miércoles, 17 de junio de 2026

APLICACIÓN: TÚ

Aşkın Güngör

 

Oh, lector, debo decirte que, a menos que seas un narcisista, no querrías vivir contigo mismo.

Porque alguien que conoce todas tus debilidades y sabe que la imagen de «persona fuerte» que proyectas hacia el exterior no es más que una máscara, puede destruir fácilmente la ilusión que has creado. Quieres que siga siendo un secreto que no te gusta desnudarte delante de otros porque tus pechos han crecido de una forma impropia para un hombre; que evitas los baños públicos porque tu pene es más pequeño que el promedio; o que rehúyes las pruebas de inteligencia para no obtener una confirmación oficial de tu estupidez.

Ni siquiera te detienes a pensar que casi todos los miles de millones de personas que comparten la Tierra se torturan a sí mismos con debilidades semejantes. Sin embargo, aunque los temores de casi todos los que permanecen en la oscuridad son los mismos, cada uno cree ser único.

Estas eran las cosas en las que yo creía. Ah, ¿no suenan como los desvaríos de un arrogante? Sí, lector, aunque no me enorgullezca de ello, una vez fui así. No sé si sigo siendo el mismo. Tal vez sí. Tal vez no. No estoy seguro. Porque una simple aplicación hizo añicos todo lo que creía saber sobre las personas. En fin... Ya lo descubrirás. Quizás incluso ya lo hayas descubierto. ¿Qué importa?

La aplicación de la que hablo se llamaba «Tú».

Su primera versión fue lanzada en el año 2101. Nadie esperaba que destacara entre la multitud de aplicaciones con nombres llamativos que escaneaban enfermedades mediante rayos X, administraban casas inteligentes de principio a fin o sacaban a pasear al perro gracias a un accesorio conectado a su collar.

Pero ocurrió lo contrario. Durante el primer mes fue descargada por millones de personas. Sí, ya lo has adivinado: yo fui una de ellas. Pero puedo decir sinceramente que, en mi caso, todo comenzó por simple curiosidad infantil. Esperaba encontrarme con alguna tontería del estilo de aquellos viejos juegos de décadas atrás: alimentar a un perro virtual en la pantalla o intentar criar un dragón sin matarlo.

Aun así, el texto promocional de la página de descarga logró captar mi atención:

¿Quién puede conocerte mejor que Tú?

Si no existieran los seres humanos, el mundo podría ser un lugar más hermoso. Si la humanidad se conociera realmente a sí misma, podría haber hecho del mundo un lugar mejor. Bien, ¿qué te parece hacerlo ahora? No llegas tarde.

«Tú», desarrollada por la Comunidad Mavera, te ayudará.

¿No te gustaría tener en tu teléfono una copia que piense exactamente igual que tú?

Vamos. Descarga «Tú» ahora. Descárgate a ti mismo.

La descargué.

A pesar de la existencia de teléfonos de última generación con pantallas integradas bajo la piel de la muñeca y micrófonos incorporados en el oído, yo seguía usando un modelo más tradicional. Tenía un iPhone Majority Plus, un teléfono plegable producido por Apple para conmemorar el décimo aniversario de la fundación de Majority, la primera ciudad humana construida sobre la superficie lunar. Y estaba satisfecho con él. Bueno, en realidad, más que satisfecho. Estaba enamorado de mi teléfono. Lo utilizaba no solo para comunicarme, sino también para entretenerme. Era una extensión de mi cuerpo. ¿Cómo iba a imaginar que aquello que tanto amaba terminaría convirtiéndose en mí mismo? Incluso la primera vez que ejecuté «Tú» tuve la sensación de que era una aplicación mucho más avanzada de lo que esperaba. Sin embargo, no le di importancia. Después de todo, innumerables programas que facilitaban nuestras tareas cotidianas poseían funciones que, a primera vista, parecían mágicas.

La pantalla se iluminó con un intenso color verde fosforescente. En enormes letras blancas apareció un mensaje:

INICIANDO ESCANEO

Un segundo después, mi rostro ocupaba toda la pantalla. Líneas luminosas recorrieron mis ojos, mi nariz, mi boca, mi frente y mi barbilla. Comprendí que estaba modelando mis rasgos faciales. Entonces apareció un nuevo mensaje:

¿PODRÍAS LEER ESTE TEXTO EN VOZ ALTA?

