Eri Echilley
Llueve.
Las gotas se abarrotan en la ventana como quién mira con la ñata en el vidrio todo
aquello que no podrá tener. Llueve y la solemnidad de la casa es un arrullo de
cuna que adormece mis ganas de querer poner un pie en la cocina. Tengo una
tristeza sideral, porque la escala de grises se apoderó de mi manera de ver el
mundo desde aquel incidente.
Me voy a levantar, te digo, mientras vos
seguís observando el infinito adormecida en tus disociaciones recurrentes. Con
pasos silentes, me dirijo hasta la cocina, prendo las luces y pongo un jarrito
con agua en el fuego de la hornalla. Saco el frasco de café, agarro una
cucharita y coloco los granos necesarios en un filtro que nadie usa. Las
cerámicas sostienen los pies descalzos de mi peso muerto.
De pronto, un ruido. De repente, un
estrépito. Un grito. Seguramente dejé la televisión prendida de nuevo y eso te
aterra. Perdón, suelo olvidarme de que mi cotidianidad no es la tuya. Camino
lentamente hasta la habitación y vos hablás por teléfono, otra vez volvió a
pasar. Te asusta lo cotidiano.
—Me estoy volviendo loca, Juan. Me estoy
volviendo cada día más loca.
No, amor. No es locura, te digo mientras
seguís hablando a los gritos sin importar lo que yo te pueda decir.
—No soporto más todo esto, recétame más
pastillas. Algo que no me haga sentir que estoy perdiendo la cabeza.
Pero, amor, vos no necesitás nada de eso.
Amor, vos no estás loca. Yo estoy loco, yo soy el problema. Yo y mis descuidos.
Con celeridad, corrés a la cocina por un
vaso de agua. Tus pasos se apuran con el nerviosismo de alguien que huye. El
pitido insolente de tu voz aguda me destruye los tímpanos. Mi amor, no lo
vuelvo a hacer, te lo juro, te suplico, mientras vos ordenás todo, apagás la
hornalla y sacás el jarrito del fuego.
—No puedo con todo esto. No es real. Nada
es real.
¿Qué es real?
Amor, no te alteres, no va a pasar nada.
Solo quería sorprenderte. Solo quería…
Tus manos apuradas intentan guardar las
cosas en los cajones de la mesada. Luego la rabia hace que abras el blíster con
una energía irreverente. Cuando lo lográs, se te caen las pastillas e intentás
levantarlas del suelo. Tus manos tiemblan, tu garganta se cierra y tus pupilas
se dilatan. Intento abrazarte, pero es como si no lo notaras. Hace tiempo que
no notás nada, pienso.
—No lo soporto más. Por favor, vení a
buscarme. Necesito que vengas a buscarme ya, quiero ir a dormir con vos.
Necesito que vengas a buscarme. Tengo miedo.
¿No soy lo suficiente para vos? No te
vayas, prometo no volver a prender la tele ni a despertarte de esa manera. Pero
no hice nada malo.
El reloj del salón marca las nueve y
media. Suena el timbre de forma incesante. Vos abrís rápido, Juan entra y lo
abrazás. Me voy a la habitación y te espero. Amor, no me dejes, te digo,
mientras vuelvo a prender la televisión y los ojos de Juan se abren de par en
par. No me ignoren.
Te enojás y le gritás como si él solo
tuviera la culpa de todo esto. Amor, vos estuviste ahí. Tus manos labraron el
acta, mi propia sentencia, coartaron mis ganas, urdieron el plan y ahogaron el
último suspiro de mis pulmones agitados mientras mi espalda descansaba sobre
aquel respaldo de terciopelo.
El viento agita las cortinas. Me levanto y
apago la luz. Voy a la cocina y giro las perillas. Quiero que descanses de esta
locura, mi amor. Las ventanas abrazan el viento y se abren como nunca. La
humedad de las paredes chorrea en forma de lágrimas negras. Juan intenta abrir
la puerta, pero yo sostengo el picaporte. No puedo dejarte ir así. No puedo
sentir que todo esto fue en vano. Tus golpes desenfrenados se diluyen en el
silencio sepulcral del bosque lejano que alberga nuestra casa. Tu corazón se
acelera demasiado. Juan intenta romper el vidrio, intenta con todas sus fuerzas
golpear la puerta, pero la luz mortuoria del cuarto se deglute los intentos.
Vos repetís que tenías razón y que no estabas loca. No, amor. No estás loca, te
digo y me escuchás. La palidez se apodera de tu piel y la desesperación se hace
uno con tu carne. Abrazas a Juan y las gotas frías de transpiración le recorren
la espalda. Nunca estuviste sola, agrego y me escuchás de nuevo. Dejás de
ignorarme por fin. Intenté decírtelo muchas veces, amor. Nunca crucé la luz,
porque no puedo alcanzar la gloria sin sentir que existe la justicia.
Los gritos mudos y ahogados se acumulan en tus cuerdas vocales. Los alerces se arrellanan al paso del viento. El silencio se muda a tu boca y nadie oye, nadie espera, nadie busca, nadie escapa. Las gotas se amontonan en la ventana para ver la escena final. Las cortinas terracota observan con morbo a los dos amantes dormidos en silencio.

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