Yusuf Abu Alfawz
La puesta de sol abraza el entorno. El tiempo
está ventoso y el río parece molesto, jugueteando a su antojo con los botes de
los pescadores. Las gaviotas inquietas buscan donde resguardarse y emiten
intensos graznidos, como llamadas de auxilio.
En
paralelo al río circulan los coches a toda velocidad. Las puertas están
cerradas, las cortinas corridas, abarrotados de pasajeros o vacíos, pero todos
pasan deprisa, salvo un vehículo de pasajeros que se detiene frente al muelle
viejo. Su conductor rebusca en el motor con mala cara y junto a él su ayudante
permanece de pie, tiritando por el frío y la confusión.
En la
orilla se ha parado un joven que mira hacia el río enfadado, indiferente al
frío o al viento. Dentro del vehículo, los pasajeros consultan sus relojes una
y otra vez y el descontento se hace visible en sus rostros.
El
hombre grueso que va sentado en la parte delantera del vehículo se inclina
sobre su vecino, el de la Samsonite, y con un tono audible y señalando con su
mano ruda hacia la orilla, exclama:
—¡Pero
que hace ese trastornado allí con este tiempo!
El
compañero de la maleta comenta con una voz ronca:
—Un
loco.
Ambos
se ríen en voz alta y se agitan en sus asientos. Las miradas de los otros
pasajeros se dirigen hacia donde ha señalado el hombre grueso. Vislumbran a un
joven, plantado como el mástil de una bandera y al viento ondeando su ropa.
Una
joven viuda, enlutada de pies a cabeza, le dice a su vecina, la de las trenzas
largas:
—Pobrecillo,
parece que está muy solo.
La vecina, enredando su trenza con nerviosismo, le
responde:
—Tal
vez… o puede ser que sufra por un amor no correspondido, o quién sabe, igual en
este momento esté pensando en el suicidio.
Detrás
de ella va sentado un joven con una camisa blanca adornada con unas flores
delicadas. Suspira profundamente. Quiere responderles, pero considera que eso
sería inmiscuirse en la conversación, así que se dirige a su vecino, el de la
cara picada de viruelas.
—Esas
dos están equivocadas. Está esperando a su novia. Seguro que hay un motivo para
que se retrase. Un tiempo como este no lo aguanta más que un enamorado.
El vecino de las marcas en la cara se le queda
mirando. Analiza su rostro detenidamente y luego se pronuncia, indiferente.
—Puede.
Seguidamente,
gira la vista para fijarse bien en ese joven que sigue allí, de pie en la
orilla y se dice para sus adentros: Estáis todos equivocados, desgraciados,
con mi sexto sentido yo me huelo otra cosa. Es probable que ese miserable sea
un conspirador y tenga una cita.
Desde
atrás, se inclina sobre ellos un hombre afeitado y educadamente, tensando el
final de las palabras, dice:
—Disculpen,
puede que me esté metiendo donde no me llaman, pero ¿no pueden pensar que ese
joven tal vez quiera cruzar a la otra orilla?
Por
la parte trasera del vehículo, un anciano agita su brazo descarnado y grita con
una voz honda:
—En
lugar de la conferencia esta de posibilidades, ¿no sería mejor dar con la
avería para que salgamos cuanto antes de este sitio?
Por
un momento reina la calma, tiempo en el todos miran al anciano con perspicacia,
aunque cada uno carga en sus miradas un significado. Luego, la voz del
conductor, esforzándose por esbozar una sonrisa que parece pálida, interrumpe
la calma:
—¡Hermanos!
Nos retrasaremos un poco, solo tengan paciencia. Si Dios quiere, al final nos
moveremos.
En la
orilla, el joven se frota las manos y se dice: Va a venir. Tiene que llegar,
mientras observa cómo las barcas pelean contra las olas para alcanzar la otra
orilla. El río, las barcas, el viento y el ser humano. Todo esto lo puedo
usar para escribir un cuento nuevo.
Siente
que algo crece en su interior y acapara todo lo que provoca el frío y el
viento. ¡Llegó!, chilla y agita las manos como un niño al contemplar la
barca alcanzando la orilla. Abandona el lugar y una sensación abrumadora se
apodera de él; percibe que otro viento más intenso retumba en lo más profundo
de él y que el río grita con fuerza en sus células. Con un movimiento ágil,
hábil, salta la barandilla baja de hierro hacia la calle, llega hasta el
autocar, pasa por de delante sin prestarle atención. Los pasajeros no le quitan
ojo.
El
hombre grueso murmura:
—No
tiene cara de loco.
El de
la maleta levanta los hombros:
—Puede.
La
viuda le dice a su vecina, la de las trenzas:
—No
tiene cara de sentirse solo.
A lo
que la chica le responde suspirando:
—Y no
parece que esté pensando en el suicidio.
El
joven de la camisa blanca dice:
—Parece
que un asunto importante haya hecho a su novia aplazar la cita.
El de
la cara con viruela, añade:
—No
parece tan sospechoso como había imaginado.
El
hombre del bigote afeitado murmura:
—Parece
que va a usar el puente para cruzar el río.
El
anciano grita:
—¿Estaba
escrito que nos quedáramos aquí tirados?
El
joven de la camisa blanca responde:
—¡Pues
eso parece!
Y
sigue con la mirada al joven que estaba en la orilla y que corre ahora hacia
delante a lo largo de la calle, paralela al río, alejándose hacia el corazón de
la ciudad.
Yusuf Abu Alfawz nació en Samawah, al sur de Iraq, en 1956. Abandonó
su país en 1979 y desde principios de 1995 reside en Finlandia. Además del
árabe (su lengua materna) habla kurdo, inglés, ruso y finés. Es miembro de la
Unión de Literatos y Escritores de Iraq y del Pen Club en su sección
finlandesa. Cultiva la novela y el relato, entre sus obras se destacan: Iraquíes
(1985), El pájaro de la sorpresa (1999), Aquellos pueblos (2007),
Las pesadillas de Helsinki (2011).

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