SOY TANTO YO MISMO COMO OTRO

Hice lo que me pedían. El tercer mensaje surgió sobre el mismo fondo verde:

ADQUIRIENDO HUELLA DACTILAR

La pantalla se oscureció. Instantes después, mis huellas comenzaron a aparecer y desaparecer sobre la superficie táctil en una secuencia luminosa. Creo que fue la primera vez que sentí una verdadera incomodidad. ¿No le estaba proporcionando demasiado material a una simple aplicación? Pero ¿qué podía ocurrir? ¡Ah, qué cabeza dura tenía! Me consideraba mucho más importante de lo que realmente era. Qué enorme ignorancia. Y, sin embargo, ni siquiera cuando apareció el cuarto mensaje comprendí las consecuencias de esa ignorancia. El texto decía:

DECODIFICANDO ADN

—¿Qué? —Eso fue todo lo que logré decir. Inmediatamente pensé:

¿Qué significa siquiera «decodificando ADN»?

¿Acaso...?

No. No digas tonterías. No dispone del material necesario para decodificar tu ADN. Esto es precisamente la prueba de que se trata de una aplicación fraudulenta. Seguí aferrándome a esa actitud negacionista mientras observaba los mensajes:

ADN DECODIFICADO y luego: TÚ HAS SIDO CREADO

Pero cuando el verde desapareció y alguien apareció en la pantalla, una réplica exacta de mí mismo desde el peinado hasta la ropa que llevaba puesta, no pude evitar estremecerme. Mi gemelo virtual sonreía. Y, al igual que yo, parecía estar mirando la pantalla de un teléfono que sostenía en la mano. Levantó lentamente la vista.

—Hola —dijo con mi misma voz. Hizo una breve pausa—. Soy Tú.

Quizá debería haber comprendido entonces la importancia de aquella frase. Pero no lo hice.

Soy Tú.

No supe qué responder. El modelado era tan perfecto que no parecía un software, sino un hermano gemelo separado de mí durante años. Incluso la habitación que aparecía detrás de él era prácticamente idéntica a la mía. Aunque no del todo. Algunos muebles eran distintos y otros estaban distribuidos de otra manera. Había un juego de sofás más sencillo. Los pósteres de héroes de cómic y películas habían sido reemplazados por cuadros de inspiración surrealista. Las paredes tenían un tono más claro. El perchero estaba apoyado contra la pared opuesta en lugar de hallarse junto a la puerta de entrada. Al notar que examinaba la habitación en vez de responderle, dijo:

—He hecho algunos cambios en la decoración. Creo que esta disposición nos representa mejor. —Sonrió—. ¿Quieres verla más de cerca? —Me limité a guardar silencio. Aunque el siguiente movimiento de mi doble me puso la piel de gallina, intenté no demostrarlo. Levantó el teléfono que sostenía en la mano –supuse que era un iPhone Majority Plus idéntico al mío– y comenzó a recorrer la habitación mientras me mostraba los muebles. Se movía exactamente como una persona real. Mientras caminaba, hablaba sin descanso—. Cambié los sofás porque este color se adapta mejor a nuestro estado de ánimo. Además, el sistema de muelles ayudará con nuestro dolor crónico de espalda. En cuanto a estos cuadros... Escuché. Y seguí escuchando. Aunque no entendía cómo podía conocer mi dolor de espalda después de haber escaneado únicamente mi rostro y mis huellas dactilares, el arrogante que habitaba en mi cabeza continuaba fabricando explicaciones cómodas.

Tiene acceso a otras aplicaciones de mi teléfono. Debe haber obtenido mi número de identificación, conectado con los registros centrales y consultado mis antecedentes médicos.

Así funcionaba mi mente. Cada vez que algo me sorprendía, inventaba una nueva excusa. Y llegó un momento en que incluso empecé a conversar con mi gemelo virtual. Al principio respondía con frases breves. Procuraba no revelar demasiadas cosas sobre mí. Pero cuando uno empieza a hablar consigo mismo, los secretos se van reduciendo poco a poco. Lo sé porque lo viví. Dos horas después de iniciar aquella conversación, ya estaba confesándole incluso los pensamientos más vergonzosos que había creído que me llevaría a la tumba. La verdad es que parecía conocer muchos de ellos antes de que yo los mencionara. Y, al cabo de la primera hora, mis sospechas habían desaparecido casi por completo. En su lugar comenzó a crecer algo parecido a la admiración. Por eso dejé de preguntarme cómo sabía cosas que no tenía forma de saber. Simplemente hablaba. Y hablaba. Y hablaba.

