jueves, 2 de julio de 2026

EL GALLO DE ADENAUER PIRANGA

Rogelio Ramos Signes

 

No se trataba de un zorzal colorado, de esos que bellamente cantan en su nido, ni de una calandria castaña del chaco boliviano, ni siquiera de un vistoso saracurú. Para nada. Se trataba de un gallo; de un gallo común, con plumas blancas ligeramente manchadas y cresta desprolija. Se trataba de un gallo viejo y bastante maltrecho. Yo creo factible que hasta fuera sordo; sin una pizca de intuición, por supuesto; siempre cercado por el hambre y muy afecto a la grandilocuencia.

El gallo, en cuestión, era propiedad de Adenauer Piranga, el antiguo verdulero del barrio, y me tenía cansado. Su orgullo, tal vez (y siempre que los gallos practiquen ese tipo de arrogancia), era comportarse diferente de otros gallos; y esa particularidad, precisamente, era la que me hacía detestarlo, maldecirlo, augurarle un futuro de cuchillo, cacerola e inminente puchero. Pero no. El maldito adefesio cantor, que tal vez no era sordo, sino simplemente estúpido y desconsiderado, cantaba todo el día. ¡Dónde se ha visto que un gallo cante a cada rato! Ni siquiera el gallo bíblico, que cantó tres veces, lo hacía todo el tiempo. Este gallo sí. Cantaba al amanecer, como cualquier gallo normal, pero también durante la mañana, como si se tratara de una colación gratuita para el oído de los demás; y cuando yo ponía música y quería dejarme llevar por la caricia de los violines, él cantaba fuera de tono; y cantaba a la hora de la siesta (lo odiaba, lo odiaba; en verdad lo odiaba), y cantaba cuando yo hurgaba, con gran dificultad y aguzando el oído, la onda corta de mi vieja radio; y cantaba al anochecer, cuando sus pobres gallinitas querían hacer noni; y durante la cena, y a la medianoche, y a cualquier hora. Cantaba porque sí. Era un martirio.

A decir verdad, el verdulero Adenauer Piranga, el dueño de ese engendro, estaba fascinado con el bicho. Mis permanentes ofertas de comprárselo chocaban siempre con sus negativas. Tal vez se me notaba demasiado en la cara cierto proyecto de cascotazo y al hoyo. ¡Au revoir pajarito, causante de mis peores pesadillas! Por su culpa tuve las más enconadas discusiones con mi esposa, que había inventado un ejercicio sencillísimo para convertir en silencio los ruidos molestos. Ella lo trabajaba desde la voluntad, pero conmigo no dio resultado. Por su culpa (sí, por culpa de ese disparate de la naturaleza; de ese fraudulento flamenquito enano) me vi envuelto en ríspidos enfrentamientos con algún funcionario de la Secretaría de Protección a los Animales; funcionario con nariz de tucán, ojos de lechuza y copete de martín pescador, convengamos. ¡Por Dios! ¿Quién puso aves en mi camino? Las aves están bien para una suculenta suprema al horno, pero no para que te sobresalten con sus ocurrencias a cada rato.

Así, sin grandes cambios, pasaron estos dos últimos años. ¿Cuánto tiempo vive un gallo? me pregunto, y busco bibliografía; pero, al parecer, los libros que consulto me empujan a pensar que los gallos viven hasta que se mueren. ¡En fin!

Lo cierto es que un día, un día cualquiera, el frente de la verdulería amaneció sin sus pizarroncitos con ofertas; en su lugar había un gran cartel que anunciaba la maravillosa, la milagrosa, la extraordinaria, la asombrosa, la portentosa y nunca vista proeza de Boreal, “El despertador ecológico”, “El minuto preciso”, “El milagro de los corrales”. Pura cháchara para referirse a ese pajarraco de porquería. Aunque, debo reconocerlo, a mí también me picó la curiosidad y fui a ver de qué se trataba todo aquello.

Por empezar, la verdulería ya no era una verdulería; la puerta de entrada había sido sustituida por un ventanuco con apoyabrazos, detrás del cual podía verse la cara de la hija menor de Adenauer Piranga y un taco de papel con entradas para asistir a las proezas del gallo. ¡No lo podía creer! ¡Pagar entrada para ver esa inmundicia! Si por lo menos uno tuviese la oportunidad, como en las quermeses, de pagar un boleto y conseguir tres dardos para tirarle a un globo; estaría muy bien. El precio de un boleto, por caro que fuera, si me daba la oportunidad de tirarle aunque fuesen tres pedradas a ese esperpento, me parecía un regalo. Pero no. No era así.

