Rogelio Ramos Signes
No se trataba de un zorzal colorado, de esos que bellamente cantan
en su nido, ni de una calandria castaña del chaco boliviano, ni siquiera de un vistoso
saracurú. Para nada. Se trataba de un gallo; de un gallo común, con plumas
blancas ligeramente manchadas y cresta desprolija. Se trataba de un gallo viejo
y bastante maltrecho. Yo creo factible que hasta fuera sordo; sin una pizca de
intuición, por supuesto; siempre cercado por el hambre y muy afecto a la
grandilocuencia.
El gallo, en cuestión, era propiedad de Adenauer
Piranga, el antiguo verdulero del barrio, y me tenía cansado. Su orgullo, tal
vez (y siempre que los gallos practiquen ese tipo de arrogancia), era
comportarse diferente de otros gallos; y esa particularidad, precisamente, era
la que me hacía detestarlo, maldecirlo, augurarle un futuro de cuchillo,
cacerola e inminente puchero. Pero no. El maldito adefesio cantor, que tal vez
no era sordo, sino simplemente estúpido y desconsiderado, cantaba todo el día.
¡Dónde se ha visto que un gallo cante a cada rato! Ni siquiera el gallo
bíblico, que cantó tres veces, lo hacía todo el tiempo. Este gallo sí. Cantaba
al amanecer, como cualquier gallo normal, pero también durante la mañana, como
si se tratara de una colación gratuita para el oído de los demás; y cuando yo
ponía música y quería dejarme llevar por la caricia de los violines, él cantaba
fuera de tono; y cantaba a la hora de la siesta (lo odiaba, lo odiaba; en verdad
lo odiaba), y cantaba cuando yo hurgaba, con gran dificultad y aguzando el oído,
la onda corta de mi vieja radio; y cantaba al anochecer, cuando sus pobres
gallinitas querían hacer noni; y durante la cena, y a la medianoche, y a
cualquier hora. Cantaba porque sí. Era un martirio.
A decir verdad, el verdulero Adenauer Piranga, el
dueño de ese engendro, estaba fascinado con el bicho. Mis permanentes ofertas de
comprárselo chocaban siempre con sus negativas. Tal vez se me notaba demasiado
en la cara cierto proyecto de cascotazo y al hoyo. ¡Au revoir pajarito, causante de mis peores pesadillas! Por su culpa
tuve las más enconadas discusiones con mi esposa, que había inventado un
ejercicio sencillísimo para convertir en silencio los ruidos molestos. Ella lo
trabajaba desde la voluntad, pero conmigo no dio resultado. Por su culpa (sí,
por culpa de ese disparate de la naturaleza; de ese fraudulento flamenquito
enano) me vi envuelto en ríspidos enfrentamientos con algún funcionario de
Así, sin grandes cambios, pasaron estos dos últimos
años. ¿Cuánto tiempo vive un gallo? me pregunto, y busco bibliografía; pero, al
parecer, los libros que consulto me empujan a pensar que los gallos viven hasta
que se mueren. ¡En fin!
Lo cierto es que un día, un día cualquiera, el frente
de la verdulería amaneció sin sus pizarroncitos con ofertas; en su lugar había
un gran cartel que anunciaba la maravillosa, la milagrosa, la extraordinaria,
la asombrosa, la portentosa y nunca vista proeza de Boreal, “El despertador
ecológico”, “El minuto preciso”, “El milagro de los corrales”. Pura cháchara
para referirse a ese pajarraco de porquería. Aunque, debo reconocerlo, a mí
también me picó la curiosidad y fui a ver de qué se trataba todo aquello.
Por empezar, la verdulería ya no era una verdulería;
la puerta de entrada había sido sustituida por un ventanuco con apoyabrazos,
detrás del cual podía verse la cara de la hija menor de Adenauer Piranga y un
taco de papel con entradas para asistir a las proezas del gallo. ¡No lo podía
creer! ¡Pagar entrada para ver esa inmundicia! Si por lo menos uno tuviese la
oportunidad, como en las quermeses, de pagar un boleto y conseguir tres dardos
para tirarle a un globo; estaría muy bien. El precio de un boleto, por caro que
fuera, si me daba la oportunidad de tirarle aunque fuesen tres pedradas a ese esperpento,
me parecía un regalo. Pero no. No era así.
Ese día, en absoluto silencio, me alejé de la
improvisada taquilla; entré en mi casa, me encerré en el baño y lloré.
A la tarde, ya con otro espíritu, decidí enterarme de qué
era lo que estaba pasando; aceptaría las reglas del juego y, si era posible,
jugaría para ganar. Mi casa comparte la pared medianera con la ex verdulería, y
mi curiosidad iba en aumento cada vez que el ignominioso monstruo cantaba y una
muchedumbre enardecida aplaudía. ¿Estaríamos ante un hecho milagroso? ¿Dios se
estaría comunicando a través de un ave cualunque y en extremo bullanguera? ¿O
tal vez este gallo era una pieza de colección, “El doméstico del sol” del que
hablaba Góngora; “El barbado de coral que ciñe su púrpura turbante”, “El nuncio
canoso”, “El lascivo esposo vigilante”? Había que investigar y, contra mis más
arraigados principios, salí de mi casa,
me colgué una sonrisa en la boca, pagué la entrada, atravesé un largo pasillo y
llegué hasta un tinglado que Adenauer Piranga había levantado en el fondo de su
terreno. Por suerte todavía quedaban dos o tres sillas sin ocupar, entre las
doscientas localidades de cada función, según leí en un folletito pésimamente
impreso, y peor redactado, que me dieron cuando compré el boleto de entrada.
La puesta del espectáculo era simple pero impactante.
