Nancy Jane Moore
—Sí, es un arma estupenda. Una Uzi de quinta generación. Liviana, compacta. Y nunca se encasquilla.
Saqué el arma del estante y se la
entregué al chico.
Cuando estiró la mano para tomarla,
la sudadera mugrienta se le levantó y dejó al descubierto el mango de un
cuchillo metido en la cintura de los jeans. Agarró rápidamente el arma y se
bajó la sudadera, mirándome de reojo para comprobar si yo había visto el
cuchillo.
Traté de aparentar que no.
El chico —debía de tener unos
dieciséis años— apuntó el arma hacia la pequeña ventana situada en lo alto de
la pared del sótano.
—Está brutal —dijo.
A su edad yo habría dicho «genial».
—Sí —dije—. Cuando la compré, allá
por 2017, pensé que me convertía en un hombre de verdad, que nadie volvería a
meterse conmigo. Es increíble la diferencia que pueden hacer unos cuantos años.
Me la devolvió de mala gana y se
dejó caer en el sillón naranja que yo había encontrado abandonado en la calle
un par de meses antes. La mano derecha descansaba sobre su cintura y jugueteaba
con el borde de la sudadera. No me había dicho su nombre.
Dejé el arma despreocupadamente
sobre la mesa y abrí la botella de whisky que había traído. La etiqueta decía
que contenía whisky escocés, aunque no me pareció muy probable cuando lo serví
en una taza rajada y un vaso de plástico amarillo. Tenía mal aspecto y olía
todavía peor. Diez años atrás no habría probado otra cosa que un Macallan de
malta. Como dije, las cosas cambian.
Le pasé el vaso al muchacho. Lo
tomó con la mano izquierda. Tenía el ceño fruncido, desconcertado. Me miraba
raro desde que lo había invitado a entrar.
Lo había encontrado escondido
detrás del rododendro enfermizo que crecía junto a la puerta de mi casa. No
debía de haberme oído acercarme, porque dio un respingo cuando le dije:
—Está bastante húmedo y frío ahí
detrás, ¿no, hijo? ¿Por qué no entras y te calientas un poco?
Al principio se me quedó mirando
como un ciervo sorprendido por los faros de un automóvil, pero después se
encogió de hombros.
—Claro, ¿por qué no?
El calor de mi habitación en el
sótano disipaba el frío de noviembre. El chico dio un buen trago del supuesto
whisky escocés, tosió y volvió a beber.
—Sí, en los años veinte yo estaba
en la cima del mundo —dije—. Gané tanto dinero, primero con las criptomonedas y
después con las salidas a bolsa de empresas de inteligencia artificial, que ni
siquiera necesitaba trabajar. Supongo que nadie lo diría viendo este lugar.
El muchacho recorrió la habitación
con la mirada. Por un instante, una mueca burlona sustituyó su expresión de
desconcierto.
Yo sabía lo que veía. Un fregadero
en un rincón, un microondas encima de un refrigerador de medio metro de altura:
esa era mi cocina. Un futón manchado enrollado contra la pared: el dormitorio.
Comía en la mesa que en ese momento sostenía el whisky y el arma, y estábamos
sentados en las dos sillas que constituían la sala de estar. Una maraña de
alargadores atravesaba el cuarto hasta llegar a un conjunto improvisado de
enchufes mediante los cuales le robaba electricidad a Pepco. De allí obtenían
energía los electrodomésticos de la cocina y un par de lámparas.
—Bonito lugar —dijo.
Intentó mantener la mueca burlona,
pero en su voz había una levísima nota de envidia.
—He vivido en lugares peores.
Después de que estalló la burbuja de la inteligencia artificial terminé en la
calle. ¿Qué edad tenías cuando ocurrió todo eso? ¿Nueve, diez años?
—Siete.
—Lo bastante grande para saber que
las cosas se habían puesto mal. Pero probablemente no entendías por qué. ¿Ahora
les enseñan esas cosas en la escuela?
—Hace tiempo que no voy a la
escuela.
—Me lo imaginaba. Deberías aprender
algo sobre eso, hijo.
Respondió con su característico
encogimiento de hombros.
