Sergio Gaut vel Hartman
La lluvia caía como
si alguien estuviera afilando cuchillos contra el cielo.
Vi al hombre por primera vez a las
once y cuarto de la noche, bajo la marquesina del bar Atlantic. Llevaba un
sombrero oscuro, un impermeable oscuro y una expresión tan oscura como la ropa
y la noche. Pero en esta ciudad eso no lo distinguía de nadie.
Lo que me llamó la atención fue que
tenía mi mismo rostro. No facciones parecidas. Mi cara. La misma nariz rota en
el mismo combate olvidado, tantos años atrás. La misma cicatriz junto a la
oreja izquierda. Las mismas arrugas cavadas por el whisky barato, los
cigarrillos turcos y las mujeres equivocadas.
Se quedó mirándome desde la otra
vereda. Yo también lo miré. Ninguno de los dos cruzó la calle.
Los automóviles levantaban cortinas
de agua entre nosotros. Por momentos desaparecía detrás de los faros y volvía a
emerger como una fotografía revelándose en un cuarto oscuro. Pensé en un
hermano perdido, en un estafador con máscara, en un loco escapado de algún
sanatorio. Incluso pensé que del otro lado de la calle alguien se había olvidado
un espejo. La noche invitaba a pensar estupideces... y yo soy especialista.
Entonces el hombre levantó
lentamente la mano derecha.
Yo no me moví. Él mostró algo que
sostenía entre los dedos. Era una fotografía. Aun desde la distancia reconocí
la imagen. Era la imagen de la mujer muerta que había encontrado aquella
mañana. Y detrás de ella, sonriendo para la cámara, estábamos él y yo. Juntos.
Como viejos amigos. Como socios. Como cómplices.
—¡Oiga! —le grité, dispuesto a
romper la estasis.
—Podemos tutearnos —respondió—. No
se le escapa que…
—¡No! —lo interrumpí. Mi grito sonó
desproporcionado, era consciente de que había algo
defectuoso en ese sujeto, ese doble, algo fundamental que se me escapaba, un
detalle que invalidaba la copia y anulaba la posibilidad de aceptar que aquello
fuera real.
—Aceptemos
los datos de los sentidos.
Sonó
estúpido. Había encontrado el cadáver de Eloísa Murnau luego de perseguirla
durante semanas a pedido del marido, un gángster, Marco Robotti. Pero mi doble
no había estado allí, conmigo. ¿Por qué estaba en la foto?
—Si tanto
me conoce —logré articular—, sabe que no he probado una gota de alcohol en seis
meses. —La mitad de mis palabras fueron arrastradas por el viento y la lluvia,
lo que no impidió que mi doble no lanzara una sonora carcajada celebrando la
torpeza de mi razonamiento. No obstante, la carcajada misma era un artefacto que
se jactaba de su propia tosquedad, de mi propia vulgaridad. Traté de
pensar en otra cosa, imaginando que eso serviría para ahuyentar el espejismo; ocurrió
todo contrario. De pronto, el tipo estuvo a mi lado y me dio un codazo en las
costillas, un doloroso codazo.
—¿De dónde sale tu necesidad de
convertir cualquier patrón en una historia. Los médicos quieren una explicación
patológica. Los periodistas quieren un escándalo. Los lectores quieren una
solución. Los policías quieren un asesino. Pero la naturaleza no está obligada
a proporcionar soluciones narrativas.
Retrocedí instintivamente y me
apoyé contra una pared descascarada. Una rata pasó entre mis piernas y me
produjo un escalofrío tan intenso que, por un momento, la imagen de mi sosias
osciló como la llama de una vela. Pero no desapareció.
¿Puede existir un fenómeno real,
observable y predecible cuya explicación sea inaccesible para la inteligencia
humana?
—A fin de cuentas —dije en voz
alta, mientras trataba de serenarme—, una alucinación es una alucinación, no
más que eso.
—Por supuesto —dijo mi doble—. El
problema es que una alucinación tampoco explica nada. —Encendió un cigarrillo.
