Franca Marsala
Patrick Konnas esperaba en la zona de descanso de la estación orbital. Estaba nervioso, inquieto. De vez en cuando se acomodaba el cómodo traje azul que llevaba puesto, aunque le sentaba como un guante. Con su figura esbelta, casi cualquier prenda le favorecía.
—Señor, parece preocupado
—intervino el secretario, Sam.
—No, no, estoy bien. Solo un poco
ansioso. Esta conferencia en Europa es muy importante. Podría ser mi
consagración.
—No tiene nada de qué preocuparse.
El discurso es prácticamente perfecto. Además, también se informó sobre los
demás participantes, sus costumbres y hábitos, incluidos los alienígenas. Ha
pensado en cada detalle. Puede estar tranquilo.
—Es difícil para nosotros, los
humanos. A menudo somos más emotivos de lo necesario. A veces desearía tener un
poco de tu desapego robótico —comentó el directivo, sonriendo.
Una voz anunció el atraque del Galactic
Express, el convoy del color de la noche que, surcando el espacio, unía los
distintos planetas del Sistema Solar.
—Ha llegado el momento —suspiró
Konnas—. Comienza la aventura.
Siguieron a la pequeña multitud y
subieron al transporte.
La cabina era lujosa, como todas
las demás. Estaba compuesta por dos amplios compartimentos: el primero,
destinado al día, con sillones ergonómicos de color rojo, numerosos estantes
retráctiles que aparecían solo cuando era necesario, cuadros tridimensionales
de artistas famosos en las paredes y una iluminación tenue; el destinado a la
noche era todavía más confortable, con una enorme cama de levitación magnética
que ocupaba gran parte del espacio y unos rectángulos camuflados en las paredes
que hacían las veces de armarios.
El viajero tomó asiento y dejó
vagar la mirada a través de los grandes ventanales que ofrecían una vista
sobrecogedora del infinito.
—¡Qué maravilla!
—Sí, señor —respondió el robot
mientras transportaba los contenedores modulares.
—Siéntate —le ordenó—. Ya guardarás
mi ropa después.
—Como desee.
—Creo que ha llegado el momento de
relajarme y disfrutar del viaje.
—Por supuesto. Se lo merece. Me
alegro por usted.
—Me gusta oírtelo decir, aunque
solo sea cortesía. Me alegra compartir esta experiencia contigo. Has estado a
mi lado durante todo mi ascenso y quería que siguieras acompañándome.
—Me honra oír eso. He sido testigo
de su trabajo, durante estos años, en el campo de la alimentación sintética. Ha
alimentado a poblaciones enteras con los productos de sus instalaciones. Tiene
motivos para sentirse orgulloso.
—Gracias. Eres un amigo.
—En cierto modo, sí lo soy, señor.
El paisaje cambió: el vehículo
emprendía un largo itinerario. Se detendría en la siguiente base de embarque
para recoger a habitantes de otros mundos hasta llegar a su destino: el
satélite de Júpiter.
Dos hombres aparecieron en la
puerta, empujándose amistosamente.
—Déjalo ya, te comportas como un
chiquillo —protestó uno de ellos, alto y moreno.
—Lo dice el adulto —se burló su
compañero, bajo y rubio.
—Ya están aquí; precisamente me
preguntaba cuándo aparecerían para molestar —los reprendió Konnas con tono
divertido—. Sam, ¿recuerdas a Axel Myrat y Gurden Filik? Trabajan en mi mismo
sector, aunque en continentes distintos.
—Sí, los recuerdo. Me alegra volver
a verlos, señores.
—Gracias, igualmente —respondió
Filik.
—Este cree que es mejor molestar a
los demás que releer y corregir las cuatro palabras que ha escrito —intervino
Myrat.
—Es imposible corregir la
perfección —replicó el otro.
El empresario soltó una carcajada.
—Con ustedes este viaje será
todavía más divertido.
—Más tarde nos reuniremos con
nuestros colegas en una sala de descanso para charlar y, sobre todo, beber —lo
invitó Axel.
—Gracias. Me uniré encantado.
—Siempre que, como de costumbre, no
termines borracho —lo reprendió Gurden.
—Estoy de vacaciones; no tengo una
esposa detrás diciéndome lo que debo hacer, sobre todo lo que no debo hacer, y
pienso divertirme.
—Ya. Hodilla volvió a montar una de
sus escenas habituales, como si fueras a ausentarte un mes en vez de unos pocos
días. Qué suerte tienes, Patrick, siendo soltero.
Mientras seguían criticando su
buena fortuna, se marcharon.
—Son simpáticos, ¿verdad, Sam?
—Escapa a mis capacidades
comprender vuestro sentido del humor. Sin embargo, me alegra comprobar que
ahora está más tranquilo.
Patrick sonrió y sacó su holopad
de uno de los numerosos bolsillos del traje.
—Estoy más calmado, pero quiero
echarle un último vistazo a la ponencia. Por simple precaución.
Comenzó a recorrer las imágenes
tridimensionales que aparecían ante él. Llegó al pasaje que le interesaba e
hizo deslizar las páginas con un gesto.
Parecía excelente, aunque en realidad
era perfeccionista en exceso.
De pronto, el dispositivo emitió
una señal luminosa y una voz sintetizada anunció la llegada de un mensaje.
El logotipo de la organización
terrorista G.A.I.A. (Global Awakening in Action) apareció suspendido
frente a él: un árbol de ramas enmarañadas cubiertas de espinas, cuyas raíces
se hundían profundamente en la tierra.
"Llevas un dispositivo
adherido al cuerpo. Si intentas abrirlo o manipularlo, se activará. Contiene
una toxina, Aeromor, una sustancia letal para los terrestres. ¡Han sido
derrotados!"
