Alexander Zelenyj
—¡Bienvenido, amigo!
Stanley Dufferin se sobresaltó al
oír aquella voz estruendosa irrumpiendo en sus confusos pensamientos, y una de
las bolsas de plástico que llevaba se le resbaló de las manos enguantadas para
caer sobre el suelo embaldosado con un golpe sordo que no logró ocultar el
pequeño pero inconfundible crujido que lo acompañó: el pescadorcito de cerámica
que encabezaba la lista de regalos navideños de Rebecca, la última pieza que
necesitaba para completar su más reciente colección de figurillas de cerámica
horrendas; esta basada en un tema a lo Huck Finn: un muchacho desaliñado,
descalzo, de cabello revuelto, con una línea de pesca colgando desde el muelle
de porcelana hasta unas aguas imaginarias. Y era el último de aquellos malditos
engendros sobre la estantería de Sears.
Alzó la vista hacia el origen de la
interrupción, concentrando toda su creciente furia, sus niveles de estrés
disparados, y pensando también en la decepción que pronto le causaría a su
esposa.
Un vendedor le sonreía con la
sonrisa más radiante que Stanley hubiera visto jamás. El hombre, de mejillas
redondas y rojizas, parecía esperar algo con evidente entusiasmo. Saber que
realmente le había hablado a él multiplicó la furia de Stanley por diez.
—¿Qué? —gruñó Stanley. Luego,
señalando la bolsa caída a sus pies, añadió—: Gracias. Por gritarme hice caer
esto y se rompió el regalo que había dentro.
La sonrisa del vendedor no se
desvaneció. De hecho, soltó una carcajada cordial y dijo:
—¡Qué importa eso, amigo! Cuando
vea lo que vendo, todos los regalos de este centro comercial... demonios, ¡de
este mundo!, le parecerán insignificantes en comparación. ¡Venga a echar un
vistazo!
Le hacía señas hacia una pequeña
mesa plegable instalada en el corto anexo que conducía al patio de comidas y al
conjunto de kioscos de más allá. Allí no había negocios verdaderos, solo una
pequeña cabina fotográfica junto a la pared opuesta, cerca de la salida.
La curiosidad hizo avanzar a
Stanley. Se abrió paso entre la gente que entraba y salía del centro comercial.
Al llegar a la mesa vio una docena de gafas con montura de plástico negro
colocadas sobre pequeños soportes de terciopelo. Detrás había varias cajas
marrones de cartón; la superior estaba abierta y dejaba ver filas de estuches
plásticos negros, probablemente conteniendo un par de gafas cada uno.
—No necesito gafas —dijo Stanley
con voz aburrida, recuperando su irritación.
El vendedor soltó otra carcajada.
—¡Estas no son gafas comunes,
amigo!
Stanley arqueó una ceja.
—De acuerdo. ¿Y qué hacen estas
gafas extraordinarias?
Miró el par más cercano: las lentes
ligeramente tintadas reflejaban la intensa iluminación del techo. ¿Gafas de sol
graduadas?
El vendedor parecía completamente
inmune al escepticismo y al tono sarcástico de Stanley.
—Al ponerse estas gafas, todas las
personas a las que mire se transformarán ante sus ojos. Cada persona que vea
aparecerá, en todos y cada uno de sus detalles, como... Mila Kunis.
Stanley frunció el ceño.
—¿Quién?
Empezaba a exasperarse. Solo seguía
allí por curiosidad. Mila Kunis... el nombre le resultaba vagamente familiar,
aunque no conseguía recordar de dónde...
—La actriz, amigo —dijo el
vendedor—. Sale en televisión y en el cine. Morena y hermosa.
Esperó sonriente.
—No me suena... Mire, yo...
Entonces la recordó. Solía ver de
vez en cuando una comedia donde ella aparecía, sobre un grupo de amigos
adolescentes en los años setenta.
—Ah, sí. Ya sé quién es. —Miró al
vendedor, que seguía observándolo expectante—. Entonces, ¿qué hacen
exactamente? Las gafas.
