Vahram Martirosyan
Las siete de la
tarde es demasiado tarde para una cosa así. Sobre todo en invierno. Y tampoco
se puede ir antes, digamos a las cuatro o incluso a las cinco. Sería ridículo.
Pero, por otra parte, tengo que ir. Llevo un mes esperándolo. Sin embargo,
cuanto más me acerco, peor me siento. Los últimos cien metros son terribles.
Dios mío, ¿por qué tienen que estar ahí? Tres junto al muro, cinco bajo el
toldo, diez sentados sobre los bloques de piedra de la obra y otros caminando
de un lado a otro entre ellos. Mujeres de pie, de dos en dos. Tal vez esperando
a quienes las citaron. Tal vez no. Y unos niños extraños jugando entre los
troncos de los árboles, en la oscuridad.
Camino con la cabeza baja. Pero no
demasiado baja. Bueno, entonces la levanto. No, tanto tampoco. Van a pensar que
soy un estirado. Es mejor estar solo, al menos aquí. Pero una vez adentro hace
falta tener a alguien.
Una carcajada. Bueno, hombre, eso
no tiene nada que ver conmigo. Yo no he hecho nada gracioso. Pero ellos siempre
son así: son capaces de guardarse una risa durante un mes para soltarla justo
cuando uno pasa. Idiotas... ¿Eh? Están gritando algo. ¿A mí? ¿Por qué? Supongo
que podría averiguarlo si me dedicara durante días a reconstruir lo que
dijeron. Pero será mejor dejarlo así.
Ya estoy junto a ellos. Los estoy
pasando. Uf... Ya quedaron atrás. Sí, hombre, de verdad quedaron atrás.
La entrada está iluminada y llena
de gente. Claro que me miran. Bueno, no todos. Pero tampoco son pocos.
Ahora intenta librarte de esto. A
ver. ¿Puedés? No, amigo, no puedes. Además, te costó dinero y da pena perderlo.
¿Y si doy la vuelta a la manzana y trato de deshacerme de él desde el otro
lado? No. No. No pienso volver por ese camino. Y, además, voy a llegar tarde.
Aunque ellos nunca empiezan a horario. Siempre empiezan tarde. Terriblemente
tarde. Pero cuando el que llega tarde eres tú, podés estar seguro de que no te
van a dejar entrar.
¿Me lo quedo?... ¿O...? Bueno,
supongo que lo mejor sería... En fin, estoy seguro de que nadie querrá una sola
entrada. Van a intentar convencerme de que les venda las dos. No. Eso no. La
mía no pienso venderla.
Podría haberme avisado antes. Claro
que podría haberme dicho antes que no iba a venir. Aunque dio razones bastante
serias.
—No me preguntaste antes de comprar
las entradas. Además, siempre evitas venir conmigo.
—¿Es tan importante?
—Sí, hacés todo lo posible por
evitarlo. Nunca vienes conmigo.
Es verdad. Nunca voy con ella. Maldita
sea...
No voy a vender la entrada. Que se
pierda el dinero. No es lo único que importa.
Llego hasta la entrada, pero no
quiero abrirme paso entre la gente. No puedo.
—Perdón... Con permiso...
Nadie me presta atención. Debo de
estar hablando casi en un susurro.
A los pocos minutos sale alguien
para hacer un anuncio y todos corren a rodearlo. Aprovecho ese instante y me
acerco al portero.
—Así no vas a entrar.
—¿Qué tiene de malo?
—Con el aspecto que traes no vas a
entrar.
—¿Qué tiene de malo mi aspecto?
—¿De verdad sabés cómo te ves? ¿No
tenés un espejo en tu casa?
—Por favor... déjeme pasar...
Odio tener que suplicar. De algún
modo ya sabía que terminaría así: me acercaría, le pediría que me dejara entrar
y después me odiaría por haberlo hecho. Pero si no se lo pido, cerrarán la
puerta, los demás volverán y me empujarán hasta el final de la fila.
—¿Qué pasa? ¿Por qué no lo deja
entrar? —dice un hombre.
