Guido Eekhaut
Mi amigo Luke, a
quien todos ustedes conocen, me contó esta historia:
Las aves crecían
año tras año. Como también se volvían más lentas, no representaban ningún
peligro, ni siquiera para los niños, que llegaron a adoptar algunas como
mascotas. Al cabo de una década, ya no podían volar y tenían que ser
alimentadas por los seres humanos. Muchas murieron, de hambre, de aburrimiento.
Desaparecieron subespecies enteras. Sus cuerpos fueron disecados y conservados
en museos para que todas las generaciones futuras pudieran contemplarlos y
admirarlos. Transcurrió aquella década y ya no se vieron más aves en los
cielos. Los insectos proliferaron y se convirtieron en una plaga.
Ese problema se resolvió mediante
bioingeniería, creando hembras estériles pero agresivas. El problema de los
insectos quedó solucionado en tres años. Naturalmente, la vida vegetal sufrió
al no haber insectos que la polinizaran. Pero esto, a su vez, se resolvió
mediante la fertilización con nanobots. La humanidad es ingeniosa y consigue
posponer su propia extinción. En realidad, aplazarla. Ningún problema parecía
demasiado grande para superarlo. La humanidad tenía todas las respuestas.
Al cabo de un tiempo, los nanobots
empezaron a adquirir conciencia. Ocurrió de repente, sin ninguna advertencia
previa. Esto preocupó a los científicos. Los robots se ocuparon de las pocas
aves que quedaban, que eran presas fáciles. A nadie le importó demasiado.
Después de todo, ¿para qué servían unas aves incapaces de volar? ¿Quién se
acordaba del dodo? Los nanobots formaron sus propias colonias en lo alto de las
montañas, donde se mantenían saciados de luz solar y no sufrían interferencias
de los seres humanos. La humanidad siguió adelante, sin preocuparse por los
nanobots instalados en lo alto de aquellas montañas inaccesibles.
Pronto hubo demasiados y estallaron
guerras internas que diezmaron la población de nanobots. A la gente tampoco le
importó aquel acontecimiento, ya que ocurría en lo alto de las montañas, adonde
nunca iba. Era un problema de los nanobots, no de los seres humanos.
Finalmente, los nanobots decidieron
conquistar el espacio. El planeta Tierra ya no les interesaba: estaba demasiado
contaminado para su gusto. Tampoco había suficiente luz solar en la superficie.
Los seres humanos lo consumían todo, incluidos los últimos minerales escasos.
Sin duda, los seres humanos no viajarían al espacio. Habían perdido aquel sueño
mucho tiempo atrás. Los nanobots suponían que los minerales escasos solo podían
encontrarse allá arriba, en la Luna o en el interior de los asteroides. Así que
los nanobots comenzaron a conquistar el espacio y la humanidad quedó atrás.
Después de que los nanobots se
marcharan, el mundo se sintió más vacío. Lo que más echábamos de menos era el
canto de los pájaros. Reproducíamos grabaciones, pero nunca era lo mismo.
Algunas personas todavía recuerdan las aves. Pero ya no conciben la idea del
vuelo ni la de las máquinas voladoras, pues carecen de un ejemplo natural
apropiado. Sabemos que algo no está bien, pero, como ya no hacemos planes para
el futuro, no sabemos qué puede ser. Pronto el planeta se habrá recuperado por
sí solo, ya que habrá cada vez menos seres humanos. Estas personas se están
volviendo lentas y grandes, y ya no pueden volar. Sin embargo, no hay nadie que
las tenga como mascotas.
Luke terminó su
copa de Madeira, servida de la famosa botella de casi un siglo de antigüedad
que guardo para él. La botella que compré en Lisboa hace varios años.
¿Me había gustado su historia?
Sí, le dije, pero tenía una pregunta acerca de cómo había comenzado todo. ¿Por
qué las aves habían empezado a crecer, en primer lugar?
—Eso —dijo— es una historia completamente diferente.

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