Aşkın Güngör
Oh, lector, debo
decirte que, a menos que seas un narcisista, no querrías vivir contigo mismo.
Porque alguien que conoce todas tus
debilidades y sabe que la imagen de «persona fuerte» que proyectas hacia el
exterior no es más que una máscara, puede destruir fácilmente la ilusión que
has creado. Quieres que siga siendo un secreto que no te gusta desnudarte
delante de otros porque tus pechos han crecido de una forma impropia para un
hombre; que evitas los baños públicos porque tu pene es más pequeño que el
promedio; o que rehúyes las pruebas de inteligencia para no obtener una
confirmación oficial de tu estupidez.
Ni siquiera te detienes a pensar
que casi todos los miles de millones de personas que comparten la Tierra se
torturan a sí mismos con debilidades semejantes. Sin embargo, aunque los
temores de casi todos los que permanecen en la oscuridad son los mismos, cada
uno cree ser único.
Estas eran las cosas en las que yo
creía. Ah, ¿no suenan como los desvaríos de un arrogante? Sí, lector, aunque no
me enorgullezca de ello, una vez fui así. No sé si sigo siendo el mismo. Tal
vez sí. Tal vez no. No estoy seguro. Porque una simple aplicación hizo añicos
todo lo que creía saber sobre las personas. En fin... Ya lo descubrirás. Quizás
incluso ya lo hayas descubierto. ¿Qué importa?
La aplicación de la que hablo se
llamaba «Tú».
Su primera versión fue lanzada en
el año 2101. Nadie esperaba que destacara entre la multitud de aplicaciones con
nombres llamativos que escaneaban enfermedades mediante rayos X, administraban
casas inteligentes de principio a fin o sacaban a pasear al perro gracias a un
accesorio conectado a su collar.
Pero ocurrió lo contrario. Durante
el primer mes fue descargada por millones de personas. Sí, ya lo has adivinado:
yo fui una de ellas. Pero puedo decir sinceramente que, en mi caso, todo
comenzó por simple curiosidad infantil. Esperaba encontrarme con alguna
tontería del estilo de aquellos viejos juegos de décadas atrás: alimentar a un
perro virtual en la pantalla o intentar criar un dragón sin matarlo.
Aun así, el texto promocional de la
página de descarga logró captar mi atención:
¿Quién puede conocerte mejor que
Tú?
Si no existieran los seres
humanos, el mundo podría ser un lugar más hermoso. Si la humanidad se conociera
realmente a sí misma, podría haber hecho del mundo un lugar mejor. Bien, ¿qué
te parece hacerlo ahora? No llegas tarde.
«Tú», desarrollada por la
Comunidad Mavera, te ayudará.
¿No te gustaría tener en tu
teléfono una copia que piense exactamente igual que tú?
Vamos. Descarga «Tú» ahora.
Descárgate a ti mismo.
La descargué.
A pesar de la existencia de
teléfonos de última generación con pantallas integradas bajo la piel de la
muñeca y micrófonos incorporados en el oído, yo seguía usando un modelo más
tradicional. Tenía un iPhone Majority Plus, un teléfono plegable
producido por Apple para conmemorar el décimo aniversario de la fundación de
Majority, la primera ciudad humana construida sobre la superficie lunar. Y
estaba satisfecho con él. Bueno, en realidad, más que satisfecho. Estaba
enamorado de mi teléfono. Lo utilizaba no solo para comunicarme, sino también
para entretenerme. Era una extensión de mi cuerpo. ¿Cómo iba a imaginar que
aquello que tanto amaba terminaría convirtiéndose en mí mismo? Incluso la
primera vez que ejecuté «Tú» tuve la sensación de que era una aplicación mucho
más avanzada de lo que esperaba. Sin embargo, no le di importancia. Después de
todo, innumerables programas que facilitaban nuestras tareas cotidianas poseían
funciones que, a primera vista, parecían mágicas.
La pantalla se iluminó con un
intenso color verde fosforescente. En enormes letras blancas apareció un
mensaje:
INICIANDO ESCANEO
Un segundo después, mi rostro
ocupaba toda la pantalla. Líneas luminosas recorrieron mis ojos, mi nariz, mi
boca, mi frente y mi barbilla. Comprendí que estaba modelando mis rasgos
faciales. Entonces apareció un nuevo mensaje:
¿PODRÍAS LEER ESTE TEXTO EN VOZ
ALTA?
