Jorge Castagna
Observé repetir sus rutinas:
rígidas, calculadas, sin distracciones. No eran una amenaza para nuestras
vidas, solo que no pudimos entenderlos, ni trascender la perturbación que nos
producía. Repulsiva, excitante.
Asumieron
nuestra presencia como una alimaña más. Se descuidaron, y fue fatal.
Ningún
civilizado se había sumergido tan profundo. Nosotros sí… agobiados de fiereza,
plagados de anomalías. Enfermos. Siguiendo el bramido de un río que siempre
estaba más allá. Nos arriesgamos por su bien, para inculcarles nuestra cultura,
nuestro credo. En el fondo, enloquecidos por obtener riquezas –luego supimos– que eran imaginarias.
De la tribu
es posible que ya no queden ni rastros. Solo perdurarán nuestras palabras.
Nadie los volverá a encontrar. Son leyenda.
Carecían de
identidad y de propiedad. Actuaban como si el único pronombre que los designaba
fuera el “nosotros” y sus variedades. Un nosotros para los que circulaban en el
mismo sendero y en la misma dirección. Otro más amplio para referirse a toda la
comunidad. Y el universo entero… también era nosotros.
Se aferraban,
como tabla de salvación, a los senderos. Podía verlos transitar por las trochas
horadadas de tanta repetición. Podía verlos y estudiarlos durante horas. Ellos
a mí no. Tampoco veían a las sustancias gomosas que chorreaban de los árboles
de caucho, ni a los plátanos dispuestos a ser cosechados, ni a las orquídeas
transpirando al sol. Ni al entramado lacerante de la selva explotando a su
alrededor. Dudo de que pudieran imaginar la posibilidad de ver, ya que carecían
de ojos. Ese espacio estaba ocupado por la misma anatomía que el resto de sus frentes,
una piel gruesa y curtida de tanto sol.
Descifraban
los redobles de los timbales emitidos por los arácnidos. Sonaban similares a
cigarras, anunciando el comienzo o la finalización de la urdimbre que tejían
incansables, adhiriéndolas en las cortezas de los robles o de los cauchos. Formaban
una red que los ciegos usaban para separar los caminos de ida y de vuelta. Los
nativos corrían sin tropezar y sin salirse de los senderos. Ninguno cruzaba de
carril.
Cuidaban las
membranas con devoción. Cuando cortaban retazos para cubrir las heridas que les
infería la selva al cazar o recolectar, se arrodillaban y murmuraban algo
parecido a un rezo.
Los arácnidos
semejaban alacranes con cabezas gigantes. De las glándulas en la parte
posterior del abdomen secretaban las telas, gruesas, sin fisuras, espiraladas y
siempre idénticas. Con dos aguijones curvos inyectaban un líquido urticante muy
doloroso para nosotros, los civilizados. A los de la tribu, las picaduras les
parecían una bendición.
Los cuatro
senderos, de unos treinta centímetros de profundidad, partían desde la plaza
central.
Un sendero
conducía al espacio abierto, solo techado con ramaje, hojas de
palma y cañas, atadas con lianas y amalgamadas con lodo. Allí dormían y realizaban el coito.
El segundo
era el espacio de los niños, allí permanecían hasta que se iban incorporando a
la vida adulta. Nadie tenía la obligación de cuidarlos. Corrían, saltaban, se
peleaban sin lastimarse, como si practicaran para sobrevivir cuando fueran
adultos. Las preñadas trabajaban hasta unos días antes de parir. Eran madres
mientras duraba la lactancia, luego las crías eran de todos.
El tercer
sendero llevaba al depósito de cadáveres. Un espacio abierto, sin tumbas y de
olor nauseabundo. Cada tres o cuatro días se reunían a cremar los cuerpos,
incluso a los niños muertos.
El cuarto los
llevaba al reservorio de alimentos. Comían bayas, plátanos, tunas y todo tipo
de frutos silvestres. Si lograban cazar o encontrar muerto algún animal
pequeño, los cuereaban y trozaban. Los maceraban untándolos con polen, tintas y
aromáticas. Los comían sin cocinar.