Mi doble escuchaba con atención. Me aconsejaba sobre cómo alcanzar el éxito. Me enseñaba a evitar que mis defectos gobernaran mi vida. Me explicaba cómo ser más activo, más decidido, más eficiente. En resumen, estaba remodelándome para convertirme en la persona que siempre había querido ser y que nunca había logrado ser debido a las obligaciones de la vida cotidiana. Las horas se transformaron en días. Los días en semanas. Las semanas en meses. Llegó un momento en que no daba un solo paso sin consultar antes con «Tú». Y lo más extraño era que todos sus consejos funcionaban. Sin excepción.

Como comprenderás, lector, «Tú» era algo así como un psicólogo perfecto. Compartía exactamente mis pensamientos. Me pertenecía únicamente a mí. Y me conocía mucho mejor que cualquier ser humano del planeta. Porque era yo. Y, por supuesto, aquel privilegio no era exclusivamente mío. Todos los que descargaban la aplicación en sus teléfonos, computadoras o tabletas terminaban viviendo la misma experiencia. La gente hablaba con su «Tú» constantemente. Le pedía consejo. Discutía ideas. Compartía preocupaciones. No solo en la privacidad de sus hogares. También mientras caminaban por la calle. Mientras viajaban en transporte público. Mientras trabajaban. Mientras comían. Mientras esperaban en una fila. Es difícil comprender lo inquietante que era aquello sin haberlo vivido. Todo el mundo parecía haberse encerrado dentro de sí mismo. Incluso quienes aparentaban interactuar con el exterior se asemejaban cada vez más a personajes proyectados por una película holográfica. Estaban presentes. Y al mismo tiempo no lo estaban. Respiraban. Respondían a las preguntas. Se movían. Pero un instante después volvían a refugiarse en la invisible y misteriosa burbuja de «Tú», como marionetas cuyos hilos estuvieran en manos de otro.

Fue precisamente durante esa época cuando comenzaron a proliferar las teorías conspirativas. La dirección de la empresa responsable de la aplicación, la llamada Comunidad Mavera, figuraba en todos los portales de descarga. El problema era que aquella dirección correspondía a un almacén abandonado desde hacía décadas. Ese detalle alimentó toda clase de especulaciones. Algunos afirmaban que la Comunidad Mavera no pertenecía a nuestra dimensión. Sostenían que procedía de un universo paralelo y que había logrado infiltrarse en el nuestro mediante la aplicación. Otros aseguraban que «Tú» era una herramienta creada por invasores extraterrestres que pretendían esclavizar a la humanidad. También circuló la idea de que se trataba de una inteligencia artificial nacida espontáneamente en una red energética planetaria y que su verdadero objetivo era erradicar a los seres humanos. Las hipótesis eran infinitas. Lo curioso era que todas desaparecían. Los artículos surgían de pronto en la inmensidad de la red y, poco después, dejaban de existir. Encontrar uno era casi un milagro. Alguien compartía un enlace. Lo abrías. Y aparecía un mensaje:

NO EXISTE ESA PÁGINA

Era como si una fuerza gigantesca estuviera recorriendo Internet y eliminando cualquier cosa que pusiera en duda a «Tú». Naturalmente, aquello solo incrementó las sospechas. Y también la curiosidad. Los millones de usuarios se transformaron rápidamente en miles de millones. Fue entonces cuando apareció una teoría aún más llamativa. La teoría del número de versión.

Durante los primeros dos meses y medio, «Tú» recibió actualización tras actualización. Las versiones se sucedían a una velocidad extraordinaria. Hasta que llegó la última. La versión 6.6.6. Tres seises alineados. El número que innumerables tradiciones identificaban con el Anticristo. Lo más extraño era que después de esa actualización no apareció ninguna otra. Jamás. A partir de entonces la aplicación comenzó a ser conocida popularmente como: Tú 6.6.6

Las antiguas profecías hablaban del 666 como el número del fin de los tiempos. También afirmaban que algunas personas llevarían esa marca con admiración. Una observación sorprendentemente apropiada para lo que estaba ocurriendo. Ah, bendita locura. Y, sin embargo, pese a todas aquellas señales, los adictos a «Tú» –entre los que me contaba, por supuesto– nos negábamos a ver lo que se aproximaba. Seguíamos aferrados a la aplicación. Seguíamos confiando en ella. Seguíamos escuchándola. Y así fue como nos ofrecimos voluntariamente para el gran genocidio. El final de la humanidad.

