Sergio
Gaut vel Hartman
La lluvia comenzó del lado
equivocado de la frontera.
Jiyan lo pensó así, no porque exista un lado correcto
para la lluvia, sino porque ese chubasco trajo el olor de la pólvora, las botas
y el metal aceitado de las armas. El niño, Berzan, dormía con el pulgar en la
boca y una piedrita blanca cerrada en el puño. El marido de Jiyan la había
recogido hacía años, en una caminata temprana por la ladera
—Es lisa como la verdad —le dijo entonces, al
entregársela. Ahora Baran estaba enterrado en la cuneta de una carretera, y la
verdad era una piedra mojada en la mano de su hijo.
No hubo sirenas, ni discursos, ni banderas claras.
Solo el ruido grave de una maquinaria que venía de lejos y el rumor de que los
ejércitos vecinos habían decidido, por fin, corregir el mapa a puntapiés y
empujones. La palabra independencia se volvió impronunciable; la palabra paz,
un residuo, el idioma, veneno en los labios del que osar pronunciarlo. El
mercado cerró. El pan subió. Los vecinos dejaron de saludarse, o lo hicieron
con la rapidez de quien evita un espejo. Los hombres que no habían muerto se hicieron
humo, o sombra. Algunos se pegaron a los milicianos locales, otros se
escondieron en las cuevas, otros se hicieron santos de golpe, con medias de
lana y ojos enrojecidos.
Jiyan recogió a Berzan, el cuaderno y el mantel que
había sido ajuar, y se fue.
No hubo despedidas. ¿A quién despedir cuando todo es
próxima ausencia?
La ruta de tierra se hizo barro rápido. Una mujer
alta, con el pelo recogido en un pañuelo rojo, caminaba un paso adelante.
—Me llamo Sirin —le dijo a Jiyan sin volverse—; —si
nos detenemos, nos comen. —Nadie preguntó quién iba a comerlos. Los que caminan
sin papeles hablan poco. Los nombres, incluso, son un lujo: se obsequian en voz
baja, como si fuesen velas en un pasillo de hospital.
A la altura del cruce viejo, donde antes se vendían
naranjas, había un punto de control improvisado. Jiyan se aferró a Berzan, que
ya no dormía y había cambiado la piedrita de mano. Dos soldados los miraron
como si fueran posibilidades estadísticas.
—Documentos —dijo uno, con ese acento de ningún lugar de
los que visten uniforme. Jiyan sostuvo su carnet en alto, la foto miraba a otra
mujer: veinte años, trenza larga, dientes más parejos. El soldado lo observó
con aire de estar consultando adivinación barata—. No sirve —concluyó y, sin
embargo, se lo devolvió. A Sirin, en cambio, la separaron.
—Está bien —dijo Sirin, y esa no fue una respuesta,
fue una forma de no llorar.
Caminaron, siguieron caminando y volvieron a caminar.
El barro cedió a una carretera sin marcas, que se hizo piedra, que se hizo
nada. Entraron en pueblos con carteles arrancados y perros silenciosos. El agua
se vendía en botellas con etiquetas en tres idiomas. En la última tienda
abierta, un hombre con panza de patrón les ofreció un lugar en una camioneta a
cambio de alianzas.
—Es solo un pequeño tramo —prometió, y su promesa olía
a cebolla podrida. Jiyan miró su anillo: lo había heredado de su madre. El
hombre agregó—: La lluvia empeorará, mucho. El chico se va a enfermar.
Ella se lo quitó, lo puso sobre el mostrador. El
patrón lo hizo bailar en la mesa y sonrió.
—¿Alcanza? —murmuró Jiyan.
—¡Qué bonito dibujo en la plata! —exclamó, como si el
precio del anillo alcanzara para pagar un palacio. Les dio agua y pan duro. En
la parte de atrás de la camioneta viajaban siete. Uno lloraba sin lágrimas,
otro rezaba en voz tan baja que parecía recordar, no pedir. Jiyan apretó la
piedra blanca en la mano de su hijo y le habló al oído, en su idioma, como se
les habla a los animales para calmarlos.
