Nenad Pavlović
—La tecnología china es la
mejor. ¡La mejor! Nadie más tiene una tecnología que siquiera se le acerque.
Comparada con cualquier otra, parece ciencia alienígena o magia. Ciencia
ficción. Solo mira esos modelos. Mira esos muslos, cómo se mueven, ¡míralos! Si
no fuera por la cuadrícula de neón sobre la que caminan, juraría que son
reales…
El zumbido de servomotores. El golpeteo de pesados
escarpes acorazados.
Se acercan. Muy cerca. ¡Clang, clang, clang! Ordeno a
mi pantalla retiniana que cierre las imágenes y se vuelva opaca, aunque sea un
instante, pero ya es demasiado tarde. Dos Centinelas pasan a mi lado. Literalmente
a mi lado.
Ni siquiera me dedican una mirada. No es ninguna
sorpresa. Esos cubos de basura ambulantes llevan cinco años siendo
completamente inútiles.
Olvidé otra vez que estaba afuera. Me río
histéricamente, aunque no tiene ninguna gracia. ¡Ni hablar! Podrían haberme
matado hace un momento. Vuelvo a reír entre dientes.
Espío detrás de la esquina. La plaza del mercado está
casi desierta. Casi. Todavía quedan varios infectados, retorciéndose y
sacudiéndose mientras caminan. Ni siquiera saben adónde van. Tengo ganas de
gritarles:
—¡Eh! ¡Ni siquiera saben adónde van! —Pero decido no
hacerlo.
La tienda china. Quiero entrar. No sé qué haría una
vez dentro, pero aun así quiero entrar. Siento… Es irracional. Claro, todos mis
implantes están conectados a la red y el virus pudo haber venido de cualquier
parte, pero… Pero. No. Salió de ahí dentro. Mercancía sospechosa… Yo debería
saberlo. Compré una barbaridad de esas cosas.
Todo el mundo se volvió loco. Todos. Excepto yo, por
supuesto. Hace cosas, ¿sabes? Te trastorna el cerebro. Y los implantes. Hace
que dejen de obedecerte. Un día caminas normalmente y al siguiente tus piernas
ya no se mueven.
—¡Eh, piernaaas! ¡Muévanse! —Puedes gritarles. También
puedes golpearlas. Recuerdo cuando golpear las cosas hacía que funcionaran. Ahora
no. Ahora solo duele. Las piernas. Y también te altera el cerebro. ¿Ya dije
eso? Pero esa no es la peor parte. Ni de lejos. Los locos hacen cosas de locos.
¿Así era el dicho? Da igual. No. Los locos no son el problema. Pero alguien los
está convirtiendo en un problema. Los están pirateando. Lo he visto.
¡Mira! ¡Ahora mismo! ¡Solo mira! Un día cualquiera. Algo
nublado y embarrado, sí. Con smog, desde luego. Pero, en conjunto… Normal. ¡Ahora
mira eso! Mira a ese gitano. Va derecho hacia la tienda china. Como si nada.
Ahora mira a los locos. ¡Mira! Sí, están completamente
idos. No sé mucho de programación ni nada por el estilo, pero estoy bastante
seguro de que uno no debería tener la tipografía Wingdings en los ojos. Pero
observa. El que está junto al arbusto cubierto de basura. Los ojos. Ahora los
tiene claros. Y está caminando hacia el gitano. Va a interceptarlo.
Salgo de mi escondite disparando láseres. Le doy de
lleno en el pecho. Debería caerse. La gente suele caerse cuando le quemas el
pecho. Este apenas reduce la velocidad. Pero ya lo había visto antes.
Corrijo la puntería. Más arriba. Un disparo. Dos. Tres…
Hacen falta cinco tiros en la cabeza para derribarlo. Ahora su cerebro no es
más que un puñado de cenizas y circuitos fundidos. Aunque, de todos modos, no
parecía usarlo. Gracias a Dios, al menos yo sigo siendo normal.
Nadie sabe de dónde salió el virus. Ni siquiera estoy
seguro de que alguien haya intentado averiguarlo.
Los Centinelas siguen avanzando con su pesado paso
metálico, haciendo rondas inútiles. No hablan. Y nadie se atreve a preguntarles
nada. No le haces preguntas a un mastodonte metálico de dos metros y medio
porque puede aplastarte. Quizá ellos también estén trastornados, como los
demás. Quién sabe.
Ah, Prokuplje… Este pueblo solía ser normal. Bueno… No.
