Santiago Oviedo
—¡Maldito montón de chatarra! —escupió el teniente
D’Alessandro. El otro lo miró unos segundos antes de contestar.
—Soy un androide clase
27, para servicios múltiples. No me parezco en nada a un montón de chatarra. Le
toca mover a usted, teniente.
—¡Maldito montón de
chatarra! —repitió D’Alessandro—. No te basta con hacer tus propias tareas con
eficiencia; además, tenés que ganarme siempre al ajedrez. Y recordármelo con
esa condescendencia de IA de principios del siglo pasado.
Alguna vez fue sencillo
ganarle en este juego a las máquinas. Bastaba con jugar a la defensiva, sin
ningún ataque aparente, y neutralizar las movidas contrarias. Pero a algún
genio se le ocurrió que la máquina también debía ser paciente y dejaron de tener
problemas; éramos los humanos los que no soportábamos las largas partidas de
desgaste. ¡Ochocientos dieciséis movimientos, Gran Espacio! Y apenas estamos en
la apertura.
Rob tamborileaba
rítmicamente los dedos de su mano derecha sobre la mesa. No era que estuviera
nervioso (si hubiera estado programado para eso); simplemente era una subrutina
implantada para que pareciera más humano. Sin embargo, sus ojos con pupila de
gato eran una prueba evidente de que se trataba de un organismo artificial. Y
tenía pleno conocimiento de eso.
—No soy una máquina,
teniente. Soy un androide; un ingenio mucho más sofisticado. Y estoy aquí para
entretenerlo, además de realizar otras tareas. Pero si usted no mueve yo no
puedo continuar.
—¡A la mierda con todo!
No tengo ganas de seguir jugando. Te regalo la partida.
—Habría sido mía, de
cualquier modo. Solo faltaban seiscientos veintitrés movimientos —sentenció Rob
de manera impersonal, mientras procedía a guardar las piezas.
D’Alessandro creyó que iba ser
imposible tolerar un solo segundo de la misión, pero se equivocó. Siempre se
puede soportar un poco más, cuando no queda otra opción.
Por enésima vez puteó
al analista al que se le ocurrió que la mejor manera para reducir costos en un
vuelo espacial era con una tripulación de un único individuo. Sin embargo, como
en un viaje al espacio profundo un humano aislado no puede tolerar la idea del
vacío que rodea a la nave, se pensó en utilizar organismos cibernéticos. Pero
hay situaciones en las que solo un ser humano puede tomar una decisión inmediata
ante emergencias o cometer ciertos errores. Porque hasta ellos pueden ser
necesarios frente a algunas circunstancias.
Además, aun pese a los
costos, se sabía que las fotos siempre quedan lindas como instrumento para la
política, así que se optó por una solución intermedia: una tripulación
integrada por un humano y un androide clase 27, encargado tanto de brindarle
compañía a aquel como también de otras tareas inherentes a la navegación. Y el
vuelo del teniente D’Alessandro fue el primero de ellos.
Hora del almuerzo. El teniente
D’Alessandro ingiere sus raciones y Rob permanece sentado frente a él en
silencio. Ya sabía que a D’Alessandro no le gusta que lo interrumpan mientras
come, pero sus instrucciones lo obligaban a acompañarlo.
Un periodo de descanso.
—¡Podrían haberme dado una
androide, en lugar de un cascajo como vos!
—Se lo consideró
contraproducente para su estabilidad emocional. Aun cuando el androide de
apariencia femenina estuviera diseñado para simular las reacciones físicas de
la copulación humana, se notaría que es un simulacro, con los riesgos psíquicos
que eso podría desencadenar en usted. Por otra parte, no soy un cascajo. Soy un
androide clase…
—No sería muy distinto
de lo que le puede pasar a cualquiera, en una noche cualquiera —murmuró
D’Alessandro, más para sí que para el otro, mientras recordaba sus últimas
experiencias.
—… programado para
almacenar registros de vuelo y brindarle compañía.
En la nada del espacio los días y
las noches se confundían en medio de una misión de rutina, en la que la
intervención del teniente D’Alessandro no había sido necesaria. Su única
preocupación era cómo matar el tiempo mientras la viruta de metal en la que se
hallaba se desplazaba de regreso hacia la Tierra.
—¡Vamos a probar otra cosa, Rob!