—Azadî, azadî —le dijo. La palabra significaba libertad,
y no era una promesa, sino un poco de abrigo.
Llegaron a la costa tras cuatro noches sin luna.
Llamar costa a esa orilla era ambicioso: era un borde del mundo. Los
traficantes los metieron en una casa de cemento con ventanas tapiadas y una
lamparita que colgaba escuálida del techo.
—Se embarcan en Latakia. Esta noche —anunció uno con
una sonrisa que no era para nadie. A Jiyan le contaron el precio en números: no
en billetes, en vidas. No había rebajas para madres ni niños—. Si no pagan,
esperan otro mes.
—¿Esperar a qué? —preguntó, y la respuesta fue el
ruido del mar.
—Es un bote grande —mintió el gestor más joven. Tenía
ojos verdes de postal barata y un tatuaje que decía Forever. Jiyan quiso
creer. No por credulidad sino por estrategia. Siempre, pensó: la palabra que no
se cumple... nunca.
Los subieron a la medianoche. El bote no era grande ni
pequeño: era un insulto. Olía a combustible y a miedo. Hombres, mujeres, dos
bebés con suero improvisado en botellas de plástico. Berzan insistió con su
piedra.
—¿La tiro al agua, mamá? Para que flote. Ella negó con
la cabeza.
—Es para recordar —dijo.
—¿Recordar qué? —preguntó el niño.
Lo que nos quieren quitar, pensó, pero no halló una
forma comprensible de decirlo.
Zarparon. Nadie aplaudió. El motor ronroneó con la
timidez de lo robado. A dos metros de la orilla, alguien rezó a gritos; a tres,
alguien vomitó; a cinco, todos se volvieron marineros torpes. Jiyan contaba el
ritmo de las olas como si fueran contracciones. Sirin no estaba; había quedado
en el cruce, o en la estadística.
La tercera madrugada, una luz a lo lejos se volvió
faro.
—Creta, Grecia —dijo el hombre que se las daba de
capitán. Era una mentira altruista o un consuelo: no se supo. La oscuridad se
hizo menos densa.
—¿Cómo se dice vivir en el idioma del mar? —preguntó
el niño, sentado entre las piernas de su madre. Jiyan no supo. En su lengua, su
nombre significaba —vida—, pero no alcanzaba: no siempre nombrarla te salvaba.
Recordó lo que se coreaba en las protestas y se convirtió en una especia de
mantra de los kurdos: Jin, Jîyan, Azadî, Mujer, Vida, Libertad.
El bote tocó una playa de piedras. Alguien saltó con
la agilidad de quien no lleva nada. Jiyan, en cambio, tardó: debía calcular
cómo poner los pies sin caer y al mismo tiempo no soltar a su hijo. Una mujer
griega, con una campera hasta las rodillas y un rostro capaz de indignarse sin
testigos, les acercó una manta.
—Kaliméra —dijo. No era solo el saludo de la mañana:
era el principio de algo, pero Jiyan no lo sabía.
Creta no tenía mar azul en el primer mes. Tenía
trámites grises, módulos prefabricados, manos que señalan sin tocar. Jiyan
aprendió que hay palabras que hacen fila delante de otras: permiso, admisión,
espera, cupo. Aprendió también el mapa mínimo del campamento: la carpa blanca
donde le revisaban el peso a Berzan, la oficina donde nadie entendía su
apellido, el baño que tenía la mayor fila por la mañana.
—Ustedes vienen en hordas —escuchó decir más de una
vez; la palabra le cayó como una piedra, no la piedra blanca de su hijo; como
una pesada piedra que te aplasta la cabeza. Le hubiera gustado responder con
una frase perfecta, definitiva, pero no tenía diccionario moral. Apenas cargaba
a su hijo y la costumbre de no pedir.
