Wilson Gorj
Escultor
galardonado, aclamado en numerosos salones de arte, su nombre se había
convertido en sinónimo de realismo humano. Sus esculturas eran asombrosas, tal
era la precisión del detalle: las venas se marcaban bajo la superficie de la
arcilla, los músculos parecían tensarse, las expresiones faciales poseían
sutileza y veracidad, los gestos se suspendían en un instante eterno. Había
algo vivo en sus obras, como si estuvieran animadas por un alma, por algo
mágico.
En el ámbito cultural, cualquiera
de sus piezas era considerada el reflejo de un talento fuera de lo común, la
traducción de su genialidad. Decían que sus esculturas no imitaban la vida: la
capturaban. Por eso le habían dado un apodo que él mismo empezó a firmar con
orgullo: Maestro Medusa.
Pero algo comenzó a inquietarlo.
Los elogios ya no eran suficientes. Siempre los mismos comentarios, las mismas
comparaciones, la misma admiración predecible. ¿No había llegado el momento de
atreverse a más? Quería explorar un nuevo territorio, como si su arte
necesitara un nuevo sentido.
Por la noche, pasaba largas horas
en su estudio, con las manos cubiertas de arcilla seca, observando bloques
informes como si esperara una respuesta. Sentía que su arte, tan perfecto,
comenzaba a ser demasiado limitado. ¿Acaso su perfeccionismo artístico no sería
capaz de ir más allá del género humano?
No un dios, no un cuerpo
idealizado, sino algo más bruto, instintivo. Una bestia salvaje, otra fuerza de
la naturaleza.
Se propuso un desafío, que hizo
público en cuanto comenzó su nuevo proyecto. En el plazo de un mes presentaría
una escultura animal a la altura de su reputación. Nada de alegorías. Nada de
belleza domesticada. Una obra que lo sorprendería incluso a él mismo.
El anuncio agitó el ambiente
artístico. Los críticos especulaban, los admiradores aguardaban. Todos ansiaban
la nueva obra maestra del Maestro Medusa.
Pero, con el paso de los días, el
silencio creció, hasta que el plazo se cumplió y no se presentó nada.
Llegaron los rumores. Algunos
decían que el escultor había fracasado. Otros sugerían que el miedo a la
imperfección lo había hecho retroceder. Hubo, sin embargo, quienes se
preocuparon de verdad. El Maestro Medusa no era solo un artista célebre, sino
un ícono local, orgullo de la ciudad.
Un pequeño grupo decidió ir a su
residencia, aislada al borde del bosque. La subida fue difícil, el camino
irregular. Cuando finalmente llegaron, se dieron cuenta de inmediato de que
algo había ocurrido.
Por más que llamaron, nadie salió a
recibirlos. Al encontrar la puerta sin llave, entraron en la casa, donde
percibieron señales claras de una presencia reciente: platos acumulados en el
fregadero, la cama deshecha, una toalla aún húmeda en el suelo. En la sala, en
un rincón de la pared, encontraron una pequeña estatuilla de arcilla aún
húmeda, flanqueada por dos velas negras encendidas, cuyas llamas parpadeaban
sin viento.
Tras revisar todas las
habitaciones, se dirigieron al taller, construido a pocos metros de allí.
El lugar mostraba una escena de
trabajo interrumpido. Herramientas sucias reposaban sobre la mesa, bolsas de
plástico cubrían montones de arcilla esparcidos por el suelo. En el centro, una
tarima vacía.
De todo lo que vieron, lo que más
llamó la atención fue un rastro inquietante a lo largo del suelo de madera.
Seguía una línea casi perfecta, partiendo de la tarima, atravesando la puerta y
avanzando en dirección al bosque.
Dos colores se mezclaban en el
suelo: marrón y rojo.
Al principio pensaron que se
trataba de distintos tipos de arcilla. Pronto comprendieron el error. Allí había
solo había una única clase de arcilla.
El rojo era sangre.
También se descubrió por qué el
rastro resultaba tan regular. En realidad, eran huellas. Huellas de felino, de
un gran felino.
Wilson Gorj es originario de
Aparecida, São Paulo, Brasil. Es escritor y fundador de Litteralux, antes
Penalux, en Guaratinguetá, en el interior de São Paulo, una editorial con más
de mil ochocientas publicaciones, incluyendo libros de poesía, cuentos,
crónicas y novelas. Ha colaborado con obras literarias en antologías,
periódicos, revistas y sitios web. Vidas sem nome (2025) es su quinto
libro publicado, después de Sem contos longos (2007), Prometo ser breve (2010),
Histórias para ninar dragões (2012) y A experimenta fraco da carne (2023).

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