—La inteligencia artificial iba a
cambiar el mundo y los mercados funcionaban en línea las veinticuatro horas del
día, los siete días de la semana, así que podías comprar o vender desde
cualquier lugar y en cualquier momento. La tecnología existía, así que la
pusieron en marcha. Igual que la bomba atómica o el asbesto: lo usamos antes de
comprender qué teníamos entre manos. Y para que todo se viniera abajo bastó con
que un par de millones de personas entraran en pánico.
—Mi padre se tiró por una ventana.
En K Street.
El chico lo dijo con total
naturalidad, como si aquello no significara gran cosa.
—Jesús.
Con razón había terminado en la
calle.
—Supongo que lo perdió todo.
¿Cómo podía un hombre hacerle eso a
su hijo? Casi sentí lástima por el muchacho.
—Perderlo todo vuelve loca a la
gente. Yo también perdí la cabeza.
Pero no salté.
Bebí un poco de whisky. Estaba
apenas unos escalones por encima del alcohol puro.
—Sí, me volví bastante loco
viviendo en la calle, tratando de mantenerme con vida. Llevaba esa Uzi a todas
partes, se la apuntaba a la cara a la gente.
El chico sonrió. Supuse que sabía
algo acerca de apuntarle armas a la cara a la gente. O, por lo menos,
cuchillos.
—Enya Sensei, mi maestra de aikido,
se rio de mí cuando compré esta arma.
—¿Aprendiste a pelear con una
mujer?
La mueca burlona había regresado
definitivamente.
—¿Qué pasa? ¿No crees que una mujer
puede enseñarle a un hombre a pelear? Esas mujeres duras que andan ahora por
las calles probablemente tengan unas cuantas cosas que enseñarte.
—Bueno, algunas, supongo. Pero
estás hablando de hace muchísimo tiempo.
Los chicos siempre creen que todo
lo ocurrido antes de que nacieran sucedió en la Edad Media.
—Sí, aprendí artes marciales con
una mujer. Y aprendí mucho. Por eso siempre la llamé «Sensei». Es la palabra
japonesa para maestro. Una forma de mostrar respeto.
—Ya lo sé —dijo el chico con
impaciencia.
Seguro que lo sabía. Las películas
de acción no han pasado de moda. Hoy ya no se preocupan demasiado por los
efectos especiales sofisticados —cuestan demasiado—; simplemente ponen más
asesinatos y más sangre.
—Claro que para mí el aikido no era
más que un pasatiempo. Jugaba a ser samurái. Me servía para relajarme del mundo
real, donde me dedicaba a hacerme rico.
El muchacho no tenía muchas ganas
de escuchar mis recuerdos, pero cuando uno bebe el whisky de otro hombre está
obligado a escuchar un poco. Se terminó de un trago el vaso de supuesto escocés
y miró la botella con expectación.
Le serví otro.
—El «mundo real». Ahora definimos
el «mundo real» como hacer lo que sea necesario. Pero las cosas volverán a
cambiar. La economía se recuperará y entonces sobrevivir dependerá de saber
algo sobre negocios legítimos.
El chico soltó una risita.
—¿Quieres tomarme como alumno y
enseñarme algo de negocios, viejo?
—Tal vez.
Mi propia respuesta me sorprendió.
Había algo en ese chico que me resultaba atractivo, quién sabe por qué.
Realmente quería enseñarle algo.
—¿Sobre criptomonedas, inteligencia
artificial y toda esa mierda?
—Más bien sobre supervivencia
—dije.
—Ah, claro. Practicaste un poco de
artes marciales una vez y crees que sabes mejor que yo cómo arreglártelas. Yo
vivo en la calle, señor. Crecí en ella. Sé todo lo que hay que saber sobre
sobrevivir.
—¿Y cuando las cosas cambien?
¿Cuando sobrevivir sea algo más que apuntarle un arma a alguien y quitarle lo
que tiene?
—Soy un guerrero de la calle,
abuelo. Siempre habrá un lugar para los guerreros.
—Tú no eres ningún guerrero. No
sabes ni lo más elemental acerca de serlo. Solo eres otro mocoso que se cree
duro. Todas tus ideas vienen de jefes de pandillas, malas películas y
videojuegos como Street Fighter VIII.
Se puso de pie de un salto.
—Nadie me habla así.
—Cállate y siéntate.
Nos sorprendió a los dos
obedeciendo.
—Los verdaderos guerreros no matan
a nadie a menos que sea necesario —dije—. No como ustedes, los mocosos que
matan gente solo por diversión.