El vendedor adoptó una expresión
paciente.
—Ya se lo dije, amigo. Con estas
gafas verá a la señorita Mila Kunis dondequiera que mire. Cada mujer que vea –cada
hombre también– aparecerá como la señorita Kunis en todos sus detalles exactos.
¿Está casado? ¿Tiene pareja?
—¿Por qué...? ¿Por qué alguien
querría esto?
Oyó lo lejana y pequeña que sonaba
su propia voz. Pensó en Rebecca esperándolo en casa: un par de años menor que
él, todavía conservaba la figura y, tras once años y medio de matrimonio,
seguían llevándose bastante bien, considerando todo. Mila Kunis ciertamente era
hermosa, según recordaba, pero...
Una tensión apareció en los ojos
del vendedor.
—Porque ninguno de nosotros es
feliz, amigo —dijo—. ¿O no lo sabía? ¿Y esa cara? ¿Qué pasa? ¿También se había
engañado un poco a sí mismo? Pero en el fondo lo siente, ¿verdad? Esa enorme
infelicidad, ese descontento, ese anhelo por algo que, cuando uno lo piensa durante
mucho tiempo, comprende que jamás tuvo, aunque siempre lo deseó, y teme –o
incluso sabe en su corazón– que nunca llegará a tener. Mire a su alrededor,
amigo, y dígame qué ve.
Los ojos del vendedor recorrieron a
la gente que pasaba por el concurrido corredor. Stanley hizo lo mismo y vio rostros
agotados; miradas apagadas; expresiones de pura determinación forzada, como si
los dueños de aquellas caras hicieran todo lo posible por empujarse entre la
multitud de compradores para llegar a... ¿dónde? ¿Y para qué? La expresión más
cercana a la alegría auténtica que vio fue la de un niño regordete devorando un
helado de fresa con concentración maniática mientras su madre lo arrastraba
sujetándolo por los hombros como si fuera un autómata sin voluntad.
—Aquí, amigo. Pruébese un par.
El vendedor sostenía un pequeño
estuche plástico ante Stanley. La tapa forrada en terciopelo azul estaba
abierta y revelaba unas gafas plegadas en su interior.
Stanley las miró con desconfianza.
—No habla en serio.
La sonrisa del vendedor no vaciló.
—Esto es algo muy serio, amigo.
Después de todo, negocio con la felicidad. Y últimamente está en niveles
críticos.
Stanley no sabía si reír o
inquietarse ante la propuesta y las afirmaciones del hombre. Miró en silencio
las gafas ofrecidas. Luego soltó una risita y, dejando las bolsas y paquetes a
sus pies, tomó las gafas y se las puso. ¿Por qué no seguirle el juego? Después
de todo era Navidad y...
Un grito ahogado escapó de su
garganta.
Stanley contempló la multitud de
Mila Kunis que avanzaba por el centro comercial. Permaneció varios minutos
observando en silencio, maravillado por las cálidas sonrisas que tantas mujeres
idénticas le dirigían.
Se quitó las gafas.
La sonrisa del vendedor se había
vuelto aún más amplia, más extática.
—¿Cuál es el veredicto, amigo?
Stanley volvió a ponerse las gafas.
—¿Cómo...? ¿Cómo lo hace?
Ahora alternaba entre levantarse
las gafas para mirar por debajo de las lentes y volver a colocárselas.
—Secreto profesional, amigo
—respondió el vendedor—. Soy el inventor. Si revelara mi secreto, aparecerían
compañías para explotar mi invento por todas partes de la noche a la mañana,
llevándose mi negocio. Y el negocio, aunque sea temporada navideña, no está
precisamente en auge. ¡Así que no, gracias!
Stanley miró la mesa. Las filas de
estuches y gafas parecían ahora algo milagroso.
—Pero ¿por qué... ella? ¿Qué
querría yo con Mila Kunis?
El vendedor soltó una risita y le
guiñó un ojo.
