Anatoly Belilovsky
Ella permanece de
pie sobre el estrado, temblando. El viento de noviembre le quema el rostro,
enviando dedos helados que se deslizan por sus mangas, bajan por el cuello y se
cuelan bajo la falda. La piel se le eriza con ese contacto y, sin pensar,
vuelve la vista hacia el lugar donde vio por última vez a su marido. No está
lejos, conversando con Trotski; por encima del hombro de su esposo, los ojos de
Trotski se encuentran con los suyos, y aquella mirada reptiliana congela
incluso sus escalofríos.
Un largo y gélido segundo después,
una banda comienza a tocar a lo lejos.
La Internacional, por
supuesto.
Todos vuelven la vista hacia la
plaza.
—Sonríe —le susurra el marido al
oído.
Ella hace lo que puede: piensa en
los veranos en el campo, en cachorros, conejos y cabritos, en el rostro hundido
en su tibio pelaje, y siente que sus facciones se relajan.
—Así está mejor —murmura él.
Ella asiente y aparta de su mente
otros recuerdos de calor.
La cabeza del desfile se aproxima:
soldados con capotes y gorros de piel, los sables desenvainados y en alto; las
botas golpean el suelo con un sonido semejante al de una porra quebrando
costillas. Un oficial montado los encabeza; su caballo avanza de costado
mientras él saluda al estrado.
Por el rabillo del ojo ve a su
marido, sin sombrero, devolver el saludo. Su sonrisa se ensancha al recordar
una frase del entrenamiento militar:
No saluden, había dicho el
sargento instructor, si tienen la cabeza vacía.
Y aquella frase, como una
locomotora, arrastra recuerdos que habían permanecido durante mucho tiempo en
una vía muerta: la amistad que había desterrado todo miedo del mundo; la
camaradería que reducía a la nada la amenaza de las balas y los obuses; el amor
que era capaz de dar calor incluso al barro de las trincheras, incluso al
invierno báltico. El orgullo de haber sido elegida –de haber merecido confianza–
para custodiar al recién nacido Gobierno Provisional de una república recién
nacida.
De celebrar hoy, 7 de noviembre
según el nuevo calendario, su fracaso, aquel día de octubre del calendario
juliano, en cumplir con su deber.
Los soldados envainan los sables;
el oficial hace galopar su caballo hacia la estación de tren. Trotski sonríe.
Su marido se inclina hacia ella.
—Ya no es un secreto, así que puedo
decírtelo —murmura—. Polonia ha concedido el derecho de paso. Estos hombres
estarán en Brest-Litovsk al amanecer; dos días después llegarán a la frontera
alemana. En Weimar, probablemente dentro de una semana.
El siguiente grupo entra en la
plaza desde donde se contempla el desfile: mujeres vestidas con descoloridas
faldas, blusas y pañuelos azules de obreras. Deben tener frío: sostienen con
las manos desnudas pancartas que proclaman: «¡Viva la Revolución Permanente!» y
«¡Gloria al Octubre Rojo!».
La música cambia. Ahora resuena la
famosa canción:
«Marchamos con valentía hacia la
batalla,
para morir como uno solo por el
poder de los sóviets.»
Ella contiene el aliento cuando un
rostro en particular se aproxima.
¿Es real, o es su memoria pintando
sobre el palimpsesto de la realidad?
Ese rostro pertenece a otro lugar,
a otro tiempo, mucho más cercano; ligeramente inclinado, con los ojos
desenfocados buscando los suyos, los labios rozando sus labios.
Katya.
Más recuerdos emergen, como los
eslabones de una cadena de ancla que ascienden lentamente por el cabrestante
desde unas aguas profundas, frías y turbias: el día en que se enfrentaron a un
ejército de desertores frente al Palacio de Invierno y se rindieron. La huida
de los escuadrones rojos de la muerte; las descargas de fusilería en la
distancia, demasiado regulares para provenir de una batalla; olvidar su propio
nombre y adoptar el de una muchacha nacida el mismo día que ella y enterrada
poco después, tomado de una lápida; huir sola, dejando atrás a Katya.
Recordarse mirando, con hambre, a
un hombre que mordía una hogaza de pan. Ser invitada a compartirla. Y quedarse.
El presente vuelve para imponerse.
Los ojos de la mujer –¿los de
Katya?– siguen fijos al frente; no hay cambio alguno en su expresión, en su
postura ni en el ritmo de sus pasos. Rechaza siquiera la idea de preguntar por
ella: las órdenes de ejecución contra todas las veteranas supervivientes del
Primer Batallón Femenino de Choque de Petrogrado siguen vigentes. Fueron
promulgadas, junto con recompensas para quienes las denunciaran, apenas una
semana después de la llegada de Trotski al poder.
Una chispa helada le atraviesa la
mejilla.
Se enjuga una lágrima; esta se
congela y se convierte en un diamante sobre su guante.
Su marido le da unas palmaditas en
el hombro.
—Excelente —susurra.
El desfile se prolonga hasta el
anochecer. Siguen pasando obreros y campesinos traídos de las aldeas cercanas.
Ya es la oscura noche de noviembre
cuando la limusina oficial del Partido se detiene frente a su casa. El chófer
hace sonar la bocina; el sirviente abre la puerta.
Entran en un calor que continúa
siendo demasiado frío.
—¿Querida? —dice su marido—. El
camarada Trotski quedó muy impresionado contigo hoy. Dijo que, de entre todos
los presentes, tu alegría por esta celebración trascendental era la más
auténtica y palpable.
—¿Se dio cuenta? —pregunta ella,
levantando la cabeza.
—El camarada Trotski lo ve todo
—responde él.
Y le seca la mejilla.
Un instante después, se seca la
suya.

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