Claudia Isabel Lonfat
Esos
ochenta metros, los que separaban mi casa de la casa de la Polaca, los caminé
enojada. Arrastrando los pies para gastar la media suela recién hecha de mis
Guillerminas. Quería descargar ese cúmulo de pequeños odios, antes de que la
Polaca me empezara a hurgar con su mirada inquisidora. Porque si la vieja
notaba mi furia, empezarían las preguntas, y yo no quería responder nada que
tuviera más de dos palabras. Menos con ella, que era chusma y siempre hacía
comentarios desubicados.
—Qué milagro que hayas venido a jugar con Teresita
—dijo entornando los ojos, hasta casi cerrarlos, y así se quedaban, como
telones rotos y deslucidos, pero luego, de pronto, los abría, y su color
turquesa surgía tan hermoso como breve.
Yo sabía que mi presencia no era una sorpresa. La
Polaca le pedía a mi mamá que visitara a su hija, Teresita, porque no tenía
amigas. Después mamá me mortificaba con reclamos, que más tarde concluían con
la típica presión.
—¿Por qué no vas a jugar un rato con Teresita?
—No quiero —le contesté cortante.
—¿Qué te cuesta, si es una chica buena?
—Me aburro, no quiero.
Después de que mamá empezaba a hacer exhalaciones
ruidosas, como un toro antes de la cornada, yo sabía lo que se venía: una
perorata tan insoportable como innecesaria. No la escuchaba. Había aprendido a
pausarla dentro de mi cabeza, hasta que nombraba a Gachi, mi amiga, y también
mi límite.
—Bueno, muy bien, no vayas. Siempre vos y tu amiga
Gachi van a ser las chicas malas —dijo con resentimiento—. Por eso no vas a ir
a lo de tu amiguita hasta que te levante el castigo.
Calculé rápido las consecuencias y reculé. Estaba muy
enojada como para ponerme a razonar con mamá.
—Bueno… voy —le contesté.
Teresita
me miraba desde el patio de la cocina, mientras la Polaca, su madre, fingía
sorpresa o demencia. Para qué engañarnos; ambas sabían que yo no quería estar
ahí, lo cual era horrible, humillante y hasta perverso. Prefería, mil veces,
seguir de largo esos treinta y seis metros que faltaban hasta lo de Gachi;
treinta y seis metros reales, que medimos uniendo elásticos viejos que no
servían, con algunas sogas, y después terminábamos la medición final con el
metro de costura. Para algunos, Gachi era “la chica mala”; para mí, la amiga
más divertida.
Cuando la Polaca terminó su indagatoria, Teresita, con
cierta timidez, me llamó para que fuera hacia el patio. La Polaca nos dijo que
jugáramos en la terraza, que iba de compras y volvía pronto. Teresita, que
siempre miraba al piso y me resultaba difícil de definir, ahora me observaba
con sus ojos azules y sonreía.
—Isa, se me ocurre una idea genial —dijo efervescente
y me dejó sin reacción—. Vamos a saltar a la casa de al lado y de ahí a las
terrazas; ahora no hay nadie, todos salieron.
La seguí sin dudar. No era complicado. Teníamos que
trepar sin esfuerzo la baranda que separaba su terraza del patio del vecino.
Luego subir una escalera externa al segundo piso y una segunda escalera externa
al tercero, que además era la esquina.
Teníamos una vista impresionante de los alrededores;
veía mi terraza y también el pasillo de Gachi. Un gran árbol no me permitía
observar más detalles de su casa, lo cual me parecía genial porque, con Gachi,
fumábamos en ese patio para que no quedara olor a pucho dentro de la casa.
Ahora, sabía que era seguro.
Esas casas desconocidas nos mostraban algunos de sus
secretos: cuartos escondidos en las terrazas, palomares, pajareras, palmeras,
piletas de natación, juegos de plaza, hermosos parques; hasta un auto antiguo y
un pavo real. También la vimos a la Polaca llegando a la esquina, así es que
bajamos.
Nos sentamos en la mesa del comedor fingiendo que
hablábamos del colegio. Entró con los labios fruncidos, luego se metió a un
cuartito, y volvió con una anciana que parecía momificada. La mujer, de edad
indescifrable por las infinitas arrugas, chillaba como un gato. La Polaca la
sentó y le metió los pies en una palangana con agua caliente. Luego, con una
tenaza, le empezó a cortar las uñas, que eran gruesas como pezuñas. La vieja
lloraba y la insultaba en un idioma incomprensible. Teresita se descomponía de
la risa.
El día aún no había terminado para mí. La Polaca me
iba a llevar a la Escuela Científica Basilio, de la cual era directora. Lo
había arreglado todo con mi mamá a mis espaldas. Viajamos en el 181 hasta Beiró
y Lope de Vega, caminamos tres cuadras hasta una casa antigua que era una sede
de la ECB. La casa era enorme; el recibidor tenía una mesa central con una
escultura y a su alrededor varios ambientes con puertas dobles. En el fondo del
salón se veía una especie de puerta de garaje, de cuatro hojas, parecida a la
de los cines. Los adultos entraban por esa puerta, pero nosotros solo teníamos
acceso a las habitaciones donde había juegos de mesa, papeles, lápices y un
proyector de diapositivas. Con Teresita, y los otros niños, jugábamos al
tutifruti, hasta que ella me agarró de la mano y me hizo salir.