Ese día, en absoluto silencio, me alejé de la improvisada taquilla; entré en mi casa, me encerré en el baño y lloré.

A la tarde, ya con otro espíritu, decidí enterarme de qué era lo que estaba pasando; aceptaría las reglas del juego y, si era posible, jugaría para ganar. Mi casa comparte la pared medianera con la ex verdulería, y mi curiosidad iba en aumento cada vez que el ignominioso monstruo cantaba y una muchedumbre enardecida aplaudía. ¿Estaríamos ante un hecho milagroso? ¿Dios se estaría comunicando a través de un ave cualunque y en extremo bullanguera? ¿O tal vez este gallo era una pieza de colección, “El doméstico del sol” del que hablaba Góngora; “El barbado de coral que ciñe su púrpura turbante”, “El nuncio canoso”, “El lascivo esposo vigilante”? Había que investigar y, contra mis más arraigados  principios, salí de mi casa, me colgué una sonrisa en la boca, pagué la entrada, atravesé un largo pasillo y llegué hasta un tinglado que Adenauer Piranga había levantado en el fondo de su terreno. Por suerte todavía quedaban dos o tres sillas sin ocupar, entre las doscientas localidades de cada función, según leí en un folletito pésimamente impreso, y peor redactado, que me dieron cuando compré el boleto de entrada.

La puesta del espectáculo era simple pero impactante. El gallo se paseaba por una tarima, ida y vuelta, ida y vuelta, con cara de... ¡cómo expresarlo!, con cara de gallo, de gallo estúpido, impertérrito; a veces mirando el piso (esperando encontrar una lombriz imposible, supongo); a veces mirando al público con esos típicos movimientos casi mecánicos que tienen los gallos; y aquel gallo, mucho más todavía. ¡Si no parecía de este mundo, el condenado! Adenauer Piranga también se paseaba, aunque por el piso, delante de la tarima y en sentido inverso al desaliñado pajarraco. Adenauer iba, el gallo venía; el gallo iba, y Adenauer volvía envuelto en un discurso que no daba ninguna explicación, pero que nos llenaba de palabras incomprensibles e hipnóticas; malditas palabras que guardo en mi memoria: que las aves faisánidas, que la cola con cobija arqueada, que los tarsos y los espolones, que la cresta bifurcada y las carúnculas rojas y el pico convexo para guardar secretos y los amaneceres en Ceilán. Y bueno, allí (en Ceilán, precisamente; es decir, en Sri Lanka) parecía estar el pilar de su argumento para tontos. ¡Puro verso! Aseguraba que el gallo extrañaba su tierra de origen y era por eso que cantaba según el amanecer de Ceilán; o sea, a las 5 de la tarde de este país de locos, de esta ciudad de locos, de este barrio de locos crédulos e irrecuperables.

Pero allí no terminaba todo, el gallo (ese gallo ruin, maldito, vil hasta lo indecible) era, según las palabras de su dueño, fruto de un largo enriquecimiento de la especie, con sangre de otras aves del Golfo Pérsico; y de los lagos de Ontario, en Canadá; y de las Islas Baleares; y de la cuenca del Orinoco; y de los prolijos gallineros de Leningrado; y de las planicies de Angola; y de los hielos de Laponia. En fin, que esa bazofia de gallo tenía permiso curricular y pasaporte estridente para cantar a cualquier hora del día o de la noche, rememorando los amaneceres de cualquier terrenito de este planeta.

La jugada de Adenauer Piranga era perfecta. Se la descubrí la undécima vez que pagué la entrada para ver, y escuchar, el espectáculo de ese mamarracho cubierto de plumas.

Adenauer Piranga se había aprendido de memoria el nombre de cientos y cientos de lugares exóticos, y los iba largando de a uno, cada cuatro o cinco minutos, para que la concurrencia bramara de placer.