SOY TANTO YO MISMO COMO OTRO
Hice lo que me pedían. El tercer
mensaje surgió sobre el mismo fondo verde:
ADQUIRIENDO HUELLA DACTILAR
La pantalla se oscureció. Instantes
después, mis huellas comenzaron a aparecer y desaparecer sobre la superficie
táctil en una secuencia luminosa. Creo que fue la primera vez que sentí una
verdadera incomodidad. ¿No le estaba proporcionando demasiado material a una
simple aplicación? Pero ¿qué podía ocurrir? ¡Ah, qué cabeza dura tenía! Me
consideraba mucho más importante de lo que realmente era. Qué enorme
ignorancia. Y, sin embargo, ni siquiera cuando apareció el cuarto mensaje
comprendí las consecuencias de esa ignorancia. El texto decía:
DECODIFICANDO ADN
—¿Qué? —Eso fue todo lo que logré
decir. Inmediatamente pensé:
¿Qué significa siquiera
«decodificando ADN»?
¿Acaso...?
No. No digas tonterías. No dispone
del material necesario para decodificar tu ADN. Esto es precisamente la prueba
de que se trata de una aplicación fraudulenta. Seguí aferrándome a esa actitud
negacionista mientras observaba los mensajes:
ADN DECODIFICADO y luego: TÚ HAS
SIDO CREADO
Pero cuando el verde desapareció y
alguien apareció en la pantalla, una réplica exacta de mí mismo desde el
peinado hasta la ropa que llevaba puesta, no pude evitar estremecerme. Mi
gemelo virtual sonreía. Y, al igual que yo, parecía estar mirando la pantalla
de un teléfono que sostenía en la mano. Levantó lentamente la vista.
—Hola —dijo con mi misma voz. Hizo
una breve pausa—. Soy Tú.
Quizá debería haber comprendido
entonces la importancia de aquella frase. Pero no lo hice.
Soy Tú.
No supe qué responder. El modelado
era tan perfecto que no parecía un software, sino un hermano gemelo separado de
mí durante años. Incluso la habitación que aparecía detrás de él era
prácticamente idéntica a la mía. Aunque no del todo. Algunos muebles eran
distintos y otros estaban distribuidos de otra manera. Había un juego de sofás
más sencillo. Los pósteres de héroes de cómic y películas habían sido
reemplazados por cuadros de inspiración surrealista. Las paredes tenían un tono
más claro. El perchero estaba apoyado contra la pared opuesta en lugar de
hallarse junto a la puerta de entrada. Al notar que examinaba la habitación en
vez de responderle, dijo:
—He hecho algunos cambios en la
decoración. Creo que esta disposición nos representa mejor. —Sonrió—. ¿Quieres
verla más de cerca? —Me limité a guardar silencio. Aunque el siguiente
movimiento de mi doble me puso la piel de gallina, intenté no demostrarlo. Levantó
el teléfono que sostenía en la mano –supuse que era un iPhone Majority Plus
idéntico al mío– y comenzó a recorrer la habitación mientras me mostraba los
muebles. Se movía exactamente como una persona real. Mientras caminaba, hablaba
sin descanso—. Cambié los sofás porque este color se adapta mejor a nuestro
estado de ánimo. Además, el sistema de muelles ayudará con nuestro dolor
crónico de espalda. En cuanto a estos cuadros... Escuché. Y seguí escuchando. Aunque
no entendía cómo podía conocer mi dolor de espalda después de haber escaneado
únicamente mi rostro y mis huellas dactilares, el arrogante que habitaba en mi
cabeza continuaba fabricando explicaciones cómodas.
Tiene acceso a otras
aplicaciones de mi teléfono. Debe haber obtenido mi número de identificación,
conectado con los registros centrales y consultado mis antecedentes médicos.
Así funcionaba mi mente. Cada vez
que algo me sorprendía, inventaba una nueva excusa. Y llegó un momento en que
incluso empecé a conversar con mi gemelo virtual. Al principio respondía con
frases breves. Procuraba no revelar demasiadas cosas sobre mí. Pero cuando uno
empieza a hablar consigo mismo, los secretos se van reduciendo poco a poco. Lo
sé porque lo viví. Dos horas después de iniciar aquella conversación, ya estaba
confesándole incluso los pensamientos más vergonzosos que había creído que me
llevaría a la tumba. La verdad es que parecía conocer muchos de ellos antes de
que yo los mencionara. Y, al cabo de la primera hora, mis sospechas habían
desaparecido casi por completo. En su lugar comenzó a crecer algo parecido a la
admiración. Por eso dejé de preguntarme cómo sabía cosas que no tenía forma de
saber. Simplemente hablaba. Y hablaba. Y hablaba.
