Luz Moreno
La Tierra era un mundo grato y
sublime, que yo disfrutaba de mirar y embellecer desde la torre del firmamento
en la que habitaba, hasta que se me ocurrió que la poblaría de criaturas de
dulce voz para que me alabaran. Los demás dioses, que tenían experiencia con
poblaciones de otros universos en lejanos confines, me aconsejaron que darles razonamiento
y sentires los volvería difíciles de dominar, pero a mí me pareció de gran
atractivo, porque aprenderían a amarme como si yo fuese un rey. Les di, además,
cuerpos en todo hermosos, dividiéndolos en dos sexos para semejarlos a los
animales que poblaban aquel planeta. No les di demasiado pelaje, a excepción de
las zonas que lo requerían, para poder observarles libremente.
Me di cuenta
de mi error cuando, bajo la blancura de la luna, aquel al que le di ubres se
colgó del árbol que yo les había prohibido con el mero fin de averiguar si eran
obedientes o no. La esbelta criatura tomó una de las dulces frutas coloradas
que colgaban de las ramas con una sonrisa que se volvía maldad en sus ojos,
creyendo quizás que la noche haría de velo para que yo no descubriera su chanza.
No lo hacía por hambre, sino por simple travesura, aunque ni bien comenzó a
comer sintió temor de que el hombre la acusara conmigo. A los pocos bocados,
llamó y le convidó al que yo le diera falo, inventándose la historia de que una
vieja serpiente se las había obsequiado. Sin embargo, el del falo sospechó la
mentira, y ambos se sintieron abochornados por la traición. Se tranquilizaron
ideando excusas y disculpas para cuando yo les indagara, creyendo que lo
hablado haría diferencia en el hecho. Así de perjudicial que les era su
capacidad de hablar.
Cuando me
presenté ante ellos, encontré que se miraban algunas partes de su cuerpo, las
que servían para perpetuar su imagen y su especie. Decidieron que les
avergonzaban porque copulaban con ellas y aquello debía solo ser visto en la
oscuridad, y las cubrieron para que yo no los viera, cosa que me enfureció
terriblemente: amaba su cuerpo desnudo, las curvas de las mamas, el vigor de la
extremidad, los vellos ensortijados, que resaltaban su mirada atrevida hacia el
cielo en un orgasmo que jamás habían reprimido, pues hasta entonces no conocían
la vergüenza. Acariciarlos por la noche, mientras dormían, me provocaba un
regocijo divino, y verlos amarme, dedicándome su cantar y endilgándome los
oídos sobre mi bondad, me hacían tan feliz como a ningún otro Dios pudo hacer
su criatura.
Tuve que
castigarlos; comenzaron una vida de miseria, rodeados de hijos entre los que
reinaba la discordia y el rencor. Ya no miraban al cielo con atrevimiento, sino
con un temor que al principio me inquietó, pero luego encontré agradable,
porque al menos me deparaba respeto. Como los amaba, los perdoné, y les permití
vivir en La Tierra durante mucho tiempo, para que me consideraran buen creador,
con la esperanza de que volvieran a sentirse deseosos de mi amor. Su manera de
agradecerme era bastante divertida: dejaban de comer por mucho tiempo, mataban
animalillos en mi honor, recitaban largos cánticos reunidos. Todo esto me
halagaba mucho, a pesar de que me entristecía de vez en cuando que en su mirada
el miedo hubiera reemplazado al amor desenfrenado que hubo en un principio,
como si yo no fuera su amante, sino un padre severo. Jamás quise ser juez
maligno para ellos, sino un dulce maestro.
Desde que su
creación, al mirarlos crecía en mí un arrobamiento celoso y un exceso de
admiración. Sin embargo, comenzó a corroerme la pena del amor no correspondido,
pues cayeron en la costumbre de adorar a otras deidades y entregarse a ellos
con un furor desmedido que antaño me pertenecía. No era culpa de los humanos,
sino de los demás dioses que, envidiosos de mi gran creación en La Tierra,
acudían desde recónditos sitios del universo para instalarse por allí, con la
excusa de aprender sobre estas criaturas. Se presentaban a los humanos y
conseguían que estos los creyeran sus padres y creadores. Reconozco que yo no
me he encargado de ganarme a la humanidad y recordarle mi existencia muy a
menudo, por considerarla incapaz de olvidarme. No soy dios de los tiempos, por
lo que no puedo retroceder a la feliz época en la que solo eran dos pequeños
que debía mantener seguros en un fragante jardín. En fin, mi disperso rebaño
encontró nuevos maestros, falsos, que les prometieron una muerte dulce y cosas
por el estilo, aunque cuando se aburrieran de ellos los abandonarían para
regresar a sus tareas, dejándolos también dolientes de desamor.
