Tanya
Tynjälä
Cuando
el tercer hombre apareció muerto, la policía empezó a considerar la posibilidad
de una conexión entre los asesinatos. De pronto eso dejó de ser “cosa de
gringos”, o de sofisticadas series policiales. Sin embargo, había los que aún
negaban la idea. Si bien los crímenes mostraban semejanzas, nada indicaba algún
patrón en cuanto a las víctimas: un profesor de secundaria, un sacerdote y un
obrero de construcción.
Los cuerpos aparecían invariablemente en un callejón
oscuro, atacados por lo que se supuso al principio algún tipo de animal
salvaje. Cuando el médico forense indicó que las heridas causadas provenían de
dentaduras y uñas humanas… además de individuos muy pequeños y jóvenes, algunos
policías no pudieron evitar un escalofrío recorrerles la espalda. ¿Una persona
era capaz de hacer eso? Y si era pequeña, ¿cómo así las víctimas no lograban
defenderse?
Luego apareció la niña y si quedaban dudas éstas se
desvanecieron ante las evidencias: En Lima había un asesino en serie… o algo
similar.
Ese día se entretuvo jugando con su teléfono móvil y se
le pasó el paradero de su casa. Sin pensarlo se bajó del autobús. Luego se dio
cuenta que se encontraba no solo lejos de su domicilio… sino también en un
barrio desconocido y por el estado de las casas a su alrededor, no muy “bueno”.
Cruzó la calle para esperar el autobús que la llevaría hacia su destino. Un
hombre se encontraba ya en ese paradero. Ella trató de no acercársele mucho. Él
le sonrió. El hombre estaba bien vestido y parecía simpático, pero ella era una
niña muy precavida y decidió ignorar lo que señor le decía y rogaba que el
autobús llegara lo más pronto posible. Muy pocas personas pasaban por la calle,
la mayoría parecía muy pobre. Tampoco había mucho tráfico en esa calle. De
pronto, en un momento en que nadie transitaba por allí, el hombre saltó sobre
ella y tapándole la boca, la llevó hacia un callejón cercano. La pobre niña se
quedó helada.
—Te crees muy lista, ¿no? Te crees muy obediente y no
hablas con extraños, ¿no? ¡Yo te voy a enseñar!
La amable sonrisa se convirtió en una mueca de odio. El
hombre le hacía bajar por una escalera que llevaba a un sótano oscuro, ella lo
mordió y trató de escapar. El hombre la atrapó de la pierna y la niña cayó,
golpeándose la cabeza con uno de los escalones. Se encontraba aturdida, le
dolía el corte que se había hecho en la frente, la sangre le impedía ver bien.
El hombre estaba furioso, decidió no esperar más y empezó allí mismo a abrirle
la blusa. De pronto se escucharon unas risas infantiles. El hombre se detuvo.
—¿Quién está aquí? Estoy tratando de ayudarla. Parece que
se cayó.
“Se cayó, dice que se cayó”, repetían burlonamente las
voces. Al parecer se trataba de niños, quizá cinco, probablemente no mayores de
diez años. Rápidamente las risas y burlas se convirtieron en insultos hacia el
hombre en cuestión. Él buscaba nervioso a los niños, que parecían ser invisibles.
Inclusive cuando empezaron a atacarlo a arañazos y mordiscones, nunca pudo
verlos claramente. Se movían con una rapidez felina.
La niña solo escuchaba los gritos del hombre y apenas si
podía distinguir esas pequeñas sombras moviéndose alrededor de él. Por los
alaridos que lanzaba era claro que el hombre estaba siendo golpeado
brutalmente. El sujeto empezó a llorar, les rogaba que lo dejasen ir, y
prometía no volver a hacerle daño a nadie, nunca más en la vida. Su voz se
escuchaba cada vez más débil. La niña pensó horrorizada que el hombre estaba
muriendo mientras las voces seguían burlándose de él. Una se acercó a ella y le
preguntó.
—¿No quieres divertirte con nosotros?
Pero primero
por lo aturdida que se encontraba y también porque la sola idea de matar a un
hombre la aterraba, desistió. Su candor le impedía ser agresiva, inclusive con
alguien que la había atacado.
El “niño” se burló de ella. “¡Qué gallina!”
Todos empezaron a corear “¡Gallina, gallina!”, mientras
seguían atacando el hombre. Cuando éste dejó de moverse, dos de los atacantes
ayudaron a la niña a ponerse de pie. Ella no podía distinguir bien dónde la
llevaban y tuvo tanto miedo como cuando el hombre la empujó hacia el callejón.
Se detuvieron en un parque, donde jugaban otros niños. Estos, al ver el estado
de la niña pararon el juego.
—Les dejamos a esta gallina —dijo uno de los victimarios—.
¿Se dan cuenta? La ayudamos y no quiere jugar con nosotros. —Tras esto, se
marcharon. Uno de los niños del parque corrió a llamar a su mamá y ella llamó a
la policía. La policía los interrogó de inmediato, sorprendidos ante la
historia pero las descripciones que dieron de los “niños” resultaron más que
contradictorias, nada se pudo sacar en claro. Ni siquiera la víctima podía
decir realmente cómo lucían esos “niños” que la salvaron y que le quitaron la
vida a su atacante.
La prensa aprovechó la ocasión. Una noticia así no se da
todos los días. Un periodista que pensó ser muy original, los llamó “los
gallinazos sin plumas”, nombre de un conocido cuento del célebre escritor
peruano Julio Ramón Ribeyro. El público encontró que el nombre era justo.
También consideró que si la policía no podía hacer nada contra los pedófilos
(pues muchas veces se esconden tras una máscara de decencia), la presencia de
esos “gallinazos” podía ser aceptada, tal y como lo es la presencia de las verdaderas
aves en el paisaje limeño.
Muchos aseguran que la policía ya sabe quiénes son y que prefiere hacer la vista gorda. Las viejas comadres dicen que son los fantasmas de antiguas víctimas de violación. Y, mientras tanto, los pedófilos no pueden dormir, y hay cada vez menos casos de abuso sexual infantil…

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