—Quiero que veas algo —me lo dijo al oído mientras
miraba a su alrededor a ver si venía alguien.
Abrió lentamente una de las hojas de la puerta grande
del fondo donde estaban los adultos, y obviamente la Polaca.
Lo que vi parecía ser el escenario de una película de
terror. Se trataba de una especie de teatro con muchas butacas, casi todas
ocupadas por gente que hacía algo extraño con las manos; las acercaban y
alejaban, haciendo movimientos convulsivos. Y los que estaban en el escenario
se encontraban como idos. Uno de ellos, un hombre joven, hablaba sin parar con
voz de mujer.
—Mi marido me envenenó —decía una y otra vez con los
ojos desorbitados.
La Polaca le hacía preguntas.
—¿Quién sos? ¿Qué nos querés comunicar?
—Es boluda tu mamá —le dije angustiada a Teresita—. Le
está diciendo, el tipo o tipa, que la envenenaron, y ¿cómo puede hablar si está
envenenada, o sea muerta…?
—Es un médium —contestó Teresita como si fuera lo más
normal del mundo.
—No entiendo, el muerto parece vivo —acoté, sintiendo
una especie de corriente extraña recorriéndome toda.
—El muerto está dentro del cuerpo de uno vivo —dijo
Teresita.
Se ve que mi cara reflejaba todo el miedo que sentía,
porque Teresita se empezó a reír como un demonio.
—¿Le tenés miedo a los fantasmas? ¡Jódete! —me dijo—.
Yo le tengo más miedo a los vivos —agregó.
El fantasma, junto con el médium, se cayeron
despatarrados en el escenario de madera. Desde donde estábamos podíamos ver el
culo gordo de la Polaca, mientras intentaba, en vano, levantarlo.
Los
días siguientes tuve pesadillas horrendas por culpa de Teresita. Lo primero que
hice fue contarle a Gachi.
—Así, con esa cara de boluda que tiene, timidona y
siempre con la mirada en el piso… viste, resultó ser una víbora.
—Hay que desconfiar de las que tienen cara de boludas,
son las peores —dijo Gachi.
Nos fumamos un cigarrillo Le Mans largo, que
tenía gusto a pasto seco meado por los gatos, y empezamos a cranear la
venganza, porque si había algo que no podíamos permitir era que Teresita se
burlara de alguna de nosotras.
Gachi tuvo una buena idea que entre las dos fue
tomando forma. Ella había visto una película en la que un grupo de jóvenes
jugaba a las cartas. El perdedor se sacaba una prenda, y así hasta que
terminaba el juego. Con Gachi planeamos marcar cartas y tenerlas duplicadas
para que la perdedora fuera siempre Teresita, y así desplumarla en un rato.
No iba a ser fácil. La Polaca no dejaba que Teresita
fuera a la casa de nadie, ni siquiera a la mía, así es que teníamos que ir a su
terreno para lograr nuestro plan. Para eso se tenían que dar varias
condiciones: que Teresita se quedara sola, que Gachi pudiera entrar a la casa
sin ser vista por la Polaca.
Pasaron algunas semanas, entre exámenes y clases de
dibujo y pintura, hasta que vi a la Polaca en la parada del 181. Me quedé en el
kiosco mirando la vidriera hasta que llegó el colectivo. Luego crucé para
espiar a Teresita desde la ventana del comedor de su casa, que estaba siempre
entreabierta. Ella estaba sentada en la cocina, con su abuela, la anciana que
chillaba y hablaba en otro idioma. Corrí esos pocos metros hasta la casa de
Gachi y le avisé que había llegado el momento. Desandé el camino hacia la casa
de Teresita con Gachi pisándome los talones. Golpeé la persiana y vi sus ojos
del otro lado.
—Ya te abro —dijo, y noté una alegría ácida en su
tono.
No se sorprendió al ver a Gachi. Me pareció raro, pero
creí que era por su bajo poder de reacción. Entramos al comedor. Agarró a la
vieja del brazo y se la llevó. La pobre anciana se resistía, intentaba
agarrarse de la silla y lloraba sin lágrimas, diluyendo sus gestos entre las
infinitas arrugas. Teresita la arrastró hacia una habitación y cerró la puerta.
De pronto se transformó. Ya no era la mosquita muerta
que se miraba los pies estando con su madre.
—Vinimos a jugar con vos —le dije con un falso
entusiasmo.
—¿A qué quieren jugar? —preguntó con cierta inocencia
que no me convenció. Por un segundo vi un extraño reflejo en sus ojos.
—Trajimos cartas —le contesté.
Gachi sacó, del bolsillo de su campera, un mazo de
cartas, y las dejó sobre la mesa. Eran viejas, con las esquinas redondeadas por
el uso y el dorso de un azul desgastado. Teresita las miró con una curiosidad
que no parecía del todo genuina.
