sábado, 26 de septiembre de 2026

EL CASTILLO DE BRAN SIN DRÁCULA

Rodica Bretin


La maestra solo pasaba lista por orden a primera hora. Únicamente entonces nos llamaba a cada uno por nuestro nombre y teníamos que responder «presente». Cuando nos tomaba la lección, hojeaba lentamente el enorme registro y elegía a los alumnos al azar. Aquellos cuyos nombres había dejado atrás respiraban aliviados, pero la alegría se les esfumaba en cuanto la camarada Dafina empezaba a pasar las páginas hacia atrás.

Cuando oyó su nombre, Marius se puso de pie, tomó su cuaderno y lo abrió con el gesto seguro de quien no temía que le tomaran la lección, sino que incluso se alegraba de que le ofrecieran la oportunidad. ¿Qué había hecho durante las vacaciones de verano posteriores al primer grado? Muchas cosas, grandes y pequeñas, como suele decirse, pero el tema de la composición –cómo pasé mis vacaciones– exigía un acontecimiento significativo, uno solo, algo que mereciera ser recordado años después.

La excursión al castillo de Bran había sido uno de esos acontecimientos que se acomodan en la mecedora de la mente para echarse una larga siesta. Lo había visitado con su padre y había aprendido un montón de cosas interesantes gracias al guía que acompañaba al grupo (¿cómo no se aburría de repetirlas cien veces?). Los turistas entraban por la puerta con una idea equivocada en la cabeza, pero cuando salían eran personas diferentes, bien informadas y con todas sus ideas perfectamente ordenadas. En Bran nunca había vivido ningún vampiro. Tampoco el voivoda Vlad Țepeș había pasado por allí, como creían los ingenuos. El castillo encaramado sobre las rocas había sido primero de madera y después de piedra, construido por los Caballeros Teutónicos según los planos del maestre Theodorikus. Después de pasar de los reyes húngaros a los príncipes de Transilvania, el castillo fue nacionalizado y abierto a los visitantes en 1956. ¡Breve y al grano!

El guía los había conducido por las cuatro plantas del museo, atiborradas de muebles pesados, alfombras comidas por las polillas, pieles de oso, cuadros con retratos de los castellanos, blasones, armas y armaduras. Les había mostrado todos los rincones; eso sí, no habían bajado a los subterráneos con sus mazmorras y cámaras de tortura, que no estaban abiertos al público... En ninguna parte habían visto siquiera un murciélago vampiro, y mucho menos al mismísimo gran señor, Drácula. El conde transilvano que bebía sangre tibia en copas de plata era una invención de un novelista. Después de buscar en vano un lugar en Inglaterra para instalar su castillo –pues los de allí estaban abarrotados de fantasmas que vagaban a medianoche haciendo sonar sus cadenas y llevando la cabeza bajo el brazo–, Bram Stoker lo había encontrado nada menos que en Țara Bârsei.

Marius había quedado impresionado por el alegato del guía, defensor del buen nombre de Valaquia frente a las aberraciones de un libro que se tomaban por hechos históricos. Mientras escuchaba a Marius, yo me había puesto a soñar despierta. ¿Eso significaba ser un escritor famoso? ¿Conseguir que la gente creyera en tus invenciones antes que en los aburridos párrafos de las crónicas? La verdad y la ficción corriendo un maratón a través del tiempo. ¿Cuál de las dos ganaría la carrera?

Marius se humedeció un dedo y pasó la página. Sus ojos se deslizaban por el cuaderno siguiendo palabras, líneas, párrafos.

—Aprendí muchas cosas aquel día. Y después de visitar el castillo, papá me llevó al mercado de artesanías cercano, donde me compró una insignia con Vlad Dracul para que la conservara como recuerdo.

¿Cómo era eso? ¿No es Drácula, pero llevémonos su retrato a casa? El pobre guía se había desgañitado en vano; la historia terminaba en la puerta del castillo, donde comenzaba el turismo... Sin embargo, la composición de Marius lo tenía todo: una introducción, un desarrollo lleno de enseñanzas, una conclusión con moraleja. Era interesante y, sobre todo, educativa. En lugar de ponerle un diez con felicitaciones, la camarada lo llamó a su escritorio. Marius ya había dado unos pasos cuando ella apuntó un dedo hacia él.