D’Alessandro le enseñó
al androide las reglas del truco, pero el resultado no fue el que esperaba. Cantara
lo que cantara, nunca conseguía que Rob entrara en un vale cuatro cuando él tenía
los anchos y más de una vez le ganó solo con las negras. En poco el tiempo el
marcador señalaba 12 buenas para el androide y 3 malas para el teniente.
—No puede ser —se
quejó—. Te doy información errónea y la tuya es auténtica, porque no estás
programado para mentir (gracias a las tres benditas leyes), pero no puedo
ganarte.
—Perdón, teniente. El
hecho de que usted me brinde información errónea no significa que yo la
utilice. Me limito a jugar evaluando la probabilidad de que salga una carta u
otra. ¿Quiere jugar otra mano?
Después de eso,
D’Alessandro pasó el resto del viaje haciendo solitarios. A veces hacía
trampas. Muchas. Porque las cartas le venían mal barajadas.
Se acercaba el momento del arribo a
la Plataforma Musk y el posterior traslado a la Tierra en transbordador.
D’Alessandro estaba eufórico y comunicativo.
—¿Sabés qué es lo
gracioso de todo esto? —le preguntó a Rob, sin esperar contestación—. Que la
plataforma va a estar llena de gente: técnicos, políticos y periodistas. Y voy
a tener que decir que disfruté del viaje y de tu oxidada compañía.
El androide lo miró y
pestañeó un par de veces, para transmitirle al humano la idea de perplejidad.
—Creo que no lo
entiendo, teniente. No estoy oxidado; soy un androide clase 27 y durante toda
la misión se quejó de mi presencia.
—Sí; pero si llego a
decir que no pude convivir felizmente durante quince meses con un androide se
tendría que volver al sistema clásico de tripulación y un grupo de políticos se
va a oponer a esa clase de gastos. Bastante con que el resto apoyó a duras penas
la financiación de este proyecto.
—¿O sea que usted y los
del último grupo tienen intereses en común?
—¡Nada que ver! —rio D’Alessandro—. Son tan cretinos como los demás; solo buscan mejorar
sus posiciones y aprovechar sus negociados. Y yo solo quiero mantener mi fuente
de trabajo.
—No entiendo.
—Es como en el truco:
se miente para obtener ventaja. Por suerte vos no tenés esos problemas.
—No crea, teniente.
Atenderlo a usted me robó tiempo importantísimo, que habría podido dedicar a
tareas más útiles o a “soñar con ovejas eléctricas”, como dicen algunos
respecto de nosotros. En verdad, el mejor amigo de un androide es un cinoide.
—¿Un qué? ¡Ah!, esas
imitaciones de perros que usan los ricachones que quieren tener una mascota que
no les ensucie las alfombras. No sabía que hacían buenas migas con ustedes.
¡Suerte que a los androides no se les da bola! Si llegás a decir eso, ya veo
tripulaciones de androides y cinoides desplazando a los astronautas humanos.
Plataforma Musk sí estaba repleta
de gente y el teniente D’Alessandro mintió como cualquier buen astronauta
preocupado por su futuro. Pero más se preocupó cuando un periodista pretendió
ser original y le hizo un par de preguntas a Rob.
—Me siento muy
satisfecho de haber participado en este vuelo. Se aprenden muchas cosas. Como
dirían ustedes, los humanos, me siento muy contento —cerró el androide.
Luego se volvió hacia
D’Alessandro y le guiñó un ojo. “Todavía no es el momento”, le murmuró por lo
bajo.
El teniente no supo si dar un suspiro de alivio o preocuparse un poco más. Sacó el mazo de cartas de un bolsillo y –con un solo movimiento– lo partió en dos.
Santiago Oviedo nació en Buenos Aires en 1960. Desde sus orígenes como escritor de horror cósmico, amplió sus horizontes con la ciencia ficción, en su vertiente humanista y filosófica. Corrector de oficio y autor aficionado, sumó a eso actividades de articulista, editor y traductor de inglés de material de ciencia ficción y de literatura celta irlandesa. Entre los años 80 y 90 del siglo pasado integró las filas del histórico CACyF (Círculo Argentino de Ciencia Ficción y Fantasía) y colaboró con la mayoría de las publicaciones surgidas de aquel colectivo. Último director del fanzine Nuevomundo, entre 2006 y 2016 editó como homenaje la revista electrónica NM, que rescató material de su predecesora, sirvió como palestra para nuevos escritos y aún se puede leer en línea:
(https://sites.google.com/view/revistanm/inicio).

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