—¿Y a qué jugamos? —preguntó, deslizando un dedo sobre
el doce de espada.
—A la escoba de quince. El que pierde… se saca una
prenda —dijo Gachi, lanzándome una mirada rápida.
Era nuestra jugada maestra. Habíamos marcado los
naipes con unos pequeños puntos casi imperceptibles en los bordes, usando un
esmalte de uñas transparente que había robado de la cartera de la madre de
Gachi. Yo tenía las cartas claves escondidas en el elástico del pantalón,
listas para ser intercambiadas en un descuido.
Teresita sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos
azules, que ahora parecían fríos como el hielo.
—De acuerdo —aceptó—. Pero juguemos a algo más
interesante. El que pierde no se saca una prenda… el que pierde bebe esto.
De debajo de la mesa sacó una botella de plástico
llena de un líquido amarillento y turbio.
—¿Qué es eso? —pregunté, sintiendo un escalofrío.
—Un mejunge que hice. Tiene vinagre, jugo de limón,
picante, jabón líquido y un poco de la medicina de la abuela. Le da un color
lindo, ¿no?
Gachi y yo nos miramos. Nuestro plan se estaba yendo a
pique. Esto era mucho más siniestro que quitarse una remera. Teresita no era la
víctima que esperaba ser desplumada; era la directora de un juego perverso del
que no conocíamos las reglas.
—No —dije, tratando de sonar firme—. Jugamos a lo que
dijimos.
—¿Le tienen miedo? —nos provocó, inclinándose hacia
adelante—. Pensé que ustedes eran las chicas malas. ¿Un poquito de vinagre las
asusta?
Su tono era desafiante. Retirarnos ahora sería una
humillación mayor que la que habíamos planeado para ella. Gachi, siempre más
audaz, encogió los hombros.
—Dale. Pero vos primero, Teresita. Seguro que perdés.
La partida comenzó. Teresita barajó con una habilidad
sospechosa. Repartió las cartas y los primeros minutos fueron normales. Gachi y
yo nos comunicábamos con miradas, intentando hacer nuestra trampa. Pero
Teresita ganaba las rondas. No todas, pero sí las suficientes. Era
increíblemente buena, o nosotras increíblemente torpes. Gachi bebió primero un
trago del mejunge. Hizo una mueca de asco, tosió, pero aguantó. Luego me tocó a
mí. La mezcla era repugnante, ácida y jabonosa, quemándome la garganta.
Teresita no perdió ni una sola mano.
—Tenés suerte —le dije con la voz ronca.
—No es suerte —respondió ella, colocando sus cartas
sobre la mesa—. Es práctica. Mamá y yo jugamos mucho a las cartas cuando no
viene gente.
De pronto, lo entendí. La mirada en el piso, la timidez,
era su manera de observar, de calcular. En su territorio, con sus reglas, ella
siempre ganaba. Habíamos subestimado por completo a nuestro enemigo. Éramos
unas aficionadas intentando engañar a una profesional.
Gachi, verde por efecto del brebaje, hizo un gesto.
Era la señal para abortar la misión.
—Bueno, nos tenemos que ir —anuncié, levantándome. Las
piernas me flaqueaban un poco.
Teresita no hizo nada. Se quedó sentada, con una
sonrisa de triunfo tranquila en los labios.
—¿Vinieron a jugar conmigo? —preguntó, casi
susurrando—. Qué lindo. Vuelvan cuando quieran. Tengo más cosas para
mostrarles.
Salimos
apresuradamente, casi tropezando en el umbral. El aire de la calle nunca me
había parecido tan puro. Vomitamos, y caminamos en silencio los treinta y seis
metros hasta la casa de Gachi, sintiendo cómo el sol de la tarde nos golpeaba
la nuca.
Una vez a salvo en su patio, bajo la sombra del gran
árbol, Gachi encendió dos Le Mans. Me pasó uno.
—La hija de puta nos cagó —resumió, exhalando el humo
con fuerza.
Asentí. No había otra explicación. Ella nos había
visto venir desde lejos. Nuestro plan, que nos pareció tan astuto, era
transparente para alguien criado en la niebla de la Polaca y los espíritus.
—¿Y ahora? —pregunté.
Gachi miró el cigarrillo.
—Ahora nada. Nos ganó. A las víboras no se las
enfrenta en su propio pozo. Se las evita.
Esa
fue la última vez que crucé esos ochenta metros. Le dije a mi madre que si me
obligaba a ir otra vez, le contaría a todos sobre la sesión de espiritismo y el
médium que hablaba con voz de mujer. El terror en sus ojos fue instantáneo. El
miedo al qué dirán, a que su hija fuera la chusma que destapara el escándalo de
la directora, fue más fuerte que su deseo de quedar bien con la Polaca. Nunca
más me presionó.
A veces veía a Teresita en la parada del 181. Ya no miraba al piso. Me buscaba con la mirada, esos ojos que ahora sabía que eran como los de su madre: hermosos y breves, pero llenos de un conocimiento antiguo y retorcido. Y siempre, siempre, esbozaba la misma sonrisa pequeña y ácida.

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