Sergio Gaut vel Hartman
Que el ayer es un territorio inhóspito no lo discute nadie, ni siquiera
los nuevos poetas de cibercafé, esos que elucubran sus versos utilizando
mecanismos electrónicos implantados en la glotis, mientras avanzan a los
tropezones entre toneladas de basura tecnológica. Pero antes de eso lo habían
explicado los conductores mediáticos desde las pantallas de plasma de los
televisores. Y también lo escribieron en los muros suburbanos los adictos
perdidos, rociando las ruinas con ácidos y gel y lo cantaron los viejos
programas piratas, carcomidos por la herrumbre. Nada de eso importa, o es otra
historia.
Aquí, ahora, el ayer es el tema preferido de unos mesiánicos
patéticos, unos tipos de dos por cuatro, muy viejos, viejísimos, aturdidos por
el café, la nicotina y otras hierbas en el famoso bar de la calle Corrientes,
donde sobreviven de puro guapos.
—Recuerdo —dijo Fermín,
borracho de fármacos genéricos comprados en puestos callejeros— cuando lloraron
las orquestas por última vez. Yo tendría... déjenme ver... menos de veinte. Las
nubes de ácido gris todavía no se habían descolgado por las paredes
descascaradas de los edificios y en las terrazas podían divisarse las noches
suaves, alejándose como ruidos de estática, arañándote la mente por dentro,
reacias, eso lo digo yo, reacias a morir por completo.
—Eso digo yo también —apoyó Laureano mirándose con asco los
implantes que le habían encajado en el Hospital Argerich; implantes de segunda,
como siempre, conseguidos clandestinamente—. Mis días de romántico terminaron,
carcomidos sin querer por la electrónica y los nuevos saberes, ¿entienden? No
sé qué día maldito la bohemia se disolvió entre las imágenes de cristal de
fósforo que nos herían las retinas y esos residuos de plástico negro, pero les
aseguro que algo se rompió para siempre. La puta que lo parió.
Morían matando, esos
viejos. Nada quedaba de la frágil juventud que habían ostentado en la época
anterior al software, las redes y la inteligencia artificial, pero no estaban
dispuestos a entregarse. Mientras apuraban copas de ginebra reciclada con gusto
a resina o sorbían lentamente el líquido oscuro destilado de escoria de alubias
negras, imaginaban cómo fugarse a un universo alternativo.
—Nos queda la fantasía —dijo Bruno. Bruno creía que toda la
realidad estaba aprisionada en el espacio comprendido entre sus labios y los de
Mimí, un encanto de mujer. Pero Mimí había entrado en el pasado y le resultaría
muy difícil sacarla de donde estaba.
—Con la fantasía no se viaja —objetó Wilson. Era, de lejos el
más refractario a las búsquedas, el más escéptico. Le decían Wilson porque
había vivido en el Gran País del Norte o porque había trabajado en el
frigorífico homónimo, no estaba del todo claro. Su verdadero nombre le daba
vergüenza y los demás eran muy respetuosos de esas cosas.
—Lo que quebró y destripó los sueños —dijo Laureano, más para
ayudar a Bruno que para refutar a Wilson— es que dejamos de creer en ellos.
Pensamos que las imágenes electrónicas eran un buen sustituto, el método que
venía a reemplazar a los sueños, que tantas veces son pesadillas, y nos
cansamos de luchar. Ahora somos demasiado viejos para tomar las armas de nuevo.
—En el bar del barrio sur, ya saben, el de Boedo y San Juan
—dijo Fermín, como si no los hubiera escuchado—, Morovic y sus amigos están
quemando la ilusión con sueños sintéticos. Se conectan a la red de psicóticos
del Borda con terminales térmicas que sacaron de
—¡Qué poético, che! —dijo Laureano.
Alentado por las palabras de Laureano, Bruno cantó:
—"Mujer de mi poema mejor... Mujer, yo nunca tuve un
amor... Perdón, si eres mi gloria ideal... Perdón, serás mi verso
inicial..."
La voz de Fermín, reptando en la atmósfera viciada por las
drogas sintéticas que el gallego Mouriño mezclaba en la trastienda del bar para
agregar a los restos de coñac que exprimía de las botellas casi vacías, sonó
para siempre, pegó la vuelta en el codo de Dorrego y se metió de cabeza en una
madrugada de agosto, fría como la nariz de un esquimal, sesenta años atrás.
