jueves, 2 de julio de 2026

EL AMIGO

Vahram Martirosyan

 

Las siete de la tarde es demasiado tarde para una cosa así. Sobre todo en invierno. Y tampoco se puede ir antes, digamos a las cuatro o incluso a las cinco. Sería ridículo. Pero, por otra parte, tengo que ir. Llevo un mes esperándolo. Sin embargo, cuanto más me acerco, peor me siento. Los últimos cien metros son terribles. Dios mío, ¿por qué tienen que estar ahí? Tres junto al muro, cinco bajo el toldo, diez sentados sobre los bloques de piedra de la obra y otros caminando de un lado a otro entre ellos. Mujeres de pie, de dos en dos. Tal vez esperando a quienes las citaron. Tal vez no. Y unos niños extraños jugando entre los troncos de los árboles, en la oscuridad.

Camino con la cabeza baja. Pero no demasiado baja. Bueno, entonces la levanto. No, tanto tampoco. Van a pensar que soy un estirado. Es mejor estar solo, al menos aquí. Pero una vez adentro hace falta tener a alguien.

Una carcajada. Bueno, hombre, eso no tiene nada que ver conmigo. Yo no he hecho nada gracioso. Pero ellos siempre son así: son capaces de guardarse una risa durante un mes para soltarla justo cuando uno pasa. Idiotas... ¿Eh? Están gritando algo. ¿A mí? ¿Por qué? Supongo que podría averiguarlo si me dedicara durante días a reconstruir lo que dijeron. Pero será mejor dejarlo así.

Ya estoy junto a ellos. Los estoy pasando. Uf... Ya quedaron atrás. Sí, hombre, de verdad quedaron atrás.

La entrada está iluminada y llena de gente. Claro que me miran. Bueno, no todos. Pero tampoco son pocos.

Ahora intenta librarte de esto. A ver. ¿Puedés? No, amigo, no puedes. Además, te costó dinero y da pena perderlo. ¿Y si doy la vuelta a la manzana y trato de deshacerme de él desde el otro lado? No. No. No pienso volver por ese camino. Y, además, voy a llegar tarde. Aunque ellos nunca empiezan a horario. Siempre empiezan tarde. Terriblemente tarde. Pero cuando el que llega tarde eres tú, podés estar seguro de que no te van a dejar entrar.

¿Me lo quedo?... ¿O...? Bueno, supongo que lo mejor sería... En fin, estoy seguro de que nadie querrá una sola entrada. Van a intentar convencerme de que les venda las dos. No. Eso no. La mía no pienso venderla.

Podría haberme avisado antes. Claro que podría haberme dicho antes que no iba a venir. Aunque dio razones bastante serias.

—No me preguntaste antes de comprar las entradas. Además, siempre evitas venir conmigo.

—¿Es tan importante?

—Sí, hacés todo lo posible por evitarlo. Nunca vienes conmigo.

Es verdad. Nunca voy con ella. Maldita sea...

No voy a vender la entrada. Que se pierda el dinero. No es lo único que importa.

Llego hasta la entrada, pero no quiero abrirme paso entre la gente. No puedo.

—Perdón... Con permiso...

Nadie me presta atención. Debo de estar hablando casi en un susurro.

A los pocos minutos sale alguien para hacer un anuncio y todos corren a rodearlo. Aprovecho ese instante y me acerco al portero.

—Así no vas a entrar.

—¿Qué tiene de malo?

—Con el aspecto que traes no vas a entrar.

—¿Qué tiene de malo mi aspecto?

—¿De verdad sabés cómo te ves? ¿No tenés un espejo en tu casa?

—Por favor... déjeme pasar...

Odio tener que suplicar. De algún modo ya sabía que terminaría así: me acercaría, le pediría que me dejara entrar y después me odiaría por haberlo hecho. Pero si no se lo pido, cerrarán la puerta, los demás volverán y me empujarán hasta el final de la fila.

—¿Qué pasa? ¿Por qué no lo deja entrar? —dice un hombre.

—¿No ve cómo viene?

—Yo no le veo nada raro.

—Yo sé hacer mi trabajo. A este hombre no se lo puede dejar entrar. Será mejor que no se meta.

—¿Y usted quién se cree que es? ¡Si no lo deja pasar, voy a presentar una denuncia!

Qué buen tipo.

Nadie le pidió que interviniera, y sin embargo, lo hizo.

—Gracias... —murmuro.

Y entro.

La verdad es que no tengo nada fuera de lo común.

