Vanja Spirin
¡Estimado lector!
La extraña historia que tenemos
ante nosotros nos llevará a un mundo que, a primera vista, parece ordinario,
aunque todos sabemos que las cosas y los acontecimientos rara vez son como
aparentan. En ella encontraremos ambición, pasión, un orgulloso burgo, un
blasón misterioso y seres sumamente inusuales, la mayoría de las veces
inaccesibles a nuestros modestos sentidos humanos.
El inicio de
este relato nos lleva a un tiempo muy, muy lejano, cuando en la Tierra, a partir
de una repugnante mezcla primigenia de babas y viscosidades indudablemente
desagradables, comenzaron a formarse nuevas formas de vida. Junto con las algas
verdeazuladas y las geobacterias –de las cuales más tarde surgiría una raza de
robots vivos e inorgánicos, responsables en su momento de la extinción de más
del 80 % de los seres orgánicos del planeta– apareció algo verdaderamente
singular. Era una criatura colectiva, compuesta por diversos subentidades, más
o menos incorpórea.
¿Cómo “más o
menos”? se preguntarán. En efecto, la fisiología de ese tipo de organismos es
difícilmente comprensible para la mente humana, y muchas preguntas –completamente
lógicas– permanecen sin respuesta. Había cuestiones como “¿Quién soy?” y “¿Cómo
estás?” pero, dejando esas efímeras trivialidades de lado, también surgían
otras más tangibles: “¿Cómo subiré esta cuesta resbaladiza sin romperme la
nariz ni lastimarme el coxis?” Había de todo un poco.
Nuestro ser era
una entidad cooperativa semimaterial que, hasta donde sabemos, existía solo
bajo la forma de una nube de vapor de agua. Nadie ha ofrecido una explicación
convincente sobre dónde permanece esa conciencia durante los calurosos veranos,
cuando la niebla escasea o desaparece del todo.
Las criaturas de
la niebla pueden dividirse, a grandes rasgos, entre entidades
espaciales y entidades abstractas. Así,
cuando una persona entra en una niebla de ese tipo, puede encontrarse con
portales hacia otras dimensiones espaciotemporales, o bien verse invadida por
sensaciones de incertidumbre, expectativa o una vaga ansiedad acompañada, en
ocasiones, de excitación. La mayoría de los humanos atribuirán esas
experiencias a sus propias emociones, pero estarían equivocados.
Entre los seres
incorpóreos existían figuras de variado talante. Aunque en conjunto formaban el
ente vivo de la niebla, cada uno era también, al mismo tiempo, una conciencia
individual. Como si, por ejemplo, los riñones de una persona tuvieran mente
propia y, por decirlo de manera trivial, el izquierdo fuera socialista e internacionalista,
y el derecho un fervoroso capitalista de ideas conservadoras.
Entre ellos se
encontraba Koviljka, objeto de deseo de los demás.
Encantadora, delicada y bendecida con una gracia carnal irresistible,
pertenecía a la especie de aquellas que creaban portales. Quien entrara en
Koviljka llegaba siempre a un lugar de placer y gozo físico. Algunos personajes
vulgares decían que “no había nada más bello que entrar en Koviljka”, pero no
hablaremos de groserías.
Entre esos
indeseables se encontraba Stanislav, encargado de
provocar esa vaga sensación de carencia, cuando uno no sabe si lo que le falta
es una buena conversación, un trago de absenta, sexo o un viaje a la majestuosa
Viena. Pero de él hablaremos más adelante (si acaso), pues era un sinvergüenza
de marca mayor.
Tal vez
convenga, ya que hablamos de tipos problemáticos, mencionar antes a Ladislav,
o Laci, que se dedicaba con gusto a las bromas,
o, como se diría hoy, al troleo. Algunos sostienen
que fue él quien, en el siglo X, persuadió a los humanos mediante sueños para
construir un castillo sólo con el propósito de plasmar en él un escudo
heráldico enigmático que causaría siglos de confusión. No hay pruebas sólidas,
por ahora.
De qué castillo
y qué ciudad se trata quedará como secreto, pero nada de esto es ficción.
El viejo burgo fue construido con
fines defensivos. Con el tiempo pasó de mano en mano: reyes y nobles lo
ocuparon, alquilando sus vastas salas de piedra labrada, erguidas al borde de
un abismo kárstico. Casi cada inquilino dejaba en sus muros un escudo familiar,
pues parecía ser lo que más les importaba: un testimonio de linaje, nobleza y
rango.
