jueves, 4 de junio de 2026

EL PRIMER ALTAR DE MENUKEN

  Néstor Darío Figueiras

 

Arizmendi sacó su polidisplex de bolsillo. La pantalla surgió desde la ranura y sólo le mostró los íconos que él había imaginado al encender el gadget neural.

—Aquí están las entradas de la bitácora de Ruffoni, señor. Obviamente, él no cree que tengamos acceso a su polidisplex.

—Lo que confirma que nuestro médico es un perfecto idiota —dijo Gerson, el CEO de Gene Ensemble & Co—. Abra los archivos. Escuchemos cómo la está pasando.

Arizmendi fijó la mirada en uno de los íconos. Visualizó la palabra play y una voz ronca salió a través del diminuto altavoz:

—…no veo la hora de que la retronave regrese y me saque de aquí. Ahora sé que los videos y las charlas previas no son suficientes: nada lo prepara a uno para un mes de guardia en Menuken. Todavía me cuesta mirar a los menukenios a la cara. Uno se pregunta cómo consiguen desplegar un abanico tan grande de gestos con ese rostro. Todos tienen un único y sanguinolento ojo del tamaño de una ciruela que siempre parece a punto de reventar, y que se sitúa entre la probóscide nasal y la gran boca hendida por el labio leporino. Un pelambre pajizo y rubio les cubre la cabeza. El conjunto recuerda a uno de esos espantapájaros que se utilizan en las chacras de Girvath.

»Pero lo que me causa mayor impresión es la lengua protráctil. Con ella se relamen continuamente, aunque sólo la desenrollan del todo para atrapar a los moscardones azules que revolotean sobre los sembradíos de los frutos hespéridos.

»Esos insectos son su único alimento, y los reverencian con gran devoción. He observado que cuando un menukenio muere, el resto abandona el cuerpo a la intemperie. Al comienzo había creído que no enterraban a sus muertos debido a sus miembros torpes y rechonchos, que están rematados por manos y pies de seis dedos, inútiles para casi cualquier tipo de labor. Pero después comprendí que se trataba de alguna clase de rito: todos se congregan en torno del cadáver putrefacto a observar con embeleso la multitud zumbadora de moscas que lo cubre. En esa ocasión no las comen. Sólo las contemplan, mientras entonan una letanía gangosa.

¡Por Dios! Las pésimas condiciones sanitarias de las plantaciones habrían sumido al planeta entero en cuarentena. Pero aquí no existe epidemia alguna gracias al jugo de los hespéridos, que es una panacea universal. Todos lo bebemos.

»Aún falta una semana para que la retronave traiga a mi relevo. Ya he operado once hernias: sólo restan cuatro intervenciones para finalizar mi trabajo aquí. La onfalocele no es un problema mayoritario: sólo la presentan algunos menukenios al nacer. Sin embargo, la holoprosencefalia es común a todos ellos: ¡son mons…

—Párelo. ¿Qué cosa dijo? —preguntó Gerson, mientras se cruzaba de piernas.

Arizmendi pausó la reproducción con el pensamiento y explicó:

—Vamos por partes. Holoprosencefalia es el conjunto de malformaciones cerebrales y faciales que presentan los trabajadores al nacer, señor. La ciclopía, el labio leporino y el resto de rasgos fisonómicos descritos por Ruffoni nos tienen sin cuidado. Pero corregimos los defectos cerebrales más severos, cuando aún son fetos.

—Ajá. Y lo otro. Onfa… Eso.

—Onfalocele. Se produce cuando la criatura presenta las vísceras de la región abdominal fuera del cuerpo. Esta evisceración provoca una hernia en la base del ombligo. Un cuarenta y cinco coma ocho por ciento de los obreros la presentan al nacer. Ruffoni fue enviado para practicar dieciséis cirugías correctoras en la nueva camada.

—Ajá. Las tripas fuera de la barriga. Veo que por una vez el Departamento de Legales se puso al tanto de los pormenores médicos. Adelante.

—…truosos! Pero lo peor es que los hijos de puta de Gene Ensemble les hicieron creer a todos que son nativos de Menuken. Pocos saben cuál es su verdadero origen.

Gerson sonrió.