—¿Funcionó? —Wilson estaba perplejo. La calle Corrientes
lucía como en la época de Illia, cuando el brillo de las películas de Fellini
apagó por un rato la rabia de la derecha demente.
—¡Claro que funcionó! —dijo Bruno—. Aquí tienen el motivo por
el cual nunca perdí las esperanzas.
Para corroborar la afirmación, Mimí entró al bar, con su
manera sin par de mover las caderas. El cabello rubio le caía sobre los hombros
y una sonrisa pícara le bailaba en la boca.
—¿Fuimos nosotros o vino ella? —Laureano tocó las
protuberancias que sobresalían de los implantes en dos o tres lugares; no tenía
eso sesenta años atrás.
—¿No dije que al amor hay que darle alas de fantasía? ¿Les
dije o no les dije? —Bruno estaba eufórico; fue al encuentro de la mujer y la
abrazó y la besó en la boca y los ojos.
—¿Dijiste eso? No me acuerdo. —Wilson le hizo una seña a
Mouriño para que le trajera un vaso de agua; tenía que tragar algunas gotas de
hiadizina para estar seguro de que no se había metido en una nueva alucinación
polimórfica.
—Ocurrió cuando él cantó —dijo Laureano señalando a Bruno—.
Rubia y dulce Mimí, ¿adónde te habías metido?
La mujer se separó de Bruno sin dejar de sonreír.
—Estuve muerta, todo el tiempo —dijo con toda seriedad.
—¡Al carajo! —gritó Wilson. Barrió los pocillos y las copas
con el brazo y los arrojó al piso, lo que obligó a levantar la vista a otros
parroquianos, inmersos en sus propios asuntos. La zona liberada crecía como una
mancha de polietileno derretido y espirales de hilo negro se elevaban hacia el
techo formando una intrincada red de reflejos por efectos del neón de la
vidriera.
—¡Pará, loco! —dijo Fermín. No se podía levantar de la silla,
pero le resultaba perfectamente claro que lo que estaba sucediendo ya lo había
soñado en París, en la época que era un refugiado político, fugado a tiempo de
la dictadura fascista.
—Tranquilos —dijo Mimí—. Les puedo explicar todo.
Si la bruma ácida era capaz de recrear sin errores el cuerpo
y el alma de los muertos, la nueva pesadilla artificial los tenía agarrados del
cogote; una sensación de agobio los cubrió por completo.
Wilson se serenó, levantó la silla e hizo una seña para
detener el universo.
—Si te llevara afuera de este lugar —dijo Bruno con los ojos
llenos de lágrimas—, ¿seguirías existiendo?
Mimí no contestó de inmediato. Se acercó a la mesa, retiró
una silla y se sentó, anticipándose al gesto galante de Laureano. En sus pasos
se adivinaba cierto cansancio, como si hubiera caminado años y años sin parar.
Los otros también se sentaron.
—Si les digo que la gloria del pasado es un fármaco
sintético, urdido por un virus creado de apuro, por aquellos muchachos del
viejo café...
—¡Ni digas esas cosas, Mimí! —gimió Bruno—. No puedo pensar
que tu existencia depende de la ingeniería química, o de un simulacro creado
por los diseñadores de sueños... y menos por los caprichos de esos... de
esos...
—¿Por qué no? ¿Sería mejor si les dijera que funcionó como un
conjuro, a la vieja usanza?
Hasta Mouriño alzó las cejas al oír la palabra que vinculaba
el mundo de los sentidos, el mundo que podía manipularse con sustancias de
síntesis y el software adecuado, con el impredecible y ambiguo mundo mágico.
—¡No estás hablando en serio! —Fermín buscó con la mirada y
halló lo único que cabía en el escenario que habían creado: un elemento
disruptor, un factor aleatorio e inesperado que abortara el avance incontenible
de una falsa realidad. Recortadas en la puerta del bar, las odiadas figuras de
Morovic y sus amigos proyectaban sombras sobre la tenue fosforescencia.
Llevaban, como siempre, los cascos de conexión a la red de psicóticos del
Borda, aunque a Bruno le parecieron los fantasmas de los drugos de Burgess, con
bastos de madera en las manos, listos para hacer un desastre.
Bruno fue el primero que advirtió lo que ocurría. Extendió el
brazo para retener a Mimí, pero la mano atravesó el cuerpo de la mujer, quien
sin dejar de sonreír empezaba a despedirse.