Jamás se aclaró
del todo si aquella fortaleza fue erigida sólo por razones militares, o si
existió, sutilmente, la influencia de la niebla –en concreto, de Ladislav–
sobre los humanos.
A lo largo de
los siglos, las criaturas de la niebla, aburridas de su eternidad, buscaban el
contacto con los humanos del lugar. El castillo, aunque menos conocido que
otros, se volvió célebre cuando un renombrado escritor de fantasía le dijo a un
viajero espaciotemporal, amante de las antigüedades, que la fortaleza era tres
siglos más antigua que el misterioso Machu Picchu, que albergaba niebla viva y
que allí existía un blasón singular, diferente a los demás, ligado sin duda a
una historia tan mística como insólita.
Curioso, ¿cómo
sabía él eso de la niebla?
Nadie lo sabe.
Pero el misterio atrajo a generaciones de aventureros y estudiosos, incluidos
los descendientes de un arqueólogo llamado Paulus, el de la bella cabellera
(apodo, por cierto, irónico, dado su prematura calvicie). Uno de sus
descendientes, Julius, dedicó su vida a
la heráldica y se sintió especialmente fascinado por aquel escudo extraño, que
avivaba su imaginación y su ansia de conocimiento.
Ladislav, además de bromista y
trol, era un ente nebuloso encargado de provocar el sentimiento de alivio
extático; por ello, era muy popular entre humanos y entidades de niebla por
igual.
Así se dieron
conversaciones como esta entre humanos perdidos en la niebla:
Ella: “Perderse
en la niebla es de las cosas más bellas que me han pasado. Por un momento pensé
que algo malo ocurriría, y de repente me invadió una dicha tan grande que…”
Él: “¿Qué,
tuviste un orgasmo?”
Ella
(sonrojada): “Pues sí. Fue maravilloso.”
Él: “Qué suerte.
Yo solo sentí una cáscara de palomita pegada al paladar que no podía quitarme
con la lengua. Y luego, la sensación de que algo me faltaba. Luego aparecí en
una cabaña del bosque… Nada que ver con lo tuyo.”
Ella había
encontrado a Laci. Él, en cambio, se topó con Stanislav y Hanibal,
el responsable de la sensación de “cáscaras pegadas al paladar”. Este último
era un híbrido, lo que explicaba por qué uno podía sentirse al mismo tiempo en
una cabaña y con un cuerpo extraño. Inusual, desde luego.
Las criaturas de
la niebla podían describirse, según un dicho, como “curas bautizando chivos”:
ociosas y traviesas. Aburridas, solían inspirar a los humanos a realizar las
actividades más peculiares. Así fue como Laci, con la ayuda parcial de Hana y
Koviljka, instó a un antiguo artista a esculpir un escudo distinto a todos los
demás: austero, sin águilas ni fieras, puro y misterioso.
Uno de los
cautivados por ese escudo fue Julius. Inteligente, pero de temperamento
impetuoso, dedicó días al estudio de los textos antiguos y a conversar con el
pueblo, aunque el secreto del enigmático blasón siempre se le escapaba.
Laci, al notar
su obsesión, concibió una broma. Una noche se filtró en su habitación envuelto
en niebla, y, mientras Julius dormía, plantó en su mente una idea: El
secreto no puede descifrarse porque el escudo está invertido, como las
inscripciones en las antiguas estelas destinadas a las almas internas.
Luego se
desvaneció, riendo.
Al día
siguiente, Julius despertó emocionado. Pensó que semejante sueño no podía ser
casualidad. Religioso como era, lo tomó por una revelación divina: ¡por fin una
iluminación que revolucionaría la heráldica! Entusiasmado, pidió prestado un
espejo al barbero, reunió a curiosos y llamó a la prensa para una presentación
pública frente al misterioso escudo.
Ante todos,
proclamó:
—¡Señoras y
señores! Estoy a punto de revelar un descubrimiento revolucionario. Inspirado
por una fuerza que no es de este mundo, he comprendido que este escudo se
asemeja a ciertos monumentos funerarios con inscripciones invertidas, legibles
sólo desde el interior. Observen… Sólo hay que mirarlo en el espejo y…
El público
contuvo la respiración.
—¿Y bien? —gritó
alguien—. ¿Cuál es el secreto? ¿Hay un tesoro?
—¿Tiene algo que
ver con unas botas? —añadió otro.
Julius frunció
el ceño y tartamudeó.