Bueno, sí. Primero era un desastre. Después fue normal durante un tiempo. Y
luego volvió a ser un desastre. Solo que mucho peor. Recuerdo aquellos tiempos
mientras abro las carpetas de fotografías en una esquina de la pantalla de mi
ojo. La gente estaba loca por naturaleza. O drogada. O ambas cosas.
Luego llegaron los Centinelas y, durante un tiempo,
todo se volvió bastante tranquilo y, me atrevería a decir, agradable. Después
llegó la peste digital. Al principio nadie se dio cuenta. Claro, la gente de
por aquí nunca había sido precisamente cuerda. Pero nosotros… Yo. Nosotros. Yo.
Yo sí noté los fallos mecánicos. Los ojos girando sin control. Los brazos y las
piernas convulsionando. El metal desobedeciendo las órdenes. Y luego la carne
siguió el mismo camino.
Podrían ser muchas cosas, claro. Nuestros hábitos
digitales son un asco. Pero yo sospecho de los chinos. Después de todo, solo
ellos poseen una tecnología así. Y la venden por camiones enteros. Sospecho que
son responsables del brote del virus. Aunque quizá el pirata informático sea
otra persona. Un oportunista. Vio el caos que podía provocar y decidió
sembrarlo. La mente humana es fácil de moldear. Sobre todo cuando ya está
frita. Y las recompensas son abundantes.
La gente siempre imagina a los piratas informáticos
como unos cerebritos que roban dinero, o como bromistas. ¡Ja! Eso pertenece al
pasado. El dinero ya no importa. Ahora todo gira alrededor del poder. Del
control. ¿Para qué robar dinero para comprar cosas cuando puedes convertirte en
el titiritero y hacer del mundo entero tu teatro del miedo?
Pero no pueden controlarme. No. Mi voluntad es de
acero. De titanio. Implacable. Sé que algo se está tramando en esa tienda. Bueno,
es una corazonada. Pero una más fuerte que la fe, los hechos o cualquier otra
fuerza del mundo. Como cuando los patos saben cómo volar hasta Jamaica, o
adondequiera que vuelen en invierno.
Voy a entrar.
Otra vez el zumbido y el estruendo. Dos patrullas de
Centinelas. Una detrás de mí. La otra entrando en la plaza del mercado. Estoy
acabado. Nadie se mete con los droides asesinos. Vuelven a ignorarme.
Simplemente pasan de largo.
Ni una mirada. Malditos inútiles. ¿Para qué demonios
pago impuestos por ellos? Me lo pregunto. ¿Acaso pago impuestos? No lo sé. Creo
que sí. Hoy en día todo es automático. Digital.
Solo soy un chico de pueblo. No debería ser yo quien
salvara el mundo. Desde luego no soy Rambo. Vaya… Hace mucho que no veo First
Blood. ¿Qué haría Rambo?
Debería volver a ver esa película. El menú de la
plataforma de streaming aparece en una esquina de mi visión y… ¡No! Nada
de distracciones. Esta vez voy a entrar. De verdad.
La fuente de todo esto está dentro de la tienda china.
Lo siento. Pero no es ninguno de los chinos. Conozco a la dueña. Mèng Yáo. Mima.
Es toda una dama dragón. Pero también es una de las personas más amables que
existen. Jamás haría algo así. Ni permitiría que ocurriera.
No.
Hay alguien más detrás del telón. Seguramente Mèng
está atada en el suelo, con una cuerda apretándole su trasero redondo y sus
pechos…
Las cortinas de cuentas tintinean y chocan unas contra
otras al abrirse. Ya estoy dentro. El persistente miasma de polvo plástico y
especias flota en el aire. Uno de los locos se incorpora desde el rincón donde
estaba agachado. Tiene la piel oscura, pero los ojos rasgados.
Uno de los nuevos nativos. En cuanto me ve, sus ojos
recuperan la claridad. Sé lo que significa. Lo han pirateado. Va por mí. Disparo.
Y sigo disparándole a la cabeza hasta que cae y queda inmóvil.
Pero la tienda no se parece en nada a como la
recordaba. Todo es distinto. ¿Estoy siquiera en la tienda china? Todo esto
parece un sueño. ¿Estoy soñando? Solo que este no es mi sueño. ¡Es el sueño de
otra persona! Pero ¿cómo puede ser posible? Deben de ser los medicamentos. Los
que tomé. O quizá los que no tomé. Da igual.
