jueves, 10 de septiembre de 2026

LA EXTINCIÓN DE LAS AVES Y LO QUE SUCEDIÓ DESPUÉS

Guido Eekhaut

 

Mi amigo Luke, a quien todos ustedes conocen, me contó esta historia:

 

Las aves crecían año tras año. Como también se volvían más lentas, no representaban ningún peligro, ni siquiera para los niños, que llegaron a adoptar algunas como mascotas. Al cabo de una década, ya no podían volar y tenían que ser alimentadas por los seres humanos. Muchas murieron, de hambre, de aburrimiento. Desaparecieron subespecies enteras. Sus cuerpos fueron disecados y conservados en museos para que todas las generaciones futuras pudieran contemplarlos y admirarlos. Transcurrió aquella década y ya no se vieron más aves en los cielos. Los insectos proliferaron y se convirtieron en una plaga.

Ese problema se resolvió mediante bioingeniería, creando hembras estériles pero agresivas. El problema de los insectos quedó solucionado en tres años. Naturalmente, la vida vegetal sufrió al no haber insectos que la polinizaran. Pero esto, a su vez, se resolvió mediante la fertilización con nanobots. La humanidad es ingeniosa y consigue posponer su propia extinción. En realidad, aplazarla. Ningún problema parecía demasiado grande para superarlo. La humanidad tenía todas las respuestas.

Al cabo de un tiempo, los nanobots empezaron a adquirir conciencia. Ocurrió de repente, sin ninguna advertencia previa. Esto preocupó a los científicos. Los robots se ocuparon de las pocas aves que quedaban, que eran presas fáciles. A nadie le importó demasiado. Después de todo, ¿para qué servían unas aves incapaces de volar? ¿Quién se acordaba del dodo? Los nanobots formaron sus propias colonias en lo alto de las montañas, donde se mantenían saciados de luz solar y no sufrían interferencias de los seres humanos. La humanidad siguió adelante, sin preocuparse por los nanobots instalados en lo alto de aquellas montañas inaccesibles.

Pronto hubo demasiados y estallaron guerras internas que diezmaron la población de nanobots. A la gente tampoco le importó aquel acontecimiento, ya que ocurría en lo alto de las montañas, adonde nunca iba. Era un problema de los nanobots, no de los seres humanos.

Finalmente, los nanobots decidieron conquistar el espacio. El planeta Tierra ya no les interesaba: estaba demasiado contaminado para su gusto. Tampoco había suficiente luz solar en la superficie. Los seres humanos lo consumían todo, incluidos los últimos minerales escasos. Sin duda, los seres humanos no viajarían al espacio. Habían perdido aquel sueño mucho tiempo atrás. Los nanobots suponían que los minerales escasos solo podían encontrarse allá arriba, en la Luna o en el interior de los asteroides. Así que los nanobots comenzaron a conquistar el espacio y la humanidad quedó atrás.

Después de que los nanobots se marcharan, el mundo se sintió más vacío. Lo que más echábamos de menos era el canto de los pájaros. Reproducíamos grabaciones, pero nunca era lo mismo. Algunas personas todavía recuerdan las aves. Pero ya no conciben la idea del vuelo ni la de las máquinas voladoras, pues carecen de un ejemplo natural apropiado. Sabemos que algo no está bien, pero, como ya no hacemos planes para el futuro, no sabemos qué puede ser. Pronto el planeta se habrá recuperado por sí solo, ya que habrá cada vez menos seres humanos. Estas personas se están volviendo lentas y grandes, y ya no pueden volar. Sin embargo, no hay nadie que las tenga como mascotas.

 

Luke terminó su copa de Madeira, servida de la famosa botella de casi un siglo de antigüedad que guardo para él. La botella que compré en Lisboa hace varios años.

¿Me había gustado su historia? Sí, le dije, pero tenía una pregunta acerca de cómo había comenzado todo. ¿Por qué las aves habían empezado a crecer, en primer lugar?

—Eso —dijo— es una historia completamente diferente.

Guido Eekhaut nació en Lovaina, Bélgica, en 1954. Es escritor de novela negra, ficción especulativa, lo insólito y la fantasía literaria. Reside en Bélgica y España y ha publicado unos setenta libros y numerosos relatos, principalmente en neerlandés e inglés. Ganador del premio Hercule Poirot de novela negra y del Premio de Literatura de la Ciudad de Bruselas. Nominado a otros premios, sobre todo en el ámbito de la novela negra y la ficción especulativa. Galardonado con el premio Mossy Stone por su contribución a la promoción de la literatura fantástica en los Países Bajos. Ha escrito para revistas y periódicos sobre temas tan diversos como la gestión empresarial, la historia política actual, el futuro y la tecnología. Actualmente, cuatro de sus novelas negras se han publicado en Estados Unidos, en su propia traducción.

 

 

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