Iván Bojtor
Ulf Turgenson
encontró el códice en el sótano del monasterio de Heisterbach, siguiendo las
referencias de un manuscrito del siglo XV.
El manuscrito conservaba un
fragmento hasta entonces desconocido del Dialogus Miraculorum, es decir,
Historias milagrosas, la colección de relatos ejemplares de Caesarius
Heisterbacensis, relacionado con una de las leyendas sobre la historia del
monasterio.
Según la conocida historia, un
monje meditaba acerca de aquellas palabras del apóstol Pedro según las cuales:
«Para el Señor, un día es como mil años, y mil años como un día», y comenzó a
dudar de su significado. Mientras meditaba, se perdió en el bosque y, cuando
logró regresar al monasterio, descubrió con asombro que no conocía a nadie y
que ninguno de los habitantes del monasterio lo conocía a él. Cuando dijo su
nombre, oyó estupefacto que, según los anales de la comunidad, trescientos años
antes había vivido allí un monje que un día abandonó el monasterio y nunca
regresó. Según la leyenda, el monje comprendió entonces las palabras del
apóstol Pedro y poco después murió feliz.
Sin embargo, el manuscrito que
llegó a manos de Turgenson afirmaba que el monje volvió al bosque aquella misma
noche y que, cuando regresó al amanecer, era ya terriblemente anciano.
Envejecía de hora en hora, de minuto en minuto, y acabó convirtiéndose en polvo
ante los ojos de sus compañeros, que habían acudido al enterarse de lo
sucedido. El terror de los monjes aumentó aún más cuando, un cuarto de hora
después, alguien volvió a llamar a la puerta del monasterio y apareció el mismo
monje, con el aspecto que había tenido antes.
El prior, sospechando que todo
aquello era obra de Satanás, ordenó apresarlo y emparedarlo en una cavidad del
sótano del monasterio. Según se decía, vivió allí todavía unos treinta años y
solo podía comunicarse con el mundo exterior a través de una estrecha abertura
por la que le proporcionaban comida y bebida.
Las últimas frases del manuscrito
son ilegibles, porque el borde inferior de la página se ha desintegrado. Solo
pueden identificarse con seguridad unas pocas palabras. Turgenson tampoco
consiguió reconstruir el texto completo, pero a partir de los fragmentos de las
palabras candil y pergamino dedujo que el hermano emparedado
había comenzado a escribir algo. Quizá, para aliviar sus sufrimientos o para
que sus compañeros pudieran aprender de su experiencia, le permitieron dejar
por escrito todo cuanto había vivido y experimentado.
De las notas de Turgenson se
desprende que, según los arqueólogos encargados de la excavación, la entrada de
la cavidad nunca había vuelto a abrirse después de ser tapiada. El lugar donde
se encontraba la abertura utilizada para introducir los alimentos todavía podía
distinguirse a simple vista. Junto a la pared del fondo de la cavidad había
unos harapos tirados directamente sobre la tierra y, a su lado, un plato de
estaño para comer. El único mueble del recinto era un atril improvisado para
sostener el códice, sobre el cual, entre candiles ennegrecidos por el hollín y
recipientes de barro con restos de pigmentos, se encontraba el códice. Como no
se hallaron los restos del monje en la cavidad, la prensa se inundó de
especulaciones carentes de fundamento científico.
Como es sabido, el códice fue
examinado en uno de los laboratorios de la Universidad de Bonn. La obra, que
llevaba el prometedor título de Las tribulaciones de un servidor de Nuestro
Señor Jesucristo en el pasado, el presente y el porvenir, contenía, para
decepción de Turgenson, apenas tres páginas escritas. En la primera, el monje
repetía su propia historia hasta el momento en que fue emparedado. Ese era para
él el pasado. En la página siguiente exponía sus dudas acerca de si lo que le había
ocurrido era obra del Señor Jesús o de Satanás. Ese era el presente mencionado
en el título. En la tercera página solo había una inicial. Las demás páginas
—unas cien— amarilleaban en blanco.
Turgenson tenía libre acceso al
laboratorio. Allí escribía por las noches su estudio sobre el códice y,
mientras tanto, releía una y otra vez el texto completo, buscando alguna
alusión, alguna pista que explicara por qué la parte dedicada al futuro había
quedado inconclusa. Una noche, mientras contemplaba la inicial, que era una
letra T, comprendió que la escena pintada en su interior constituía una
instrucción para utilizar el códice. Dentro de la inicial, el hermano había
pintado a un monje visto de espaldas, inclinado sobre un códice abierto
colocado en un atril y sosteniendo en la mano algún objeto brillante.
Examinó la imagen con una lupa y,
en la página del libro pintado dentro de la inicial, reconoció la misma
inicial. En aquella inicial también estaba la letra T, el monje y, dentro del
códice abierto, la inicial. Ese día escribió en su diario esta breve frase: «He
descubierto el infinito».
Bajo la fecha siguiente, con una
letra casi ilegible, semejante a garabatos, explicaba que observando el cambio
de perspectiva podemos deducir el paso del tiempo, porque si alguien se aleja
de nosotros lo vemos cada vez más pequeño. Cuanto más distante está en el
tiempo, más pequeño es. Mencionaba varias veces un microscopio que había pedido
prestado. Luego escribió acerca de las páginas que había leído en los códices
contenidos en la sucesión infinita de iniciales: «Ya he traducido el texto
visible en la trigésima novena inicial, pero todavía no he encontrado nada que
se refiera a nuestro futuro. Para el monje, esos acontecimientos ocurrieron
realmente en el futuro; para nosotros, sin embargo, siguen perteneciendo al
pasado».
En una anotación fechada dos días
después, informó que lo leído en la centésima sexagésima segunda inicial
correspondía ya a acontecimientos de nuestra época, y mencionó el extraño hecho
de que el tablero de la mesa que sostenía el códice se había partido con un
crujido, haciendo que el libro y el microscopio cayeran al suelo.
Durante las investigaciones, el
peso del códice había aumentado tanto que seis hombres apenas consiguieron
levantarlo, y con gran esfuerzo, para colocarlo sobre una mesa nueva. Para
cualquier otra persona aquello habría sido una señal de advertencia. La mañana
de aquel día fatídico, Turgenson habló por teléfono con su hermana y, según se
afirma, le dijo: «Estoy ante las puertas del tiempo y nada me disuadirá de
atravesarlas».
Los acontecimientos posteriores son
conocidos por la prensa. El laboratorio del segundo piso de la Universidad de
Bonn se desplomó sobre el piso inferior y, unos segundos después, ambos cayeron
hasta la planta baja. Entre los escombros no se encontraron ni el códice ni el
cadáver de Turgenson.
No puedo desmentir ni confirmar los artículos sensacionalistas aparecidos en ciertos periódicos según los cuales, después de aquellos acontecimientos, Turgenson fue visto en varias ocasiones en el monasterio de Heisterbach.

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