—Bueno, para empezar es una mujer
joven y hermosa. Pero esta temporada la línea es ecléctica, así que si Mila no
le interesa, ¿qué tal... Bruce Willis? ¿No? ¿Meg Ryan? ¿O el gran Lance
Henriksen? ¡Ya sé! ¡Kurt Russell! Guapo y duro. ¿Quién no ama a Kurt?
Stanley seguía mirando a la
multitud con las gafas puestas, completamente hipnotizado.
—Sí... claro que es hermosa,
pero... más allá de eso, ¿qué querría yo de ella en mi vida? Quiero decir, de
Mila Kunis.
El vendedor le dedicó su sonrisa
imposible.
—¿Por qué no tenerla para compartir
sus pensamientos? Sus preocupaciones sobre la vida cotidiana y el mundo. Tener
conversaciones con ella que empiecen después de cenar y terminen en las horas
insondables de la madrugada, cuando todos duermen y ambos pueden liberarse del
peso que cargan día tras día. Tener a alguien... tener algo nuevo y emocionante
en su vida, algo que le devuelva la esperanza del mañana. Porque, si es como la
mayoría de nosotros, amigo, quizá perdió parte de aquella vieja esperanza en
algún punto del camino. Y la esperanza es como una flor: riéguela lo suficiente
y crecerá hasta convertirse en el amor que siempre quiso tener, pero quizá
nunca tuvo... o que perdió demasiado pronto.
A Stanley le costaba apartar la
vista de la marea de Mila Kunis que fluía frente a él. Una parte de él quería
reír. Otra, llorar de felicidad. Otra más deseaba gritarle al mundo entero
aquel descubrimiento.
Se volvió hacia el vendedor.
—Es usted un gran vendedor.
Mila Kunis le sonrió desde el otro
lado.
Inquieto, Stanley se quitó las
gafas y volvió a ver al vendedor. Sí, era atractiva. No podía negarlo. Pensó en
hacer el amor con su esposa mientras la experimentaba como una celebridad joven
y hermosa. Eso sería apenas un añadido frente a la sensación mucho más
importante de evasión total que aquel milagro extraño podía darle. Sintió los
primeros indicios de excitación y, sobresaltado y avergonzado, sacudió la
cabeza y trató de pensar en los aspectos más prácticos de la situación.
—¿Cómo se llama su empresa?
—preguntó Stanley, con la voz distante por la fascinación que le producía el
objeto temblando entre sus manos.
El vendedor volvió a exhibir su
sonrisa felina.
—Soy mi propio jefe, amigo.
Autónomo toda la temporada navideña.
—¿Quién fabrica las gafas?
El vendedor levantó las manos.
—Estos son mis socios. Los diez
dedos más fieles del mundo.
—¿Las hace todas... usted solo?
Había verdadero asombro en la voz
de Stanley. Y al oírlo comprendió que ya había aceptado el milagro de las
afirmaciones del vendedor.
—Completamente solo —dijo el hombre
con orgullo.
—Pero... ¿cómo? ¿Dónde trabaja?
El vendedor se encogió de hombros.
—Tengo un taller. Paso mucho tiempo
allí.
La sonrisa jamás desaparecía.
Evidentemente disfrutaba del aire misterioso de sus palabras y del efecto que
producían.
—¿Cómo se llama?
—¿Mi nombre? Eso no importa. Piense
en mí como el hombre de la visión. ¿Y usted?
—Stanley...
Stanley ya se había puesto de nuevo
las gafas y observaba a la gente pasar.
—Todo esto suena... no parece real.
Parece inventado.
El vendedor soltó una carcajada.
—Mire a su alrededor. ¿Ve muchas
cosas reales aquí, con o sin mis gafas?