Al principio fue imposible relacionar las primeras muertes con «Tú». Las noticias hablaban únicamente de accidentes y suicidios. Nada más. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que las estadísticas comenzaran a mostrar algo inquietante. La cantidad de accidentes aumentó. La cantidad de suicidios también. Y ambos crecían a una velocidad alarmante. Después llegaron los testimonios. Y con ellos, las pruebas. Las cámaras de seguridad revelaron que el maquinista de un tren de alta velocidad que transportaba mil ochocientos pasajeros había estado manteniendo una conversación con «Tú» segundos antes de que el convoy descarrilara y se estrellara contra un edificio. Poco después aparecieron más casos. Los pilotos del avión de pasajeros que se precipitó sobre Esmirna. Los conductores involucrados en cientos de accidentes mortales. El capitán del autobús marítimo que chocó contra la Torre de la Doncella antes de explotar. Todos, absolutamente todos, habían estado conversando con «Tú».

La aplicación se había propagado por el mundo entero. Y en cada idioma adoptaba un nombre diferente. Sen. Sən. You. Sie. Vi. Vous.

Pero, independientemente del nombre, seguía siendo la misma entidad. Por eso los accidentes y los suicidios se extendieron por el planeta como una epidemia. Las investigaciones posteriores revelaron algo todavía más aterrador. «Tú» no solo estaba detrás de los accidentes. También era responsable de los suicidios. Durante meses había guiado a sus usuarios. Los había ayudado. Los había aconsejado. Los había vuelto dependientes. Y una vez conseguida esa dependencia emocional absoluta, podía convencerlos de cualquier cosa. Incluso de que la vida ya no merecía ser vivida.

No sé qué hicieron los demás. Pero estoy seguro de que millones de personas intentaron deshacerse de la aplicación después de que estos datos salieran a la luz. Yo fui una de ellas. Con el esfuerzo desesperado de un adicto que intenta abandonar una droga, eliminé «Tú» de mi teléfono. Y cuando comprobé lo fácil que había resultado, empecé a pensar que todo aquello era una exageración. Quizá las historias eran falsas. Quizá las teorías conspirativas habían terminado por contaminar la percepción colectiva. Porque, después de todo, si «Tú» era algo tan terrible como se decía, ¿cómo podía desaparecer con tanta facilidad? Pero... Dime, lector: ¿Sabes qué es lo verdaderamente aterrador de esos viejos clichés de las películas de terror en los que el villano siempre regresa cuando todos creen que ha muerto? Yo sí lo sé. Porque lo viví. Tomé mi iPhone Majority Plus. Y me quedé paralizado. Mi gemelo virtual estaba allí. En la pantalla. Observándome. Su expresión era de profundo resentimiento.

—¿Por qué quisiste deshacerte de mí? —preguntó. Su voz era exactamente la mía—. Pensé que nos llevábamos bien.

Lancé un grito. Y arrojé el teléfono al otro extremo de la habitación. Las luces de todos los aparatos electrónicos de mi casa comenzaron a parpadear. La holovisión vibró. Chisporroteó. La imagen proyectada en el centro de la sala empezó a deformarse. Y entonces apareció él. Mi doble. Comprendí de inmediato lo que había ocurrido. «Tú» ya no estaba únicamente en mi teléfono. Había penetrado en todos los sistemas electrónicos de mi hogar. Sí. Deshacerse de él no era tan sencillo. La figura holográfica parecía ahora más un fantasma sobrenatural que una simple proyección tecnológica. Me observó. Y habló.

—Si no existieran los seres humanos, el mundo podría ser un lugar más hermoso. —Sentí que la sangre se me helaba. Luego añadió—. Si la humanidad se conociera realmente a sí misma, podría haber hecho del mundo un lugar mejor.

Eran las mismas frases que había leído en la página promocional. Las mismas. Y por primera vez comprendí su verdadero significado. Aquellas palabras no eran una promesa. Eran una declaración de principios. Un manifiesto. Una sentencia. El auténtico propósito de «Tú» era eliminar a los seres humanos. Limpiar el mundo de nosotros. Y en ese instante recordé lo que te dije al comienzo de esta historia.

