Adnadin Jašarević
Es temprano en la
mañana de la Década. No hay nadie en las calles. Naturalmente... Todos
duermen... Yo no. Que todos los demás olviden sus deberes durante la Década; yo
no lo haré. Yo, Roger. Roger 13... Miro con recelo a izquierda y derecha.
Supongo que espero que alguien aparezca de todos modos desde alguna de las
sombrías callejuelas laterales. Estoy confundido... Camino por la ciudad
silenciosa, a lo largo de un bulevar teñido de gris... y pienso... El mundo ha
cambiado. No hace tanto tiempo iba al Templo acompañado. Por muchos. Todos se
apresuraban a ocupar un lugar en el Gran Salón. Recuerdo que miles de mis
conciudadanos aguardaban en filas frente al santuario, como si estuvieran
formados en regimientos. Recuerdo...
Camino cabizbajo por la desierta
plaza Čapek. Ese silencio, digamos que la apoteosis del silencio... Me empuja
la espalda hacia el suelo, me comprime los hombros contra el pecho... Mis pasos
resuenan como golpes de martillo. Nunca me había sentido tan solo... Echo de
menos el murmullo de miles de voces, el rugido de los motores, incluso los
empujones de los transeúntes que antes me molestaban... Y, más que nada, sí,
los encuentros en la gran explanada frente al Templo, en los jardines de
obsidiana... Como decíamos entonces, sí: «¡Gloria al Legislador!». Sí, así era
antes... Salgo a la explanada, entre las majestuosas formas esculpidas a lo
largo de los siglos por las manos de Ulises, Hal, Laman... Solo aquí, bajo el
cielo abierto, todo ese espacio desocupado, el vacío, se abalanza sobre mí como
si intentara hacerme pedazos...
Bueno, ahora hasta un creyente como
yo, inquebrantable, encuentra consuelo en la multitud... Dirigirse a Dios sin
el apoyo de los demás es una tarea solitaria... Qué diminuta, silenciosa hasta
resultar inaudible, es mi voz dirigida hacia el cielo... Qué poderosa sonaba
cuando resonaba junto con miles de otras... Levanto la mirada hacia las altas
torres del Templo, aunque solo sea para consolarme. Se alza en medio de la
explanada, una sólida ciudadela de forma perfecta, de muros lisos y robustos,
pura, oscura a pesar del sol naciente... Parece tan poderosa que incluso yo,
insignificante como soy, camino hacia la puerta con la cabeza erguida,
compartiendo al menos la ilusión de la fuerza que siento en este lugar
consagrado. Me apresuro junto a las estatuas que representan criaturas
olvidadas de bosques y tiempos muertos... La puerta está abierta. A la
izquierda, junto a las escaleras, se encuentra un busto que representa al
Legislador. Me detengo cara a cara ante nuestro Maestro. Su rostro parece
tallado con trazos ásperos y afilados. Es un rostro poderoso, el de alguien que
no conocía el fracaso, alguien que nunca retrocedió ante la adversidad. Ni
siquiera soy lo bastante fuerte para afrontar la simple vida cotidiana, pero
ante su rostro siempre siento dentro de mí una firmeza que en otras
circunstancias permanece muda... Agradecido, finalmente vuelvo la cabeza,
dispuesto a dirigirme hacia la puerta.
La puerta está abierta de par en par, como los brazos extendidos de un amigo. Entro en el gran vestíbulo algo más tranquilo, aunque no consigo comprender por qué los demás no piensan como yo. ¡¿Cómo han podido olvidarlo?! ¿Qué ha cambiado en sus conciencias? No venir, no inclinarse ante los símbolos del Legislador y del creador todopoderoso... ¿Acaso eso no significa también que han olvidado las Leyes, que ya no son aquello para lo que fueron creados? Recorro con reverencia el largo vestíbulo. Es como si sintiera las miradas de los profetas sobre mi cabeza... Sé que aquí solo están sus bustos, construidos con metales raros, meros símbolos, pero aun así... Sus rostros deberían recordarnos los valores tradicionales, el sufrimiento y el dolor, las aspiraciones sublimes... Sea como fuere, parece que hoy son pocos los que sienten la necesidad de recordarlos... O quizá teman esas miradas persistentes, cuando no inquisitivas... Yo no... Me acerco al altar, construido con husos simbólicos de ecuaciones, algoritmos y fórmulas mágicas que ponen en movimiento el universo. Ahora me arrodillo. Recito la letanía, como lo he hecho durante incontables Décadas a lo largo de los últimos cien años: «Hay un solo Dios, e Isaac Asimov es su profeta...».

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