El fósforo iluminó fugazmente su rostro y tuve la desagradable sensación de
verme reflejado en una fotografía tomada dentro de diez años—. Las
alucinaciones no conocen cosas que el alucinado ignora —agregó, aprovechándose
de mi estupor. Metió la mano en el bolsillo del impermeable y sacó una pequeña libreta
negra. Mi libreta negra. La misma que había desaparecido de mi escritorio tres
semanas atrás. La abrió por la mitad—. Página cuarenta y siete —dijo.
No respondí. O sí. En ese punto me
resultaba imposible asegurar si el que hablaba era él o yo.
—No recuerdo…
—Anotaste que Eloísa Murnau tenía
miedo de los ascensores desde los nueve años porque quedó atrapada durante tres
horas con el cadáver de su tía. Nunca se lo contaste a nadie. Ni siquiera a
Robotti.
La lluvia golpeaba los adoquines
con una obstinación mecánica y al mismo tiempo perversa. ¿Podría haber sacado
alguna conclusión de esa intransigencia? Tal vez la lluvia haya encontrado una
manera de ser sentimental y pragmática a la vez, aunque, como tantas otras
cosas, dejando el significado al margen de la comprensión humana.
—Podría haberlo averiguado —dije,
tratando de salir de la ciénaga filosófica en la que me había metido.
—Claro que podrías haberlo hecho.
Pero no lo hiciste. —Pasó algunas hojas—. También anotaste que pensabas
abandonar la ciudad apenas terminaras este trabajo. Montevideo. Una pensión
cerca del puerto. Pescar de vez en cuando. Dejar de perseguir maridos infieles,
esposas infieles y asesinos mediocres.
Sentí un vacío en el estómago. Jamás
había escrito aquello. Lo había pensado, pero no lo había escrito. Y eso era mucho
peor. Mi doble cerró la libreta.
—De acuerdo. Objetivo cumplido —dije—.
Es hora de que desaparezcas, de que te esfumes.
Mi doble no me prestó atención, o
fingió no hacerlo.
—Ahora me gustaría saber algo, estimado
socio. Si yo soy una invención de tu mente... ¿por qué soy yo quien conoce los secretos
que estás empeñado en ignorar? ¿Qué sucio y maloliente enigma estás tratando de
enterrar en el sótano más profundo de tu mente? Estabas en el motel en el que Eloísa
Murnau fue asesinada. Huiste como una rata al oír las sirenas de los autos policiales.
Pero no pudiste evitar el siniestro impulso de sacarte una foto junto al
cadáver. Espero que me expliques eso; soy paciente.
—Quiero ver la foto de nuevo. En
estos tiempos que corren se pueden fraguar las imágenes y yo…
No terminé la frase. Mi doble ya me
estaba entregando la fotografía. La tomé con la mano izquierda. La lluvia había
reblandecido los bordes, pero la imagen seguía siendo perfectamente visible. Allí
estaba Eloísa Murnau. Muerta. El cuello torcido en un ángulo imposible. La
lámpara del motel proyectaba una sombra oblicua sobre la cama. Y detrás de ella
estábamos nosotros. Yo. Y yo de nuevo. Mi socio, mi sosias, mi doble. No temí
repetir el pensamiento tercamente, como la lluvia golpeando contra el
pavimento, no porque la repetición pudiera modificar algo, sino porque la repetición
discutía la razón de ser de aquella escena imposible.
Observé la fotografía durante
varios segundos. Después la observé otros varios segundos más. Algo estaba definitivamente
mal. No en la foto, en mi memoria.
—¿Lo ves? —preguntó el doble.
No respondí. Porque empezaba a
verlo. La habitación del motel tenía una sola ventana. Sin embargo, en la
fotografía aparecían dos. Una junto a la cama. La otra detrás de nosotros. Una
ventana que yo no recordaba haber visto. Una ventana que, estaba seguro, no
existía. Sentí que algo se desplazaba lentamente en mi cabeza. Como un mueble
pesado arrastrado en una habitación vacía.
—Ahora estamos llegando a la parte
interesante —dijo mi doble.
Y por primera vez desde que
apareció en la vereda de enfrente tuve la sospecha de que no estaba tratando de
convencerme de nada. Estaba tratando de que recordara algo que nunca había
ocurrido. Metí la fotografía en el bolsillo del impermeable, separé los dedos
de la mano derecha y los punteé con la izquierda.