Por la mirada que me dirigió
comprendí que aquello le sonaba ridículo, pero seguí adelante.
—Mira a Enya Sensei. Sabía bastante
de armas de fuego, practicaba tiro y sabía manejar tanto pistolas como rifles.
Pero no creía que andar por ahí con un arma en la cintura te convirtiera en
guerrero.
»Una vez me dijo: “Dependes
demasiado de las armas. Llegará un momento en que contarás con una y no será el
arma adecuada”.
»Yo le respondí: “Las armas de
fuego son el arma de nuestra época. Me encanta el aikido, pero para defenderse,
las armas son la respuesta”.
»Entonces me miró con cierta
tristeza. “Las armas no son más que otra herramienta y, en última instancia,
ninguna herramienta es jamás la respuesta”.
Vacilé un momento.
—¿Sabes? Enya Sensei no solía dar
consejos. Debería haberle prestado más atención cuando lo hacía.
—¿Qué quieres decir? Con una
potencia de fuego así consigues respeto de verdad en la calle. Todo el mundo
quiere un arma como esa Uzi.
—Más tontos ellos. Enya Sensei
tenía razón. La potencia de fuego no va a mantenerte vivo ahí fuera.
Era evidente que no creía una
palabra, pero había despertado su curiosidad.
—¿Entonces qué?
—Lo que haces. Cómo actúas. La
manera en que te comportas. Estar dispuesto a morir, pero sin rendirte. Y saber
elegir el momento. El momento es fundamental.
—¿Esa es la clase de mierda que te
enseñaba tu Sensei?
Ignoré el insulto.
—Sí. Eso y otra cosa: cambiar
cuando cambia la situación.
—No entiendo.
—Mírame a mí. Hace diez años vivía
en un penthouse de la Séptima Calle, en pleno corazón del distrito artístico de
moda. Salía con mujeres hermosas, comía en los mejores restaurantes, me hacía
los trajes a medida.
»Después llegó el derrumbe y todo
cambió. Pero yo no quise cambiar con él. Había invertido casi todo mi dinero en
criptomonedas y acciones, aunque todavía conservaba algo en cuentas bancarias.
En vez de aceptar las pérdidas y abandonar mi vida de rico, seguí tirando
dinero bueno detrás del malo, tratando de volver a la cima. Y terminé viviendo
en una caja de cartón, encima de una rejilla de calefacción, a tres cuadras de
la Casa Blanca.
El muchacho estiró la mano hacia el
whisky y se sirvió otra dosis generosa. No entendía cómo podía beber aquello de
un trago; yo todavía seguía con mi primer vaso.
—No me adapté, no cambié con los
tiempos, ¿entiendes? —dije—. Terminar en la calle después de tantos años en un
penthouse destruyó por completo mi sentido del momento. El dinero había
definido toda mi vida, tanto ganarlo como gastarlo. Cuando dejé de tenerlo, ya
no sabía cómo comportarme.
»Esa Uzi era lo único que me
quedaba. Me aferraba a ella como un niño pequeño a su mantita. La trataba como
un amuleto de buena suerte, como ajo y una cruz de plata para mantener alejados
a los vampiros. Y también hice algunas otras cosas con ella.
»No voy a contártelo todo. Un
hombre tiene derecho a guardarse para sí algunas de sus verdades más
desagradables. Pero sí te diré esto: si llegas a estar lo bastante desesperado,
terminarás haciendo cosas por las que después te odiarás.
—Sí.
Arrugó la cara, como si tuviera en
la cabeza una imagen que prefería no mirar.
Me pregunté qué habría hecho él
para sobrevivir.
No se lo pregunté.
—Así que me encontré en la calle y seguía sin cambiar. Continuaba tratando de comportarme como un pez gordo, cosa que no funcionaba demasiado bien. Casi todo el tiempo vivía asustado: aterrorizado ante la posibilidad de que alguien me matara, aterrorizado ante la posibilidad de tener que seguir viviendo como un vagabundo.
»Una noche terminé en un callejón,
rodeado por unos mocosos: tipos más o menos de tu edad. Uno de ellos —tenía un
machete— soltó una risita cuando le apunté con la Uzi. Eso me asustó. Aunque yo
no lo impresionara, el arma debería haberlo hecho. “Apuesto a que esa cosa no
tiene balas”, dijo.