—Pues… solo se
ve la imagen al revés. Quizás requiere tiempo para…
—¿O sea que nada
descubriste? —preguntó una niña.
La multitud
prorrumpió en carcajadas. La prensa guardó sus cámaras entre resoplidos.
Julius, humillado, vio alejarse a los curiosos mientras alguien murmuraba:
—Idiota.
Avergonzado, fue
a una taberna, bebió hasta el amanecer y regresó tambaleándose a su posada,
donde cayó en un sueño profundo.
Los seres de la
niebla observaron con disgusto el desenlace. Laci había ido demasiado lejos.
—Sabes, Laci —le
dijo Stanko—; eso no estuvo bien. El pobre chico no es malo, ni siquiera está
deshidratado (ya sabes cuán importante es el agua para nosotros). ¿No crees que
deberías compensarlo?
—Sí, sí, me
siento mal —admitió Ladislav—. No imaginé que saldría tan mal. Fue cruel.
—Podríamos
animarlo un poco, en señal de… —intervino Stanko.
—¿Compensación? —añadió
la compasiva Lana.
—Claro —propuso
Koviljka—. Lo rodeamos mientras duerme, lo atraigo a mí, le damos un par de
dulces experiencias, y luego Lana se encarga de que el final sea inolvidable.
Después lo devolvemos, y listo.
Todos estuvieron
de acuerdo.
Ni siquiera las
criaturas de la niebla comprendían del todo cómo funcionaba Koviljka cuando se
convertía en portal hacia aquellos lugares de placer. Algunos decían que no era
un portal, sino un nodo espaciotemporal capaz de retener a un ser por un lapso
antes de devolverlo a su realidad. Cuando le preguntaban, ella sólo sonreía,
produciendo en los demás la sensación de un beso en el cuello.
Así lo hicieron.
Mientras Julius dormía, la niebla se deslizó por su ventana. La blancura lo
envolvió y, de pronto, se encontró en un paraje deslumbrante, rodeado de una
mujer que era la suma de todos sus deseos. Cambiaba de forma: primero una
morena atlética de ojos verdes, luego una rubia voluptuosa de aroma
intoxicante.
Creyendo soñar,
se abandonó al placer. Luego vino un éxtasis sostenido, provocado por Hana, y
despertó bañado en sudor, jadeante.
—Vaya sueño… —dijo
para sí—. Esto sí que fue intenso. ¡Y en una noche tan fría! ¿Cómo estoy tan
acalorado?
Fue al baño, se
miró al espejo y vio marcas de lápiz labial y arañazos en la espalda. Un
perfume femenino flotaba en su piel. Sonrió, recordando todo, a
través de la niebla.
Desde el cristal
vio la niebla alejándose hacia el abismo bajo el castillo.
Epílogo
A pesar del
bochornoso episodio, la carrera de Julius no sufrió. Al contrario, floreció.
Años después, ya célebre, los periodistas le preguntaron cómo lo había afectado
aquel fiasco. Él sonreía, con aire de gato que se tragó un pez dorado, y
respondía:
—Yo no lo
considero un fracaso. Todo lo contrario.
Los más sagaces
lo observaban sospechosamente, intuyendo que detrás de su respuesta había una
historia secreta. Y al menos en eso, tenían razón.
El misterio del
blasón enigmático siguió desafiando a generaciones futuras, mientras las
criaturas de la niebla, complacidas, se esfumaban una vez más entre los
pliegues del tiempo.
Así fue
como todo ocurrió.
Vanja Spirin nació el 28 de mayo de 1963 en Zagreb. Estudió Lingüística y Fonética
en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Zagreb y se graduó en la
Academia de Producción Musical (MPA). Se dedica a la escritura, la producción
musical y los proyectos multimedia, y ocasionalmente trabaja como instructor de
escritura creativa. Como escritor, ha cultivado diversos géneros literarios, y
sus relatos y columnas han sido publicados en numerosas antologías, colecciones,
periódicos, revistas y portales en línea. Ha publicado los siguientes libros: Hangrap
y Drobhila, epopeya estarojmírica (1993), Mitos
y leyendas croatas (1994), El tesoro de los dioses (1999),
Las hazañas heroicas de Junkers y Vailiant (2000),
La tercera nariz (2003), Misión
mortal (2013), Junkers y Vailiant contra las fuerzas
de la oscuridad (2017), Rubias para principiantes
(2017), De las ovejas a las estrellas (2022) y Las
sombras de las almas ocultas (2024).

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