Sigo disparando. Le doy a uno de los recién activados
en el pecho. Apuntaba a la cabeza, pero una cosa es apuntar y otra muy distinta
acertar, ¿sabes? Al segundo le doy en el hombro. La sangre salpica. El aceite y
los lubricantes arden. Todo huele espantosamente mal. Es nauseabundo.
Sigo disparando. Sigo avanzando. Tengo que hacerlo. Sé
que tengo que hacerlo. No sé por qué, pero el impulso ya es imposible de
resistir. Debo seguir adelante. Como un tren magnético. No puedo permitir que
los piratas informáticos y los locos se salgan con la suya, pienso mientras
aprieto los dientes.
Ahora estoy en el amplio almacén del fondo. Las
ordenadas columnas y filas de cajas apiladas me recuerdan a los antiguos
videojuegos de baja resolución. Ya me han oído. Saben que voy por ellos. Que lo
sepan, pienso, sonriendo.
Mi pistola de energía se está sobrecalentando. Durante
una fracción diminuta de segundo me pregunto por qué demonios tengo una pistola
de energía. ¿Dónde podría haber conseguido una? Esa mínima distracción basta
para que baje la guardia. Y la pago con un hombro chamuscado. Je. Es el hombro
izquierdo. Nunca me cayó demasiado bien, de todos modos.
Entonces veo al culpable. Al verdadero culpable.
No al títere-drone que me disparó. Ese ya está muerto, humeando sobre el suelo.
Es un hombre calvo, de mediana edad, vestido con un traje plateado. Él también
me ve. Parece asustado. Y tiene todo el derecho del mundo.
Bueno. Eso pasa cuando uno decide ser un villano. No
debería hacerlo.
El hombre levanta su maletín para protegerse el
rostro. Con la boca temblorosa, suplica que le perdone la vida. Para ser un
villano parece demasiado asustado, la verdad. Pero esto no es una película. Es
una guerra. La guerra contra el terror. Y yo estoy ganando.
Su maletín es de buena calidad. Elegante. Caro. Resistente.
Detiene mis tres primeros disparos. Pero los tres siguientes abren un agujero
incandescente a través del maletín… y de su rostro.
Dejo caer el brazo derecho. La pistola, al rojo vivo,
golpea con estrépito el desnudo suelo de hormigón.
Todo ha terminado. No estoy muy seguro de qué es
exactamente "todo". Pero sé que he ganado.
Descorro el cerrojo de acero de la puerta trasera y
salgo al aire contaminado de Prokuplje. Aspiro profundamente. Huele a palomitas
de maíz. Y a victoria. Y a carne chamuscada.
Emprendo lentamente el camino de regreso a casa. En mi
cabeza todo lo ocurrido se ha vuelto borroso. Veo un Centinela atascado en un
bordillo alto. Su pierna robótica zumba mientras intenta, sin éxito, superar el
obstáculo de piedra. Maldito inútil. Se me ocurre lo fácil que sería para un
pirata informático competente inutilizar uno. O todos. La idea cruza por mi
mente. Pero la aparto. Porque me da miedo.
Me detengo en la tienda de la esquina para comprar una
botella de tres litros de Pepsi Verde Neón y continúo hacia casa.
Me duele el hombro. Pero no es nada que una maratón de
películas y un poco de cafeína azucarada con gas no puedan curar. Lo importante
es que yo gané. Y los piratas informáticos perdieron. Esa es la única verdad. Los
detalles todavía no los tengo claros.
Y no importan.
Nenad Pavlovic nació
en 1983 en una ciudad mediana de Europa del Este. Se especializó en Lengua y
Literatura Inglesas y finalmente se mudó al norte de Noruega, donde aún reside,
trabajando como profesor y escribiendo cada viernes por la noche con una pinta
de cerveza. Sus relatos cortos (principalmente fantasía, ciencia ficción y
terror, con algunas excepciones) aparecieron en numerosas revistas y
colecciones de relatos publicadas en los Balcanes, y algunos incluso lograron
publicarse en el extranjero (Jersey Devil Press, Piker Press, Schlock!,
Lovecraftiana, Kaidankai, Dark Horses, Underside Stories, Savage Planets,
Hooghly Review...). Su primera novela, Hokus Lokvud, ganó el Premio Mali Nemo a
la Mejor Novela en 2013, y su última novela, Salvation on Peril Island,
publicada bajo el seudónimo de Nash Knight, está actualmente disponible en
Amazon. Además de escritor, también es esposo, padre, profesor, aficionado a la
música y un gurú de los videojuegos.

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