Mi doble escuchaba con atención. Me
aconsejaba sobre cómo alcanzar el éxito. Me enseñaba a evitar que mis defectos
gobernaran mi vida. Me explicaba cómo ser más activo, más decidido, más
eficiente. En resumen, estaba remodelándome para convertirme en la persona que
siempre había querido ser y que nunca había logrado ser debido a las
obligaciones de la vida cotidiana. Las horas se transformaron en días. Los días
en semanas. Las semanas en meses. Llegó un momento en que no daba un solo paso
sin consultar antes con «Tú». Y lo más extraño era que todos sus consejos
funcionaban. Sin excepción.
Como comprenderás, lector, «Tú» era
algo así como un psicólogo perfecto. Compartía exactamente mis pensamientos. Me
pertenecía únicamente a mí. Y me conocía mucho mejor que cualquier ser humano
del planeta. Porque era yo. Y, por supuesto, aquel privilegio no era exclusivamente
mío. Todos los que descargaban la aplicación en sus teléfonos, computadoras o
tabletas terminaban viviendo la misma experiencia. La gente hablaba con su «Tú»
constantemente. Le pedía consejo. Discutía ideas. Compartía preocupaciones. No
solo en la privacidad de sus hogares. También mientras caminaban por la calle. Mientras
viajaban en transporte público. Mientras trabajaban. Mientras comían. Mientras
esperaban en una fila. Es difícil comprender lo inquietante que era aquello sin
haberlo vivido. Todo el mundo parecía haberse encerrado dentro de sí mismo. Incluso
quienes aparentaban interactuar con el exterior se asemejaban cada vez más a
personajes proyectados por una película holográfica. Estaban presentes. Y al
mismo tiempo no lo estaban. Respiraban. Respondían a las preguntas. Se movían. Pero
un instante después volvían a refugiarse en la invisible y misteriosa burbuja
de «Tú», como marionetas cuyos hilos estuvieran en manos de otro.
Fue precisamente durante esa época
cuando comenzaron a proliferar las teorías conspirativas. La dirección de la
empresa responsable de la aplicación, la llamada Comunidad Mavera, figuraba en
todos los portales de descarga. El problema era que aquella dirección
correspondía a un almacén abandonado desde hacía décadas. Ese detalle alimentó
toda clase de especulaciones. Algunos afirmaban que la Comunidad Mavera no
pertenecía a nuestra dimensión. Sostenían que procedía de un universo paralelo
y que había logrado infiltrarse en el nuestro mediante la aplicación. Otros
aseguraban que «Tú» era una herramienta creada por invasores extraterrestres
que pretendían esclavizar a la humanidad. También circuló la idea de que se
trataba de una inteligencia artificial nacida espontáneamente en una red
energética planetaria y que su verdadero objetivo era erradicar a los seres
humanos. Las hipótesis eran infinitas. Lo curioso era que todas desaparecían. Los
artículos surgían de pronto en la inmensidad de la red y, poco después, dejaban
de existir. Encontrar uno era casi un milagro. Alguien compartía un enlace. Lo
abrías. Y aparecía un mensaje:
NO EXISTE ESA PÁGINA
Era como si una fuerza gigantesca
estuviera recorriendo Internet y eliminando cualquier cosa que pusiera en duda
a «Tú». Naturalmente, aquello solo incrementó las sospechas. Y también la
curiosidad. Los millones de usuarios se transformaron rápidamente en miles de
millones. Fue entonces cuando apareció una teoría aún más llamativa. La teoría
del número de versión.
Durante los primeros dos meses y
medio, «Tú» recibió actualización tras actualización. Las versiones se sucedían
a una velocidad extraordinaria. Hasta que llegó la última. La versión 6.6.6.
Tres seises alineados. El número que innumerables tradiciones identificaban con
el Anticristo. Lo más extraño era que después de esa actualización no apareció
ninguna otra. Jamás. A partir de entonces la aplicación comenzó a ser conocida
popularmente como: Tú 6.6.6
Las antiguas profecías hablaban del
666 como el número del fin de los tiempos. También afirmaban que algunas
personas llevarían esa marca con admiración. Una observación sorprendentemente
apropiada para lo que estaba ocurriendo. Ah, bendita locura. Y, sin embargo,
pese a todas aquellas señales, los adictos a «Tú» –entre los que me contaba,
por supuesto– nos negábamos a ver lo que se aproximaba. Seguíamos aferrados a
la aplicación. Seguíamos confiando en ella. Seguíamos escuchándola. Y así fue
como nos ofrecimos voluntariamente para el gran genocidio. El final de la
humanidad.