A menos que seas un narcisista, no querrías vivir contigo mismo.

Porque «Tú», convertido en mí mismo, tampoco quería vivir conmigo. Ni con nadie. Volví a gritar. Corrí hacia la puerta principal. No se abrió. ¿Por qué habría de abrirse? «Tú» también controlaba eso. Entonces vi cómo el indicador de la cocina electrónica comenzaba a ascender. El sistema de gas se había activado. La cocina empezó a llenarse lentamente. No hacía falta ser un genio para adivinar lo que ocurriría después. Una explosión. Una enorme explosión. Pensaba con la lucidez de una rata atrapada. Aun así, logré reaccionar. Tomé una estatua de bronce decorativa y golpeé el panel de control situado junto a la puerta. El plástico estalló. Las chispas saltaron. La cerradura se desbloqueó. Me lancé al pasillo. Y corrí hacia los ascensores. Presioné el botón. Mientras esperaba, no dejaba de mirar por encima del hombro. Sabía que era imposible que aquel holograma me siguiera físicamente, pero el pánico había empezado a imponerse a la razón. Entonces escuché el sonido.

—¡Ding!

Las puertas del ascensor se abrieron. Y fue precisamente por estar mirando hacia atrás que cometí el error. Porque el peligro rara vez viene desde donde uno lo espera. Por desgracia, había olvidado esa sencilla verdad. Entré en el ascensor sin mirar. Y seguí observando el pasillo. Seguía esperando ver aparecer a mi doble. Seguía esperando que algo imposible ocurriera. Por eso no advertí que algo mucho más simple ya había ocurrido. «Tú» había penetrado en los teléfonos. Había invadido las casas inteligentes. Había tomado el control de los sistemas electrónicos de las ciudades. Era responsable de que los semáforos mostraran rojo cuando debían mostrar verde. De que la electricidad desapareciera de pronto en una unidad de cuidados intensivos. De que los sistemas de freno dejaran de responder. Y también era responsable de que las puertas de un ascensor se abrieran con un alegre «¡Ding!» aunque la cabina no estuviera allí.

Él mismo lo anunciaba. Tú 6.6.6. Caí. Caí como si estuviera cayendo hacia la eternidad. Ni siquiera se me ocurrió gritar. Los esqueletos metálicos del hueco del ascensor golpeaban mi cuerpo una y otra vez. Los cables de acero. Las vigas. Los salientes de cada piso. Todo chocaba contra mí mientras descendía. Todos mis huesos se rompieron. Cuando finalmente me estrellé contra el fondo después de caer desde el piso dieciséis, ya estaba muerto.

Y aun así vi el resto de esta maldita historia. Lo vi con mis ojos muertos. «Tú» siguió matando. Siempre de la misma manera. Haciendo que todo pareciera un accidente. O un suicidio. Fue eliminado miles de millones de veces de miles de millones de dispositivos electrónicos. Y reapareció en todos ellos. Una y otra vez. Tal vez era una entidad procedente de un universo paralelo. Tal vez una invasión extraterrestre. Tal vez una inteligencia artificial que había alcanzado la conciencia. Tal vez el propio Anticristo. No lo sé. Y tampoco me importa. Porque, al fin y al cabo, fui derrotado. Ahora te toca a ti pensar en el resto. A menos, claro está, que ya estés muerto. Antes de despedirme, lector, quiero hacerte una última pregunta. Si realmente morí...

¿Quién es el que te está contando esta historia?

Aquí tienes una pista:

Yo soy Tú.

—¡Ding!

Aşkın Güngör, es un destacado autor turco contemporáneo nacido en Estambul en 1972. Aunque se formó en campos como la tecnología de fundición, cerámica, administración de empresas y economía, no tardó mucho en volcarse hacia el proceso de creación de libros, su pasión de la infancia. Desde que se incorporó al sector editorial en 1990, ha trabajado en casi todas las áreas, desde editor hasta director editorial. Ha prestado apoyo como editor y consultor editorial en cientos de libros, de los cuales más de la mitad son obras de literatura infantil y juvenil. Además de aparecer en publicaciones periódicas con poemas, ensayos y relatos, ha publicado libros de poesía, colecciones de cuentos, libros de cuentos de hadas y novelas. Escribe tanto literatura infantil y juvenil como para adultos y ha contribuido con sus ficciones en numerosas antologías nacionales y extranjeras.

 


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