Peyman Ardeshiry
El anciano vivía
solo en el bosque. Los habitantes de la aldea, situada junto al arroyo, no
tenían buena opinión de él: algunos lo consideraban irreligioso y blasfemo;
otros, aliado del Diablo; y otros más, relacionado con espíritus y genios. En
realidad, esta creencia no carecía por completo de fundamento.
El anciano no participaba en
ninguna ceremonia religiosa; mejor dicho, sentía aversión por ellas. Tampoco
tenía buena relación con las personas creyentes y devotas, y se rumoraba que
era un borracho empedernido que se entregaba a la bebida en su pequeña cabaña
del bosque.
En más de una ocasión, personas que
habían ido al bosque a recoger leña aseguraban haber visto sucesos extraños
relacionados con el anciano.
Una vez, un joven campesino que
atravesaba el bosque oyó voces de varias personas que provenían del interior de
la cabaña del anciano. Conociendo el carácter solitario del viejo, la
curiosidad lo llevó a acercarse, pero al mirar por la ventana no vio a nadie
más que al anciano.
La mayor enemistad del viejo era
con Mirza. Ambos tenían aproximadamente la misma edad. Mirza era un anciano
piadoso: si alguien moría en la aldea, él lavaba el cuerpo del difunto y luego,
junto a la tumba, recitaba oraciones. Así como los aldeanos sentían odio hacia
el anciano solitario del bosque, profesaban un profundo respeto y afecto por
Mirza. Su pureza, su rectitud y su fe en Dios atraían a la gente.
Muchos años atrás, cuando Mirza y
el anciano aún eran jóvenes, había surgido una disputa entre ellos, y Mirza
había expulsado al anciano de la aldea por su irreligiosidad, su libertinaje y
su burla de los rituales religiosos. De ese modo, el anciano fue repudiado y
comenzó a vivir en una cabaña de madera en medio del bosque.
Los años pasaron uno tras otro
hasta que finalmente se cerró el libro de la vida del anciano. La noticia de su
muerte no causó la menor tristeza entre los aldeanos. Solo Mirza decidió
enterrarlo en el pequeño cementerio del pueblo, como a cualquier otro siervo de
Dios.
Mirza fue solo al bosque y, con el
caballo que lo acompañaba, llevó el cuerpo del anciano a la aldea. Lo condujo a
una habitación cercana al cementerio, utilizada para lavar a los muertos.
Colocó el cuerpo sobre una piedra y luego trajo dos baldes de agua del río.
Lavó el cadáver y lo envolvió con unas telas blancas que llevaba en las
alforjas del caballo.
Ningún aldeano acudió al entierro
del anciano. En realidad, estaban contentos de que un individuo irreligioso y
de naturaleza diabólica hubiera desaparecido de entre ellos.
Mientras Mirza lavaba el cuerpo,
nubes negras cubrieron el cielo y comenzó a llover. Sabía que después del
entierro no podría rezar por el alma del muerto bajo una lluvia tan intensa,
por lo que decidió recitar algunas oraciones allí mismo, en la pequeña
habitación donde había lavado el cuerpo, para aliviar al menos parte de los
muchos pecados del anciano.
Se sentó junto a la pared y comenzó
a rezar, mientras el cuerpo inerte del anciano yacía frente a él.
Mientras oraba, sintió que algo
cambiaba y se movía en el ángulo de su visión. Levantó un poco la mirada y
presenció el acontecimiento más aterrador de toda su vida: las manos y el
cuerpo del anciano, envueltos en el sudario blanco, se movían.
Al ver al muerto tan cerca, sin
darse cuenta de lo que hacía, Mirza le arrojó con fuerza el libro sagrado que
llevaba en la mano. Era un pecado grave, pero el miedo no le permitía pensar
con claridad.
En cuanto el libro tocó el cuerpo
del muerto, toda su agitación cesó y cayó nuevamente inerte al suelo.
Mirza se detuvo. Se acercó con
cautela al cadáver y entonces comprendió que había cometido un gran pecado al
lanzar el libro sagrado; aun así, no podía negar que aquel libro había
destruido la fuerza demoníaca del muerto. Empapado por la lluvia, recogió el
Corán y, tras asegurarse de que el cuerpo permanecía inmóvil, regresó a la
aldea.
Cuando los aldeanos se enteraron de
lo ocurrido, expresaron opiniones casi idénticas.
—Los que movían el cuerpo eran
espíritus demoníacos.
—El alma impura del anciano no
podía soportar que Mirza rezara sobre él; incluso después de muerto se oponía a
la religión.
—Era un siervo del Diablo. Mejor
que haya muerto.
En lo que todos coincidieron fue en
que el cadáver no debía ser enterrado en el cementerio del pueblo, junto a las
demás tumbas, pues podría causar problemas. Mirza también estuvo de acuerdo.
Por eso, varios hombres de la aldea, bajo la intensa lluvia, cargaron el cuerpo
y se dirigieron al bosque.
Una vez más, Mirza fue el primero
en actuar y colocó el cadáver sobre el caballo. Los demás hombres temían tocar
aquel cuerpo funesto.