—El cadáver de Eloísa, Robotti, nosotros,
la foto. ¿Qué es lo que me cosquillea en la palma de la mano?
—Menos mal que solo tenemos cinco
dedos en cada una —replicó sonriendo—. Temo que excesivas lecturas de Hammett,
Chandler y Cain te pudrieron el cerebro, por lo que te sugiero, sin malicia,
que te des un baño de Christie y Simenon; tal vez eso clarifique un poco las imágenes
oscuras que supiste pergeñar. Un buen programa de retoque de imágenes no te
vendría nada mal. Género negro, ¡por favor! A veces parece que te metiste en
una burbuja aún más fantasiosa que la que propone la ciencia ficción. La
realidad, amigo, es algo simple… en especial si dejamos de lado todo lo que no
comprendemos ni comprenderemos jamás.
—Muchas gracias por la lección
—dije—. ¿Va a ayudarme a resolver el asesinato de Eloísa Murnau o solo piensa
seguir insultando mis hábitos de lectura?
Mi doble pareció meditar la
respuesta.
—Robotti no te contrató para que encontraras
a Eloísa.
—Nunca dije que esa fuera la
intención de ese mafioso.
—Precisamente. —La lluvia seguía
cayendo entre nosotros. Ya no recordaba si estaba empapado o si el agua formaba
parte de la misma pesadilla de la que no lograba despertar—. Robotti te pidió
que siguieras a su esposa porque sospechaba que tenía un amante. Eso es cierto.
Lo que nunca te preguntaste fue por qué Eloísa parecía empeñada en que la
siguieran.
Sentí un pequeño sobresalto. No
porque la idea fuera brillante, sino porque era obvia. Demasiado obvia. Recordé
a Eloísa entrando en cafeterías donde las ventanas permitían verla desde la
calle; recordé los taxis que tomaba y abandonaba a las pocas cuadras; recordé
los bruscos cambios de itinerario. Durante semanas interpreté aquellos
movimientos como maniobras para despistarme. ¿Y si no intentaba despistarme?
—No —murmuré.
—Sí.
—Eso no prueba nada.
—Prueba que quería que alguien
reconstruyera un recorrido. —Mi doble señaló el bolsillo donde yo había
guardado la fotografía—. Y aún no has comprendido cuál era el destino de ese
recorrido.
Por primera vez desde que comenzó
aquella conversación imposible sentí algo peor que el miedo; sentí curiosidad.
—¿Dónde estamos? —pregunté.
Mi doble me contempló, quizá
sorprendido por mi repentino cambio de frente. Había llegado a la conclusión de
que esa era la pregunta importante. No el qué, el cómo o el cuándo sino el dónde.
Sentí que podría desmontar aquel entramado obtuso y desaliñado si lograba
determinar la localización del sueño, delirio o alucinación, lo que fuera
aquello que me retenía prisionero de una situación absurda. Y mi sosias se dio
cuenta de que yo, por primera vez, estaba apuntando en la dirección correcta.
—Apuntar en la dirección correcta —dijo,
como si fuera capaz de leer mis pensamientos—. Apuntar con una pistola o con
una conjetura que trata de evolucionar hacia una hipótesis certera.
—¿Quién se las está dando de
filósofo, ahora? —Por primera vez creí estar tomando la iniciativa, y una
iniciativa constante termina dando frutos. Por lo menos eso creí hasta el
momento en que mi doble demostró que estaba equivocado—. ¿Dónde estamos?
—repetí, ahora con una energía que habría hecho vacilar al más pintado.
—En el mismo lugar donde estuvo
Eloísa durante los últimos tres meses.
—No respondió a mi pregunta.
—Sí la respondí. El problema es que
todavía estás muy lejos de comprender la respuesta.
Quise replicar, pero algo se
interpuso entre mis pensamientos. Una imagen. Apenas un destello. Eloísa
sentada sola en la cafetería Venezia. No estaba leyendo el periódico. No estaba
esperando a nadie. Miraba a su alrededor. Eso era lo que hacía. Miraba.