—¿No ve cómo viene?
—Yo no le veo nada raro.
—Yo sé hacer mi trabajo. A este
hombre no se lo puede dejar entrar. Será mejor que no se meta.
—¿Y usted quién se cree que es? ¡Si
no lo deja pasar, voy a presentar una denuncia!
Qué buen tipo.
Nadie le pidió que interviniera, y
sin embargo, lo hizo.
—Gracias... —murmuro.
Y entro.
La verdad es que no tengo nada
fuera de lo común.
Sin embargo, todos en el vestíbulo
se quedan mirándome. Ingreso a la sala. Hay mucho ruido, pero algunos de los
que ya están sentados dejan de hablar y vuelven la cabeza hacia mí. Apenas
encuentro mi butaca y me siento, mientras sigo sintiendo esas miradas clavadas
encima de mi humanidad. Me gustaría buscar alguna cara conocida. Pero sé que
todos están esperando que me dé vuelta, así que no me muevo.
Tengo tres asientos vacíos a un
lado y cuatro al otro. Ojalá empezara de una vez. Pasan unos minutos. Ya es
hora. Pasan otros cinco. ¿Va a empezar alguna vez? Algunos silban. Dentro de un
par de minutos, seguro. Casi todos aplauden. No me parece que sea la manera de
comportarse. Entonces llegan. Dos por un lado y cuatro por el otro. Enseguida
empiezan a insinuar que cambie mi asiento por el de dos amigos suyos, ya que
estoy solo. Ellos tienen entradas para la última fila, pero ahora están
plantados delante de mí, esperando que sus compañeros me convenzan.
¿Por qué demonios tendría que irme
allá solo porque vine sin compañía?
Es verdad que en la última fila
estaría más cómodo; nadie se sentaría detrás de mí. Pero queda demasiado lejos.
Y, además, ¿quiénes son ellos para decirme lo que tengo que hacer?
—Por favor, cambie de asiento para
que podamos sentarnos todos juntos.
Dos y dos son cuatro; cuatro y
cuatro, ocho. Así que son ocho. ¿Y qué? No entiendo qué tiene de especial
sentarse los ocho juntos. No me voy. No me voy. A ver el sello de las
entradas... ¿Qué? Las compraron tres días después. Y a nosotros nos
dijeron que ya no quedaban ocho asientos consecutivos.
—Yo qué sé. Pregúntenselo a quien
se las vendió. Yo necesitaba dos entradas y compré dos.
—No queremos que alguien con ese
aspecto se siente a nuestro lado.
—¿Qué aspecto?
—Ese aspecto.
—¿Qué tiene de malo? Yo me veo
perfectamente.
—¿Te parece que estás bien?
—¿Y qué sería verse mal, entonces? Si
tan mal estoy, díganme qué tiene de malo mi aspecto.
—Lo haremos, si siegues
insistiendo.
—Bueno, adelante.
—Lo haremos.
En ese momento se acerca mi amigo.
—¿Qué está pasando? ¿Por qué no
dejan tranquilo a este hombre?
—Queremos que cambie de asiento con
nuestros amigos.
—Y él no quiere. Así que no va a
cambiar.
—Bueno, no decimos nada... Aunque
no debería estar sentado aquí con ese aspecto.
—No les corresponde a ustedes
decidir cómo debe verse una persona.
Miro hacia el lugar donde mi amigo
se sienta siempre y veo a su esposa saludándome con la mano.
Le devuelvo el saludo y señalo el
asiento vacío que tengo al lado. Intento hacerle entender por señas que esta
vez estoy solo. Ella me responde que le envíe saludos. Asiento con la cabeza.
—¿Pensaste que tu amigo ya no
vendría? —me pregunta él cuando vuelve—. Te asustaste, ¿verdad, viejo?
Tal vez sí. La verdad es que no lo sé. Regresa a su asiento, junto a su mujer. ¿Va a empezar de una vez? Tiene que empezar. Tiene que empezar... Ahora mismo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario