jueves, 20 de agosto de 2026

TÓMALO O DÉJALO

Svetislav Hadnadjev

 

Permaneció largo rato en la acera del bulevar, contemplando el edificio ruinoso del otro lado, que parecía haber recibido alguna pequeña ampliación en cada siglo. Tenía adornos victorianos, ventanas modernistas y un toque de art déco en el techo y los canalones.

Sobre la puerta de entrada y las ventanas se alzaba un letrero desproporcionadamente grande: «Pasiones y deseos».

Vaciló un poco más, pero finalmente se decidió y comenzó a cruzar el bulevar con cautela. El paso de peatones quedaba tan lejos que no quería caminar hasta allí; además, quizá habría terminado por arrepentirse. Después de esquivar hábilmente varios vehículos y acelerar el paso, consiguió llegar hasta el centro y, del mismo modo, atravesó los otros dos carriles.

El fuerte sonido de la campanilla sujeta a la puerta sobresaltó a Milan. Después observó el establecimiento, cuyas paredes estaban cubiertas de estantes. Sobre ellos había vasijas –o quizás urnas– de las formas más diversas: rectas, curvas, onduladas, algunas cúbicas. Todas llevaban inscripciones, muchas de ellas escritas en alfabetos o idiomas que ni siquiera podía identificar. Frente a la puerta de entrada había un amplio mostrador.

Detrás estaba sentado un hombrecillo arrugado. Tenía tantas arrugas que podría ser las de haber vivido más de cien años, o quizá varios centenares; como cuando la temperatura es de diez o treinta grados bajo cero: la sensación de frío es la misma. Llevaba sobre la nariz unos anteojos sin patillas, uno de cuyos cristales estaba empañado, y una pluma de ganso detrás de la oreja derecha. Junto a un gran libro descansaba un tintero. Unos manguitos negros que le llegaban hasta los codos protegían su camisa, aunque esta parecía haber dejado de necesitar semejante protección a comienzos de aquel siglo.

—Dígame —lo interrumpió el hombrecillo antes de que pudiera terminar de saludar.

—Bueno… —dijo Milan, desconcertado—. He oído que usted puede cumplir cualquier deseo. Me lo contó un amigo, pero no fue precisamente muy elocuente, así que decidí venir a ver cómo funciona esto. —Hizo una breve pausa y continuó—: Ah, no me he presentado. Me llamo Milan.

—Hoy soy Teodor —declaró el hombrecillo con una amplia sonrisa que dejó al descubierto unos extraños dientes azulados—. No todos los días, claro. Últimamente estoy de ese humor, como bendecido por Dios. Teodor significa «regalo de Dios», es decir, Bogdan. Y como estoy de tan buen humor, intentaré explicarte cómo funciona esta pequeña tienda. Después decidirás por tu cuenta qué quieres hacer.

Milan se rascó la cabeza, reflexionó un momento y se apoyó en el mostrador.

—Lo escucho.

—Como puedes ver, comercio con dos cosas; aunque, en realidad, hacemos intercambios. Tú me entregas una de tus pasiones y yo cumplo uno de tus deseos. O al revés.

—Pero… —dijo Milan, confundido—, ¿no son lo mismo una pasión y un deseo?

—Ah, no. En eso se equivoca la mayoría. La pasión es mucho más poderosa que el deseo; en realidad, es una dependencia, en mayor o menor grado. La pasión por el alcohol, los narcóticos, los placeres carnales de toda clase o el juego son solo algunos ejemplos de las pasiones mayores. Entre las menores están la filatelia, el fútbol o el ejercicio físico. Estas desaparecen con mayor facilidad a medida que pasa el tiempo o son sustituidas por otras: fumar o quién sabe qué más. La pasión es mucho más peligrosa: se prolonga durante toda la vida. Y recuerda que, cuando desaparece, la vida también pierde su sentido.

—Espere —lo interrumpió Milan—. ¿Y dónde queda el amor?

—El amor está varios peldaños más abajo. Existen distintas formas de amor: hacia los padres, los hijos, las mujeres o los hombres. Pero son mucho más débiles, pasan con mayor rapidez y se olvidan más fácilmente. Finalmente llegamos al deseo, que suele ser algo momentáneo: lo cumples y se acabó, mientras que la pasión permanece. Puedes desear curarte, conseguir que una mujer te ame o recibir mucho dinero, pero todo tiene su precio. No olvides que, a cambio de lo que deseas, recibirás algo de lo que ya tengo en estos estantes. Y yo elijo qué. Entonces, ¿te has decidido?

—¿Y si mi deseo es librarme de alguna pasión? —preguntó Milan.

—Recibirás otra pasión. Quizá mejor, quizá peor. —Teodor sonrió con picardía y volvió a mostrar sus dientes azulados—. Aquí tengo de todo: la pasión de Alejandro por conquistar el mundo entero –de esas tengo muchísimas–, el deseo de Agatha Christie de desaparecer durante unos días y muchas otras pasiones y deseos más o menos conocidos.

—Pero ¿por qué no puedo elegir?

—¿Dónde estaría entonces la gracia? Verás, esa es mi pasión: controlar a la gente. Tómalo o déjalo. —Teodor le dirigió una mirada penetrante—. Si te decides, te inscribiremos en este gran libro. También anotaremos lo que me entregues, lo meteremos en una vasija nueva y la sellaremos con cera. Tú recibirás de mí otra vasija y la abrirás cuando llegues a casa. Y recuerda: no hay garantía ni se aceptan devoluciones. De todos modos, ya no volverás a encontrarme aquí.

Durante un rato, Milan contempló los estantes, tratando de imaginar qué pasiones o deseos contendrían las vasijas. Después se volvió hacia Teodor.

—Adiós —dijo, y abandonó lentamente la tienda, acompañado por el sonido de la campanilla de la puerta.

Detrás del mostrador, Teodor abrió el gran libro, mojó la pluma de ganso en la tinta, escribió «Milan» y miró hacia la puerta mientras volvía a sumergir la pluma en el tintero.

Milan seguía de pie frente a la entrada, sumido en sus pensamientos. Al cabo de un rato, suspiró profundamente, dio media vuelta y regresó a la tienda.

Svetislav Hadnadjev nació el 26 de junio de 1959 en Bečej, Serbia. En esa ciudad trabajaba como oficinista hasta que se jubiló. Publicó una novela infantil, Maksimilijan Zombi y sus relatos se publicaron en Nijansama časti, Nijansama bogova, en las antologías Nova Rukovet, Fantastičnom vodiču, y el relato "Morska Idila" obtuvo el tercer premio en el concurso IK "Alma" al mejor relato publicado en la antología Komešanje ožiljak.

 

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