Casi contra su voluntad Stanley se
quitó otra vez las gafas para examinar a quienes lo rodeaban: hombres y mujeres
apresurados, con miradas duras y decididas mientras se abrían paso entre
interminables oleadas de compradores cargados de bolsas y paquetes envueltos
para regalo, todos con los mismos ojos vacíos avanzando por aquella atmósfera
tan característica de los centros comerciales en Navidad: hostilidad apenas
contenida envuelta en guirnaldas coloridas.
La música navideña del sistema de
sonido le pareció entonces especialmente triste.
Volvió a mirar al vendedor y
encontró, por supuesto, aquella expresión de jovialidad perfecta esperándolo.
El hombre lo observaba serenamente y Stanley no lograba decidir si en él
también había la tristeza que veía en todas partes y que seguramente lo
esperaba en el espejo. La idea se le ocurrió de inmediato.
—¿Y si me miro al espejo con ellas
puestas?
—Allí estará ella, tan hermosa como
siempre. O Kurt Russell, si prefiere esa opción.
—¿Hace lentes de contacto también?
¿O solo gafas?
Stanley se sintió culpable, pero
las implicaciones prácticas de la situación acudieron a su mente: hacer el amor
con su esposa usando aquellas gafas absurdas...
El vendedor pareció impresionado.
—¡Pensamos igual, usted y yo!
—dijo, señalándose la sien—. Están en desarrollo, amigo, pero solo hay una
cierta cantidad de horas cada día y un solo par de manos para trabajar toda la
noche.
Casi para sí mismo, Stanley
murmuró:
—Pero esto parece tan...
incorrecto.
El vendedor respondió de inmediato,
como si hubiera defendido aquella idea muchas veces.
—¿Pero quién va a saberlo? ¡Es solo
fantasía, amigo! ¡Nadie sale herido con mis gafas!
Con cautela, Stanley preguntó:
—Por curiosidad... ¿cuánto cuestan?
—Precio especial navideño:
quinientos exactos. Yo me hago cargo de los impuestos. Mi regalo de Navidad
para usted.
Los ojos de Stanley se abrieron de
par en par. Su mandíbula cayó ligeramente y una sonrisa sardónica apareció en
sus labios.
—Eso es un robo a mano armada,
amigo.
El vendedor fingió sentirse herido,
aunque apenas redujo la sonrisa.
—Hasta los santos tienen que comer,
una vez calculados los costos de producción y mano de obra —dijo riendo—.
Además, quinientos dólares por felicidad no es mucho, considerando todo.
Una ira súbita e inesperada
recorrió a Stanley.
—¿Felicidad? Vamos. ¿Llama
felicidad a algo tan superficial como esto? Si es que funciona, porque todavía
no estoy cien por ciento convencido. Tal vez haya un truco que no veo. ¿Y aun
así llama felicidad a esto?
Por primera vez el rostro del
vendedor se tornó serio.
—Es más de lo que tiene la mayoría
de ellos.
Stanley lo observó en silencio.
Sintió náuseas repentinas, un sudor frío cubriéndole la piel. Una mujer
apresurada lo golpeó con el codo al pasar. Un hombre de aspecto hosco lo empujó
un instante después. Se sobresaltó al oír el llanto de un niño que una madre
maldiciendo arrastraba entre la multitud. De pronto se sintió atrapado,
claustrofóbico en aquel corredor abarrotado. Su corazón latía más rápido que
antes, y ya latía demasiado rápido desde que se había puesto las gafas.
Con un leve gesto hacia la mesa
dijo:
—Me llevo un par. Y también unas de
Kurt Russell.
El vendedor sonrió radiante. Sacó
dos pares de gafas de detrás de la mesa y los sostuvo contra el pecho mientras
extendía la otra mano. Stanley extrajo los billetes de su cartera y los
depositó allí. Vio cómo los dedos del vendedor se cerraban sobre ellos y
desaparecían dentro de la chaqueta con la habilidad de un mago.
—De nada, Stanley —dijo. Luego
añadió con un guiño—: Disfrute esta noche de su cita con su dama, amigo. Porque
sin amor este mundo está per-di-do.