—¡Con el cuaderno!

Regresó y lo tomó; ¿qué otra cosa podía hacer? Se lo entregó a la maestra con vacilación, como si no quisiera hacerlo. Yo no entendía en absoluto la pantomima que se desarrollaba ante mis ojos. Y no era la única. Nadie entendía nada. Excepto la camarada Dafina, que volvió el cuaderno con las tapas hacia ella y, sujetándolo por el lomo, hojeó sus páginas en el aire para que todos pudiéramos verlo. ¡El cuaderno estaba en blanco!

Entre las tapas solo había hojas blancas. No había ni una sola página escrita, ni siquiera media página, ni una línea. Marius no había hecho la tarea... Sus ojos habían recorrido cada hoja siguiendo fantasmas de palabras, bajando peldaños invisibles de una línea a la siguiente. ¡Y la escalera no estaba allí! Había fingido tan bien que nos había engañado a todos. ¿Cómo se había dado cuenta la camarada?

La experiencia es la madre de la sabiduría, dice un viejo refrán. Después de tantas generaciones de escolares que habían pasado por sus manos, cada cual más ingenioso que el anterior, la maestra conocía bastantes trucos, y Marius no era ni el primero ni el último que había intentado engañarla.

—¡La mentira tiene las patas cortas!

Era un refrán que nunca había oído. Lo anoté mentalmente, donde yo también tenía un cuaderno de hojas blancas; allí las palabras se escribían y se borraban solas para dejar sitio a otras. Durante mi breve digresión filosófica, la camarada nos había dado un discurso sobre el engaño y sus consecuencias. ¡Estaba hecha una furia!

Marius miraba al suelo, rojo como un tomate porque lo habían descubierto y avergonzado delante de toda la clase. O quizá aquello también fuera fingido y, en secreto, estuviera encantado: ¡había conseguido engañarnos a casi todos! La camarada no apreciaba el ingenio ni estaba de humor para bromas cuando se trataba de los deberes escolares. Marius regresó a su pupitre llevando en brazos un cuatro tan grande como una silla, para que en el futuro se le quitaran las ganas de ejercer la libre iniciativa.

Aunque la historia la escriben los vencedores, no fue la camarada quien dictó el epílogo del incidente del cuaderno. La historia se difundió de boca en boca por las clases vecinas y Marius adquirió rápidamente un aura de héroe. Los alumnos de la Escuela Número 12 de la calle Crișan veían en él a un nuevo James Dean, el rebelde sin causa de Hollywood.

Aunque hubiera sido recitada a partir de unas páginas en blanco, la composición sobre el castillo de Bran estaba extraordinariamente bien narrada. ¡Marius tenía talento de sobra! Una vez que me lo reconocí a mí misma, solo me quedaba admirarlo o envidiarlo. ¿Qué elegir? Me decidí por el camino intermedio. Es el más cómodo, aunque no siempre te lleva adonde quieres llegar.

Pero todos los caminos tienen que llevar a alguna parte, ¿no?

Rodica Bretin es narradora, miembro de la Unión de Escritores, P.E.N. Rumania y la Asociación de Creadores de Ficción. Ha escrito volúmenes de cuentos (el más reciente, Tigrii viséza ín culori, publicado en 2024) y novelas, abordando temas como la memoria, el realismo fantástico, la historia novelada y las fronteras del conocimiento. Ha publicado antologías y traducciones, y su obra figura en diccionarios y volúmenes colectivos. Publica narrativa, ensayos y artículos en las revistas literarias más importantes tanto de Rumania (România literară, Viaţa românească, Convorbiri literare, Luceafărul de dimineaţă, Familia, Vatra, Tribuna, Curtea de la Argeş, Matca literară, Ficțiunea, Leviathan, Astralis, Neuma, Libris, Ateneu, Timpul, Euphorion, Hyperion, Literadura) como de otros países. Ha recibido numerosas distinciones, entre ellos el "Premio COLIN", edición de 2017, el "Premio Daniel Drăgan" en 2022 y el de la Rama de Brașov de la Unión de Escritores, por la colección de cuentos Amurgul elkilor, el "Premio de Ficción", 2023, por el cuento "A opta moarte", y el "Premio de la Revista Literaria Libris a la Prosa", en 2024.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

EL CASTILLO DE BRAN SIN DRÁCULA