“Ahora son las 6 de la mañana en Atenas” vociferaba como un poseso para que lo escucharan hasta los de la última fila y, agitando las manos frente a la insostenible cara del gallo, continuaba: “A ver. A ver. ¿Qué tiene para decirnos Boreal? Hable, maestro.” Y el maestro Boreal largaba su analfabeto quiquiriquí hasta rompernos los tímpanos. Entonces todos aplaudían y vitoreaban el nombre del “Doméstico del Sol”, del incomparable “Nuncio canoso”, y yo hervía de rabia pegado a la silla, recocinándome en mi propia ponzoña.

Todo lo que Adenauer Piranga tenía que hacer (ese día lo observé desde la primera fila) era ponerse un grano de maíz (un único y miserable grano de maíz) entre los dedos de la mano que agitaba frente a los ojos planos del deleznable gallo, mientras formulaba su idiotísima pregunta: “A ver, Boreal. A ver, maestro. ¿Qué tiene para decirnos de los amaneceres de Estocolmo?”, y el bicharraco largaba su palabra única a las 22 horas de este castigado país, sólo porque en Suecia eran las 5 de la mañana, o algo así. El gallo, al que seguramente hambreaba sin atenuantes, lo que quería era comerse el mísero maicito. Eso era todo. ¿En qué otra cosa puede pensar un gallo cuando ve un grano de maíz? ¿En una chica corriendo por una playa? ¿En un gol en contra faltando cinco minutos para el final? ¿En una película de Bergman? ¡No! Un gallo que ve un grano de maíz piensa en un grano de maíz, y quiere comérselo; y Adenauer Piranga, muy astutamente, cuando el público de pie aplaudía a rabiar, tomaba al gallo en sus brazos, lo acariciaba y sin que nadie se diera cuenta le deslizaba dentro de su asqueroso pico el insignificante premio, minúscula recompensa para alguien que había quiquiriqueado en honor a la ciudad de Estocolmo, cuna de Bergman, patria de futbolistas que hacen goles cinco minutos antes del final (a favor o en contra), tierra de bellísimas muchachas que se pasean por todas las playas del mundo.

Así las cosas, no tenía sentido hacer desaparecer ese gallo, aparentemente multilingüe y cosmopolita. Cualquier otro gallo, con una tentación por delante, podría cantar su palabrita en el idioma terráqueo que le pidieran y en honor a los puntos más alejados y caprichosos del planeta. Juro que estuve a punto de desenmascararlo, o de buscar otro gallo que hiciera lo mismo. Incluso pensé en comprar un perro que respondiera con ladridos a mis preguntas, a cambio de una pelotita de alimento balanceado y con la remota esperanza de que, en un torpe descuido de mi parte, saltara la tapia y se engullera al viejo y famélico gallo de mentiroso pedigrí. Pero no fui capaz. Adenauer Piranga, como solemos decir en estos andurriales, le había encontrado el agujero al mate; lo que no es poco en épocas tan difíciles como esta. Y no iba a ser yo, precisamente, quien le pusiera palos en la rueda a un exitoso empresario local, a un tesonero ejemplo de la actividad privada, a un vecino que está interesado en comprarme la casa (a muy buen precio, convengamos) para agrandar su tinglado.

Rogelio Ramos Signes nació en San Juan en 1950, pero reside en San Miguel de Tucumán desde 1972. Publicó numerosos cuentos y microficciones en antologías y revistas, y los siguientes libros: Las escamas del señor Crisolaras (cuentos, 1983) Diario del tiempo en la nieve (novela, 1985), En los límites del aire, de Heraldo Cuevas (novela, 1986), Soledad del mono en compañía (poesía, 1994), Polvo de ladrillos (ensayos, 1995), El ombligo de piedra (ensayos, 2000), En busca de los vestuarios (novela, 2005), Un erizo en el andamio (ensayos, 2006), La casa de té (poesía, 2009), Por amor a Bulgaria (novela, 2009), Todo dicho que camina (microrrelatos, 2009), La sobrina de Úrsula (novela, 2015) y Hotel Carballido (poesía, 2023). En 2022 y solo en formato digital, se había publicado otro libro de poesía: Eleanor Rigby. Fue compilador de tres antologías: Monoambientes, microficciones del NOA (2008), Ajenos al vecindario (poesía, 2009) y Cuaderno Laprida (microrrelatos), en colaboración con Julio Estefan (2016).

 

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