Sándor Szélesi
También llegó el
día en que ya no quedó lugar en el mundo para los pecados ni para los errores.
Cuarenta mil millones de personas en esta pequeña bola de barro son demasiadas
como para pasar por alto sus faltas.
Y había que empezar por los niños,
porque a los adultos ya no se los podía corregir.
Dani fue uno de los primeros en
quedar bajo el alcance de la nueva normativa legal. Hubo al menos cien testigos
de su acto: los peatones, los conductores y los comerciantes detrás de los
escaparates en el bulevar Szent István. Era una tarde de comienzos de junio, el
sol brillaba, en el aire volaban drones móviles; al menos una docena registraba
los acontecimientos y los subía automáticamente a la red. No había nada que
negar: había ocurrido.
Dani acababa de cumplir tres años.
Se hacía arrastrar por la acera; el pavimento estaba caliente, allí todavía no
habían colocado los ladrillos solares, allí el viejo hormigón seguía irradiando
su sequedad ardiente. El niño estaba fatigado, sin energía, como constaría
después en los informes, y no le gustó que no le dieran helado. Szimi se lo
negó. Pensaba que debía educar a su hijo, templar su carácter negándole lo que
quería, porque tampoco de adulto obtendría todo; y si un padre ya ha dicho que
no al helado, debe ser consecuente.
Dani, tras varios rechazos, empezó
a hacer un berrinche. Gritaba, pateaba, giraba a un lado y a otro, hasta que,
al caer de la acera, chocó contra un ciclista ecológico. El ciclista cayó y se
hirió. Su madre ya sabía –para entonces ya había varios ejemplos en el mundo–
lo que vendría después. A Dani lo mutilarían.
Un error o un pecado, y pierdes una
parte del cuerpo. Dani pagó la lesión del ciclista con su dedo meñique. Pero su
madre aprendió de aquel error… y aprendió mal, sacó una conclusión equivocada.
A partir de ese día le permitió todo al niño, con tal de que no hubiera
problemas.
Y de ahí surgieron problemas aún
mayores.
Dani se volvió caprichoso, guiado
solo por su propia voluntad.
En el grupo intermedio le amputaron
otros tres dedos.
—Esto no puede ser, es un error, mi
hijo no es así…
Comenzó la escuela con solo dos
pulgares. Aún eran suficientes para manejar la thinkpad.
Cuando en primer grado golpeó a un
compañero con su propio teléfono inteligente, le cortaron el pulgar izquierdo.
El derecho lo perdió por romper de una patada el vidrio de una puerta.
Y en segundo, ya en septiembre,
tuvieron que amputarle el brazo izquierdo desde el codo.
Por entonces, en la Unión se
debatía si cortar los dedos de los pies podía formar parte de la educación
pedagógica, si tenía suficiente efecto disuasorio, si el niño en crecimiento
aprendería de ello que hacer el mal es un pecado y que el pecado conlleva
castigo, es decir, que debe asumir las consecuencias. ¿No son acaso demasiado
pocos diez dedos para compensar diez faltas? En el debate, el lobby de los
duros fue el más fuerte: el pie cuenta como uno, no como cinco. En Hungría lo
llamaban simplemente la ley Kunta Kinte, por la que el ya considerado casi incorregible
Dani pasó en tercer grado.
En cuarto perdió ambos brazos desde
el hombro y la pierna izquierda desde la rodilla. Aun así logró garabatear la
pared de la escuela. Por sus comentarios obscenos pagó con la pantorrilla
derecha. Según los médicos que realizaron la amputación, el chico reía sobre la
mesa de operaciones.
Para entonces todos sabían cómo
terminaría. Todo el país, todo el mundo. Dos hemisferios, seis continentes,
casi doscientos países.
A Dani solo le quedaban tres
oportunidades. Szimi lloraba, se arrodillaba ante él, intentando hacerlo entrar
en razón.
—¡Sé por fin un buen chico! ¡Sé un
miembro útil de la sociedad!
Pierna izquierda: patear en los
genitales al psicólogo. Un punto especialmente sensible tocado con la dureza
del hueso de la rodilla.
Pierna derecha: orinar desde el
tercer piso del reformatorio. Directamente sobre la delegación de Washington.
…y el último pecado de Dániel, a
los once años: en la visita dominical, le dio un cabezazo a su propia madre.
Según la psicóloga asignada,
simplemente perdió el equilibrio, ya que en ese momento el niño ya no tenía ni
manos ni pies. Pero Dániel desmintió eso al confesar que actuó
intencionalmente.
El tribunal aplicó la cláusula
jacobina. La cabeza de Dániel fue separada de su cuerpo.
El niño se extinguió por completo.
Fue de los primeros, pero para
entonces, en innumerables países, innumerables niños rebeldes habían tomado ese
mismo camino. Los malos desaparecieron: algunos antes, otros después, pero al
final todos los malos, los indisciplinados, los incorregibles desaparecieron… Y
cada vez era más fácil hacer cumplir la ley.
Ya no quedó lugar en el mundo para
los pecados ni para los errores, y se empezó por los niños, porque a los
adultos ya no se los podía corregir. Se necesitan dos décadas, una o dos
generaciones, pero el plan funciona, decían los diseñadores.
Y funcionó: al final, en el mundo
solo quedó lo bueno y lo honesto. Adultos buenos y honrados, con dedos
faltantes, sin dedos, sin manos o sin extremidades, sin manos ni piernas… pero
solo quedaron los buenos.
Así fue como la Tierra se convirtió
en un lugar habitable para todos nosotros.
Sándor Szélesi es
escritor, poeta, editor y guionista, y dirige la Sección de Ciencia Ficción de
la Asociación de Escritores Húngaros. Es autor de treinta y cinco novelas y
aproximadamente ciento cuarenta relatos. Ha editado varias antologías y fue
redactor jefe de la revista literaria de ciencia ficción y fantasía SF&F
Átjáró entre 2002 y 2004, publicación que este año se relanza en formato de
antología trimestral. A lo largo de su carrera ha trabajado también como
director artístico en diversas editoriales. Por sus novelas y relatos de género
fantástico ha recibido en ocho ocasiones el Zsoldos Péter-díj, y en 2007 la
European Science Fiction Society le concedió en Copenhague el premio al mejor
escritor de ciencia ficción. Junto a su pareja, escribe novelas románticas bajo
el nombre Pálmai-Lantos Éva. Es miembro de la Sociedad de Escritores de
Novela Histórica. Además de su labor literaria, escribe guiones para cine y
televisión, incluyendo series como En la línea de fuego y Hacktion,
telefilmes como Pilato y Fiscal de la muerte, y
largometrajes como La noche de los solteros. Es miembro de
la Academia de Cine Húngara.

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