jueves, 8 de enero de 2026

TRES VENTANAS

Sergio Gaut vel Hartman


 

Marta vive en la misma casa desde que se casó. En el comedor cuelga un crucifijo gastado y un televisor encendido sin sonido: noticias mudas de un mundo que ya no entiende. Su hija, Laura, llega una vez por semana desde la ciudad con un bolso cargado de cosas y un gesto de apuro. Aimé viene detrás con el celular en la mano y los auriculares en los oídos, como una declaración de independencia.

Esa tarde se desencadena una lluvia inclemente. Las tres quedan atrapadas en la casa.

—Se rompió el techo otra vez —dice Marta, mirando la mancha de humedad—. Si tu padre viviera…

Laura suspira. Sabe que la frase no terminará nunca.

—Podríamos pedir un presupuesto a través de la app de reparaciones —propone Aimé sin levantar la vista de la pantalla.

Marta frunce el ceño.

—¿App? ¿Qué es eso? —pregunta.

—Una aplicación, mamá —explica Laura—. Un programa del teléfono. Te mandan un albañil.

—¿Y cómo sé que no es un ladrón? —Marta se santigua—. Antes uno conocía al vecino, al hijo del vecino. Ahora vienen desconocidos mandados por esa… inteligencia… artificial —dice la última palabra como si escupiera un hueso.

Aimé sonríe apenas.

—No son desconocidos. Hay reseñas, abuela. Todo el mundo lo usa.

Laura se acomoda el pelo, inquieta. Sabe que no todo el mundo lo usa. Ella misma tiene miedo, aunque no lo confiesa.

—Yo prefiero llamar a Ricardo, el de siempre —dice Laura—. Me fío más de una voz conocida que de una máquina.

Aimé alza la vista, molesta.

—¿Ricardo? Ese tipo te cobra de más porque sabe que sos confiada. Yo prefiero algo que analice precios y reputación. Además, la IA no se cansa ni se olvida.

Marta golpea la mesa con la mano huesuda.

—No confío en esas cosas que hablan y escuchan. Nos vigilan. Nos roban el alma.

—Mamá… —Laura sonríe con suavidad, pero siente un eco de verdad en el miedo de Marta. Ella también sospecha que todo está siendo grabado.

Aimé suelta una risa breve.

—Ay, por favor. El alma no existe para la tecnología. Es solo información. Datos. Nos ayudan.

Marta la mira con pena, aunque no logra disimular que el mismo encubra cierto disgusto.

—¿Y eso no te asusta? Que te conviertan en datos.

—No —responde Aimé, segura—. Más me asusta ser invisible. El futuro va por ahí.

Silencio. La lluvia golpea el techo roto. Marta acaricia el mantel con dedos temblorosos. Laura se siente suspendida entre dos mundos: el pasado sólido de su madre y la nube líquida de su hija.

Cuando Aimé se va al cuarto a buscar el cargador, Laura aprovecha.

—Mamá —dice con voz vacilante—, no le tengas miedo. Son tiempos distintos.

—No es miedo —dice Marta—. Es tristeza. Me sacaron el piso de abajo de los pies. Antes la gente hablaba, pedía favores, confiaba. Ahora hablan con una máquina.

Laura no sabe qué contestar. Acaba de ser despedida del trabajo porque una IA hace en minutos lo que ella tardaba horas. Todavía no se lo dijo a Marta; no quiere oír “te lo advertí”.

—Quizá sirvan para cosas buenas —murmura Laura, más para sí misma que para su madre.

—¿Cómo? —pregunta Marta.

—No sé… ayudar en hospitales, enseñar idiomas, hacer compañía… —Pero recuerda las noches frente a la pantalla, buscando empleo sin éxito, y la frase se quiebra, queda inconclusa.

Marta la observa, adivina la grieta.

—Te hizo daño —dice, con una certeza que sólo tienen las madres.

Laura se muerde el labio y no responde.

Aimé regresa agitando el celular.

—Mamá, abuela, miren esto: un chat que escribe historias personalizadas. Le conté nuestra vida y me hizo un cuento con tres mujeres en una tormenta. —Lee en voz alta unas líneas donde aparecen ellas tres convertidas en personajes de fantasía.

Marta escucha incrédula.

—Eso no es escribir. Es… robar palabras de otros.

—No, abuela. Aprende de libros y textos para inventar algo nuevo.

Laura siente un escalofrío: el trabajo que perdió consistía precisamente en editar textos; ahora una máquina hace cuentos sobre su propia familia.

—No me gusta —dice Marta con firmeza—. No entiende lo que se siente; solo junta pedazos.

—¿Y qué somos nosotros? —dice Aimé arqueando una ceja—. Pedazos de recuerdos, de experiencias. También aprendemos de otros.

Laura levanta la vista. Le sorprende la lucidez de la adolescente.

—Quizá tenga razón —admite Laura, aunque le cuesta.

—No, hija —dice Marta moviendo la cabeza—. Nosotros amamos. Dudamos. La máquina no.

—Yo tampoco estoy segura —dice Aimé—. A veces dudo si entiende más de lo que creemos.

La conversación se corta cuando un trueno sacude la casa. La lluvia se intensifica. Aimé sonríe: “Miren, la app dice que la tormenta termina en una hora y que hay albañiles disponibles mañana”. Marta parece a punto de protestar, pero se queda callada, vencida por la humedad y el cansancio.

Por la noche, cada una se queda frente a su ventana. Marta observa el patio empapado. Piensa en su juventud: cartas escritas a mano, visitas de vecinos, un mundo donde todo tenía rostro. Siente que vive en un tiempo que se quebró como un plato caído. Laura mira la ciudad a lo lejos, iluminada por anuncios digitales. Piensa en la dignidad perdida cuando la IA hizo su trabajo mejor y más barato. Se siente partida: necesita adaptarse pero añora lo que era suyo. Aimé contempla la pantalla reflejada en el vidrio. Siente el vértigo de un futuro enorme, lleno de promesas y amenazas que no termina de entender. Quiere avanzar, pero en el fondo teme convertirse en algo que ya no será humano.

Tres mujeres, tres miradas.

Una teme el mañana porque destruyó el ayer.

Otra sobrevive con nostalgia y rabia.

Otra corre hacia el futuro aunque le asuste.

La casa cruje. Afuera sigue lloviendo.

Y, en silencio, cada una comprende —sin decirlo— que viven bajo el mismo techo pero en mundos fragmentados: uno hecho de memorias, otro de pérdidas, otro de algoritmos.

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