Joyce Barker Bucat
Caminaron
en silencio. Haber ido al doctor la había dejado pensativa, pero Ana no quería
comentárselo a su acompañante, María. La verdad es que no quería ni siquiera
tenerla cerca, pero algo siempre le impedía decirle que la deje en paz, que no
quiere su compañía, que la agota, que no la soporta, pero no era capaz.
Caminaron hasta llegar a la casa. Ana se sacó los zapatos, María también,
dejándolos tirados en el piso de la entrada, Ana se paró en medio del living,
suspirando por el desastre en el que se encontraba su casa. Luego despejó el
sofá de envases de chocolate y ropa de ella y su marido. Para luego echarse con
su enorme cuerpo, hundiéndose en los ajados cojines de un sofá recogido en la
calle.
—¿Te acuerdas, María, de cómo nos conocimos? —preguntó
Ana, mirándola de reojo.
—No. ¿O sí?
—Estabas sentada en este sofá, al borde de la calle.
—Mmm, no. No me acuerdo —mintió.
—¿Tampoco te acuerdas de lo que me dijiste?
—No. Y no sé a qué vienen tantas preguntas, Ana. ¿Por
qué no salimos a comer algo?
—¿A comer? Pero si acabamos de hacerlo.
—Eso fue antes de ir al doctor. Hace mucho rato.
Comamos algo.
—No, después —dijo Ana con voz golpeada—. Quiero,
primero, saber algo: Es verdad que vivías en este sofá cuando lo encontré en la
calle, ¿cierto?
—Sí —respondió Ana.
— Y, ¿es verdad que no te acuerdas de tu vida antes de
vivir ahí, en la calle?
—Es verdad.
—Y ¿por qué me pediste llevar el sofá a mi casa?
—Para poder estar más cerca de ti.
—¿Para qué?
—Para vivir.
—No te entiendo —respondió Ana, mirando a María con
desprecio.
Pasaron la tarde en el sofá. El marido de Ana seguía
en el escritorio.
—Tu marido no ha salido de la casa —comentó María.
—Supongo.
—¿No vas a ir a ver si está?
—¿Para qué?
—No sé para qué, en realidad; pero, ¿nunca se ha quejado
porque me haya venido a vivir con ustedes?
—No. Ni siquiera me ha tocado el tema. Supongo que no
le molesta. No sé… ¿Quieres que venga para que tú le preguntes?
—No. Déjalo tranquilo —respondió María—. No quiero
molestarlo.
Esa respuesta cambió el semblante de Ana, y María lo
notó al instante.
—Con respecto a eso —continuó Ana—. Llevas varios meses
viviendo aquí.
—Sí, y te lo agradezco, Anita. Eres una gran mujer por
haberme recibido.
Lo de grande era preciso. Desde que Ana conoció a
María, comenzó a engordar rápidamente, llevándola a bajar su ya escasa
autoestima, y a experimentar otras dolencias.
—Desde que estás acá, no he parado de comer —alegó
Ana.
—Y ¿qué tengo yo que ver con eso?
—Tú me incitas a comer. ¿No te das cuenta?
—Nadie te obliga.
—No dije eso.
Ana, a pesar de no tener ganas de comer, fue a la
cocina a traer unos chocolates y los dejó sobre la mesa de centro.
María sacó un pedazo sin que Ana le ofreciera, pero de
eso ya estaba acostumbrada. María usaba hasta su ropa, sin siquiera avisarle.
Al principio eso le parecía extraño, pero se fue acostumbrando rápidamente,
hasta el punto de tener que pedirle prestado a María sus propias cosas, como si
la otra fuera la dueña.
—Ana, no me has contado lo que te dijo ese doctor
—continuó María—, ni por qué fuiste.
—Es más que un doctor —respondió Ana sin mirarla—, tiene
otros conocimientos también.
—Pero ¿por qué fuiste? —insistió María—. ¿Te sientes
mal?
—Algo así —respondió Ana abriendo un pequeño frasco
que le había entregado el doctor, y sacó una pastilla, la única que contenía el
frasco, tratando que María no la viera—. Quiero que te vayas —continuó Ana,
tragando rápidamente la pequeña pastilla.
—¿Qué? —reclamó María, con la boca llena de chocolate.
—Eso que escuchaste.
—Pero ¡por qué! —insistió María, limpiándose las manos
embetunadas de chocolate, en el sofá,
—No estoy segura de por qué quiero que te vayas, pero
te tienes que ir. Tú y ese sofá.
—Ese sofá es todo lo que tengo —respondió María,
tratando de parecer triste.
—Por eso mismo, llévatelo. Llévate la ropa que tienes
puesta también. Llévate lo que quieras. No me importa.
—Qué amargada estás. Tú no eres así.
—¡Qué sabes tú de cómo soy! Apareces un día, como si
nada y te instalas como si ésta siempre hubiera sido tu casa. Y no sé… Creo que
me traes mala suerte. Mira lo gorda que estoy.
—No tengo la culpa. Tú quisiste traer este… mi sofá,
y…
—El sofá, no a ti, María. Bueno, ¿te vas o no?
—No.
—Entonces te voy a tener que sacar a la fuerza. —dijo
Ana con una inusitada determinación. Aunque sabía que ya no era necesario hacer
eso.
—Trata —respondió María con violencia sumergiéndose en
el sofá, literalmente. Y desapareció dentro de los cojines manchados y rotos.
Ana sabía que María iba a reaccionar de maneras
extrañas en cuanto la pastilla comenzara a hacer efecto; el doctor se lo había
advertido, pero aun así se sorprendió de verla haciendo eso.
La pastilla funcionó, pensó Ana, levantando el roñoso
mueble, que estaba evidentemente más liviano.
—Qué feo es esto. —Ahora lo miraba objetivamente—. Todo fue parte de su estrategia. Qué especie más nefasta, y yo dejándome hipnotizar, jajaja. —Arrastró el sofá hasta dejarlo en la vereda—. Qué se lleven luego esto —dijo aliviada, y entró a la casa a contarle a su marido todo lo que había pasado, sin que él se diera cuenta, pero se detuvo a mitad de camino, y suspiró con la certeza de una mente desparasitada—. Quizá tenga que sacar el escritorio también.
Joyce Barker Bucat es arquitecta y escritora. Nació y vive en Santiago de Chile. Se dedica a los cuentos cortos de ficción. Ha publicado en antologías y en el fanzine Estrellita mía.
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