Inmediatamente, una cuenta
regresiva de quince minutos sustituyó al mensaje. Conocía a esos fanáticos.
Eran criminales despiadados. Ahora él se había convertido en su objetivo. Sintió
un mareo y le costó respirar. Temió estar sufriendo un infarto.
El asistente lo sostuvo mientras se
desplomaba sobre el asiento y lo ayudó a controlar la respiración.
—Está sufriendo un ataque de
pánico. Déjelo en mis manos.
—No puedo... no puedo... —murmuró—.
Son unos fanáticos.
—Por desgracia, tiene razón. Son
fundamentalistas obsesionados con un único objetivo: regresar a la naturaleza y
a los productos cultivados como en la Antigüedad.
—Se niegan a comprender que son
precisamente industrias como la mía las que permiten alimentar a tanta gente.
El planeta está al límite; no podemos retroceder.
—Solo saben matar en nombre de unas
convicciones irrealizables.
—¿Dónde está? ¿Dónde? No lo
encuentro.
El robot comprendió a qué se
refería y comenzó a registrarlo con rapidez y método.
Se lo mostró: un pequeño cilindro
gris adherido al borde del pantalón, junto al zapato.
—Debió de ocurrir entre la
multitud, antes —reflexionó.
—¡No lo toques! —le ordenó Konnas.
—Quizá pueda piratear su sistema.
Intentaré descubrir cómo desactivarlo.
—Eres mi única esperanza.
Patrick bajó la cabeza y esperó.
—Una opción de seguridad me
bloquea. Debe de haber sido diseñada por alguien más avanzado que yo. Lo siento
mucho, señor.
El directivo perdió el control.
—¡Tenemos que avisar a los demás!
¡Hay que evacuar el convoy! —gritó—. Cualquiera que respire oxígeno morirá.
Axel, Gurden... son mis amigos... Con este sistema de ventilación no tendrán...
no tendremos... ninguna posibilidad.
Se precipitó hacia la salida, pero
el asistente lo detuvo.
—¿No comprende que estallará el
caos? Todos intentarán llegar a las cápsulas de salvamento y terminarán
haciéndose daño, pisoteándose unos a otros.
—¿Y entonces?
El robot lo observó durante un
instante.
—Venga conmigo.
—¿Adónde? Quedan muy pocos minutos.
—Confíe en mí.
—Sí... sí, confío en ti.
Recorrieron juntos los pasillos,
pasando junto a las cabinas y las zonas de recreo.
Llegaron a un área aislada.
El robot, con sus velocísimos
dedos, introdujo un código que todos los pasajeros recibían al hacer la reserva
–con la orden terminante de no utilizarlo salvo en casos de extrema emergencia–
y las puertas se deslizaron, revelando los módulos de socorro.
Los dos penetraron en el hangar.
—¿Tienes alguna idea? —preguntó
Konnas.
El asistente se acercó a uno de los
módulos, tocó un control y abrió la cápsula.
Con decisión, empujó a Patrick al
interior.
—¿Qué ocurre? ¿Qué piensas hacer?
—exclamó él, sorprendido.
—Lo estoy sacrificando. Morirá; eso
ya está decidido. El tiempo casi se ha agotado. Estoy eludiendo la Primera Ley
de la Robótica, que me obliga a protegerlo a usted y a sus semejantes, para
aplicar la Ley Cero: salvar a la humanidad.
Su jefe intentó resistirse, pero el
robot lo sujetó con facilidad.
Luego entró también y cerró la
compuerta.
—Lo lamento profundamente. Usted no
lo merecía. Nadie lo merecería.
—Estoy perdido, lo sé. Pero tú...
tú no. ¿Por qué estás aquí? ¿Por qué me has seguido? —balbuceó, temblando.
—Después de haberlo condenado, mi
cerebro sufrirá daños irreparables —explicó.
—¡Soy una persona, puedo morir!
¡Pero tú no! ¡Pueden regenerarte, reactivar tus circuitos!
—Es una decisión mía, Patrick
—respondió Sam.
Rozó una consola y la cápsula fue
expulsada hacia el espacio.
Hacia la oscuridad.
Franca Marsala nació en Italia el 28 de junio de 1970. Escritora
apasionada desde muy joven, cultiva principalmente el cuento, género con el que
ha participado en numerosos concursos literarios, alcanzando en muchas
ocasiones las instancias finales. Ha colaborado con
diversas editoriales italianas, entre ellas Scudo Edizioni, Cartman, Holden
Edizioni, Giulio Perrone Editore, Historica, 150 Strade, Lettere Animate, Il
Pavone, PAV Edizioni, Zona Morta e InFilaIndiana, además de publicar en medios
digitales como Scirokko, Rapsodia y Cose di altri mondi. Su obra abarca la ciencia ficción, el thriller,
el fantástico, el policial y el terror. En 2024 apareció su primera novela de
ciencia ficción, Más allá del espacio y del tiempo, y ese mismo año
participó en la antología Voci degli abissi con el relato Mundo de
cristal, distinguido con el Premio Vegetti 2025. También ha publicado
relatos en revistas especializadas como World SF Magazine Italia y Il
Magazzino dei Mondi, además de integrar numerosas antologías colectivas. Entre
sus trabajos más destacados figuran las novelas Tra le nuvole (2017), La
Tempesta (2012) y Le otto croci, que obtuvo el décimo puesto en el
Premio Dea 2019. En 2015, una idea original suya fue adaptada por Astorina para
convertirse en la historia de Diabolik Angoscia dal passato, y
otro de sus textos formó parte del espectáculo teatral Condominio,
estrenado en Milán.

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