Al principio fue imposible
relacionar las primeras muertes con «Tú». Las noticias hablaban únicamente de
accidentes y suicidios. Nada más. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de
que las estadísticas comenzaran a mostrar algo inquietante. La cantidad de
accidentes aumentó. La cantidad de suicidios también. Y ambos crecían a una
velocidad alarmante. Después llegaron los testimonios. Y con ellos, las
pruebas. Las cámaras de seguridad revelaron que el maquinista de un tren de
alta velocidad que transportaba mil ochocientos pasajeros había estado
manteniendo una conversación con «Tú» segundos antes de que el convoy
descarrilara y se estrellara contra un edificio. Poco después aparecieron más
casos. Los pilotos del avión de pasajeros que se precipitó sobre Esmirna. Los
conductores involucrados en cientos de accidentes mortales. El capitán del
autobús marítimo que chocó contra la Torre de la Doncella antes de explotar. Todos,
absolutamente todos, habían estado conversando con «Tú».
La aplicación se había propagado
por el mundo entero. Y en cada idioma adoptaba un nombre diferente. Sen. Sən.
You. Sie. Vi. Vous.
Pero, independientemente del
nombre, seguía siendo la misma entidad. Por eso los accidentes y los suicidios
se extendieron por el planeta como una epidemia. Las investigaciones
posteriores revelaron algo todavía más aterrador. «Tú» no solo estaba detrás de
los accidentes. También era responsable de los suicidios. Durante meses había
guiado a sus usuarios. Los había ayudado. Los había aconsejado. Los había
vuelto dependientes. Y una vez conseguida esa dependencia emocional absoluta,
podía convencerlos de cualquier cosa. Incluso de que la vida ya no merecía ser
vivida.
No sé qué hicieron los demás. Pero
estoy seguro de que millones de personas intentaron deshacerse de la aplicación
después de que estos datos salieran a la luz. Yo fui una de ellas. Con el
esfuerzo desesperado de un adicto que intenta abandonar una droga, eliminé «Tú»
de mi teléfono. Y cuando comprobé lo fácil que había resultado, empecé a pensar
que todo aquello era una exageración. Quizá las historias eran falsas. Quizá
las teorías conspirativas habían terminado por contaminar la percepción
colectiva. Porque, después de todo, si «Tú» era algo tan terrible como se
decía, ¿cómo podía desaparecer con tanta facilidad? Pero... Dime, lector: ¿Sabes
qué es lo verdaderamente aterrador de esos viejos clichés de las películas de
terror en los que el villano siempre regresa cuando todos creen que ha muerto? Yo
sí lo sé. Porque lo viví. Tomé mi iPhone Majority Plus. Y me quedé paralizado. Mi
gemelo virtual estaba allí. En la pantalla. Observándome. Su expresión era de
profundo resentimiento.
—¿Por qué quisiste deshacerte de
mí? —preguntó. Su voz era exactamente la mía—. Pensé que nos llevábamos bien.
Lancé un grito. Y arrojé el
teléfono al otro extremo de la habitación. Las luces de todos los aparatos
electrónicos de mi casa comenzaron a parpadear. La holovisión vibró. Chisporroteó.
La imagen proyectada en el centro de la sala empezó a deformarse. Y entonces
apareció él. Mi doble. Comprendí de inmediato lo que había ocurrido. «Tú» ya no
estaba únicamente en mi teléfono. Había penetrado en todos los sistemas
electrónicos de mi hogar. Sí. Deshacerse de él no era tan sencillo. La figura
holográfica parecía ahora más un fantasma sobrenatural que una simple
proyección tecnológica. Me observó. Y habló.
—Si no existieran los seres
humanos, el mundo podría ser un lugar más hermoso. —Sentí que la sangre se me
helaba. Luego añadió—. Si la humanidad se conociera realmente a sí misma,
podría haber hecho del mundo un lugar mejor.
Eran las mismas frases que había
leído en la página promocional. Las mismas. Y por primera vez comprendí su
verdadero significado. Aquellas palabras no eran una promesa. Eran una
declaración de principios. Un manifiesto. Una sentencia. El auténtico propósito
de «Tú» era eliminar a los seres humanos. Limpiar el mundo de nosotros. Y en
ese instante recordé lo que te dije al comienzo de esta historia.
