Dinko Osmančević
Apareció desde los
espacios negros del universo. Primero lo detectaron en las pantallas de control
de la estación orbital “Mir 7” y lo comunicaron al mundo entero. Tras el
análisis de los datos, quedó del todo claro que era un objeto metálico, de
origen artificial, de no más de tres metros de largo, en una órbita elíptica
muy amplia alrededor del Sol, con un período de 22 años, y de tal modo que solo
después de cada cuatro vueltas, es decir, una vez cada 88 años, pasaba cerca de
la trayectoria terrestre.
En los siguientes cuatro días se
publicaron miles de artículos, polémicas, declaraciones… sobre aquel objeto
volante. La pregunta principal era, por supuesto: si por fin, en la primavera
del año treinta y tres del tercer milenio, nos habíamos encontrado con vida
inteligente proveniente del cosmos y, si así era, cuál era el objetivo de su
misión. Pero el objeto parecía demasiado pequeño para eso; demasiado pobre. La
otra posibilidad –que alguien desde la Tierra hubiera lanzado ese objeto, en
completo secreto, en 2011, 1989, 1967 o incluso 1945 o 1923, cuando ni siquiera
existía una tecnología de cohetes importante– resultaba igualmente inverosímil.
Al cuarto día tras el
descubrimiento, los motores del cohete “Proton-Desyat” rugieron en la rampa de
lanzamiento de Baikonur. Con un destello de lenguas de fuego, nos separamos de
la plataforma. En la punta del cohete iba nuestro mini-transbordador “Mladinka”,
el único que podía prepararse tan rápido para esta misión. El poderoso cohete
nos empujaba velozmente a través de las capas densas de la atmósfera; en la
cabina sentíamos turbulencias, como si el vehículo compartiera nuestra
inquietud contenida. Luego el ascenso por la estratósfera… No tardamos en estar
en el espacio, por lo que nos desprendimos el “Proton-Desyat” ya gastado, y
este cayó de regreso, para arder en la reentrada.
El 17 de abril habíamos recorrido
más de la mitad del trayecto. La sincronización de la órbita y velocidad con el
objeto desconocido marchaba bien. Conversábamos sin prisa, desde el cosmos, con
Baikonur, con Moscú, con Cabo Cañaveral, con periodistas y con nuestras
familias. Mi esposa, Vesna, me habló de nuestra pequeña Milica. La había
enviado al pueblo, con la abuela. Me contó también algunas nuevas habladurías
de Belgrado y yo intenté fingir interés. Me gustaba escuchar su voz. Los rusos
cobraban a los occidentales cien dólares el segundo por hablar con nosotros; a
los serbios les daban tiempo gratis.
Tres días más tarde, desde la base
nos informaron de un evento en el Cabo. Los americanos también habían despegado
en su “VentureStar X-33b”, mucho más grande, cómodo y mejor equipado. Llevaban
ocho días de retraso respecto a nosotros. Nosotros ya estábamos ante el
objetivo: Oleg, Vladímir y yo. Lo observábamos con telescopio, radar y otros
instrumentos, grabábamos, comunicábamos: una cápsula primitiva, muy fría, no
emitía nada, no irradiaba energía propia, solo reflejaba la luz solar; metal
probablemente acero común, nada especial. Longitud dos metros y medio, forma
cilíndrica, por un lado acabado en cono, por el otro plano, es decir, la forma
de un proyectil o de la ojiva de un cohete simple. Diámetro apenas metro y
medio. Fabricación que, por todo lo visto, podría ser perfectamente terrestre.
Nos acercamos de lado y pronto nos
movimos en paralelo a él. Lo mirábamos con alivio y, quizá, con decepción: la
tecnología tan simple y el tamaño tan reducido hacían difícil creer que algo
así hubiera cruzado el espacio interestelar. Concluimos, y el mundo entero
concluyó, que no sería el Primer Contacto.
Llegó el momento de actuar.
Volábamos exactamente a la misma velocidad, distancia de veinte metros.
Teníamos tiempo. Oleg quedó a los mandos de la “Mladinka”, mientras Vladímir y
yo nos poníamos los trajes espaciales, listos para cruzar. La caminata espacial
duró apenas dos minutos. Las estrellas lejanas fueron testigos mudos de lo que
sucedía.
Toqué la compuerta metálica
circular de la parte trasera, la plana. No había inscripciones. Sensación
extraordinaria. Los contadores Geiger y demás medidores de radiación dormían un
sueño profundo: basándonos en eso, creíamos que no era una ojiva nuclear. La
compuerta estaba cerrada mecánicamente, con una palanca giratoria en una
hendidura del tamaño del puño. Batallamos con ella largo rato: media hora, una
hora entera. Y entonces, éxito. Abrimos la compuerta. Dentro no había presión,
ningún gas: vacío igual que afuera. Sin embargo, salió un puñado de cristalitos
de hielo, blancos, chispeantes. Vimos dos cuerpos humanos congelados, con ropa
ligera, sin protección alguna contra el vacío ni la radiación cósmica,
claramente muertos. Miré a Vladimir, y él me miraba también, desconcertado.
Sacamos el cuerpo de la derecha,
agarrándolo por un pie descalzo. Una mujer. El cuerpo estaba sujetado a una
plataforma delgada, larga y ligera, prácticamente una tabla. Miramos su
cabecera. Allí había una inscripción en letras latinas: Eva.
Vladímir intentó bromear.
—El otro seguro que es Adán —dijo.
Pero yo sabía que no era Adán.
Sacamos el segundo cadáver, también tirando de un pie. Un hombre. En la tabla,
sobre su cabeza, había un nombre. A… d… Adolf.

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