»Y no las tenía, por supuesto.
Después del derrumbe, las municiones desaparecieron incluso más rápido que la
comida. Llevaba un mes sin una sola bala. Temblaba tanto que seguramente podía
ver cómo se sacudía el arma. Miré aquel machete oxidado y pensé en suplicar.
Les habría dado cualquier cosa que quisieran, si hubiera tenido algo que
pudieran querer.
El chico asintió. Conocía esa clase
de miedo.
—Pero no tenía nada. Absolutamente
nada. Sabía que estaba muerto. Y, de algún modo, eso me liberó del miedo. Una
vocecita me susurró en la cabeza: “Hombre, si de todos modos vas a morir, ¿qué
tienes que perder?”.
»El tipo del machete sonrió con
malicia y lo levantó como si fuera una espada. Lanzó un golpe directo hacia mi
cabeza. Y en el momento justo me moví un poco hacia un costado y hacia él, y le
clavé la culata de la Uzi en el plexo solar. Se tambaleó. Hice un pequeño giro,
agarré la empuñadura del machete y lo lancé contra una pared de ladrillos. Se
desplomó y quedó tendido en el suelo. Ahora yo tenía el machete. Me metí la Uzi
en la cintura y miré a los otros.
»El segundo —el que tenía el
cuchillo— se quedó ahí parado, asustado, pero el tercero vino corriendo hacia
mí, blandiendo un listón de madera contra mi cabeza. Y yo simplemente volví a
apartarme de la línea de ataque. Solo que, como ahora tenía el machete, al
hacerlo le abrí el abdomen de un tajo. Gritó, soltó el listón y se agarró el
vientre, tratando de mantenerse entero.
»Hombre, el mocoso del cuchillo
saltó una cerca en un abrir y cerrar de ojos. Yo retrocedí hasta salir del
callejón y dejé a los otros dos allí. No sé si sobrevivieron.
Mientras contaba la historia, el
chico se había ido enderezando en el sillón. Dejó el vaso sobre la mesa y no
volvió a servirse. Intentaba parecer duro, pero casi podía oler su miedo.
—Tienes bastante más estilo que
aquellos mocosos. Y también más sentido común. Sabes adaptarte. Pasaste la
tarde vigilándome, pero cuando te invité a entrar, entraste y compartiste una
botella con un viejo. Pensaste que primero me ablandarías un poco y después
sacarías ese cuchillo que llevas debajo de la sudadera.
Su mano fue inmediatamente hacia el
arma: un reflejo. Me miró con los ojos muy abiertos.
—¿Qué pasa? ¿Pensabas que no me
había dado cuenta? Lo vi cuando nos encontramos. Y apostaría a que también
sabes hacer algunos trucos con él.
Vaciló. Tenía la mano cerrada sobre
el mango del cuchillo, pero no lo sacó. Sus ojos fueron hacia la puerta y
después volvieron a mí.
—Adelante, hijo, haz tu jugada.
Tienes que ser mucho más rápido que yo. Probablemente tenga edad suficiente
para ser tu abuelo. Debería valer la pena correr el riesgo. Tengo buena
calefacción en este sótano y falta poco para el invierno. Y podrías quedarte
con el arma. Es una buena arma.
Parecía un gato acorralado por un
perro. Una mitad de él quería salir corriendo; la otra se preguntaba qué
ocurriría si le lanzaba un zarpazo al perro en el hocico y saltaba sobre su
lomo.
—Pero no olvides que estás
corriendo un riesgo. Puede que haya conseguido municiones para la Uzi. Y aunque
no las haya conseguido, estoy dispuesto a apostar mi vida a que puedo quitarte
ese cuchillo.
Saltó del sillón hacia un costado,
en dirección a la puerta y alejándose de mí. Llegó hasta allí en unos dos
segundos, pero después perdió quince o veinte tratando de abrir todas las
cerraduras. Si hubiera querido dispararle, habría tenido todo el tiempo del
mundo.
Pero no quería dispararle.
—¿Seguro que tienes que irte? Está
bien, entonces. Vuelve otro día.
Quizá lo hiciera.
Quizá, después de un par de días,
se dijera que había sido un idiota por asustarse de un viejo como yo y
regresara para matarme.
O quizá regresara para escuchar.
Publicado
originalmente en Aikido Today Magazine, junio/julio de 1998; revisado en
2026.

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