La mirada de
mis criaturas al cielo dejó de ser de pasión o de miedo, para impregnarse de
desinterés, hiriendo mi orgullo. Hablaban mucho, sí, pero ya muy poco de o
hacia mí. Me sentía abandonado, olvidado por todos, y, poco a poco, perdía el
interés por mi planeta. Expulsé a todos los ángeles de mi reinado, enviándolos
a servir a otros dioses amigos. Los vi partir por la vía láctea, agitando sus
alas, nerviosamente, mirando hacia atrás, sorprendidos de que de pronto yo los
despreciara. Pero no quería tener a nadie cerca, porque necesitaba pensar,
buscar la manera de sentirme a gusto nuevamente. Tuve que encontrar una nueva
fuente de inspiración, y se me ocurrió concentrarme en la desgracia de los
humanos. Fue entonces que, a escondidas de los dioses mayores (siempre supe que
el mal sería castigado), me decidí a enviar insoportables torturas a los que no
me amaban, celoso de la devoción que profesaban a otros. Oh, de haber conocido
que esto no los haría regresar a mis brazos, sino que los alejaría en la bruma
del rencor, jamás hubiera comenzado. Pero luego, cuando casi no me quedaban
seguidores, castigarlos me parecía como un exorcismo que ellos merecían, y que
me propiciaba mayor placer que el cuidarlos o simplemente dejarme adorar. Sus
gritos de labios abiertos de cara al cielo, sus ruegos de piedad, eran
repetidos por mí como expresiones de deseo fogoso. Sus lágrimas renacían en mi
cuerpo por el orgullo de mis macabros planes. Me volví un apasionado del
sufrimiento, que me aliviaba la soledad. Miraba con júbilo como cada vez que ellos construían
ciudades, al poco tiempo caían, destruidas por guerras y pestes, y se vaciaban
de gente, y yo los miraba, con mi gran ojo. Tanta desesperación y destrucción
de todas las cosas humanas, que ellos creaban y yo arruinaba de un pestañeo, me
parecía más divertido que mi tarea de antaño, la de crear criaturas en mi el
planeta que se me había asignado. Los campos secos no daban ya fruta, así que
los niños enfermaban y las madres morían de tristeza, y los hombres,
hambrientos, se violentaban y mataban a sus familias. Los hospitales estaban
llenos, y no había médicos que atendieran. La gente enloquecía, saqueaba los
negocios, lloraba, se tiraban de los balcones y la sangre corría, goteaba,
manchaba las calles y la tierra, y yo olfateaba el aroma salado y escarlata y
me reía. Esos clamores, esos gritos, esos llantos, múltiples, formaban una
melodía que se alzaba por los aires y yo la oía, bailando, haciendo frufrú con
mis alas blancas, y palmoteaba alegremente, solo, desde mi torre.
Fue cuando los
humanos comenzaron a preguntar a otros dioses por qué la desgracia se ensañaba
con ellos, a raíz de lo cual mis colegas averiguaron de dónde provenían las
enfermedades, plagas y cataclismos, y se allegaron a mí en vuelo veloz. No los
vi venir, ocupado en hacer nacer a los ideadores de la bomba atómica. No los
oí, porque reía para mí y meditaba sobre el bien que harían los humanos si
comprendieran que al regresar a mi regazo se calmarían todos sus males. Entonces
escuché detrás de mí el batir de alas blancas y el susurrar de la palabra “pervertido”,
y sentí un filo helado en mis omóplatos. Cortaron mi plumaje alboreado
manchando todo mi cuerpo moreno de sangre escarlata. Así sin más, quebrantado
de dolor y sin poder mirar a los ojos a mis atacantes, fui conducido a un
territorio en las profundidades del cosmos, detrás de la muerte humana, que
nombraron como el Infierno. “¿Querías ser rey? Ahora serás Rey de las
tinieblas” y allí me dejaron. Otros dioses pequeños había junto a mí, todos
malvados con sus creaciones, de los que se me puso al mando. Cuando pregunté
qué debíamos hacer, explicaron que los humanos, ahora carentes de Dios, muy
pronto se matarían unos a otros y habría que cuidar más almas perecidas que en
vida. Desde que tomé el mando en el Gehena he comprobado que los humanos llegan
aquí a montones, a convertirse en mis súbditos nuevamente. Nada de devoción
hacia mí encuentro en ellos: culpable de todos sus males, me detestan y me llaman
Lucifer. Imagínense lo que han enloquecido en la Tierra, que creen ahora que he
sido yo esa vieja serpiente que engañó a la inocente Eva, cuando fue la de las tetas
exuberantes la que tomó la manzana.

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