Enterraron al anciano en el bosque,
cerca de su cabaña, y regresaron al pueblo. La lluvia había cesado y la luz
dorada del sol se abría paso entre las nubes.
Mirza fue al río a
llenar su odre. Antes de sumergirlo en el agua, vio reflejada junto a su propia
imagen la sombra de otra persona. Giró la cabeza y vio a un joven de unos
veinticinco años, de aspecto pulcro. Su rostro le era desconocido.
—¿Eres forastero? —le preguntó.
—Sí y no. He venido a ver a mi
padre; mejor dicho, he venido a rezar sobre la tumba de mi padre.
—¿Quién es tu padre? —preguntó Mirza,
sorprendido.
—El anciano que vivía solo en el
bosque.
Mirza observó con mayor atención el
rostro del joven.
—Pero hasta donde sabemos —argumentó—,
ese anciano no tenía esposa ni hijos.
—Ah, ustedes no lo saben. Mi padre
fue a la ciudad en su juventud y se casó. Yo fui el fruto de ese matrimonio. Mi
madre nunca aceptó vivir en la aldea, por eso mi padre la dejó y regresó a su
tierra natal. Ella murió un año después de mi nacimiento y desde entonces vivo
con su única hermana.
—Es una historia extraña. ¿Cómo te
enteraste de la muerte de tu padre?
—Siempre recibía noticias suyas de
lejos. Cuando los aldeanos venían a la ciudad a vender sus productos, me
informaban sobre la aldea.
—Durante años no visitaste a tu
padre. ¿Por qué regresaste ahora?
—¿Acaso está mal rezar?
—No…
—Entonces debemos ir al bosque,
¿verdad?
—¿Sabes que tu padre fue enterrado
en el bosque?
—Sí, me enteré de todo.
—¿De todo?…
—Sí… Ah, ya entiendo a qué se
refiere. No me importan las cosas que la gente decía de mi padre.
—Muy bien, ven conmigo y vayamos al
bosque.
Caminaron juntos. Al cabo de un
tiempo, la cabaña apareció a lo lejos.
—La tumba de tu padre está cerca de
la cabaña —dijo Mirza señalando la cabaña de madera—, junto a ese arbusto de
frambuesas.
Luego se volvió para despedirse del
joven, pero con gran sorpresa vio que había cambiado de forma y adoptado un
aspecto monstruoso. El joven soltó una carcajada repugnante. La espalda de
Mirza se estremeció.
—¿Qué imbécil, aparte de ti,
creería que el anciano tenía un hijo? —dijo el joven—. Pobre de ti, fuiste
engañado. El Diablo tiene mil y un rostros. —Mirza intentó huir, pero el joven
lo sujetó con una fuerza demoníaca, y agregó—: Desdichado. Mi poder no se
compara con el tuyo, viejo débil. Olvídate de escapar.
Mirza comprendió que aquella
criatura diabólica podía matarlo con facilidad, así que permaneció inmóvil.
El joven lanzó otra carcajada y
empujó al anciano hacia adelante. Caminaron hasta llegar junto a la cabaña.
El joven tomó una pala que estaba
apoyada allí y se la dio a Mirza, empujándolo hacia la tumba del anciano.
—Cava la tumba —le ordenó con voz
extraña. Mirza comenzó a cavar, cavó y cavó hasta abrir un pozo profundo, pero
no había rastro alguno del cadáver. Al ver la expresión atónita de Mirza, el
joven soltó una risa estruendosa—. Maldito anciano… El Diablo tiene mil y un
rostros —dijo—. Dime, ¿te gustaría ocupar su lugar en la tumba? —Mirza se sintió
invadido por el pánico. Presentía que algo terrible estaba a punto de ocurrir.
El joven continuó—: Para mí sería muy fácil enterrarte aquí, pero… veamos,
quizá pueda darte una oportunidad. Parece que hace años abandonaste los deseos
carnales, ¿no es así? —Mirza guardó silencio. El joven prosiguió—: Tal vez
puedas comenzar una nueva vida. Entonces verás que una vida entregada a los
deseos también es muy placentera. Dime, ¿eliges la muerte o una vida nueva?
Mirza volvió a callar. El
pensamiento de la muerte le hacía temblar la espalda. Quizá, a pesar de su
vejez, aún podía vivir muchos años. Esa idea encendió una esperanza falsa en su
corazón. Dejó caer la pala y se acercó al joven, que sonreía con malicia…
Desde aquel día, el anciano comenzó
a vivir en la cabaña del bosque. Los aldeanos decían que había perdido la razón
y se había vuelto irreligioso e incrédulo.
Peiman Ardeshiry nació y vive en la ciudad de Shiraz, Irán. Ha publicado más de treinta libros en su país, tanto para adultos como infantiles, abordando los más diversos géneros. Los títulos de algunas de sus obras (traducidas fonéticamente), son: Madar, Gozhpasht parseh, Npamsar etesh, Afsaneh cpehei parsi, Hadeseh dar Porspolis y Esh dokhtar Ler.

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