Marta Markoska
Las amigas de Félix
le contaban que, desde pequeñas, imaginaban que cuando crecieran y se casaran
—aunque algunas de ellas se casaron con apenas diecisiete años— vivirían junto
al mar. Más exactamente, no tanto en el mar, pero así solían reconstruir aquel
vívido recuerdo de la infancia: vivir junto al agua. Sí, deseaban vivir en
cualquier lugar donde hubiera agua. ¿Sabían acaso que crecerían hasta
convertirse en seres humanos tan viciosos que, de manera subconsciente,
asociaban el agua con el lavado de la conciencia?, pensaba Félix.
Félix, en cambio, nunca aspiró
demasiado alto. Solo deseaba casarse por amor. Y si luego le tocaba vivir en
una cabaña, aunque fuera como la del Tío Tom, o alquilar un departamento en
algún suburbio de Nueva Jersey, no quería ni pensarlo. Sin embargo, de forma
inconsciente sí apuntaba alto, porque no podía imaginar nada más elevado que el
piso 45 del único rascacielos de su barrio. Sí, nunca se le ocurrió que tal vez,
en realidad, sí estaba apuntando alto, aunque no lo supiera.
Gordon era su esposo. Un hombre de
treinta y ocho años, de cabello castaño… al menos lo que quedaba de este.
Delgado, de unos 185 centímetros, aunque no encajaba en el mundo del modelaje,
porque esas proporciones aparentemente ideales no estaban distribuidas de la
manera más armónica en su cuerpo. Como solía decir en broma la abuela de Félix:
—Tiene rasgos muy bonitos, solo que
no están en los lugares correctos.
Un poco encorvado y con nariz
aguileña –aunque eso solo se notaba de perfil–, Gordon era el tipo de hombre
que una de cada tres mujeres podría tolerar. Era de esos que resultan
soportables para cualquiera; bueno, si no para una de cada tres, entonces para
una de cada cuatro mujeres, fuera cual fuera su carácter como compañera. Era
soportable. No hacía demasiado ruido y la vida cotidiana podía transcurrir sin
grandes obstáculos. Félix había enfrentado su eterno deseo de un hombre guapo,
alto y castaño con su necesidad de que, al mismo tiempo, fuera soportable. Se
dijo que, si lograba encontrar esos dos atributos –los más importantes para
ella– en un hombre, se casaría; si no, compraría un perro y volcaría en él todo
su amor y atención.
Así fue como el destino –o las
cartas, o la suerte, o la física cuántica– jugó con Félix: encontró a Gordon,
que era todo menos el hombre de sus sueños. A veces, para consolarse, pensaba
en la vida de sus amigas. Y, en realidad, casi ninguna de ellas vivía la vida
que había deseado. Jessie se casó con un carnicero, cuando toda su vida había
predicado la importancia del vegetarianismo. Linda se casó con Paul, que
trabajaba en una licorería, y ella no probaba alcohol ni en las fiestas más
desenfrenadas. Mercy fue pedida en matrimonio por un hombre ocho años menor que
ella, recién salido de la adolescencia, cuando toda su vida había sentido la
necesidad de una figura paterna.
—Bueno, no estoy tan mal —pensaba
Félix al comparar los pros y contras de las vidas de quienes conocía.
Félix trabajaba como vendedora en
un supermercado. En cada descanso salía a fumar sus minutos de libertad,
inhalando la nicotina con la mayor intensidad posible, como si quisiera
demostrar, cada vez, que podía hacerlo mejor y más profundo que la anterior. Su
padre estaría orgulloso. Con él competía constantemente cuando era niña: quién
lanzaba la piedra más lejos en el agua, quién hacía volar más lejos el avión de
papel, cuál permanecía más tiempo en el aire, quién sacaba más la lengua frente
al espejo, quién podía caminar más con ambos pies dentro de un solo calcetín.
Su madre se había ido de casa
cuando ella aún dormía, soñando cómo sería la vida que quería para sí misma al
crecer.
Félix conoció a Gordon en una
competencia similar a aquellas que tenía con su padre. Una noche, en el bar del
barrio, mientras jugaba al billar con su amiga Kate, un provocador de poca
monta se le acercó y le propuso darle cien dólares si se atrevía a besar a
Gordon sin previo aviso. Félix, sin pensarlo ni un segundo, tomó los cien
dólares y se lanzó sobre Gordon mientras él hacía fila frente al baño.
