jueves, 2 de julio de 2026

COMO UNO SOLO

Anatoly Belilovsky

 

Ella permanece de pie sobre el estrado, temblando. El viento de noviembre le quema el rostro, enviando dedos helados que se deslizan por sus mangas, bajan por el cuello y se cuelan bajo la falda. La piel se le eriza con ese contacto y, sin pensar, vuelve la vista hacia el lugar donde vio por última vez a su marido. No está lejos, conversando con Trotski; por encima del hombro de su esposo, los ojos de Trotski se encuentran con los suyos, y aquella mirada reptiliana congela incluso sus escalofríos.

Un largo y gélido segundo después, una banda comienza a tocar a lo lejos.

La Internacional, por supuesto.

Todos vuelven la vista hacia la plaza.

—Sonríe —le susurra el marido al oído.

Ella hace lo que puede: piensa en los veranos en el campo, en cachorros, conejos y cabritos, en el rostro hundido en su tibio pelaje, y siente que sus facciones se relajan.

—Así está mejor —murmura él.

Ella asiente y aparta de su mente otros recuerdos de calor.

La cabeza del desfile se aproxima: soldados con capotes y gorros de piel, los sables desenvainados y en alto; las botas golpean el suelo con un sonido semejante al de una porra quebrando costillas. Un oficial montado los encabeza; su caballo avanza de costado mientras él saluda al estrado.

Por el rabillo del ojo ve a su marido, sin sombrero, devolver el saludo. Su sonrisa se ensancha al recordar una frase del entrenamiento militar:

No saluden, había dicho el sargento instructor, si tienen la cabeza vacía.

Y aquella frase, como una locomotora, arrastra recuerdos que habían permanecido durante mucho tiempo en una vía muerta: la amistad que había desterrado todo miedo del mundo; la camaradería que reducía a la nada la amenaza de las balas y los obuses; el amor que era capaz de dar calor incluso al barro de las trincheras, incluso al invierno báltico. El orgullo de haber sido elegida –de haber merecido confianza– para custodiar al recién nacido Gobierno Provisional de una república recién nacida.

De celebrar hoy, 7 de noviembre según el nuevo calendario, su fracaso, aquel día de octubre del calendario juliano, en cumplir con su deber.

Los soldados envainan los sables; el oficial hace galopar su caballo hacia la estación de tren. Trotski sonríe. Su marido se inclina hacia ella.

—Ya no es un secreto, así que puedo decírtelo —murmura—. Polonia ha concedido el derecho de paso. Estos hombres estarán en Brest-Litovsk al amanecer; dos días después llegarán a la frontera alemana. En Weimar, probablemente dentro de una semana.

El siguiente grupo entra en la plaza desde donde se contempla el desfile: mujeres vestidas con descoloridas faldas, blusas y pañuelos azules de obreras. Deben tener frío: sostienen con las manos desnudas pancartas que proclaman: «¡Viva la Revolución Permanente!» y «¡Gloria al Octubre Rojo!».

La música cambia. Ahora resuena la famosa canción:

«Marchamos con valentía hacia la batalla,

para morir como uno solo por el poder de los sóviets.»

Ella contiene el aliento cuando un rostro en particular se aproxima.

¿Es real, o es su memoria pintando sobre el palimpsesto de la realidad?

Ese rostro pertenece a otro lugar, a otro tiempo, mucho más cercano; ligeramente inclinado, con los ojos desenfocados buscando los suyos, los labios rozando sus labios.

Katya.

Más recuerdos emergen, como los eslabones de una cadena de ancla que ascienden lentamente por el cabrestante desde unas aguas profundas, frías y turbias: el día en que se enfrentaron a un ejército de desertores frente al Palacio de Invierno y se rindieron. La huida de los escuadrones rojos de la muerte; las descargas de fusilería en la distancia, demasiado regulares para provenir de una batalla; olvidar su propio nombre y adoptar el de una muchacha nacida el mismo día que ella y enterrada poco después, tomado de una lápida; huir sola, dejando atrás a Katya.

Recordarse mirando, con hambre, a un hombre que mordía una hogaza de pan. Ser invitada a compartirla. Y quedarse.

El presente vuelve para imponerse.

Los ojos de la mujer –¿los de Katya?– siguen fijos al frente; no hay cambio alguno en su expresión, en su postura ni en el ritmo de sus pasos. Rechaza siquiera la idea de preguntar por ella: las órdenes de ejecución contra todas las veteranas supervivientes del Primer Batallón Femenino de Choque de Petrogrado siguen vigentes. Fueron promulgadas, junto con recompensas para quienes las denunciaran, apenas una semana después de la llegada de Trotski al poder.

Una chispa helada le atraviesa la mejilla.

Se enjuga una lágrima; esta se congela y se convierte en un diamante sobre su guante.

Su marido le da unas palmaditas en el hombro.

—Excelente —susurra.

El desfile se prolonga hasta el anochecer. Siguen pasando obreros y campesinos traídos de las aldeas cercanas.

Ya es la oscura noche de noviembre cuando la limusina oficial del Partido se detiene frente a su casa. El chófer hace sonar la bocina; el sirviente abre la puerta.

Entran en un calor que continúa siendo demasiado frío.

—¿Querida? —dice su marido—. El camarada Trotski quedó muy impresionado contigo hoy. Dijo que, de entre todos los presentes, tu alegría por esta celebración trascendental era la más auténtica y palpable.

—¿Se dio cuenta? —pregunta ella, levantando la cabeza.

—El camarada Trotski lo ve todo —responde él.

Y le seca la mejilla.

Un instante después, se seca la suya.


Anatoly Belilovsky nació en, Leópolis, actualmente Ucrania, y aprendió inglés con las revistas de Star Trek. Ingresó en una universidad estadounidense enseñando ruso mientras se especializaba en química, y ha sido pediatra en Nueva York durante los últimos 25 años, en una consulta donde el inglés es el cuarto idioma más hablado. Hasta la fecha, ha publicado historias de ciencia ficción en Andromeda Spaceways, Ideomancer, Steampunk Immersion Book, entre otros medios especializados.

 

 

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