—Fue hermoso, muchachos —alcanzó a decir. Y antes de que
Morovic y sus amigos llegaran a la mesa se había desvanecido en el aire; una
formación de reflejos de neón cromático y chisporroteos azules se entrelazaron,
ocupando el espacio que un instante antes pertenecía a su cuerpo.
Laureano, con los ojos fuera de las órbitas, advirtió de
inmediato que el arabesco de fluidos acuosos que quedó grabado en la bruma era
el nombre de la mujer: un nombre escrito por la mano del pasado.
—En la vieja mesa del café del barrio sur, en San Juan y Boedo
—dijo Morovic sin pestañear— hemos grabado los nombres de todas las mujeres que
conocimos, ¿se dan cuenta de lo que significa?
Bruno dejó colgar los brazos, vencido. ¿La había perdido?
¿Acaso alguna vez la había recuperado? No tenía fuerzas para pelear con
Morovic, como había hecho tantas veces. Combate dialéctico. ¿Para qué? Ambos
estaban demasiado viejos para seguir esa guerra.
—Váyanse —dijo Wilson—, déjenlo en paz.
Morovic y sus amigos giraron al unísono, como maniquíes
montados sobre ejes de cromo, y se perdieron entre las sombras de Corrientes.
—Se van por donde vinieron —dijo Fermín.
—Anoche —dijo Bruno apesadumbrado—, el mismo demonio, en otro
lugar. Es una sombra que me persigue.
—Hay que correr algunos riesgos —dijo Laureano—, si uno se
empeña en recuperar el pasado.
—Mouriño —dijo Fermín—: traiga algo fuerte, que nos reviente
el coco, por favor, gallego. —Mouriño se encogió de hombros. Eran buenos
clientes los viejos; siempre pagaban, y ni siquiera discutían el precio. Mezcló
un poco de Pernod, que siempre guardaba para las ocasiones especiales, con el
contenido de un sobre de novizone. ¿Querían volarse el coco? Les daría con qué.
Cubrió la distancia que lo separaba de la mesa y sirvió la mezcla en los mismos
vasos sucios de mil sustancias. Por lo que podía importar...
—Al volver... al volver al lugar en el que estaba... —Bruno
se atragantó con el Pernod; todavía faltaba mucho para que el novizone le
hiciera efecto.
—No estaba en ninguna parte —dijo Laureano—. Tendrás que
acostumbrarte a vivir con el recuerdo, como hasta ahora.
—¿Se dieron cuenta de su apariencia frágil, de su tersa
juventud, incorrupta? —Bruno estaba a punto de caer al abismo. Fermín lo instó
a que bebiera el Pernod con novizone hasta el final y tuvo éxito. La voluntad
debilitada por la nueva realidad que empezaba a construirse puertas afuera del
bar, evocaba los perfumes y las formas del pasado. Fermín le guiñó el ojo a
Laureano y una mueca, lo más parecido a una sonrisa que cabía en los labios del
viejo, se dibujó durante un instante.
—De un olvido pueden sacarse varios recuerdos —dijo Wilson,
ni más ni menos áspero que otras veces.
—De una mujer que se durmió sin querer pueden sacarse varias
vidas vírgenes, sin usar —dijo Bruno, como si estuviera de regreso, victorioso.
El novizone estaba haciendo un buen trabajo, aunque casi con seguridad no le
permitiría ver la luz del día siguiente.
En el espacio vacío, sobre listones de metal opaco, entre
cables retorcidos y programas de estímulo sintético múltiple, los mesiánicos
barbudos cantaban sus últimos poemas. Están casi ciegos y casi no se dan cuenta
cuando el café de ayer naufragará miserablemente en el mañana. Pero doy fe de
que naufraga. Puntualmente. Todos los días. A la misma hora.
Sergio Gaut vel Hartman nació en Buenos Aires el 28 de septiembre de 1947. Es escritor, editor y antólogo. Inició su carrera literaria en 1970, publicando en la revista española Nueva Dimensión. En Argentina, fue parte del equipo de la revista El Péndulo y fundó el fanzine Sinergia y dirigió la revista Parsec. Su primer libro de cuentos, Cuerpos descartables, fue publicado en 1985 por Ediciones Minotauro. Ha sido finalista del Premio Minotauro 2005 con su novela El juego del tiempo, y del Premio UPC por su novelas cortas Otro camino, Carne verdadera y Otro dios caprichoso. Creó y coordina el TALLER 9 de escritura creativa y este blog, MICROFICCIONES Y CUENTOS. En las últimas semanas ha sido finalista en varios concursos literarios, aunque no ganó ninguno de ellos.

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