—¿Qué daño puede hacer un beso?
—pensó.
Ganó los cien dólares y, de paso,
haría feliz a alguien. Hasta el día de hoy no supo si quien le dio el dinero
era amigo de Gordon o simplemente un conocido al que Gordon le había entregado
esos cien dólares para sobornar a alguna mujer que se le acercara.
Como fuera, el objetivo se cumplió.
Ocho años después, seguían juntos. Cuando discutían, Félix solía reprocharle a
Gordon que, de no haber sido por esos cien dólares, nunca habría estado con él.
Él simplemente se encogía de hombros, gesto que Félix no sabía si interpretar
como indiferencia —como si le diera igual estar o no con ella— o como falta de
vocabulario, una limitación mental o verbal que le impedía responder a ese tipo
de ataques.
Gordon, por su parte, no
consideraba importante contradecir a Félix, porque evidentemente él la deseaba
más de lo que ella lo deseaba a él. Era de esos hombres que se conforman
comprando baratijas en tiendas con carteles de: TODO A 9.99. Y cuando
encontraba algo que, para él, era valioso, se sentía un héroe. Como si se
hubiera graduado en Harvard. Entonces colmaba a Félix de besos y caricias… algo
que no hacía todos los días, sino solo cuando se sentía así, heroico.
Félix rechazaba esa manera suya de
“conquistar” su cuello, sus orejas, su cabeza y otras partes del cuerpo en esos
días de triunfo sobre objetos insignificantes. Porque entonces ella también se
sentía insignificante.
Un día, Gordon llegó a casa y
anunció solemnemente:
—Compré el objeto que desde niño
soñaba tener.
—¿Te compraste un dildo? —le lanzó
Félix con sarcasmo.
—Dios, Félix. ¿De dónde sacaste esa
idea tan absurda? ¿Te parezco alguien que compraría un dildo?
A Félix le gustaba provocarlo con
comentarios obscenos porque siempre lo había considerado un poco torpe en la
cama. Disfrutaba esos pequeños triunfos como una forma dulce de
autosatisfacción.
—Félix, compré una cadena de plata
firmada por el inventor de las cadenas para gafas.
Gordon creía haber descubierto
América cada vez que encontraba algún objeto que, según él, merecía especial
atención. Nadie más conocía la historia, el origen ni el sentido de ese objeto,
y mucho menos el significado de la firma de su inventor.
—Gordon, con esa cadena podrías
ahor… —no estaba segura de si entendería, así que no terminó la frase.
—Hubiera sido mejor que compraras
un dildo. Y, desde luego, más útil.
Gordon no estaba dispuesto a
discutir, así que ignoró sus bromas sobre su torpeza en la cama.
—Gordon, ¿por qué no vas en serio a
esa tienda y cambias esa cadena por un dildo? ¿No crees que nos sería más útil?
Gordon fingió no oírla, hechizado
por la firma de la cadena, y corrió a buscar imágenes en Google para saber más
sobre su historia.
—Si te da vergüenza, entonces iré
yo y cambiaré esa maldita cadena por un dildo decente —dijo ahora Félix,
alzando un poco la voz—. Gordon, si no vas a cambiar esa cadena inútil, te
arriesgas a discutir conmigo hasta que lo hagas. Gordon, ¿me estás escuchando?
Si no la cambias ahora mismo, la tiraré por el balcón. Gordon, si no me prestas
atención, te prometo que esa cadena y la firma de su inútil inventor acabarán
estampadas contra el asfalto. Gordon, te aseguro que tú y tu cadena volarán por
el balcón y serán un excelente material para algún investigador… ¡forense!
Le arrebató la cadena de la mano,
la agitó amenazante en el aire y, justo cuando se disponía a lanzarla con todas
sus fuerzas desde el balcón, tropezó con el viejo candelabro que Gordon había
comprado por 9.99. Ella no había permitido que semejante “monstruosidad”, como
la llamaba, estuviera en la mesa del comedor, así que Gordon lo había dejado en
el balcón.
Félix nunca aspiró demasiado alto.
Aunque, en el fondo, sí lo hacía, porque no podía imaginar nada más alto que el
piso 45 del único rascacielos de su barrio. Sí, nunca se le ocurrió que tal
vez, en realidad, sí estaba apuntando alto… aunque hasta ese momento no lo
supiera.

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