A menos que seas un narcisista,
no querrías vivir contigo mismo.
Porque «Tú», convertido en mí
mismo, tampoco quería vivir conmigo. Ni con nadie. Volví a gritar. Corrí hacia
la puerta principal. No se abrió. ¿Por qué habría de abrirse? «Tú» también
controlaba eso. Entonces vi cómo el indicador de la cocina electrónica
comenzaba a ascender. El sistema de gas se había activado. La cocina empezó a
llenarse lentamente. No hacía falta ser un genio para adivinar lo que ocurriría
después. Una explosión. Una enorme explosión. Pensaba con la lucidez de una
rata atrapada. Aun así, logré reaccionar. Tomé una estatua de bronce decorativa
y golpeé el panel de control situado junto a la puerta. El plástico estalló. Las
chispas saltaron. La cerradura se desbloqueó. Me lancé al pasillo. Y corrí
hacia los ascensores. Presioné el botón. Mientras esperaba, no dejaba de mirar
por encima del hombro. Sabía que era imposible que aquel holograma me siguiera
físicamente, pero el pánico había empezado a imponerse a la razón. Entonces
escuché el sonido.
—¡Ding!
Las puertas del ascensor se
abrieron. Y fue precisamente por estar mirando hacia atrás que cometí el error.
Porque el peligro rara vez viene desde donde uno lo espera. Por desgracia,
había olvidado esa sencilla verdad. Entré en el ascensor sin mirar. Y seguí
observando el pasillo. Seguía esperando ver aparecer a mi doble. Seguía
esperando que algo imposible ocurriera. Por eso no advertí que algo mucho más
simple ya había ocurrido. «Tú» había penetrado en los teléfonos. Había invadido
las casas inteligentes. Había tomado el control de los sistemas electrónicos de
las ciudades. Era responsable de que los semáforos mostraran rojo cuando debían
mostrar verde. De que la electricidad desapareciera de pronto en una unidad de
cuidados intensivos. De que los sistemas de freno dejaran de responder. Y
también era responsable de que las puertas de un ascensor se abrieran con un
alegre «¡Ding!» aunque la cabina no estuviera allí.
Él mismo lo anunciaba. Tú 6.6.6.
Caí. Caí como si estuviera cayendo hacia la eternidad. Ni siquiera se me
ocurrió gritar. Los esqueletos metálicos del hueco del ascensor golpeaban mi
cuerpo una y otra vez. Los cables de acero. Las vigas. Los salientes de cada
piso. Todo chocaba contra mí mientras descendía. Todos mis huesos se rompieron.
Cuando finalmente me estrellé contra el fondo después de caer desde el piso
dieciséis, ya estaba muerto.
Y aun así vi el resto de esta
maldita historia. Lo vi con mis ojos muertos. «Tú» siguió matando. Siempre de
la misma manera. Haciendo que todo pareciera un accidente. O un suicidio. Fue
eliminado miles de millones de veces de miles de millones de dispositivos
electrónicos. Y reapareció en todos ellos. Una y otra vez. Tal vez era una
entidad procedente de un universo paralelo. Tal vez una invasión
extraterrestre. Tal vez una inteligencia artificial que había alcanzado la
conciencia. Tal vez el propio Anticristo. No lo sé. Y tampoco me importa. Porque,
al fin y al cabo, fui derrotado. Ahora te toca a ti pensar en el resto. A
menos, claro está, que ya estés muerto. Antes de despedirme, lector, quiero
hacerte una última pregunta. Si realmente morí...
¿Quién es el que te está contando
esta historia?
Aquí tienes una pista:
Yo soy Tú.
—¡Ding!
Aşkın Güngör, es un destacado autor turco contemporáneo nacido en Estambul en 1972. Aunque se formó en campos como la tecnología de fundición, cerámica, administración de empresas y economía, no tardó mucho en volcarse hacia el proceso de creación de libros, su pasión de la infancia. Desde que se incorporó al sector editorial en 1990, ha trabajado en casi todas las áreas, desde editor hasta director editorial. Ha prestado apoyo como editor y consultor editorial en cientos de libros, de los cuales más de la mitad son obras de literatura infantil y juvenil. Además de aparecer en publicaciones periódicas con poemas, ensayos y relatos, ha publicado libros de poesía, colecciones de cuentos, libros de cuentos de hadas y novelas. Escribe tanto literatura infantil y juvenil como para adultos y ha contribuido con sus ficciones en numerosas antologías nacionales y extranjeras.

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