miércoles, 19 de agosto de 2026

EL SOFÁ

Joyce Barker Bucat

 

Caminaron en silencio. Haber ido al doctor la había dejado pensativa, pero Ana no quería comentárselo a su acompañante, María. La verdad es que no quería ni siquiera tenerla cerca, pero algo siempre le impedía decirle que la deje en paz, que no quiere su compañía, que la agota, que no la soporta, pero no era capaz. Caminaron hasta llegar a la casa. Ana se sacó los zapatos, María también, dejándolos tirados en el piso de la entrada, Ana se paró en medio del living, suspirando por el desastre en el que se encontraba su casa. Luego despejó el sofá de envases de chocolate y ropa de ella y su marido. Para luego echarse con su enorme cuerpo, hundiéndose en los ajados cojines de un sofá recogido en la calle.

—¿Te acuerdas, María, de cómo nos conocimos? —preguntó Ana, mirándola de reojo.

—No. ¿O sí?

—Estabas sentada en este sofá, al borde de la calle.

—Mmm, no. No me acuerdo —mintió.

—¿Tampoco te acuerdas de lo que me dijiste?

—No. Y no sé a qué vienen tantas preguntas, Ana. ¿Por qué no salimos a comer algo?

—¿A comer? Pero si acabamos de hacerlo.

—Eso fue antes de ir al doctor. Hace mucho rato. Comamos algo.

—No, después —dijo Ana con voz golpeada—. Quiero, primero, saber algo: Es verdad que vivías en este sofá cuando lo encontré en la calle, ¿cierto?

—Sí —respondió Ana.

— Y, ¿es verdad que no te acuerdas de tu vida antes de vivir ahí, en la calle?

—Es verdad.

—Y ¿por qué me pediste llevar el sofá a mi casa?

—Para poder estar más cerca de ti.

—¿Para qué?

—Para vivir.

—No te entiendo —respondió Ana, mirando a María con desprecio.

 

Pasaron la tarde en el sofá. El marido de Ana seguía en el escritorio.

—Tu marido no ha salido de la casa —comentó María.

—Supongo.

—¿No vas a ir a ver si está?

—¿Para qué?

—No sé para qué, en realidad; pero, ¿nunca se ha quejado porque me haya venido a vivir con ustedes?

—No. Ni siquiera me ha tocado el tema. Supongo que no le molesta. No sé… ¿Quieres que venga para que tú le preguntes?

—No. Déjalo tranquilo —respondió María—. No quiero molestarlo.

Esa respuesta cambió el semblante de Ana, y María lo notó al instante.

—Con respecto a eso —continuó Ana—. Llevas varios meses viviendo aquí.

—Sí, y te lo agradezco, Anita. Eres una gran mujer por haberme recibido.

Lo de grande era preciso. Desde que Ana conoció a María, comenzó a engordar rápidamente, llevándola a bajar su ya escasa autoestima, y a experimentar otras dolencias.

—Desde que estás acá, no he parado de comer —alegó Ana.

—Y ¿qué tengo yo que ver con eso?

—Tú me incitas a comer. ¿No te das cuenta?

—Nadie te obliga.

—No dije eso.

Ana, a pesar de no tener ganas de comer, fue a la cocina a traer unos chocolates y los dejó sobre la mesa de centro.

María sacó un pedazo sin que Ana le ofreciera, pero de eso ya estaba acostumbrada. María usaba hasta su ropa, sin siquiera avisarle. Al principio eso le parecía extraño, pero se fue acostumbrando rápidamente, hasta el punto de tener que pedirle prestado a María sus propias cosas, como si la otra fuera la dueña.

—Ana, no me has contado lo que te dijo ese doctor —continuó María—, ni por qué fuiste.

—Es más que un doctor —respondió Ana sin mirarla—, tiene otros conocimientos también.

—Pero ¿por qué fuiste? —insistió María—. ¿Te sientes mal?

—Algo así —respondió Ana abriendo un pequeño frasco que le había entregado el doctor, y sacó una pastilla, la única que contenía el frasco, tratando que María no la viera—. Quiero que te vayas —continuó Ana, tragando rápidamente la pequeña pastilla.

—¿Qué? —reclamó María, con la boca llena de chocolate.

—Eso que escuchaste.

—Pero ¡por qué! —insistió María, limpiándose las manos embetunadas de chocolate, en el sofá,

—No estoy segura de por qué quiero que te vayas, pero te tienes que ir. Tú y ese sofá.

—Ese sofá es todo lo que tengo —respondió María, tratando de parecer triste.

—Por eso mismo, llévatelo. Llévate la ropa que tienes puesta también. Llévate lo que quieras. No me importa.

—Qué amargada estás. Tú no eres así.

—¡Qué sabes tú de cómo soy! Apareces un día, como si nada y te instalas como si ésta siempre hubiera sido tu casa. Y no sé… Creo que me traes mala suerte. Mira lo gorda que estoy.

—No tengo la culpa. Tú quisiste traer este… mi sofá, y…

—El sofá, no a ti, María. Bueno, ¿te vas o no?

—No.

—Entonces te voy a tener que sacar a la fuerza. —dijo Ana con una inusitada determinación. Aunque sabía que ya no era necesario hacer eso.

—Trata —respondió María con violencia sumergiéndose en el sofá, literalmente. Y desapareció dentro de los cojines manchados y rotos.

Ana sabía que María iba a reaccionar de maneras extrañas en cuanto la pastilla comenzara a hacer efecto; el doctor se lo había advertido, pero aun así se sorprendió de verla haciendo eso.

La pastilla funcionó, pensó Ana, levantando el roñoso mueble, que estaba evidentemente más liviano.

—Qué feo es esto. —Ahora lo miraba objetivamente—. Todo fue parte de su estrategia. Qué especie más nefasta, y yo dejándome hipnotizar, jajaja. —Arrastró el sofá hasta dejarlo en la vereda—. Qué se lleven luego esto —dijo aliviada, y entró a la casa a contarle a su marido todo lo que había pasado, sin que él se diera cuenta, pero se detuvo a mitad de camino, y suspiró con la certeza de una mente desparasitada—. Quizá tenga que sacar el escritorio también.

Joyce Barker Bucat es arquitecta y escritora. Nació y vive en Santiago de Chile. Se dedica a los cuentos cortos de ficción. Ha publicado en antologías y en el fanzine Estrellita mía.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

EL SOFÁ