Alejandro Aguilar R.
Dice Gaedi, el espíritu-ave:
Ay humano,
ay humano, tantas ideas, tantos pensamientos, tantas intenciones, ¿por qué todo
lo quieres tener? ¿Por qué todo lo quieres tocar? ¿Por qué todo lo quieres para
ti? Lo jalas, lo atraes, lo conviertes, lo sometes. ¿Cuándo fue la última vez
que dejaste que las cosas siguieran su curso natural? ¿Cuándo fue la última vez
que no usaste tus manos para moldear el mundo a tu alrededor? Te pareces al
castor que construye diques donde acumulas dolor, penas, pasiones, amores,
sueños, desencantos, malestares y amaneceres pero a diferencia del castor, tú
interrumpes el flujo y tomas más de lo que el río te trae, tú construyes con
concreto y no con las mismas ramas con las que el bosque provee al castor. Son
tus manos el dique donde todo atrapas, no das tregua a ninguna mariposa volar
por ahí porque rápido la anexas a tu colección. Tus manos son espejo de las
tribulaciones de tu alma porque lo manoseas todo. Atormentas, asustas y sacudes
con tus curiosas extremidades de humano las cosas más frágiles de este mundo
sin parangón. Tú no puedes ser como el tiburón inocente que mortalmente muerde
para explorar, porque tu fuerza rompe hasta las mismas sombras y los mismos
sueños. ¿Cuándo fue la última vez que no usaste tus manos para algo? ¿Cuándo
fue la última vez que no usaste tu mente para algo? El andar humano es ruidoso
y tus manos, estrepitosas. Atropellan, arrebatan, acumulan, son el río venenoso
que evitamos las aves, son el denso hálito podrido del que huimos los gusanos.
¿Cuándo has visto que lo podrido sea malo en el bosque? Y sin embargo lo
podrido en tu casa huele a basura que enferma, que intoxica. ¡Ay humano, ay
humano! De todos a ustedes les tocó tener manos, con las que pueden palpar el
aire invisible del alma, viento que nosotros, los demás, por no tener manos,
vivimos inmersos en el mundo volando con alas, nadando con aletas,
sincronizados uno con el otro como raíces, engarzados en el tiempo entre la
lluvia y la mar, gozando de la plenitud de nacer siendo sin tener que nacer una
segunda vez para completarse como ustedes sí necesitan, pero no podemos
disfrutar como tú, humano, siendo la flor del alma, de esa pequeña pero
infinita distancia que hay entre el suelo y el tallo, en cuyos pétalos brotan
tus manos por donde puedes bordarte junto al sol y las estrellas. Pero esas
tuyas manos crecieron como plaga, como peligrosa hiedra asesina, como arpones
caza ballenas sedientas de aceite para cosméticos, como ladronas de tu propia
identidad y destino y acosan a cuanto ser se cruza en su camino. Las manos
desesperadas arrastran la plenitud al vacío mismo de donde vienen, son el horno
que no cocina, el horno que quema, que incinera, el látigo que devora sin
piedad y sin saciarse nunca. Ay humano, ay humano, desata el nudo entre tus
manos y úsalas con el corazón para iluminar y construir tu camino, suelta los
cabos de tus manos que anclan tu ser al puerto y déjalo zarpar en la mar
libertad como debes de ser, como lo somos todos los demás, como lo fuiste en un
principio y lo serás en un final. Alivia tu carga, tu vida y deja de poner tus
manos encima de cuanto ves como si fuera todo tuyo.

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