El primer trabajo no fue trabajo. Realizó una serie de
tareas a cambio de vales: barrer, pelar papas, doblar mantas. En el contenedor
del comedor comunitario, una mujer griega con anillos de oro la miraba como se
mira una estatua rota.
—Los turcos nos odian a nosotros y nosotros odiamos a
los turcos; los turcos los odian a ustedes; el enemigo de mi enemigo… ya sabe. ¡Qué
remedio! —Le arrebató los vales con dos dedos para no rozar la mano de Jiyan. Quiso
creer en ese —ya sabe— como puente, pero era un foso. Extranjería de doble
filo: ser útil para el discurso, inútil en la mesa.
Un día de viento, Jiyan se sentó en el bordillo del
muelle con Berzan. El niño le ofreció su piedra.
—Para que te acuerdes, mamá. —Ella cerró el puño.
—¿De qué tengo que acordarme?
—De que somos —dijo él, y la grandeza de esa gramática
la dejó sin aliento. Somos: un verbo sin fronteras.
Una pareja de jubilados se detuvo a mirarlos. Él
llevaba una gorra con las letras de un club; ella, una bolsa con pan.
—No pueden sentarse aquí —dijo la mujer.
—¿Por qué? —preguntó Jiyan en el griego torpe que
empezaba a comprender, haciendo un esfuerzo tan grande como el de cargar una
prótesis.
—Porque… —La mujer no supo completar su pensamiento,
como si buscara la cláusula exacta en el manual del rechazo. El hombre la ayudó.
—Porque luego vienen todos. —La frase era la hermana
educada de otra más vieja. Jiyan se levantó despacio, le dio la mano a su hijo.
—Vamos —le dijo, en su idioma. La anciana, entonces,
como disculpándose con su conciencia, dejó un pan en el banco. El gesto tenía
dos significados y un mismo resultado: comer.
Conoció a Nikos en la puerta del supermercado. Hacía
de todo: reparaba bicicletas, arreglaba persianas, cambiaba caños. Tenía una
hija adolescente que dibujaba caballos.
—Si sabes coser, te van a pagar —dijo él, y le señaló
una puerta lateral, discreta, casi clandestina. Jiyan sabía coser, sabía
cualquier cosa que sirviera para sobrevivir, para obtener comida para su hijo.
Aprendió en la casa de su madre, a la luz de un farol que convertía el mundo en
un círculo de tela.
El dueño del taller se llamaba Manolis y le decía “mi
amor” a todas las mujeres por igual. Pagaba por prenda y nunca a tiempo.
—Aquí no es Siria —le largó Manolis una vez, y ella no
se quedó callada.
—Tampoco es el cielo —respondió ella. Manolis se rio:
estaba seguro de que no lo había entendido. Ella sí. La risa fue una moneda
menos.
Cosió. Cortó. Enhebró. Aguantó la música alta, el olor
a pegamento, la humedad que se metía en los huesos. Cuando le dolían los dedos,
pensaba en la piedra de Berzan: lisa como una verdad. El niño, mientras tanto,
iba a una escuela improvisada por voluntarios. Aprendió a escribir su nombre
con letras que parecían bailar. Aprendió canciones. Aprendió, sobre todo, que
su idioma era una casa que nadie podría derribar.
Una tarde de febrero, de esas que huelen a pescado y
gasolina, un grupo de hombres jóvenes esperó fuera del taller.
—Nos sacan el trabajo —dijeron en voz alta, para que
alguien lo oiga y lo repita. Manolis salió con su metro colgado del cuello.
—A mí nadie me saca nada —fanfarroneó, y miró a Jiyan
como quien calcula cuánto pierde si la pierde. Los jóvenes se retiraron
despacio, prometiéndose coraje para la próxima. Una mujer del barrio los siguió
con la vista y escupió al suelo.