Los senderos
por donde iban y venían permanecían cubiertos de agua y lodo gran parte del
día, hasta que el sol llegaba a su cenit, luego el agobiante calor los
resecaba. Los miembros de la tribu los conocían de memoria, jamás cometían
ningún error en su recorrido.
Por turnos,
grupos numerosos abandonaban la seguridad de los senderos. Se internaban en la
selva a cazar y recolectar. Difícil imaginar cómo representaban en sus mentes
la exuberancia y los riesgos impredecibles, solo con el oído y el tacto. Casi
todos volvían con heridas, torceduras, desgarros, huesos quebrados.
De la selva
se aprovisionaban. A la selva le temían.
Escuchar cada
susurro, silbido, croar, frotar de madera era su escudo de protección. Al
regresar apoyaban sus cuerpos sobre la urdimbre de la membrana para
reconfortarse y sanarse.
Realizaban
sus tareas cotidianas sin agradecer ni pedir permiso. Todos eran los dueños del
universo, no había nada por lo que pedir permiso. De alguna forma adoraban a la
urdimbre porque de ellas dependía el orden de las cosas.
No logré
fijar un parámetro que ayudara a predecir el momento en el que todos detenían
sus actividades para entonar un cántico grave y monocorde hasta la sordera.
Quizás el espontáneo canto grupal también incluyera a la urdimbre y a los
insectos que la tejían. Solo duraba unos minutos. El resto del tiempo, no
hablaban.
Luego de
cantar se acercaban a la plaza central de la ciudadela.
El piso de la
plaza era de piedra granítica amalgamado por el paso del tiempo. Sobresalían
dos fuentes poco profundas. En una se bañaban sin distinción de géneros y la
otra era para beber.
El otro
evento precedido por el canto era el apareamiento.
Contemplar el
ritual colectivo hizo hervir nuestras entrañas. Nosotros no trajimos hembras.
A las mujeres
de la tribu les colgaba un faldón de piel, parte de su anatomía. Era la
prolongación del ombligo, un tejido flácido, casi transparente. El faldón de
piel se movía en un excitante vaivén al andar, ocultando y sugiriendo a la vez.
Protegían así su sexo, el tesoro que solo se develaba por completo durante el
coito o al momento de parir. Los machos mostraban sus genitales como cualquier
otro órgano. Andaban desnudos con sus cuerpos fibrosos y cobrizos de
intemperie. Emitían una atracción enérgica, mezcla de belleza, elasticidad y
salud.
No era
necesario usar vestimenta, las temperaturas no descendían de los 30º. Casi
todas las noches llovía.
Luego del
impulso por cantar sin que los motivara un disparador visible, copulaban. Se
unían sin reparar en vínculos previos. Lo hacían solo después del llamado,
parecían no tener impulsos individuales. O todos o ninguno. Los grupos se
formaban espontáneamente. A los ancianos les costaba más ser aceptados. En ese
momento las hembras levantaban el delantal y exhibían sus pubis lampiños. Los
hombres las acariciaban y besaban con cuidado. Un amor natural y colectivo.
Quisimos
participar de la marea de piel húmeda, acariciar los pechos rígidos como
madera. Compartir la danza embriagadora. Lamer como ellos, en su oscuridad
natural. Saciar nuestra sed antigua, desoída de tanto andar.
Nos
excluyeron sin consideraciones.
Mientras la
tribu emitía resplandores y gemidos de gozo, nosotros nos enfermamos. Ellos
disfrutaban de su invidencia, nosotros mirábamos y nos enceguecíamos de furia.
Partimos en la penumbra de una
noche sofocada de chaparrones. Antes, destruimos los senderos. Arrancamos con
vehemencia una a una todas las membranas. Asesinamos con saña a los arácnidos.
Así, los
arrastramos a la ignorancia de enfrentar al mundo, cada uno por sí mismo.
Indefensos, sin la salvaguarda de sus rutinas, de la comunidad.
Con unos
golpes certeros, les concedimos la fragilidad de ser solo individuos.

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