Stanley se alejó pensando en
Rebecca, sintiendo una culpa extraña y nueva. Claro que lo era: nunca antes
había cedido a las perversidades explotadoras de una tecnología así... si es
que “tecnología” era la palabra correcta. Tal vez “magia” estuviera más cerca
de definir aquello que acababa de comprar...
—¡Stanley!
Stanley se dio vuelta sobresaltado.
El vendedor le hacía señas mientras
trotaba hacia él. Stanley se apartó hacia la pared del corredor y esperó,
incómodo. Cuando el hombre llegó, jadeando y sonriendo con aquella expresión
perfecta de catálogo, dijo:
—Pensé que le daría la primicia,
Stan, ahora que ya es un buen cliente. Si le gusta la línea 2024, espere a ver
lo que tenemos preparado. La próxima temporada será retro-veraniega. ¿Qué le
parecería contagiarse de “fiebre felina” y salir con las Gatúbelas de los años
sesenta? Julie Newmar, Eartha Kitt y Lee Meriwether.
Los nombres golpearon a Stanley
como un impacto físico. Retrocedió un poco y parpadeó. De pronto estaba de
nuevo en 1966, con doce años, escondido en su habitación infantil rodeado de
cajas de historietas, novelas pulp y paredes cubiertas con imágenes de héroes y
heroínas, villanos y villanas que adoraba; mujeres imposibles por las que
estaba condenado a suspirar como si alguna vez hubiese poseído y perdido su
amor.
Pensó en la continuación de aquel
refugio infantil: la cueva masculina de su adultez donde el niño seguía vivo,
saludable y enfermizo al mismo tiempo, mientras su esposa fingía no mirar
demasiado.
“Oh, Stanley, ¿alguna vez vas a
madurar?”
Y recordó a sus primeros amores
secretos ronroneando seductoramente desde la pantalla del televisor,
provocándole sus primeras erecciones y sus primeros deseos por la compañía
femenina. Sí, Stanley había estado ridícula y desesperadamente enamorado de las
tres Gatúbelas entre 1966 y 1967. Y con unas gafas capaces de traerlas a su
vida todos los días, en cada mirada... quizá la vida sería mejor que durante
todos aquellos años perdidos desde que era un niño sonrojándose de emoción en
el sótano de sus padres, adorando la televisión como un ídolo resplandeciente.
Dios, cuánto las había amado. Había
sido un amor tan puro, tan inocente y simple, tan agradable...
—Anóteme para los tres pares —dijo
Stanley, incapaz de contener la sonrisa.
El vendedor soltó una carcajada y
arañó el aire como un gato.
—¡Miaaau! ¡De nada! Aquí tiene mi
tarjeta. Súmese a mi lista de correo. Será el primero en la fila para conocer a
las Gatúbelas de sus sueños.
Y volvió trotando hacia su
improvisada mesa en medio del bullicio del centro comercial, justo a tiempo
para recibir a un nuevo grupo de hombres y mujeres reunidos alrededor de sus
mercancías demoníacas o milagrosas.
Stanley se abrió paso entre la
multitud, con los estuches plásticos y su regalo tan especial acomodados
cálidamente dentro del bolsillo de su abrigo. A sus espaldas le llegaba la voz
del vendedor, llena de humor y una locura jubilosa que actuaba como un bálsamo
contra el desagradable estruendo comercial de las fiestas.
—¡Feliz Navidad! ¡Y todos son bienvenidos!
Alexander Zelenyj es un escritor canadiense de ficción especulativa, conocido por la fusión de géneros en sus relatos, lo que da como resultado un estilo visionario y original que desafía las categorías convencionales. Es autor de Blacker Against The Deep Dark, Songs For The Lost, Ballads To The Burning Twins: The Complete Song Lyrics Of The Deathray Bradburys, Experiments At 3 Billion AM y Black Sunshine. Zelenyj reside en Windsor, Ontario, con su esposa, la escritora Elizabeth J.M. Walker, editora jefa de la revista Litzine 398.

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