El gallo se paseaba por una tarima, ida y vuelta, ida y vuelta, con cara de... ¡cómo
expresarlo!, con cara de gallo, de gallo estúpido, impertérrito; a veces
mirando el piso (esperando encontrar una lombriz imposible, supongo); a veces
mirando al público con esos típicos movimientos casi mecánicos que tienen los
gallos; y aquel gallo, mucho más todavía. ¡Si no parecía de este mundo, el
condenado! Adenauer Piranga también se paseaba, aunque por el piso, delante de
la tarima y en sentido inverso al desaliñado pajarraco. Adenauer iba, el gallo
venía; el gallo iba, y Adenauer volvía envuelto en un discurso que no daba
ninguna explicación, pero que nos llenaba de palabras incomprensibles e
hipnóticas; malditas palabras que guardo en mi memoria: que las aves faisánidas, que la cola con cobija arqueada, que los tarsos y los espolones, que la cresta bifurcada y las carúnculas rojas y el pico convexo para guardar secretos y los
amaneceres en Ceilán. Y bueno, allí
(en Ceilán, precisamente; es decir, en Sri Lanka) parecía estar el pilar de su
argumento para tontos. ¡Puro verso! Aseguraba que el gallo extrañaba su tierra
de origen y era por eso que cantaba según el amanecer de Ceilán; o sea, a las 5
de la tarde de este país de locos, de esta ciudad de locos, de este barrio de
locos crédulos e irrecuperables.
Pero allí no terminaba todo, el gallo (ese gallo ruin,
maldito, vil hasta lo indecible) era, según las palabras de su dueño, fruto de
un largo enriquecimiento de la especie, con sangre de otras aves del Golfo
Pérsico; y de los lagos de Ontario, en Canadá; y de las Islas Baleares; y de la
cuenca del Orinoco; y de los prolijos gallineros de Leningrado; y de las
planicies de Angola; y de los hielos de Laponia. En fin, que esa bazofia de
gallo tenía permiso curricular y pasaporte estridente para cantar a cualquier
hora del día o de la noche, rememorando los amaneceres de cualquier terrenito
de este planeta.
La jugada de Adenauer Piranga era perfecta. Se la
descubrí la undécima vez que pagué la entrada para ver, y escuchar, el
espectáculo de ese mamarracho cubierto de plumas.
Adenauer Piranga se había aprendido de memoria el
nombre de cientos y cientos de lugares exóticos, y los iba largando de a uno,
cada cuatro o cinco minutos, para que la concurrencia bramara de placer.
“Ahora son las 6 de la mañana en Atenas” vociferaba
como un poseso para que lo escucharan hasta los de la última fila y, agitando
las manos frente a la insostenible cara del gallo, continuaba: “A ver. A ver.
¿Qué tiene para decirnos Boreal? Hable, maestro.” Y el maestro Boreal largaba
su analfabeto quiquiriquí hasta rompernos los tímpanos. Entonces todos aplaudían
y vitoreaban el nombre del “Doméstico del Sol”, del incomparable “Nuncio
canoso”, y yo hervía de rabia pegado a la silla, recocinándome en mi propia
ponzoña.
Todo lo que Adenauer Piranga tenía que hacer (ese día
lo observé desde la primera fila) era ponerse un grano de maíz (un único y
miserable grano de maíz) entre los dedos de la mano que agitaba frente a los
ojos planos del deleznable gallo, mientras formulaba su idiotísima pregunta: “A
ver, Boreal. A ver, maestro. ¿Qué tiene para decirnos de los amaneceres de
Estocolmo?”, y el bicharraco largaba su palabra única a las 22 horas de este
castigado país, sólo porque en Suecia eran las 5 de la mañana, o algo así. El
gallo, al que seguramente hambreaba sin atenuantes, lo que quería era comerse
el mísero maicito. Eso era todo. ¿En qué otra cosa puede pensar un gallo cuando
ve un grano de maíz? ¿En una chica corriendo por una playa? ¿En un gol en
contra faltando cinco minutos para el final? ¿En una película de Bergman? ¡No!
Un gallo que ve un grano de maíz piensa en un grano de maíz, y quiere
comérselo; y Adenauer Piranga, muy astutamente, cuando el público de pie
aplaudía a rabiar, tomaba al gallo en sus brazos, lo acariciaba y sin que nadie
se diera cuenta le deslizaba dentro de su asqueroso pico el insignificante
premio, minúscula recompensa para alguien que había quiquiriqueado en honor a
la ciudad de Estocolmo, cuna de Bergman, patria de futbolistas que hacen goles cinco
minutos antes del final (a favor o en contra), tierra de bellísimas muchachas que
se pasean por todas las playas del mundo.
Así las cosas, no tenía sentido hacer desaparecer ese gallo, aparentemente multilingüe y cosmopolita. Cualquier otro gallo, con una tentación por delante, podría cantar su palabrita en el idioma terráqueo que le pidieran y en honor a los puntos más alejados y caprichosos del planeta. Juro que estuve a punto de desenmascararlo, o de buscar otro gallo que hiciera lo mismo. Incluso pensé en comprar un perro que respondiera con ladridos a mis preguntas, a cambio de una pelotita de alimento balanceado y con la remota esperanza de que, en un torpe descuido de mi parte, saltara la tapia y se engullera al viejo y famélico gallo de mentiroso pedigrí. Pero no fui capaz. Adenauer Piranga, como solemos decir en estos andurriales, le había encontrado el agujero al mate; lo que no es poco en épocas tan difíciles como esta. Y no iba a ser yo, precisamente, quien le pusiera palos en la rueda a un exitoso empresario local, a un tesonero ejemplo de la actividad privada, a un vecino que está interesado en comprarme la casa (a muy buen precio, convengamos) para agrandar su tinglado.

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