—No es por racismo, pero… —Esa frase nunca se
completa; es una autopista que termina en un garaje con la puerta cerrada.
Esa noche, de camino a la carpa, un grupo distinto los
increpó. Tenían la ropa limpia del domingo, una bandera roja con un símbolo que
parecía un laberinto, las bocas deformadas por muecas hostiles.
—Vuelvan por donde vinieron —dijo uno. Jiyan no se
detuvo.
—No entiendo— mintió, como se defiende uno de un
perro.
—Te entendemos todos —dijeron, y la verdad de ese, de
todos, pesó más que cualquier palabra.
Llegó al módulo, contó la respiración de su hijo hasta
que se durmió. Pensó en la ruta, en Sirin, en la piedra. Pensó, por primera
vez, en salir de la isla.
No todos los griegos eran hostiles como los de
Amanecer Dorado —alguien le dijo que así se nombraban—. Eso sería otra mentira
tranquilizadora, pero al revés. Algunos, la mayoría silenciosa, ofrecían lo que
tenían y lo que no. El maestro de Berzan le regaló un cuaderno con una tapa
azul donde se veía un barco.
—Para que dibujes tus mapas —le dijo. El niño dibujó
un triángulo: su casa, una línea: la ruta, un rectángulo: el mar. La isla era
un punto sin nombre.
Nikos los invitaba a comer una vez por semana. Su
hija, Eleni, peinaba a Jiyan sin pedirle permiso, como se peina a una hermana.
—Tienes el pelo fuerte —decía—; tira hacia el cielo. —En
esa casa, por un rato, los pronombres dejaban de doler. No eran ellos, esas,
aquellos; eran nombres: Eleni, Nikos, Jiyan, Berzan. La diferencia deja de
arder cuando se pronuncia bien.
Una mañana, en el taller, Manolis les informó a las
mujeres que empezaría a blanquear, en principio a dos, por los controles.
Escogería según producción y presentación. Jiyan no supo si su falda contaba
como argumento. Una compañera iraquí, le dijo:
—Tú coses mejor que yo. —Jiyan negó con la cabeza—. Tú
hablas mejor que yo. —Reían sombreadas por el mismo techo, cortadas por
distintos cuchillos.
La selección ocurrió como suelen ocurrir esas cosas:
sin explicación, con gesto de trámite. Jiyan no quedó.
—No cumple los requisitos —dijo Manolis, apoyándose en
una tabla invisible. Ella no protestó. Pensó en un momento de su vida, en el
valle antes de la guerra, donde escogió la tela de su vestido de novia. La
dependienta, una mujer de ojos saltones, la había tratado como si supiera de
antemano que la ropa se cosía para la foto, no para la vida.
—Que te quede bonito, corazón. —Ahora lo práctico era
respirar.
Al mes siguiente, un turista filmó el campamento con
un dron. El video se hizo viral. Había casas rodantes, antenas de televisión,
niños corriendo tras una pelota.
—Viven mejor que nosotros —dijo un comentario.
—Miren cómo se aprovechan de nuestros impuestos —se
quejó otro. La narrativa se escribió sola: invasión, usurpación, abuso. El
alcalde dio una entrevista caliente como pan recién salido del horno.
—Hay sombras en nuestra isla —anunció—. La identidad
peligra. —No explicó cuál identidad ni cómo se mide el peligro. Al día
siguiente hubo una asamblea en la plaza. No fue mucha gente, pero hicieron
ruido.
—No es odio —aclaró un hombre que vendía sombrillas—; es
supervivencia. —Los aplausos sonaron como las campanas de una iglesia.
Esa misma noche, un grupo entró al campamento con
antorchas, y no porque hiciera falta luz. Rompieron dos carpas, incendiaron un
cubo de basura, empujaron a un niño que cayó sobre una chapa oxidada y se cortó
el pie. Jiyan protegió a Berzan con el cuerpo. Cuando se hizo silencio, los
hombres ya no estaban. Quedaba el eco.
