Néstor Darío Figueiras
Arizmendi
sacó su polidisplex de bolsillo. La pantalla surgió desde la ranura y sólo le
mostró los íconos que él había imaginado al encender el gadget neural.
—Aquí están las entradas de la bitácora de Ruffoni, señor. Obviamente,
él no cree que tengamos acceso a su polidisplex.
—Lo que confirma que nuestro médico es un perfecto idiota —dijo Gerson,
el CEO de Gene Ensemble & Co—.
Abra los archivos. Escuchemos cómo la está pasando.
Arizmendi fijó la mirada en uno de los íconos. Visualizó la palabra play y una voz ronca salió a través del
diminuto altavoz:
—…no veo la hora de que la
retronave regrese y me saque de aquí. Ahora sé que los videos y las charlas
previas no son suficientes: nada lo prepara a uno para un mes de guardia en
Menuken. Todavía me cuesta mirar a los menukenios a la cara. Uno se pregunta
cómo consiguen desplegar un abanico tan grande de gestos con ese rostro. Todos
tienen un único y sanguinolento ojo del
tamaño de una ciruela que siempre parece a punto de reventar, y que se sitúa
entre la probóscide
nasal y la gran boca hendida por el labio leporino. Un pelambre pajizo y rubio
les cubre la cabeza. El conjunto recuerda a uno de esos espantapájaros que se
utilizan en las chacras de Girvath.
»Pero lo que me causa mayor
impresión es la lengua protráctil. Con ella se relamen continuamente, aunque
sólo la desenrollan del todo para atrapar a los moscardones azules que
revolotean sobre los sembradíos de los frutos hespéridos.
»Esos insectos son su único
alimento, y los reverencian con gran devoción. He observado que cuando un
menukenio muere, el resto abandona el cuerpo a la intemperie. Al comienzo había
creído que no enterraban a sus muertos debido a sus miembros torpes y rechonchos,
que están rematados por manos y pies de seis dedos, inútiles para casi
cualquier tipo de labor. Pero después comprendí que se trataba de alguna clase
de rito: todos se congregan en torno del cadáver putrefacto a observar con
embeleso la multitud zumbadora de moscas que lo cubre. En esa ocasión no las
comen. Sólo las contemplan, mientras entonan una letanía gangosa.
¡Por Dios! Las pésimas
condiciones sanitarias de las plantaciones habrían sumido al planeta entero en
cuarentena. Pero aquí no existe epidemia alguna gracias al jugo de los
hespéridos, que es una panacea universal. Todos lo bebemos.
»Aún falta una semana para que
la retronave traiga a mi relevo. Ya he operado once hernias: sólo restan cuatro
intervenciones para finalizar mi trabajo aquí. La onfalocele no es un problema
mayoritario: sólo la presentan algunos menukenios al nacer. Sin embargo, la
holoprosencefalia es común a todos ellos: ¡son mons…
—Párelo. ¿Qué cosa dijo? —preguntó Gerson, mientras se cruzaba de
piernas.
Arizmendi pausó la reproducción con el pensamiento y explicó:
—Vamos por partes. Holoprosencefalia es el conjunto de malformaciones
cerebrales y faciales que presentan los trabajadores al nacer, señor. La
ciclopía, el labio leporino y el resto de rasgos fisonómicos descritos por
Ruffoni nos tienen sin cuidado. Pero corregimos los defectos cerebrales más
severos, cuando aún son fetos.
—Ajá. Y lo otro. Onfa… Eso.
—Onfalocele. Se produce cuando la criatura presenta las vísceras de la
región abdominal fuera del cuerpo. Esta evisceración provoca una hernia en la
base del ombligo. Un cuarenta y cinco coma ocho por ciento de los obreros la
presentan al nacer. Ruffoni fue enviado para practicar dieciséis cirugías
correctoras en la nueva camada.
—Ajá. Las tripas fuera de la barriga. Veo que por una vez el
Departamento de Legales se puso al tanto de los pormenores médicos. Adelante.
—…truosos! Pero lo peor es que los
hijos de puta de Gene Ensemble les
hicieron creer a todos que son nativos de
Menuken. Pocos saben cuál es su verdadero origen.
Gerson sonrió.
—Se trata de seres humanos… Los
genetistas han inducido en ellos alguna variante del Síndrome de Patau, junto a otras alteraciones practicadas en
el cariotipo para corregir las anomalías del sistema nervioso y las
disfunciones renales y cardíacas propias del síndrome. De otro modo estos
organismos imposibles, que se adaptaron con facilidad a la biósfera menukenia,
no sobrevivirían. Así, Gene Ensemble
obtiene obreros idiotas que trabajan gratuitamente, que nunca hacen huelga y
que no necesitan servicio social. Al mantener a raya a las moscas que dañan los
plantíos de hespéridos, no sólo cumplen con su labor, sino que también se
alimentan, sin costo alguno para la compañía. Una vez realizadas las cirugías,
los cuidados médicos que requieren son mínimos. Esta mano de obra barata
representa una ganancia millonaria: el elixir de los hespéridos se vende muy
bien en Madretierra…
—Suficiente —ahora Gerson había arrugado el entrecejo. Preguntó
imperiosamente—: ¿Sabemos si ha enviado esta información a alguien más?
—En Neura no hemos encontrado nada, señor. Tampoco en las otras redes.
—¿Y nadie más tiene acceso a su bitácora?
—Creemos que no, señor.
—¡No sea ingenuo, Arizmendi! Si nosotros pudimos hackearla, ¿qué impide que otros también lo hagan? Vuelva a indagar
en las redes en busca de cualquier indicio, y si lo halla, elimínelo y niegue
todo.
—¿Y qué hacemos con Ruffoni?
—Que su relevo no viaje en el próximo retrovuelo. El doctor se quedará
en Menuken.
—¿Para qué? —preguntó Arizmendi mientras apagaba su polidisplex.
—Para deshacernos de él.
—No entiendo, señor. Tarde o temprano se dará cuenta de que algo pasa.
Tratará de comunicarse con Madretierra. O intentará abordar uno de los
cargueros y regresar como polizonte.
—¿Recuerda a Kyaszek, el sociólogo que enviamos hace tres meses? Él
reportó que los trabajadores finalmente han desarrollado algunas creencias
religiosas, como corrobora nuestro médico. Ahora tienen dioses.
—¿Las moscas?
—Ajá. Las moscas. Los menukenios las adoran porque ellas son su
sustento. Kyaszek asegura que el hecho de comérselas fortalece su fe. Una
especie de teofanía. El sociólogo llamó “teofagia” al fenómeno. A cambio, ellos
alimentan a su divinidad en la muerte. Por eso no entierran a sus muertos. Lo
que Ruffoni parece no haber descubierto aún es que han concebido un sangriento
culto para rendir tributos excepcionales a su deidad.
—Sigo sin entender, señor.
—¡Es sencillo, Arizmendi! El doctor servirá para el sacrificio.
—¿Por qué estamos seguros de que Ruffoni será la ofrenda y no algún
obrero?
—Porque ya Kyaszek inauguró el primer altar de Menuken. En estos tiempos
nihilistas, sorprende cuánta devoción suscita un nuevo credo. ¿No lo cree así,
Arizmendi?

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