad, el amanecer de su dominio sobre una humanidad completamente desprevenida.

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