Se trata de seres humanos… Los genetistas han inducido en ellos alguna variante del Síndrome de Patau, junto a otras alteraciones practicadas en el cariotipo para corregir las anomalías del sistema nervioso y las disfunciones renales y cardíacas propias del síndrome. De otro modo estos organismos imposibles, que se adaptaron con facilidad a la biósfera menukenia, no sobrevivirían. Así, Gene Ensemble obtiene obreros idiotas que trabajan gratuitamente, que nunca hacen huelga y que no necesitan servicio social. Al mantener a raya a las moscas que dañan los plantíos de hespéridos, no sólo cumplen con su labor, sino que también se alimentan, sin costo alguno para la compañía. Una vez realizadas las cirugías, los cuidados médicos que requieren son mínimos. Esta mano de obra barata representa una ganancia millonaria: el elixir de los hespéridos se vende muy bien en Madretierra…

—Suficiente —ahora Gerson había arrugado el entrecejo. Preguntó imperiosamente—: ¿Sabemos si ha enviado esta información a alguien más?

—En Neura no hemos encontrado nada, señor. Tampoco en las otras redes.

—¿Y nadie más tiene acceso a su bitácora?

—Creemos que no, señor.

—¡No sea ingenuo, Arizmendi! Si nosotros pudimos hackearla, ¿qué impide que otros también lo hagan? Vuelva a indagar en las redes en busca de cualquier indicio, y si lo halla, elimínelo y niegue todo.

—¿Y qué hacemos con Ruffoni?

—Que su relevo no viaje en el próximo retrovuelo. El doctor se quedará en Menuken.

—¿Para qué? —preguntó Arizmendi mientras apagaba su polidisplex.

—Para deshacernos de él.

—No entiendo, señor. Tarde o temprano se dará cuenta de que algo pasa. Tratará de comunicarse con Madretierra. O intentará abordar uno de los cargueros y regresar como polizonte.

—¿Recuerda a Kyaszek, el sociólogo que enviamos hace tres meses? Él reportó que los trabajadores finalmente han desarrollado algunas creencias religiosas, como corrobora nuestro médico. Ahora tienen dioses.

—¿Las moscas?

—Ajá. Las moscas. Los menukenios las adoran porque ellas son su sustento. Kyaszek asegura que el hecho de comérselas fortalece su fe. Una especie de teofanía. El sociólogo llamó “teofagia” al fenómeno. A cambio, ellos alimentan a su divinidad en la muerte. Por eso no entierran a sus muertos. Lo que Ruffoni parece no haber descubierto aún es que han concebido un sangriento culto para rendir tributos excepcionales a su deidad.

—Sigo sin entender, señor.

—¡Es sencillo, Arizmendi! El doctor servirá para el sacrificio.

—¿Por qué estamos seguros de que Ruffoni será la ofrenda y no algún obrero?

—Porque ya Kyaszek inauguró el primer altar de Menuken. En estos tiempos nihilistas, sorprende cuánta devoción suscita un nuevo credo. ¿No lo cree así, Arizmendi?


Néstor Darío Figueiras nació en Buenos Aires, Argentina, en 1973. Es escritor, músico, productor musical e ilustrador. Profesa su fe como cristiano evangélico. Su producción literaria se enmarca principalmente dentro del género de la ciencia ficción, aunque también ha escrito obras de terror y fantasía. Ha publicado cuentos, entre otras, en las antologías Los rostros y las tramas (2005) Historia alternativa (2005), Tricentenario (2102), Umbrales y Crepúsculos (2015), Espacio austral (2016), WhiteStar (2016), Latinoamérica en breve (2016), Extremos (2017) y en las revistas Ópera Galáctica, Sensación, Próxima y Catarsi. Fue traducido al francés, catalán, italiano, húngaro y griego. Sus cuentos pueden leerse en publicaciones digitales tales como Necronomicrón, Axxon, NGC 3660, NM, Aurora Bitzine, Alfa Eridiani, miNatura, Crónicas de la Forja. Ha recibido menciones en numerosos concursos, como en la primera ConSur, organizada por el CACyF, dónde ganó una mención de honor con el relato “Organicasa”. Ha publicado dos antologías de cuentos, El cerrojo del mundo está en Butteler (2016), Capricho #43 (2017), Playlist (2022). Plenaluz/Entreluz (Ayarmanot, 2021) fue su primera novela: un libro doble, espejado, un artefacto que reúne narrativa, poesía, música e ilustraciones.


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