Durante semanas la seguí convencido
de que intentaba ocultar encuentros clandestinos. Sin embargo, ahora que
rebuscaba en mis recuerdos advertía algo extraño. Eloísa observaba las puertas,
las ventanas, los espejos. Observaba a los transeúntes. Observaba los reflejos
en los escaparates. Observaba como quien teme ser observado. O como quien
espera reconocer algo.
—Empezaste a verlo —dijo mi doble.
La lluvia parecía haber disminuido.
O quizá yo había dejado de escucharla, de prestarle atención. ¿Acaso cuando uno
deja de percibir algo es lo mismo que decretar su inexistencia?
—Hay algo más —murmuré. Y entonces
recordé. La última vez que vi a Eloísa con vida. El motel. La habitación. La
ventana. No. Las ventanas. Antes de encontrar el cadáver, antes incluso de
abrir la puerta, vi a Eloísa a través del cristal. Estaba de pie. Inmóvil. Mirando
hacia afuera. Mirando directamente hacia mí. Y sonriendo. No era la sonrisa de
una mujer asustada. Era la sonrisa de alguien que, después de una larga espera,
por fin había encontrado aquello que llevaba meses buscando.
—¿Te das cuenta ahora de que la
sonrisa de Eloísa transforma retrospectivamente toda la investigación?
—No, no me doy cuenta —dijo. Pero
solo para disimular que empezaba a descubrir la verdad, escrita con sangre en
el revés de la trama.
—Ya no parece una mujer perseguida
por un mafioso celoso; parece alguien que estaba esperando que el narrador
llegara exactamente hasta ese punto. Estaba agazapada, observando, esperando; tendiendo
una trampa o preparando una revelación.
—Nadie necesita que lo asesinen para
demostrar que tiene razón… —Sabía que mi argumento era débil, y mi doble remató
la situación con una pocas palabras y un puñado de gestos certeros, perfectos.
—No. Pero algunas personas
necesitan morir para que alguien empiece a hacerse las preguntas correctas.
Metió la mano en el bolsillo del
impermeable y sacó algo más. No era una fotografía. Era una llave. La reconocí
de inmediato. La llave de la habitación 17 del motel. La misma que yo le había
entregado aquella mañana al sargento Molina. O que creía haberle entregado.
—Eloísa no te estaba esperando
—dijo mi doble. —Miré la llave. Miré la lluvia. Miré mi propia cara reflejada
en el rostro de aquella imagen, un desconocido, yo—. Te estaba esperando a ti
—repitió. Y comprendí. No de golpe. No como una revelación luminosa. Comprendí
del mismo modo en que amanece: lentamente, casi a regañadientes. Eloísa
observaba ventanas, espejos y escaparates porque buscaba algo imposible. Alguien
imposible. Había descubierto la grieta antes que yo, la duplicación, la
presencia invisible. Por eso sonrió al verme detrás del cristal. No me estaba
reconociendo. Me estaba confundiendo. Nos estaba confundiendo.
Mi doble lanzó la llave al agua
acumulada junto al cordón de la vereda.
—¿Quién la mató? —pregunté.
Por primera vez pareció cansado.
—No te sirve de nada seguir
creyendo que esa es la pregunta importante. —Después sonrió. Era mi sonrisa. La
que aparece en las fotografías cuando ignoro que me están fotografiando. La
auténtica. Y entonces ocurrió algo sencillo. Algo tan sencillo que tardé varios
segundos en comprenderlo.
La vereda de enfrente estaba vacía.
Permanecí inmóvil bajo la lluvia
durante varios minutos más; una eternidad. Luego metí la mano en el bolsillo
para asegurarme de que la fotografía seguía conmigo. No estaba, por supuesto. Solo
encontré una libreta negra. La abrí, cauteloso, como esperando que de las
páginas emergiera un alacrán. En la página cuarenta y siete había una frase
escrita con mi letra. Una frase que no recordaba haber escrito.
"Si alguna vez se produce el encuentro
con el otro, preguntar cuál de los dos empezó la historia."
Cerré la libreta. La lluvia seguía
cayendo, ¿por qué la lluvia debería cesar en esta historia?

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