Sin embargo, todos en el vestíbulo se quedan mirándome. Ingreso a la sala. Hay mucho ruido, pero algunos de los que ya están sentados dejan de hablar y vuelven la cabeza hacia mí. Apenas encuentro mi butaca y me siento, mientras sigo sintiendo esas miradas clavadas encima de mi humanidad. Me gustaría buscar alguna cara conocida. Pero sé que todos están esperando que me dé vuelta, así que no me muevo.

Tengo tres asientos vacíos a un lado y cuatro al otro. Ojalá empezara de una vez. Pasan unos minutos. Ya es hora. Pasan otros cinco. ¿Va a empezar alguna vez? Algunos silban. Dentro de un par de minutos, seguro. Casi todos aplauden. No me parece que sea la manera de comportarse. Entonces llegan. Dos por un lado y cuatro por el otro. Enseguida empiezan a insinuar que cambie mi asiento por el de dos amigos suyos, ya que estoy solo. Ellos tienen entradas para la última fila, pero ahora están plantados delante de mí, esperando que sus compañeros me convenzan.

¿Por qué demonios tendría que irme allá solo porque vine sin compañía?

Es verdad que en la última fila estaría más cómodo; nadie se sentaría detrás de mí. Pero queda demasiado lejos. Y, además, ¿quiénes son ellos para decirme lo que tengo que hacer?

—Por favor, cambie de asiento para que podamos sentarnos todos juntos.

Dos y dos son cuatro; cuatro y cuatro, ocho. Así que son ocho. ¿Y qué? No entiendo qué tiene de especial sentarse los ocho juntos. No me voy. No me voy. A ver el sello de las entradas... ¿Qué? Las compraron tres días después. Y a nosotros nos dijeron que ya no quedaban ocho asientos consecutivos.

—Yo qué sé. Pregúntenselo a quien se las vendió. Yo necesitaba dos entradas y compré dos.

—No queremos que alguien con ese aspecto se siente a nuestro lado.

—¿Qué aspecto?

—Ese aspecto.

—¿Qué tiene de malo? Yo me veo perfectamente.

—¿Te parece que estás bien?

—¿Y qué sería verse mal, entonces? Si tan mal estoy, díganme qué tiene de malo mi aspecto.

—Lo haremos, si siegues insistiendo.

—Bueno, adelante.

—Lo haremos.

En ese momento se acerca mi amigo.

—¿Qué está pasando? ¿Por qué no dejan tranquilo a este hombre?

—Queremos que cambie de asiento con nuestros amigos.

—Y él no quiere. Así que no va a cambiar.

—Bueno, no decimos nada... Aunque no debería estar sentado aquí con ese aspecto.

—No les corresponde a ustedes decidir cómo debe verse una persona.

Miro hacia el lugar donde mi amigo se sienta siempre y veo a su esposa saludándome con la mano.

Le devuelvo el saludo y señalo el asiento vacío que tengo al lado. Intento hacerle entender por señas que esta vez estoy solo. Ella me responde que le envíe saludos. Asiento con la cabeza.

—¿Pensaste que tu amigo ya no vendría? —me pregunta él cuando vuelve—. Te asustaste, ¿verdad, viejo?

Tal vez sí. La verdad es que no lo sé. Regresa a su asiento, junto a su mujer. ¿Va a empezar de una vez? Tiene que empezar. Tiene que empezar... Ahora mismo.

Vahram Martirosyan (Gyumri, Armenia, 27 de julio de 1959) es un escritor, guionista y periodista armenio. Su primera novela, Deslizamiento de tierra (2000), fue un bestseller en Armenia y una de las pocas novelas armenias modernas traducidas al extranjero, como Glissement de terrain en francés. Estudió en el Departamento de Filología Armenia de la Universidad Estatal de Ereván (UEE) de 1976 a 1981. Completó estudios de posgrado en Psicología y Pedagogía en la Universidad Estatal de Idiomas de Ereván en 1983 y en Literatura Rusa en UEE en 1984. Estudió lengua y literatura húngara en Budapest entre 1987 y 1988 dentro de un programa de intercambio para escritores y traductores. De 1984 a 1986 enseñó literatura rusa en la Universidad Estatal de Ereván. En los años 90 fue subeditor jefe del semanario Hayk y luego corresponsal parlamentario. En 1993 fue nombrado Subjefe del Comité Estatal de Radio y Televisión de Armenia. Entre sus otras obras publicadas pueden mencionarse: Disfrazado para la cruz, novela histórica, 2002; Migajas, cuentos, 2003; Historia europea. novela corta, 2003; Búhos, colección de novelas cortas, 2005; Amor en Moscú, novela, 2015; Paredes de algodón, novela, 2019; Excavaciones de la historia armenia, ensayos, 2024.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

COMO UNO SOLO