—Vuelvan por donde vinieron. ¡Vuelvan por donde
vinieron!
A la mañana siguiente, Nikos apareció con una caja de
herramientas y tres amigos.
—Arreglaremos lo que rompieron —dijo, y la frase fue
lo más cerca que se estuvo, ese día, y en mucho tiempo, de la justicia. El
capellán ortodoxo del barrio, que no había abierto la boca en meses, les llevó
sopa. Una mujer que se peinaba siempre en la misma peluquería dejó bolsas con
ropa.
—Es de mis nietos; les queda chica—. Todo era
contradictorio y cierto: rechazo y ayuda, asco y ternura, pan y piedras.
Jiyan decidió, entonces, que hablaría.
No la lengua de la isla —que aprendía palabra por
palabra—, sino la suya: hablaría con sus manos. Fue al puerto con un bolso de
retazos y agujas. Pidió permiso al dueño de un bar pequeño para sentarse en una
mesa lateral y coser. Él la dejó, a cambio de que limpiara el piso al cerrar.
Cosió carteras con tiras de colores, fundas para móviles, muñecos suaves con
ojos cosidos en X, como marineros borrachos. Los turistas pasaban, miraban,
preguntaban de dónde venían esas telas.
—De muchas vidas —respondía ella, y no era una
metáfora. A veces compraban. A veces regateaban con soberbia de quien cree
comprar también la biografía de la costurera.
Una tarde, un grupo de chicos griegos se acercó y se rio
en su cara.
—¡Qué feo! —exclamó. El líder, un rubio que olía a
perfume barato, tomó uno de los muñecos y lo lanzó al suelo. Jiyan se agachó,
lo recogió sin mirar al chico. Berzan, que había aprendido rápido el idioma,
habló despacio.
—Mi mamá hace cosas con lo que ustedes tiran—. El
chico se detuvo, no supo si eso era un insulto o una declaración artística.
—¿Y qué? —respondió, al cabo, con un valor que se le
notaba prestado y falso.
—Y también puede arreglar lo que ustedes rompen —dijo
Eleni, que había llegado sin avisar y se plantó junto a la madre y su hijo como
un árbol delgado. Los chicos se fueron sin frase final. Aprendieron una derrota
en silencio.
Esa noche, Jiyan cosió un muñeco con una pequeña
piedra blanca adentro. Lo llamó “Hijo del Mar”. Se lo regaló a su hijo.
—Para acordarnos —dijo.
—¿De qué?
—De que seguimos —respondió ella, y fue la versión
adulta de aquella gramática: somos, seguimos.
Un funcionario vino del continente a contar números y
a prometer gestiones. Visitó el taller de Manolis, el puerto, el campamento.
Sonrió para las fotos. Dijo “integración” sin explicar en qué consiste. Usó la
palabra “diversidad” sin sentirla más que como condimento de una vianda
desabrida. Al partir, estrechó la mano de Jiyan.
—Estoy con ustedes —dijo, y el “estoy” se deshizo como
vapor camino al ferry.
A la semana, llovió de nuevo.
No era la lluvia mala de la frontera, era lluvia
honesta: mojaba a todos igual y dejaba el mismo olor a ropa húmeda en cada
habitación. Nikos les prestó un balde; Eleni les llevó pan. En el puerto, una
anciana que siempre había fruncido la nariz al verlos se acercó con dos limones
enormes.
—Para el té —dijo, y su esfuerzo por no sonreír fue el
gesto más tierno del día. Una mujer del taller dejó sobre la mesa una tarjeta
con un número.
—Por si necesitas… hablar. —Lo pronunció con torpeza,
como quien dice por primera vez la palabra “perdón”.
Jiyan escribió una carta. No a una autoridad ni era un
papel que dé derechos, sino a sí misma. La escribió en su idioma, con esa
belleza que tienen las palabras que no se rinden.
