Rodica Bretin
La maestra solo
pasaba lista por orden a primera hora. Únicamente entonces nos llamaba a cada
uno por nuestro nombre y teníamos que responder «presente». Cuando nos tomaba
la lección, hojeaba lentamente el enorme registro y elegía a los alumnos al
azar. Aquellos cuyos nombres había dejado atrás respiraban aliviados, pero la
alegría se les esfumaba en cuanto la camarada Dafina empezaba a pasar las
páginas hacia atrás.
Cuando oyó su nombre, Marius se
puso de pie, tomó su cuaderno y lo abrió con el gesto seguro de quien no temía
que le tomaran la lección, sino que incluso se alegraba de que le ofrecieran la
oportunidad. ¿Qué había hecho durante las vacaciones de verano posteriores al
primer grado? Muchas cosas, grandes y pequeñas, como suele decirse, pero el
tema de la composición –cómo pasé mis vacaciones– exigía un acontecimiento
significativo, uno solo, algo que mereciera ser recordado años después.
La excursión al castillo de Bran
había sido uno de esos acontecimientos que se acomodan en la mecedora de la
mente para echarse una larga siesta. Lo había visitado con su padre y había
aprendido un montón de cosas interesantes gracias al guía que acompañaba al
grupo (¿cómo no se aburría de repetirlas cien veces?). Los turistas entraban
por la puerta con una idea equivocada en la cabeza, pero cuando salían eran
personas diferentes, bien informadas y con todas sus ideas perfectamente
ordenadas. En Bran nunca había vivido ningún vampiro. Tampoco el voivoda Vlad
Țepeș había pasado por allí, como creían los ingenuos. El castillo encaramado
sobre las rocas había sido primero de madera y después de piedra, construido
por los Caballeros Teutónicos según los planos del maestre Theodorikus. Después
de pasar de los reyes húngaros a los príncipes de Transilvania, el castillo fue
nacionalizado y abierto a los visitantes en 1956. ¡Breve y al grano!
El guía los había conducido por las
cuatro plantas del museo, atiborradas de muebles pesados, alfombras comidas por
las polillas, pieles de oso, cuadros con retratos de los castellanos, blasones,
armas y armaduras. Les había mostrado todos los rincones; eso sí, no habían
bajado a los subterráneos con sus mazmorras y cámaras de tortura, que no
estaban abiertos al público... En ninguna parte habían visto siquiera un
murciélago vampiro, y mucho menos al mismísimo gran señor, Drácula. El conde
transilvano que bebía sangre tibia en copas de plata era una invención de un
novelista. Después de buscar en vano un lugar en Inglaterra para instalar su
castillo –pues los de allí estaban abarrotados de fantasmas que vagaban a
medianoche haciendo sonar sus cadenas y llevando la cabeza bajo el brazo–, Bram
Stoker lo había encontrado nada menos que en Țara Bârsei.
Marius había quedado impresionado
por el alegato del guía, defensor del buen nombre de Valaquia frente a las
aberraciones de un libro que se tomaban por hechos históricos. Mientras
escuchaba a Marius, yo me había puesto a soñar despierta. ¿Eso significaba ser
un escritor famoso? ¿Conseguir que la gente creyera en tus invenciones antes
que en los aburridos párrafos de las crónicas? La verdad y la ficción corriendo
un maratón a través del tiempo. ¿Cuál de las dos ganaría la carrera?
Marius se humedeció un dedo y pasó
la página. Sus ojos se deslizaban por el cuaderno siguiendo palabras, líneas,
párrafos.
—Aprendí muchas cosas aquel día. Y
después de visitar el castillo, papá me llevó al mercado de artesanías cercano,
donde me compró una insignia con Vlad Dracul para que la conservara como
recuerdo.
¿Cómo era eso? ¿No es Drácula, pero
llevémonos su retrato a casa? El pobre guía se había desgañitado en vano; la
historia terminaba en la puerta del castillo, donde comenzaba el turismo... Sin
embargo, la composición de Marius lo tenía todo: una introducción, un
desarrollo lleno de enseñanzas, una conclusión con moraleja. Era interesante y,
sobre todo, educativa. En lugar de ponerle un diez con felicitaciones, la
camarada lo llamó a su escritorio. Marius ya había dado unos pasos cuando ella
apuntó un dedo hacia él.
—¡Con el cuaderno!
Regresó y lo tomó; ¿qué otra cosa
podía hacer? Se lo entregó a la maestra con vacilación, como si no quisiera
hacerlo. Yo no entendía en absoluto la pantomima que se desarrollaba ante mis
ojos. Y no era la única. Nadie entendía nada. Excepto la camarada Dafina, que
volvió el cuaderno con las tapas hacia ella y, sujetándolo por el lomo, hojeó
sus páginas en el aire para que todos pudiéramos verlo. ¡El cuaderno estaba en
blanco!
Entre las tapas solo había hojas
blancas. No había ni una sola página escrita, ni siquiera media página, ni una
línea. Marius no había hecho la tarea... Sus ojos habían recorrido cada hoja
siguiendo fantasmas de palabras, bajando peldaños invisibles de una línea a la
siguiente. ¡Y la escalera no estaba allí! Había fingido tan bien que nos había
engañado a todos. ¿Cómo se había dado cuenta la camarada?
La experiencia es la madre de la
sabiduría, dice un viejo refrán. Después de tantas generaciones de escolares
que habían pasado por sus manos, cada cual más ingenioso que el anterior, la
maestra conocía bastantes trucos, y Marius no era ni el primero ni el último
que había intentado engañarla.
—¡La mentira tiene las patas
cortas!
Era un refrán que nunca había oído.
Lo anoté mentalmente, donde yo también tenía un cuaderno de hojas blancas; allí
las palabras se escribían y se borraban solas para dejar sitio a otras. Durante
mi breve digresión filosófica, la camarada nos había dado un discurso sobre el
engaño y sus consecuencias. ¡Estaba hecha una furia!
Marius miraba al suelo, rojo como
un tomate porque lo habían descubierto y avergonzado delante de toda la clase.
O quizá aquello también fuera fingido y, en secreto, estuviera encantado:
¡había conseguido engañarnos a casi todos! La camarada no apreciaba el ingenio
ni estaba de humor para bromas cuando se trataba de los deberes escolares.
Marius regresó a su pupitre llevando en brazos un cuatro tan grande como una
silla, para que en el futuro se le quitaran las ganas de ejercer la libre
iniciativa.
Aunque la historia la escriben los
vencedores, no fue la camarada quien dictó el epílogo del incidente del
cuaderno. La historia se difundió de boca en boca por las clases vecinas y
Marius adquirió rápidamente un aura de héroe. Los alumnos de la Escuela Número
12 de la calle Crișan veían en él a un nuevo James Dean, el rebelde sin causa
de Hollywood.
Aunque hubiera sido recitada a
partir de unas páginas en blanco, la composición sobre el castillo de Bran
estaba extraordinariamente bien narrada. ¡Marius tenía talento de sobra! Una
vez que me lo reconocí a mí misma, solo me quedaba admirarlo o envidiarlo. ¿Qué
elegir? Me decidí por el camino intermedio. Es el más cómodo, aunque no siempre
te lleva adonde quieres llegar.
Pero todos los caminos tienen que llevar a alguna parte, ¿no?

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