Marta vive en la misma casa
desde que se casó. En el comedor cuelga un crucifijo gastado y un televisor
encendido sin sonido: noticias mudas de un mundo que ya no entiende. Su hija,
Laura, llega una vez por semana desde la ciudad con un bolso cargado de cosas y
un gesto de apuro. Aimé viene detrás con el celular en la mano y los
auriculares en los oídos, como una declaración de independencia.
Esa tarde se desencadena una lluvia inclemente. Las
tres quedan atrapadas en la casa.
—Se rompió el techo otra vez —dice Marta, mirando la
mancha de humedad—. Si tu padre viviera…
Laura suspira. Sabe que la frase no terminará nunca.
—Podríamos pedir un presupuesto a través de la app de
reparaciones —propone Aimé sin levantar la vista de la pantalla.
Marta frunce el ceño.
—¿App? ¿Qué es eso? —pregunta.
—Una aplicación, mamá —explica Laura—. Un programa del
teléfono. Te mandan un albañil.
—¿Y cómo sé que no es un ladrón? —Marta se santigua—.
Antes uno conocía al vecino, al hijo del vecino. Ahora vienen desconocidos
mandados por esa… inteligencia… artificial —dice la última palabra como si
escupiera un hueso.
Aimé sonríe apenas.
—No son desconocidos. Hay reseñas, abuela. Todo el
mundo lo usa.
Laura se acomoda el pelo, inquieta. Sabe que no todo
el mundo lo usa. Ella misma tiene miedo, aunque no lo confiesa.
—Yo prefiero llamar a Ricardo, el de siempre —dice
Laura—. Me fío más de una voz conocida que de una máquina.
Aimé alza la vista, molesta.
—¿Ricardo? Ese tipo te cobra de más porque sabe que
sos confiada. Yo prefiero algo que analice precios y reputación. Además, la IA
no se cansa ni se olvida.
Marta golpea la mesa con la mano huesuda.
—No confío en esas cosas que hablan y escuchan. Nos
vigilan. Nos roban el alma.
—Mamá… —Laura sonríe con suavidad, pero siente un eco
de verdad en el miedo de Marta. Ella también sospecha que todo está siendo
grabado.
Aimé suelta una risa breve.
—Ay, por favor. El alma no existe para la tecnología.
Es solo información. Datos. Nos ayudan.
Marta la mira con pena, aunque no logra disimular que
el mismo encubra cierto disgusto.
—¿Y eso no te asusta? Que te conviertan en datos.
—No —responde Aimé, segura—. Más me asusta ser
invisible. El futuro va por ahí.
Silencio. La lluvia golpea el techo roto. Marta
acaricia el mantel con dedos temblorosos. Laura se siente suspendida entre dos
mundos: el pasado sólido de su madre y la nube líquida de su hija.
Cuando Aimé se va al cuarto a buscar el cargador,
Laura aprovecha.
—Mamá —dice con voz vacilante—, no le tengas miedo.
Son tiempos distintos.
—No es miedo —dice Marta—. Es tristeza. Me sacaron el
piso de abajo de los pies. Antes la gente hablaba, pedía favores, confiaba.
Ahora hablan con una máquina.
Laura no sabe qué contestar. Acaba de ser despedida
del trabajo porque una IA hace en minutos lo que ella tardaba horas. Todavía no
se lo dijo a Marta; no quiere oír “te lo advertí”.
—Quizá sirvan para cosas buenas —murmura Laura, más
para sí misma que para su madre.
—¿Cómo? —pregunta Marta.
—No sé… ayudar en hospitales, enseñar idiomas, hacer
compañía… —Pero recuerda las noches frente a la pantalla, buscando empleo sin
éxito, y la frase se quiebra, queda inconclusa.
Marta la observa, adivina la grieta.
—Te hizo daño —dice, con una certeza que sólo tienen
las madres.
Laura se muerde el labio y no responde.
Aimé regresa agitando el celular.
—Mamá, abuela, miren esto: un chat que escribe
historias personalizadas. Le conté nuestra vida y me hizo un cuento con tres
mujeres en una tormenta. —Lee en voz alta unas líneas donde aparecen ellas tres
convertidas en personajes de fantasía.
Marta escucha incrédula.
—Eso no es escribir. Es… robar palabras de otros.
—No, abuela. Aprende de libros y textos para inventar
algo nuevo.
Laura siente un escalofrío: el trabajo que perdió
consistía precisamente en editar textos; ahora una máquina hace cuentos sobre
su propia familia.
—No me gusta —dice Marta con firmeza—. No entiende lo
que se siente; solo junta pedazos.
—¿Y qué somos nosotros? —dice Aimé arqueando una
ceja—. Pedazos de recuerdos, de experiencias. También aprendemos de otros.
Laura levanta la vista. Le sorprende la lucidez de la
adolescente.
—Quizá tenga razón —admite Laura, aunque le cuesta.
—No, hija —dice Marta moviendo la cabeza—. Nosotros
amamos. Dudamos. La máquina no.
—Yo tampoco estoy segura —dice Aimé—. A veces dudo si
entiende más de lo que creemos.
La conversación se corta cuando un trueno sacude la
casa. La lluvia se intensifica. Aimé sonríe: “Miren, la app dice que la
tormenta termina en una hora y que hay albañiles disponibles mañana”. Marta
parece a punto de protestar, pero se queda callada, vencida por la humedad y el
cansancio.
Por la noche, cada una se queda frente a su ventana. Marta
observa el patio empapado. Piensa en su juventud: cartas escritas a mano,
visitas de vecinos, un mundo donde todo tenía rostro. Siente que vive en un
tiempo que se quebró como un plato caído. Laura mira la ciudad a lo lejos,
iluminada por anuncios digitales. Piensa en la dignidad perdida cuando la IA
hizo su trabajo mejor y más barato. Se siente partida: necesita adaptarse pero
añora lo que era suyo. Aimé contempla la pantalla reflejada en el vidrio.
Siente el vértigo de un futuro enorme, lleno de promesas y amenazas que no
termina de entender. Quiere avanzar, pero en el fondo teme convertirse en algo
que ya no será humano.
Tres mujeres, tres miradas.
Una teme el mañana porque destruyó el ayer.
Otra sobrevive con nostalgia y rabia.
Otra corre hacia el futuro aunque le asuste.
La casa cruje. Afuera sigue lloviendo.
Y, en silencio, cada una comprende —sin decirlo— que
viven bajo el mismo techo pero en mundos fragmentados: uno hecho de memorias,
otro de pérdidas, otro de algoritmos.

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