Me llamo Jiyan. Mi nombre quiere decir “vida”, pero a
veces significa resistir. Vine de un lugar donde hay piedras que caben en la
mano y verdades que no caben en ningún mapa. Mi hijo se llama Berzan, un nombre
que promete altura y fortaleza. Aquí aprendimos otras músicas. Nos miran como
si fuésemos el espejo de un miedo, pero también nos tienden algo de pan. Somos
dos cosas: la amenaza y el prójimo. No sé qué seremos mañana. Quiero ser
vecina. Quiero una llave que no rompa ninguna puerta.
Dobló la hoja y la guardó en la funda del pasaporte,
que era una lámina de plástico sin país.
Tiempo después, en el barrio de las lavanderías, la
vida se acomodó en su humilde equilibrio. Jiyan ya no miraba al suelo cuando
entraba al supermercado. Saludaba. Le devolvían el saludo, a veces. Manolis la
llamó de nuevo; le ofreció “regularizar” porque habían pasado los inspectores.
Ella aceptó.
—Una firma aquí —señaló él. Firmó como quien cose un
borde: sabiendo que no basta, pero ayuda.
Berzan fue invitado al cumpleaños de un compañero de
clase griego. Jiyan le compró una camiseta con un caballo azul, aprendida la
lección de Eleni. Los niños corrieron detrás de la pelota; nadie pidió papeles
en la puerta del patio de juegos. Una madre comentó en voz alta, resabio del
principio.
—Habrá que ver si no traen problemas.
Otra respondió.
—Los problemas los traen los hombres con antorchas,
losd de Amanecer Dorado, ¿no te enteraste aún?
—No se miraron. Eso también es convivencia: discutir
sin tocarse.
Esa noche, al volver, Jiyan encontró pintadas nuevas
en el muro cerca del puerto.
Nuestra isla para nuestra gente. Alguien, con letra más
pequeña, había escrito debajo: ¿Y nosotros, quiénes somos?
El mar, como siempre, respondió con su rumor.
Berzan, cansado, se durmió con el muñeco de la piedra
contra su pecho. Jiyan lo tapó y salió un momento al muelle. Había estrellas
sin pronóstico. Recordó el olor del pan de su pueblo y el color del pañuelo de
Sirin. Recordó la cuneta, el anillo, la camioneta, el bote, la manta. No abrió
la carta porque la sabía de memoria. Se abrazó la cintura, como si se midiera
un talle nuevo. Escuchó pasos: era Nikos, que venía con dos cafés.
—Mañana hay reunión en la escuela —le dijo—. Piden
ideas para integrar.
La palabra colgó entre ambos, como ropa tendida que
espera sol.
—Yo puedo enseñar a coser —dijo Jiyan—. A las niñas y
los niños —aclaró.
Nikos asintió
—Y yo, a arreglar bicicletas.
—¿Cree que sirva? —preguntó ella.
—Sirve que nos veamos trabajando juntos —respondió él,
y el “juntos” valió mucho más que el verbo “juntar”.
Jiyan miró el agua. Pensó que su nombre, allá,
significaba vida. Aquí, con suerte, podía significar también vecindad, salario,
rutina, que son formas humildes y sólidas de estar vivo. No quería agradecer
como quien paga una deuda impagable; quería corresponder, equilibrar,
pertenecer sin dejar de ser. Quería que el día siguiente fuera un hecho, no una
hipótesis.
Antes de volver al módulo, lanzó la piedrita de su
marido al mar. No como renuncia, sino como mensajera: lisa como una verdad,
trazó un círculo, luego otro, como si tejiera.
—Para acordarnos —dijo en voz baja. De que somos. De
que seguimos. De que, cuando dejan, también sabemos llegar.
Y la lluvia, al fin, cayó del lado correcto: de arriba
hacia abajo, sobre todos.

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